El Ruiseñor

Dos hermanas en el parteaguas de la historia en que se convirtió Francia en los años cuarenta. La mayor,  pudorosa y prudente, frente a la hermana impetuosa joven que quiere cortar las hierbas frescas antes de que se agosten. Esta última sigue una singladura poco recomendable: de un colegio a otro, porque no se resiste a las convenciones de una sociedad que busca como buena casamentera, educar a las mujeres en los valores de la esposa sumisa. Pero de pronto todo aquel mundo de cartón piedra se desvanece, cuando los tanques de Guderian con sus orugas resonando como ecos de una destrucción voraz, irrumpen en las Ardenas, escamoteando por supuesto a la reluciente Línea Maginot el protagonismo que le había reservado presuntamente la historia. Y gracias a la Guerra relámpago, la Wermacht está a punto de acabar en mayo con las tropas inglesas y francesas en Dunquerque, para poco después ocupar la capital, París. Antes como sabemos, el Mariscal Petain abandona su cometido en la legación francesa en Madrid, para salvar a la patria, o a una parte de ella. Eso esgrimió en su juicio el antaño venerado  héroe de Verdún, y cuando a alguno de los jueces le lanzaban una acusación de haber colaborado con el exterminio judío, sus colaboradores esgrimieron a su favor que intentaron salvar a los semitas de origen francés. Excusa deleznable y exigua.


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El Ruiseñor, un estupendo bestseller que
recorre la  historia más trágica de Francia.


Pues en esta tramoya infecta se desarrolla El Ruiseñor, que parte de los primeros días de la contienda, en un apacible pueblo francés, Carriveu. Las adelfas y jazmines brotan, escancian de una bruma olorosa los arriates de un pueblo tan pequeño, en el que Kristin Hannah vuelca todos sus anhelos bucólicos, con una prosa que rutila a ratos con verdadera hermosura. Es cuando a Vianne la hermana prudente, todo lo que envuelve a la partida de su esposo Antoine, que es reclutado para combatir a los teutones en 1939, le lleva a su infancia. Al estoico esposo, le aguardará lo que llamarán la Drôle Guerre. Pero la historia sin duda,  se repite. El padre de Vianne que fue a la  lucha atroz de 1914-1918, la primera mecanizada, retorna a la conclusión de la misma con un aspecto demacrado y sobre todo el alma cambiada. Se encierra en su soledad, como si una cortina muda le hubiera silenciado para siempre. Ni siquiera las hermanas logran traspasar aquel laconismo maldito cuando la madre muere. El progenitor se comunica a fuerza de monosílabos y nada queda de su antañona pujanza.

Con los nuevos dejos belísonos, Vianne va experimentado una evolución a medida que la contienda sigue por derroteros insospechados. Madura para tornarse de una  mujer cándida, que quiere creer a un Petain que les da consuelo, y les da la falsa esperanza de que sus vidas podrán continuar como si nada hubiese cambiado, a combatir los horrores nazis. Porque los alemanes toman aposento de sus casas, para el reposo del guerrero de sus soldados. Algunos los habrá más sensibles. Con todo, las circunstancias le obligarán a tomar partido, y no rehúsa a ello. Viviane, a pesar de sus titubeos iniciales, tomará la responsabilidad que le corresponde en unos tiempos tan adversos que desafortunadamente le ha tocado vivir. 



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Período donde rondaba el peligro y la derrota hacía rebrotar 
extrañas alianzas


Entre medias de la narración, una anciana que rememora aquellas vivencias y se desenvuelve en un plano presente. Engranando otro de los misterios que flota al cabo de las páginas. ¿Cuál será de las dos hermanas? Da vivencias y  presta su testimonio, para que la narración vuelva otra vez al pasado. Y nos falta la historia de la joven Isabelle, bella y esbelta que decide sorber del cáliz del amor, al mismo tiempo que en una época tan turbadora, se decanta por meterse de lleno con los resistentes. Los franceses habían evolucionado de la parálisis a la estupefacción y en algunos casos al denuesto(1) . La colaboración estuvo más extendida que lo que la leyenda rosada francesa nos puede hacer creer, en distintos grados por supuesto. No obstante, Isabelle tiene claro desde el primer momento, que sólo cabe expulsar  a enemigo. No comulga con las ruedas de molino de Petain(2). Es verdad que una minoría alunada por aquel entonces, quería llevar la lucha hasta África. No rendirse nunca jamás.

Son estos los mimbres de una narración de Kristin Hannah más que notable, que dignifica el género del best-seller, y que aunque nos traerá uno de los capítulos más trágicos de la historia moderna de Francia y europea, nos deja un buen sabor de boca. Grandes gestos épicos y enormes miserias, que nos hablan de una epopeya demasiado humana, puesto que el hombre es capaz de todo eso y más.  


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La infame redada del velódromo de invierno


(1)  La grandísima Irene Nemyrovski nos da muestras de esta consternación en su magnífica y diríamos canónica Suite francesa, obra inconclusa porque la autora de origen judío-ruso fue detenida y enviada a Auschwitz donde moriría.
(2) Una perspectiva más amplia, Petain que creía que los italianos habían desarrollado una moderna máquina de guerra, les iban a hacer una pinza. Por eso, según él, decidió salvar los muebles en el último momento. Estas exégesis que esgrime Vivianne no convencen a su hermana pequeña, tachada de veleidosa. En cualquier caso, Hananh lograr con una narración a ratos preciosista y con metáforas doradas, imbuirnos en su historia. Las hermanas se reconciliarán en un frente común, contra las bestias pardas del nazismo. La redada de invierno del Velódromo que llenó de oprobio la historia reciente francesa, y otras barbaridades como el colaboracionismo discurren por las páginas del Ruiseñor. 



   

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