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Las lágrimas de Dido

Una gota brotó inesperada de los ojos de Dido. La reina tumbada en un diván, no daba crédito a aquellas luchas bárbaras a muerte, que se dieron en Troya. Le habían llegado rumores cantados por bardos con liras, pero aquéllos pecaban de excesos, con el fin de aflojar las bolsas a los  espectadores incrédulos de sus  pláticas.  Todo debido al desenfreno de Paris, que había raptado a Helena sin pensar en las consecuencias. Bueno, era más difícil de explicar, pues tres diosas insidiosas, se tapó la boca la hermosa Dido al idear tan sencillo ripio. Las tres divinidades habían tentado a un imberbe Paris, que cayó en las redes más carnales de Afrodita. Menelao, el marido burlado de Helena, reclama entonces venganza y todos se abocan a la sinrazón de la guerra.- Por una mujer, querido Eneas, la historia de siempre.

- Los hombres somos capaces de llevar a cabo cualquier tropelía por el amor de una mujer, querida Dido. Pero el espartano había sido burlado en su honor.- Se le escapó un suspiro.
- ¡Cuántos sueños se quiebran en nombre del deber y el honor, Eneas!- Aguza la vista la fenicia, a la que le chisporrotean de  emoción las pupilas del color de las ágatas.

De Pierre-Narcisse Guérin - The Yorck Project: 10.000 Meisterwerke der Malerei, DVD-ROM, 2002, ISBN 3936122202. Distributed by DIRECTMEDIA Publishing GmbH (permission). Image renamed from Image:Pierre-Narcisse Guérin 001.jpg, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2471684
Eneas explica a su amada Dido los horrores de la guerra troyana


Le besaría los párpados se dice Eneas. Sin duda, le había nublado la belleza de Dido, también rodeada de un encanto legendario como aquella Helena, que había visto pasearse ufana de la mano de Paris por las murallas de Troya. De la fenicia había escuchado que huyó de una muerte segura. Con todo, el pobre troyano todavía perdido en efluvios de alcohol, se pellizcaba las mejillas suavemente ¿Sería verdad que Dido yacía fresca y con la cara rosada delante suya? Y postrada su bella interlocutora le hablaba con gran arrobo de cosas sin importancia. El héroe asomado a la conversación, rememoraba al mismo tiempo las historias que había escuchado de ella.

Un hermano dictatorial, le había obligado a sonsacar a su marido Siqueo el lugar donde se hallaba un famoso tesoro. Pese a que Pigmalión asesina al esposo de Dido, no logra su objetivo de hacerse con aquellas riquezas, y provoca la huida de la majestuosa hermana. ¡ Cuidado, Eneas! se dice a sí mismo; aunque herido en mil y una escaramuzas en su guerra, no está preparado para los embates del amor. Seguidamente,  disimula ante los ojos inquisidores de una reina que astuta, trata de indagar en los pesares de su amado guerrero. Éste sin embargo recurre otra vez a las escenas de dolor de una guerra perdida. La mujer baja la guardia. 

Y mientras describe mecánicamente los cuerpos desmembrados que siembran el campo de terror, recuerda cómo fundó la inefable Dido Qart Hadásh, la Ciudad Nueva en fenicio y la futura Cartago. Con lo cual la prófuga preguntó a sus vecinos, para no estar mal avenido con ellos,  en concreto al Rey Jarbas si le permitían asentarse allí en buena armonía. La hermosura le desconcierta, una fémina de tan excelsos cánones le turba, si bien al final accede. - ¿ Te casarás conmigo bella entre las bellas?
- No, querido Rey Jarbas, le debo fidelidad a mi esposo viudo, Siqueo.- Sabe que nunca le amó.- ¿Entonces me puedo asentar aquí?
Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=311317
La muerte de Dido


Un despechado Jarbas se regocija porque le propone que podrá ocupar todo lo que abarque con la piel de una vaca. Corta tan finas las tiras, que al final Dido se hace pese a las cábalas del Rey, con una buena porción de terreno para fundar la urbe soñada. ¡ Qué astuta es mi amada! piensa Eneas, cuando  él mismo acaba de contarle que en una de las ocasiones, una espada casi le hiende la cabeza, pero Júpiter le aparta ese acero endemoniado, por Démeter. Y se acomodan para acurrucados el uno en el otro, sumirse en los brazos de Morfeo. A Eneas le alcanzan en sueños ráfagas de escenas que enseguida repudia. ¡ No puede ser! Cree ver a una Dido que solloza con su partida inevitable. Es su destino manifiesto. Y luego su amada se clava esa espada que de tantos mandobles le había librado al troyano.


De Bartolomeo Pinelli (Roma 1781 - Roma 1835) - http://www.us.archive.org/GnuBook/?id=virgilstories00virgrich#222, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6457864
Eneas se topa con Tiber, esto es con Roma y
su destino. ¿Todavía añora a Dido? La gloria
ha curado el mal de amores


Quiere despertarse, sin embargo, una corriente de imágenes le sigue asolando. El también fundará una ciudad que engendrará a más ciudades en su seno. Sueña con unos Montes Vaticanos, donde unos adivinos - por los vaticinios se llaman Vaticanos - parecen susurrarle que Apolo erigirá allí un templo, en aquella colina, para guiar con los oráculos a los desvaídos mortales. Aunque eso será una historia que contaremos en otro lugar. Y una vez más la guerra, unas botas que resuenan por la avenida de los foros de aquella Roma más decadente, le sacan de su sueño. Nosotros sabemos que son los fascistas, que en el año 1922 marchan sobre Roma para tomar el poder. La Acción Directa lo llaman. Cuando despierta con mirada terrorífica, el troyano asusta a una Dido, que le pregunta solícita si le ocurre algo. - Nada, amor. - No puede contarle el cúmulo de asechanzas que guardará la historia para una triste Roma que debe fundar aun cuando le pese. 

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