Una gota brotó
inesperada de los ojos de Dido. La reina tumbada en un diván, no
daba crédito a aquellas luchas bárbaras a muerte, que se dieron en Troya. Le
habían llegado rumores cantados por bardos con liras, pero aquéllos pecaban de excesos, con el fin de aflojar las bolsas a los espectadores incrédulos de sus pláticas. Todo debido al desenfreno
de Paris, que había raptado a Helena sin pensar en las consecuencias. Bueno, era más
difícil de explicar, pues tres diosas insidiosas, se tapó la boca la hermosa
Dido al idear tan sencillo ripio. Las tres divinidades habían tentado a un imberbe Paris, que cayó en las redes más carnales de Afrodita. Menelao, el marido burlado de Helena,
reclama entonces venganza y todos se abocan a la sinrazón de la guerra.- Por
una mujer, querido Eneas, la historia de siempre.
- Los hombres
somos capaces de llevar a cabo cualquier tropelía por el amor de una mujer, querida Dido. Pero el espartano había sido burlado en su honor.-
Se le escapó un suspiro.
- ¡Cuántos sueños se quiebran en nombre del deber y el honor, Eneas!- Aguza la vista la fenicia, a la que le chisporrotean de emoción las pupilas del color de las ágatas.
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Eneas explica a su amada Dido los horrores de la guerra troyana |
Le besaría los párpados se dice Eneas. Sin duda, le había nublado la belleza de Dido, también rodeada de un
encanto legendario como aquella Helena, que había visto pasearse ufana de la mano de Paris por las murallas de Troya. De la fenicia había
escuchado que huyó de una muerte segura. Con todo, el pobre troyano todavía perdido en efluvios de alcohol, se pellizcaba las mejillas
suavemente ¿Sería verdad que Dido yacía fresca y con la cara rosada delante suya? Y postrada su bella interlocutora le hablaba con gran arrobo de
cosas sin importancia. El héroe asomado a la conversación, rememoraba al mismo tiempo las
historias que había escuchado de ella.
Un hermano dictatorial,
le había obligado a sonsacar a su marido Siqueo el lugar donde se hallaba un
famoso tesoro. Pese a que Pigmalión asesina al esposo de Dido, no logra su
objetivo de hacerse con aquellas riquezas, y provoca la huida de la majestuosa hermana. ¡
Cuidado, Eneas! se dice a sí mismo; aunque herido en mil y una
escaramuzas en su guerra, no está preparado para los embates del amor. Seguidamente, disimula ante los ojos inquisidores de una reina que astuta, trata de indagar en los pesares de su amado guerrero. Éste sin embargo recurre otra vez a las escenas de dolor de una guerra perdida. La mujer baja la guardia.
Y mientras describe mecánicamente los cuerpos desmembrados que siembran el campo de terror, recuerda cómo fundó la inefable Dido Qart Hadásh, la Ciudad Nueva en fenicio y la futura Cartago. Con lo cual la prófuga preguntó a sus vecinos, para no estar mal avenido con ellos, en concreto al
Rey Jarbas si le permitían asentarse allí en buena armonía. La hermosura le
desconcierta, una fémina de tan excelsos cánones le turba, si bien al final
accede. - ¿ Te casarás conmigo bella entre las bellas?
- No, querido Rey Jarbas, le debo fidelidad a mi esposo viudo, Siqueo.- Sabe que nunca le amó.- ¿Entonces me puedo asentar aquí?
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La muerte de Dido |
Un despechado Jarbas se regocija porque le propone que podrá ocupar todo lo que abarque con la
piel de una vaca. Corta tan finas las tiras, que al final Dido se hace pese a las
cábalas del Rey, con una buena porción de terreno para fundar la urbe soñada.
¡ Qué astuta es mi amada! piensa Eneas, cuando él mismo acaba de contarle que en una de las ocasiones, una espada casi le hiende
la cabeza, pero Júpiter le aparta ese acero endemoniado, por Démeter. Y se
acomodan para acurrucados el uno en el otro, sumirse en los brazos de Morfeo. A
Eneas le alcanzan en sueños ráfagas de escenas que enseguida repudia. ¡ No puede ser! Cree ver a una Dido que solloza con su partida inevitable. Es su
destino manifiesto. Y luego su amada se clava esa espada que de tantos
mandobles le había librado al troyano.
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Eneas se topa con Tiber, esto es con Roma y
su destino. ¿Todavía añora a Dido? La gloria
ha curado el mal de amores
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Quiere despertarse, sin embargo, una
corriente de imágenes le sigue asolando. El también fundará una ciudad que engendrará a más ciudades en su seno. Sueña con unos Montes Vaticanos, donde unos adivinos - por los vaticinios se llaman Vaticanos - parecen susurrarle que Apolo erigirá allí un templo, en aquella colina, para guiar con los oráculos a los desvaídos mortales. Aunque eso será una historia que contaremos en otro lugar. Y una vez más la guerra, unas botas que resuenan por la avenida de los foros de aquella Roma más decadente, le sacan de su sueño. Nosotros sabemos que son los fascistas, que en el año 1922 marchan sobre Roma para tomar el poder. La Acción Directa lo llaman. Cuando despierta con mirada terrorífica, el troyano asusta a una Dido, que le pregunta solícita si le ocurre algo. - Nada, amor. - No puede contarle el cúmulo de asechanzas que guardará la historia para una triste Roma que debe fundar aun cuando le pese.
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