En un hotel de Madrid, ardían las hojas de un proyecto de novela erótica, y por qué no de la vida. Más de mil páginas llenas de ambición. Cayeron como racimos de plataneros heridos por el peso de la madurez o las hojas caducas de un otoño, que se escenificaba más allá de la ventana donde se había hospedado Luois Aragón. - No puede quedar ni una viva.
- Aguarda, zonzo, que esto se puede publicar.- Le dijo su partenaire femenina.
- No es esa la razón, querida, ¡yo burgués! Lo que me faltaba.- Blandía el orgullo del autor que ve su producto profanado por la crítica de unos mentecatos que no captaban la hondura de la misma. Él, que había pastoreado como un histrión a sus discípulos surrealistas- a golpes de efecto junto al otro tótem, André Bretón- fue orillado como clase media por esas más de mil páginas. Y su vanidad aunque fuese cierto aquello, le llevó a tirar de soplete como se decía en la jerigonza literaria. - ¡Vamos, fuego redentor!- Azuzó las bestias de las llamas para que convirtiesen en ceniza años de trabajo. El soplete en este caso por la exigencia también había cautivado a otro surrealista argentino, Ernesto Sábato, como comentábamos en este hilo. ¿Cuántas obras se habrán desvanecido en el fulgor del angustioso soplete?
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Luois Aragón en un retrato en su biblioteca particular |
El hecho es que Luois, cautivado por el atrevimiento de un Guillaume Apollinaire en las Once mil vergas , se lanzó a emularle. Por supuesto, la obra irreverente de éste había azotado al París más libertino no tanto por la sucesión deslavazada de escenas eróticas, que descoyuntan la historia del Hospadar(1) rumano, sino por el divertimento de adivinar quién se hallaba tras los personajes de esta novela. Porque fue escrita como una parodia de la sociedad de entonces y el autor se burlaba de los modelos que inspiraban historia tan grotesca. Pero En defensa de lo infinito, ejercicio con muchas pretensiones de Aragón, tuvo una fría acogida en el movimiento surrealista. Es más, estaba enojado por el desdén de algunos de sus compañeros, que le acusaban de haberse aburguesado.
Qué pretendía Aragón, que algún comerciante falto de cualquier reclamo sexual, se pajease con sus escenas de burdel de provincias. El coño de Irene fue de lo poco que quedó de aquel conato creativo y de la ira en una noche madrileña. Un cuento de la reducción de más de mil quinientas hojas que el imaginativo Luois Aragón había muñido a lo largo de muchos años ( de 1923-1927). No había nada como ofender a un artista, cuyo ego a pesar de sus devaneos comunistas, era monumental. Muchos años más tarde reprendería a Picasso, o guardaría los enconos más contumaces tras una discusión sobre cualquier tema, que nos pudiera parecer más banal. Aquí cedió como un chicuelo y por ego puso término a años de dura labor.
Qué pretendía Aragón, que algún comerciante falto de cualquier reclamo sexual, se pajease con sus escenas de burdel de provincias. El coño de Irene fue de lo poco que quedó de aquel conato creativo y de la ira en una noche madrileña. Un cuento de la reducción de más de mil quinientas hojas que el imaginativo Luois Aragón había muñido a lo largo de muchos años ( de 1923-1927). No había nada como ofender a un artista, cuyo ego a pesar de sus devaneos comunistas, era monumental. Muchos años más tarde reprendería a Picasso, o guardaría los enconos más contumaces tras una discusión sobre cualquier tema, que nos pudiera parecer más banal. Aquí cedió como un chicuelo y por ego puso término a años de dura labor.
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Irene comparte historia con
Lapolla Tiesa.
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No en vano, el trabajo se encuadraba en una época, donde otros autores como Joseph Kessel habían abordado los recovecos más insólitos de nuestra excitación sexual. Una dama de buena sociedad que tenía el amor de su marido, pero que necesitaba del sexo más sórdido, no era un simple cuento erótico. Más tarde, como sabemos Belle de Jour fue llevada por nuestro Luis Buñuel a la gran pantalla. Pero aquí no acaba la historia del cuento, pues un juez instructor reclamó su presencia como presunto autor del Coño de Irene. Aragón, juró y perjuró no ser el autor de aquellas líneas, so pena de ir a la cárcel, repudió su propia creación tres veces igual que San Pedro a Jesús. De esta guisa, el editor Jean- Jacques Pauvert cuenta que se acercó años más tarde para que esta vaca sagrada de la cultura francesa le permitiese publicar la obra. - ¿ A quién debo pagarle las regalías, Don Luois?
- No lo sé.
- Pero quiero publicarla.
- No le doy permiso.
- Pero si me dice que usted no es su autor.
- No la publicará y eso es todo.
Corría el año 1968 mágico por las revoluciones, revueltas, quimeras y no olvidemos que por los sueños más peregrinos. Cuando todo parecía publicable y que la censura o un juez entrometido, no hundiría sus narices en asuntos que no le atañían. Aunque los viejos miedos, llevaron a mantener este diálogo tan surrealista, en el que Aragon no terminaba de reconocer su autoría, pero sí la daba a entender subrepticiamente cuando negaba el permiso para su publicación. Un libro malhadado desde sus comienzos, que le produjo demasiados quebraderos de cabeza, hasta judiciales. Eso fue El Coño de Irene que se publica con otros relatos, como Los de Juan Lapolla Tiesa, que nos inundan de imágenes eróticas en pleno suburbano, con páginas de auténtica literatura, y otras escenas de exquisita prosa pero que nos conducen a los inframundos de una pornografía, que se sostiene con estampas surrealistas.
(1) Uno de tantos títulos de ficción con los que se adornaban sobre todo los ilustres visitantes del Este, y a los que nadie les iba a echar cuentas
- No lo sé.
- Pero quiero publicarla.
- No le doy permiso.
- Pero si me dice que usted no es su autor.
- No la publicará y eso es todo.
Corría el año 1968 mágico por las revoluciones, revueltas, quimeras y no olvidemos que por los sueños más peregrinos. Cuando todo parecía publicable y que la censura o un juez entrometido, no hundiría sus narices en asuntos que no le atañían. Aunque los viejos miedos, llevaron a mantener este diálogo tan surrealista, en el que Aragon no terminaba de reconocer su autoría, pero sí la daba a entender subrepticiamente cuando negaba el permiso para su publicación. Un libro malhadado desde sus comienzos, que le produjo demasiados quebraderos de cabeza, hasta judiciales. Eso fue El Coño de Irene que se publica con otros relatos, como Los de Juan Lapolla Tiesa, que nos inundan de imágenes eróticas en pleno suburbano, con páginas de auténtica literatura, y otras escenas de exquisita prosa pero que nos conducen a los inframundos de una pornografía, que se sostiene con estampas surrealistas.
(1) Uno de tantos títulos de ficción con los que se adornaban sobre todo los ilustres visitantes del Este, y a los que nadie les iba a echar cuentas
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