Once mil vergas

No me digas que se trata del conde, que nada esconde? - A las muchachas de piernas rollizas se le encendieron los arreboles de los carrillos, por el gozo del hallazgo.  Hablaban de un personaje que soltaba su verga al aire  y que no se recataba de sus costumbres impúdicas. A escondidas, claro, porque luego pasaba por caballero atiplado en aquellos salones de rotundas lámparas de araña. Pues el susodicho aparecía en aquella galería de los espejos en forma de manuscrito, Las once mil vergas, que reflejaba las miserias de alcoba de los personajes del París más mundano, en los albores del siglo XX. Las muchachas siguieron cuchicheando.


- Sí, ¿porque era de origen húngaro?


- No, rumano, Alice. 


- Como un Hospadar se presentaba. Todo un depravado.- Latía un desdén incierto en el rumor que secretaron los labios de Alice. Aquel París se había convertido en el lugar de refugio de las personalidades más insospechadas, que imaginaban títulos nobiliarios de lo más inverosímiles. Quien menos, era comandante en jefe de los Archipámpanos o Príncipe de los Cárpatos, todo por una cópula en ciernes.  


- ¿Pero no tuviste tú una aventura con el Hospadar?

- ¡Calla, mala pécora, que nos pueden oír!- Alice se sonrojó, e incontenible su rubor, coloreó hasta la raíz mismísima del vello que recubría un cuerpo muy esbelto.  



De Theo van Doesburg - centraalmuseum.nl : Home, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3511457
Once mil vergas, una sucesión de escenas pornográficas que
parecen un anticipo del dadaísmo. 


Valga esta recreación, para imaginamos un ápice de la controversia que generó Once mil vergas, y que debería transportarnos al París libertino, en el que nacía a regañadientes el nuevo siglo XX. Fue  una obra que se alumbró de forma clandestina en el año 1907, cuando rodó primero como manuscrito(1) anónimo por los cenáculos culturales parisinos y de la que se hicieron más tarde unas pocas copias en imprenta. Qué escandalizase a una sociedad  muy casquivana y liberal, acostumbrada a los excesos, nos puede dar una buena medida de la obscenidad que destilan sus páginas, que sobrepone en muchos casos el género pornográfico, y que tenemos que hacer constar como una de sus enormes tachas, puesto que la sucesión de imágenes subidas de tono lastra el hilo conductor de la historia. El presunto cañamazo son las vivencias de un noble rumano, Mony, un Hospadar hereditario, que cansado de que le " enculen" o de "fornicar" con sus compatriotas rumanas, consigue reunir una suma de dinero para cumplir el sueño de disfrutar de una vida disipada en París. Vuelve a heredar, y tras una retahíla de párrafos con los que Apollinaire nos deja constancia sobrada de las capacidades y gustos sexuales del noble rumano, éste se embarca en una aventura que les lleva a montar en el Orient Express junto a su trabucaire ayuda de cámara, para recrear escenas de coprofilia, necrofilia, pederastia o a adentrarse en los mismos avernos de Port Arthur, en plena Guerra ruso-japonesa. No es desde luego una novela para espíritus sensibles, y que carece como decíamos de cualquier argumento. 





De Photographer non-identified, anonymous - georgesbraque.fr and The Architectural Record, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=30583995
Al gran Georges Braque le fascinó esta obra, en
la que no existe comedimiento alguno.




Un delirio de Guillaume Apollinaire que nos llena de erotismo hasta el hartazgo, de manera además poco sutil, pero que tuvo mucho predicamento entre los creadores de la época.  Luois Aragon, profeta del surrealismo, que quería suprimir las ataduras mentales que reprimían la expresión del deseo en nuestras cabezas,  escribiría inspirado por la obra de Apollinaire, El coño de Irene. El genial Pablo Picasso tenía una de esas primeras ediciones de Las once mil  vergas, que guardaba con especial cariño entre sus objetos personales. Georges Braque adoraba esta efusión del escritor nacionalizado francés.   Una novela de naturaleza trasgresora  y que ni siquiera salva como dice su prologuista en español de la edición de 1977, su versión en francés. Arguye campanudo - y tiene razones para ello- que nuestro idioma es más pacato para los asuntos de cama. Asimismo nos perdemos la musicalidad del francés, y los juegos de palabras que en este idioma nos hacen bosquejar una sonrisa. Fonéticamente casi suenan igual verga y vírgenes, aunque hay muchos más de estos divertimentos lingüísticos. 

No fue hasta mucho más tarde de 1907, hasta que el autor se atrevió a rubricar su autoría en el interior del libro. Algunos de sus admiradores/críticos de la obra, quisieron presentarla como una novela paródica de Guillaume Apollinaire, tras la que se escondían personajes de la época llenos de vanidad. Identificarlos en aquel folleto y bajo las capas de imaginación de Apollinaire, se había convertido en un divertimento de la época. Un tipo particular Guillame donde los haya, que vivió en los márgenes de cualquier corriente de la época. Muchos quisieron seducirle con sus cantos sirenas, los comunistas directamente apropiarse de su legado, que por supuesto no se ajusta  a los cánones del partido. Ese ánimo jocoso contra la buena sociedad es esgrimido por algunos intelectuales de izquierda, para ponerle o hacernos entender que era de los de su cuerda. Olvidan deliberadamente, que Apollinaire apoyó a Marinetti, uno de los futuristas que abrazaría posteriormente el fascismo. Como recordamos en esta entrada, que le brindase éste apoyo al futurista, le iba a ocasionar a Apollinaire no pocas desventuras, puesto que el italiano pregonaba acabar con lo antiguo: incendiar los museos que mostraban a una sociedad esclerotizada que entornaba constantemente sus ojos al pasado. Asimismo como el escritor había participado en el tráfico de arte, este hecho sumado a sus simpatías por Marinetti, le convirtieron en el sospechoso perfecto para la Gendarmería cuando desapareció  la Mona Lisa del Louvre. Él  cual Judas Iscariote, acusó a Pablo Picasso, porque si te chivabas y decías algún nombre, parecía que colaborabas con las autoridades. 

Nuestro lema es que se deben leer por uno mismo todos los libros y no dejarnos influir por opiniones ajenas. Otro de los méritos de acuerdo a los admiradores más acérrimos de Apollinaire de esta miríada de escenas, que saciarán a los epígonos de Onan pero que carecen de un continuo que ayude a atrapar a cualquier lector, es que se trata de un ejercicio a favor de la libertad de expresión, que estuvo en el punto de mira de las autoridades por su procacidad. También resaltan su intención paródica, lo que no evita que nos haya resultado una experiencia decepcionante. Ni siquiera la prosa excelente del autor, porque para erotismo,  nos aferramos a las páginas henchidas de goce y de metáforas hermosísimas que nos deparó la narrativa de Henry Miller. Hasta Nabokov, que se lanzó por los médanos de un argumento que levantaría ampollas, desarrolla una excelente historia. Aquí acabamos una entrada como a un Apollinaire le alcanzó la gripe española de 1918, y del que hay sin duda mejores muestras de una literatura con mayor armazón. Porque de su prosa nunca dudamos. Nos atrajo la aureola de una novela, que se nos ha caído con estrépito en un vacío memorable. 




(1) Nos recuerda a los samizdat de la Unión Soviética, donde se escribían a manos partes de discursos o las obras prohibidas, para que rodasen de forma clandestina entre aquellos espíritus inquietos, que quería escapar de la estrecha redoma de la dictadura comunista.  

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