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Coronación de Donoso


Hace sesenta años, un periodista chileno de talle menudo, barba bohemia y voz aflautada, nos sorprendió con una novela, Coronación, que reúne bastantes requisitos para adaptarse al teatro: por unos protagonistas desbocados y con unos comportamientos histriónicos, que parecen una caricatura de la realidad. Resulta a ratos una obra de una filosofía apabullante, en especial, cuando el  protagonista maduro, Andrés Abalos cobra más viveza en sus páginas. Con cincuenta años, el señorito Abalos sobrevuela por los conflictos de la vida sin contaminarse, pero tiene su cabeza plagada de incertidumbres. En cuanto comienza a enamorarse de una joven judía que le haría perder posiciones en el escalafón social, y sobre todas las cosas, su siempre estimada libertad, Andrés recula para envolverse en su crisálida de tibieza de nuevo, ajena a cualquier turbación. Los bastones que colecciona de manera mesurada - nunca más de diez por el afán de contener la codicia- los libros tras los que intenta indagar si es que existe verdad alguna, aunque bajo esa apariencia de indolencia, José Donoso nos irá revelando una personalidad frágil que pugna contra lo absurdo de este mundo. Hasta que despierten en él los instintos más vehementes, que le tornarán en un monigote desmadejado frente a un amor que podríamos calificar de irracional, que intenta apagar denodadamente y que esconde salvo a su amigo el médico de la familia.

La pieza narrativa se adaptó al teatro.De Javierosh - Flickr: Coronación,
CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=29820695


Antes, nos asomamos a su  casa destartalada, que  aun cuando Andrés no duerma con su abuela, Elisa Grey de Abalos, se convierte en el  verdadero teatro de operaciones donde el escritor chileno, va a hacer girar una compleja tramoya. La anciana sobrepasa los noventa años, de orígenes británicos, y de un carácter fuerte y voluble que se revuelve con todo el acíbar contra quien se ponga por delante; la mujer provecta también  gozará de la clarividencia de la locura, y entre delirios gritará la verdad, que quieren esconder los habitantes de la casa. Ese mundo convulso que en cualquier caso se sostiene por un hilo que permite el equilibrio, se va a tambalear con la llegada de una muchacha de campo, Estela, cuya hermosura irá creciendo a los ojos del lector. En las primeras páginas aparece como una campesina timorata, de apenas diecisiete años, que viene a cuidar de la vieja ( Elisa a consecuencia de su carácter borrascoso, ha acabado con la paciencia de numerosas cuidadoras). No obstante, con Estela terminará sacando su ánimo que manará como un volcán a pesar de la tregua inicial.


El tercero en discordia sin duda será el joven del que se enamora Estela, Mario, que además caminará tortuosamente sobre el alambre durante toda la obra debido a las malas influencias de su hermano René. Duda entre el prosaico trabajo de una especie de confitería, que con unos emolumentos exiguos no le dará para muchas alegrías pero sí el sosiego, que no logra su hermano. El desigual triángulo amoroso irá cobrando importancia en la escena, y nos ahorraremos los detalles de esta trama que nos enganchó en dos etapas de nuestra vida, en la que cambiaron perceptiblemente nuestra percepción de los personajes, su desarrollo y su final. En un primer momento, con los aires de la adolescencia, Andrés se nos presentaba como  el maduro sin ocupación o con infinidad de ellas, un Quijote farfullador que se excita con los enigmas de la vida hasta entrar en una íngrima zozobra. "Y entonces él. que jamás se expuso a nada que pudiera ser más comprometedor que la comodidad, ya no sería más que sustancia química transformándose, mineral, y no habría aprovechado el privilegio de la materia de ser un poco más - vida, conciencia, voluntad- por un segundo en millones de años en que todo era casual" Coronación, José Donoso.


A medida que crecemos, no es difícil que entendamos las frustraciones, la necesidad de buscar un sentido a una vida, que en un principio se nos aparece hasta como pueril. Asomarnos al espejo de nuestra propia mediocridad, o no tanta, no nos fustiguemos en vano, es entonces que el personaje de Donoso no se nos aparece bajo esa bruma extravagante de antaño. Cuando alguna vez hemos apartado la fe religiosa por la científica o religiosa, que Donoso considera a la misma altura y el mundo se nos confiesa como de una desnudez absoluta, son fáciles de entender los coqueteos con la  nada de Andresito. Un personaje, el de maduro apegado a su familia, y sin crear la suya propia, que es más común de lo que pensamos. La crisis que se ha consumado ha acabado con muchos proyectos vitales que pueblan nuestra geografía urbana. Los cuarentones sin hijos que conviven con una madre mayor viuda o con hijos, y con un futuro donde nada es lo que parece, ha dejado de ser una extrañeza en nuestra sociedad. Si rascas en ellos, se revela un mundo de complejidades que han macerado en la frustración.


El gran escritor José Donoso .De Elisa Cabot -
http://www.flickr.com/photos/76540627@N03/7454681046/,
CC BY-SA 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=57373768


Seguramente no se trate de la creación más completa de José Donoso, uno de los miembros primordiales del conocido como boom de la literatura latinoamericana y en el que jugó un papel tan destacado Carmen Balcells, para tirar de esa grisalla de literatos dotados de un don para las palabras magistral. Harold Bloom siempre acechante con los fenómenos literarios, ha señalado otras producciones de este genial escritor como claves para entender la literatura contemporánea, pero como opera prima sorprende por una  prosa maravillosa, que suena a clásico moderno  (parece estar escrita por un autor más maduro). Sus metáforas son brillantes, desvelan el esmero de un gran escritor desde la primera línea. En otros el estilo crece con el paso de las novelas, pero el chileno se estrenó a lo grande con Coronación. Recomendamos encarecidamente su lectura, más en el sesenta aniversario de su publicación. 


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