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Una deconstrucción del brazo a lo Valle

Como buen iconoclasta, Don Ramón, admirador del hombre más ardoroso e individualista, sea pirata, carlista, o trapecista, se preciaba sin embargo de aureolarse a si mismo de leyendas siniestras. Más por cuanto se refería a su brazo izquierdo o  a la ausencia del mismo ¿Habría sido que se lo mocharon en una de sus aventuras de corsario, cuando  en el transcurso de cualquier pendencia, un mandoble mal dado le había privado del mismo? Mucho antes, frisando la treintena, el autor gallego había llegado a un Madrid finisecular y provinciano, inmerso en centones de cuitas literarias, que basculaban en torno a los cafés de la Puerta del Sol. Allí, periodistas consagrados a plena luz del día improvisaban oficinas, donde escribían abstraídos  lo que les faltaba de la crónica, el artículo. Por aquel punto de fuga y encuentro capitalino, anduvo sus primeros pasos un Valle- Inclán con acento gallego, además de aires de noble altivo. Mucho se habló de los legendarios comienzos, con el misterio del brazo perdido que seguía estando en una nebulosa muchos años después, que por supuesto, el Vilanovés había cultivado con sumo gusto.

De esta guisa, casi todas las noches se repetía el ritual ante los muchachos que buscaban al maestro en el famoso Café de la Montaña (1), ávidos por escuchar las historias y anhelando su cátedra. Uno de los amigos del literato, podríamos llamarle el cebo de la charlotada, simulaba preguntar por la leyenda que rodeaba al brazo, extirpado   en realidad para evitar que se gangrenase (tuvo mala suerte Don Ramón, sin duda). El de Arousa se regodeaba entonces con explicaciones de lo más inverosímiles, haciendo honor a su capacidad de inventiva, y en cada ocasión tiraba de un repertorio de esperpentos diferentes . Los compinches del escritor, escuchaban a una distancia prudencial, y bosquejaban una sonrisa cauta, para no perder ripio de los gestos de asombro de los admiradores del genio gallego. Que si se había sumergido en las procelosas aguas del océano, donde nadaba unas cuantas millas al día, y entre barcos, el afrentoso mar bamboleaba a un Ramón menos entrado en años aunque igual de trabucaire. Por aquella época, cabalgaba sin su brazo izquierdo con aire bizarro, a la par que el gran Juan Belmonte, lector empedernido aparte de matador de toros, por el que Valle, como hombre de acción, profesaba devoción.  Cualquier otro con su discapacidad, se hubiese arredrado, por lo que no era descabellado que un Ramón en plenitud  y con el brazo izquierdo en su sitio, se zambullese en el océano como en una piscina.



El Café de la Montaña en plena Puerta del Sol madrileña, en el
edificio de Tío Pepe.
De Desconocido - Historia de Madrid,
commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=9703873


Pues en una de estas incursiones oceánicas y en disputa con un escualo, que se llevó lo suyo según el dramaturgo fanfarrón , había perdido el brazo. En aquel instante, se escuchaba el chamulleo que provocaba el pundonor del poeta entre los circunstantes, mientras los más resabiados ponderaban la bravuconada de aquel farsante. Pero callaban, bien por miedo al animo bullanguero del cuentista,bien por ser una gloria nacional, como aquel Max Estrella / Alejando Sawa que en la ficción languidecía entre el olvido de todos. Valle aprovechaba entonces las caras de asombro para explayarse con más ínfulas: la forma cómo había orillado, ya sin el brazo, a las costas de Arousa. Aguas coralinas y delfines que seguían la estela del experto buceador, llenaban de éxtasis a los  oyentes ( ¿ no caían eclipsados por la gran figura de Don Ramón, que más bien parecía  el Caribe que el Atlántico?). Otra noche el brazo había sido devorado por un  león, o pendía como un  exvoto del campanario de una Iglesia. También se lo había arrebatado en una trifulca el feroz mejicano bandido Quirico, y con malas artes, por supuesto. ¡ Menudo hijo de la gran chingada el cuate!  


Juan Belmonte, amigo de Valle Inclán y adicto
como intelectual a las tertulias literarias,
que frecuentaba cuando su profesión se lo permitía


En cualquier caso, la versión que más chanzas provocaba entre los oyentes que sabían de sus relatos esperpénticos,  fue aquella que rezongaba el bohemio, entre buches de coñac como nos recuerdan en el maravilloso prontuario de crónicas Madrid oculto (Editorial La Librería, 2011) . Con las barbas luengas, las migajas que se le enredaban en las mismas, el gran escritor no perdía un ápice de su vis patricia.  Pues aquel hombre busto les refirió que en cierta ocasión le había llegado su criado que se llamaba por cierto Rubén, muy compungido porque las provisiones de la casa se habían agotado. El mal humor del patrón, o mejor dicho la volubilidad del mismo, era proverbial, de modo que musitó a su jefe, que no tenía carne para hacer el estofado previsto. - ¿Cómo, Rubén, te has gastado todo el dinero que te dí para que compraras toda clase de vituallas? - El eco  de la voz del grande de la literatura española resonó en todo el pazo. El muchacho asintió con la cabeza, y se iba a ir con ella gacha como al cadalso, pero de pronto el literato tuvo una ocurrencia. - Tráeme el cuchillo más grande de la cocina, Rubén. - Y para que no quedase nadie sin saciar su hambre, pidió al cumplido servidor que le cortase el brazo izquierdo, en una ofrenda valerosa del simpar Valle Inclán. Al escuchar esta parte del relato, algún muchacho del café, trémulo, a punto de soltar la papilla, cerraba los ojos para dominar las arcadas. Se imaginaba a Don Ramón al que le manaba la sangre a chorros por el hombro, ya sin brazo.

Por supuesto, la realidad fue mucho más prosaica, y a la vez romántica ( ver estupendo artículo del ABC en este hilo ). Cuentan que en una disputa por cómo se debía desempeñar un duelo, aduciendo la edad de uno de los afectados, Valle llamó majadero a uno de sus amigos, que quería refrenarle. Aquel insulto no era peccata minuta, y el agraviado, Manuel Bueno, alzó la voz pidiendo que le retirase la ofensa pero el genial gallego ni corto ni perezoso la emprendió con una botella de agua contra el alunado adversario. Bueno, al intentar defenderse, le pegó un buen bastonazo a su amigo Ramón, al que uno de sus gemelos se le incrustó en la muñeca - no renunciaba a su porte de caballero gallego ni en las peores sentinas. Sus amigos, sobre todo el azorado Bueno, le insistieron para que le sanasen la herida, y así se lo llevaron a una casa de curas. Aunque la herida acabó infectándose, y para evitar que la gangrena invadiese el resto del cuerpo, el médico decidió amputarle el brazo unos días más tarde.

Las versiones no obstante siguen difiriendo en pequeños detalles. En el artículo de ABC se cuenta que fue Valle el que quiso propinarle el bastonazo, y Bueno, al protegerse con el antebrazo, hizo que el gemelo se le incrustase, que de su empellón fue el peor parado. Con esta historia siniestra ( recordemos que se trataba del brazo izquierdo) y la moda culinaria, ¿no se imagina el lector el brazo del literato emplatado? Y si se nos pegase algo de su maestría literaria, ¿lo alcanzaría a probar? Muchos vendieron su alma al diablo por mucho menos talento. En el mejor de los casos, Don Ramón inventó la deconstrucción, por supuesto de su brazo, mucho antes que los Adriá y acólitos.  






Don Ramón, retratado en su camastro por la revista Sucesos
http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-124253.html,
commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=41437767






(1) Según Marco y Peter Besas, que hace unos años publicaron el fabuloso prontuario de leyendas del Madrid Oculto, en este café donde impartía su magisterio Valle, se inspiró para tomar las notas distintivas del Café Colón que es el lugar en la ficción el que se rinde culto a Max Estrella. Cada veintitrés de abril, los nostálgicos se pierden por las callejuelas de Madrid, rememorando el recorrido a lo Ulises de Joyce, del increíble Max, uno de los personajes más entrañables de la literatura universal.


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