Einstein juega al Príncipe y al mendigo


No todos los iconos del siglo XX bordearon y se rebozaron en el mal, como nos ha insinuado un diligente lector. Siguiendo su razonamiento, nada desdeñable, esa mirada tan escéptica sobre nuestros congéneres es más bien fruto de nuestro pesimismo. Por tanto, la breve resaca que nos deparó la publicación de Sed de mal, con un protagonista como Al Capone, grado casi superior de la perversión, nos hizo enfocar desde otra perspectiva el problema de la fama, tan prefabricada y efímera en nuestros tiempos modernos. Que se lo digan a Roscoe Arbuckle, actor del cine mudo tan célebre que el propio Lenin le suplicó una audiencia, porque se tronchaba con sus películas. En cuanto su figura fue objeto del repudio general al ser acusado del homicidio de Virgina Rappe, sólo el genial Buster Keaton, dio cobijo y consuelo a su amigo. ¿Qué fueron de las palmadas que le daban en la espalda a Fatty en los días de vino y rosas? Sin duda la amistad de Keaton y Arbuckle es de las relaciones más entrañables que hemos conocido en el mundo de la farándula; nos recuerda guardando las distancias, a las tiernas cartas que se intercambiaron los hermanos Van Gogh. Don Mclean dedicó una canción a Vincent, y quizá su hermano Teo fuese el único que le entendiese como dice el cantante americano, mientras se desvanecía en las tinieblas de la locura. No nos deja de emocionar su "starry night, starry night".   

Hay otros mitos como Marilyn Monroe, que tienen muchas semejanzas con el desventurado Vincent. De una belleza radiante, su personaje de mujer frívola eclipsó y engulló a la persona, de carácter muy tímido. Si Norma Jean (verdadero nombre de la diva) no fue dañina para los demás - cómo nos recreó la vista- sí lo llegó  a ser para si misma.  Algunos de sus biógrafos hablan de la desdichada presencia de los genes familiares, que torturaban a la rubia de forma que en una especie de influjo inexorable de profecía autocumplida, le iban a conducir por los senderos más tenebrosos de la demencia. Dicha posibilidad más presente en sus últimos años había amargado a la sex symbol por antonomasia, y la congoja hizo que cayese en la gélida malla de los barbitúricos, que son un escape temporal, pero que con el tiempo se convierten  en un verdadero problema, aparte del que hemos pretendido escapar. Las prisiones más aceradas son las creadas por la mente, y no es una frase dicha al desgaire, sino que así lo atestiguan los supervivientes en circunstancias más adversas, como Primo Levi que a punto de trasponer el umbral de la muerte, siempre dijo que la cabeza jugó el papel primordial en su caso para sobrevivir. 

No es un sarcasmo cruel, porque lo que recordamos precisamente de la generosa fémina es su inteligencia y humor (brillaban ambos cuando tomaba confianza). Con Truman Capote hizo muy buenas migas, y sus conversaciones son desternillantes. Monroe cotorreaba sobre las personalidades que había conocido y el traje que hace a Felipe de Edimburgo, marido de Isabel II, es muy revelador de lo que decimos.  La alargada nariz como otras partes del consorte de la monarca, junto al humor que se ensombrece a medida que se le acerca su avinagrada esposa, nos revela lo mejor de Norma Jean y a un Capote complaciente, con una inteligencia que raya a su altura. Hay otra actriz, Ava Gardner, objeto de nuestros desvelos en un post anterior, que con el chascarrillo a punto de brotar en sus labios, tuvo muchísima complicidad con el gran director de cine John Houston. Nos regalaron unos diálogos que despiertan nuestra hilaridad por lo jocosos que son. Estaban los dos tocados por una varita,  con un contagioso genus giocandi.


¿Qué quedó tras la fama de la virginal Marilyn Monroe, sino los despojos?

Otros símbolos del fenecido siglo, a los que quizá la fama no les haga siquiera justicia, sería el caso de Albert Einstein. Como toda banalidad que presupone el resuello de la masa, su importancia puede caer desdibujada por su fama por lo que corremos el riesgo de minusvalorar su tremenda y abrumadora importancia. Sin duda estamos hablando a la par que Isaac Newton de una de las mentes más revolucionarias de la física, que galvanizó la ciencia en general. Su primera mujer, Mileva Maric, aparte de ser una gran matemática ( cosa en la que flaqueaba Einstein) nos reiteró la parquedad en los atavíos que gastaba su famoso esposo–tenía el mismo traje y las mismas camisas, a juego con otras tantas corbatas, que no le iban a desalentar de buena mañana con pensar que pegaba con qué, así que el terno con el color perenne cultivo de un desaliño amable, con unas melenas a veces hirsutas o mal cortadas. La mujer nos dio una visión acerca de la personalidad del genio, del que se divorció porque el científico judío fue como él mismo reconoció, un mal padre y peor esposo  ( estaba demasiado entretenido con las bagatelas del universo y la sensualidad de su prima). Una nota curiosa que algunos historiadores deducen de sus cartas, amén del apasionamiento que late en  ellas, es que cuando hablan de investigaciones, Albert utiliza el plural, de modo que a partir de ahí, Mileva sería una suerte de Jantipa, que susurrase a su esposo entre bambalinas, los aspectos de la teoría de la relatividad.  Pura especulación.


Albert Einstein, aparte de una mente lúcida, fue un buen pícaro.
Aquí posa con otro genio, Charlot.

Sin embargo, queríamos volver al primer Einstein, para contar una anécdota que no sabemos si es apócrifa. Aquel asalariado de la oficina de patentes de Berna había revolucionado el mundo de la ciencia con su Teoría de la Relatividad. Era como no podría ser de otra forma y en honor a su teoría, relativamente conocido, aunque de su imagen apenas se tenían referencias. Cuatro fotografías de un joven imberbe publicadas con la resolución de la época. Algunos dudaron, al no pertenecer a las herméticas estancias académicas, que no hubiese gato encerrado tras la enunciación de una hipótesis científica de tanta enjundia. Los más no la entendieron, como afirma Kip Thorne, gran divulgador y uno de sus intérpretes más autorizados. El caso es que casi nadie sabía cómo era físicamente (curioso en un físico) y así comenzó una larga gira por universidades americanas, muy bien remunerada. Los americanos siempre han sabido atraer el conocimiento y tenderle una alfombra roja y todo el oropel que se precie, para retener a las figuras que destaquen en cada uno de los campos del saber. Albert Einstein tenía asignado para esta gira académica al mismo chófer, de cara risueña, que se apostaba al final del aula, para escuchar las peroratas de tan ilustre invitado. Tal atención y embrujo recababa en su ilustre auditorio, que se escuchaba en el salón de actos el murmullo de las hojas, al pasar. El conductor  no entendía ni papa, si bien, no dejaba de esponjarse en una sonrisa como si la disertación de su animado cliente, tuviese algo de interesante.

En una de las frecuentes idas y venidas, el chófer le confesó que había escuchado tantas veces su clase magistral que la podría repetir coma por coma y punto por punto. Albert, jocoso, le insinuó que si así era, porque no lo intentaba de verdad en la próxima cita. Discurrían por la rumorosa Costa Este, e inspirados quizá por El Príncipe y el mendigo de Mark Twain, decidieron intercambiar sus papeles (Twain fue el primer autor en escribir sus borradores a máquina, por lo que ahorró a los editores sudores de tinta, cada vez que encimaban los manuscritos y tenían que descifrar una frase). Continuamos con la historia del científico. Tal y cómo había prometido, el conductor que no tenía la más remota idea de la teoría, fue en cambio capaz de reproducir literalmente toda la conferencia. Lo peor vino, cuando los estudiantes ávidos de entender la novedosas hipótesis,que retorcían la realidad palpable se lanzaron a preguntarle al que creyeron que era el joven genio que les visitaba ( en realidad, el chófer). – Entonces, no he entendido el concepto de observador en su teoría, señor Einstein.- le espetaría un rubicundo e inocente estudiante, ajeno a la trastada que habían  ideado tanto Albert como su amigo conductor. Albert casi descubierto en su ardid, acabó sin embargo sorprendido por el hábil recurso de su amigo.

-        -  Disculpe, es tan sencilla su pregunta, que me voy a permitir que se la conteste mi chófer.- Y el verdadero chófer señaló con sus dedos gordezuelos y socarrón al verdadero Einstein, disfrazado para la ocasión de conductor. Albert por supuesto contestó perfectamente, y no fue descubierto en su impostura. Se contaba este chascarrillo, que me hizo mucha gracia y que nos aporta una imagen juguetona y enredona del gran científico. En otra publicación nos detendremos en el papel que jugó Einstein para que se acelerase el proyecto de construcción de la bomba atómica.    

¿Inspiraría El Príncipe y el mendigo de Twain la ocurrencia del chófer y del propio Einstein?

Comentarios

  1. Jajaja es muy posible que la anécdota fuese veraz pues Einstein tenía la fama de tener buen humor. De lo que dudo es si fue el chófer el conferenciante postizo (no pongo en duda su capacidad cognoscitiva) pero el científico era harto complicado...
    Conozco otra anécdota de él donde hace gala de ese humor. Einstein tuvo hasta tres nacionalidades distintas por la época que le tocó vivir: alemana, suiza y americana. Solía bromear sobre estos tres pasaportes diciendo que si hubiera fracasado con mis teorías, los americanos hubieran dicho que yo era un físico suizo; a su vez, éstos que era un científico alemán; y los germanos que era un astrónomo judío.
    En fín, me ha gustado tu entrada. Comparto.
    Un abrazo

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    1. No conocía la anécdota de las nacionalidades,pero es muy divertida.Gracias por contarla.Voy a leer tu entrada de Beevor y Stalingrado.La batalla que desequilibra la IIGM.A mi gusta el estilo de este escritor,que te transmite la épica de una guerra que cambió la faz de la tierra.Casi me gustó más la Batalla de Berlín de este autor.

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