Aperturas de ajedrez y literarias.


Dicen que las aperturas de ajedrez, aparte de ingeniosas y bellas, pueden desatar a posteriori todo un compendio estratégico, y en el fondo determinan el desarrollo de la partida. Casi como un haiku, cuando más condensadas llegan a ser más desbaratadoras de las defensas del rival. La más común y popular sería la apertura Ruy, llamada así en honor del cura que la pergeñó hace cinco siglos, a la que se le suceden como centellas la defensa Morphy, la Steinitz y como juego de posibilidades infinitas, toda una miríada de alternativas y subalternativas , que crecen en ramificaciones eternas cada una con los nombres de sus creadores (http://ajedrez.about.com/od/openings/tp/TopOpenings.htm) . En cualquier caso, la sencillez es la clave de una hermosura que se nos escapa a los legos en juego tan valiente en el que empeñamos nuestra inteligencia y  que generó antaño prodigiosos beneficios a su creador y un quebradero de cabeza para su riquísimo mecenas, que tras su promesa, se debió declarar en bancarrota. Colosos y debacles más grandes hemos visto pasar por nuestros enternecidos ojos desde que las subprime diesen su primer aldabonazo en el año 2007. Aunque en literatura como nos advierte Enrique Vila-Matas en Historia de las primeras palabras en El País, donde se prodiga con su magisterio para encanto de sus seguidores, las primeras palabras son muy importantes para captar la atención del lector, son sin duda la carta de presentación. Con una frecuencia de dos semanas el escritor catalán nos sacude del letargo desde su sección El Café Perec.


Aperturas infinitas en las que se descuelga la tarde.


En esta ocasión, Vila- Matas divaga sobre el subgénero del artículo y sus primeras palabras, que conoció grandes artistas y especialistas. Nos viene a la cabeza el nombre de Eugenio D´ors, más allegado y digno antepasado de Enrique por compartir el terruño catalán de sus orígenes, y que es una de las personalidades más desconcertantes de nuestra literatura. D´ors definió su gusto por el disfraz como el multiformedado que el escritor con forma de peonza y barbas luengas,  recopilaba gorras, medallas, camisetas y chalecos de lo más variopinto, tras los que se embozaba sin ningún sonrojo (no se trataba del uni, de uno, uniforme, sino del multiforme, de muchos disfraces). Los seguidores de Vila- Matas recordamos profusamente las ansias de nuestro venerado escritor de disfrazarse y perderse en otras  personalidades fugaces, que recrea en sus obras (Ernest Hemingway mediante) y que le acercan todavía más a Eugenio D´ors, al que se le veía llegar desde la lontananza, por su corpulencia y lo vistoso de sus atavíos; también porque sus cuerdas vocales vibraban como un altavoz. Muy histriónico pero de un humor y una genialidad en la prosa, que nos hace agachar la cerviz, mientras nuestros ojos discurren por los artículos. Sus primeras palabras como no desdeña Vilamatas, seducen al lector por su ingenio, le secuestran su voluntad. Vaya en descargo de tan poliédrica personalidad, que en la posguerra hombres y mujeres llevaban uniformes o por lo menos los tipos y tipas más pretenciosos, Quién no teniendo un pleito, abusaba de las condecoraciones de corta y pega o de la camisa azul mahón, para impactar al jurado que dubitativo se dejaba influir en su lucidez por una buena colección de medallas. Luego estaban los más, que se tocaron con sombreros las cabezas a fin de esperar sin contratiempos que la marejada de los vencedores, muy estólida, se desvaneciese con el tiempo. 

No obstante, quizá el más fino articulista que hayamos conocido en nuestra literatura-periodismo sea César González Ruáno, un cínico definido por sus rivales, aunque no llegase a la extravagancia de un misántropo que da nombre en la actualidad a unos premios de periodismo muy famosos, los Mariano de Cavia. Iba Don Mariano por los cafés, solitario, no era de muchedumbres y su gato en brazos. Imaginadlo con su chalina, y un gorro, y dada su hosquedad, ni las jóvenes promesas osan perturbarlo en su quietud bizantina, donde toma nota retrepado en su seriedad. A veces, le acompaña el secretario que le lleva las cuentas, ajado y con pinta de clochard por los remiendos que recosen su americana. Es el único que le templa las gaitas del mal genio al señor de Cavia. Don Mariano destacaba  por sus buenos principios y no nos referimos a sus valores. Bueno, pues volvemos a la casilla de los inicios, buscando ya demediados en esta publicación, un buen comienzo, con Vila-Matas, más que digno sucesor de los antedichos. El nos recuerda en su artículo el consejo de Héctor Bianciotti que le conminaba a que las primeras frases fuesen lo esencial de su texto, puesto que es lo que incita a los lectores a seguir leyendo. A estas alturas podemos concluir sin un atisbo de duda, que las aperturas en el ajedrez y en la literatura, condicionan el resto de la partida. 

Por eso, todos recordamos aperturas gloriosas, sin ir más lejos la de La Isla del Segundo Rostro, reflejada en una reciente reseña, y en la que la belleza del amanecer mallorquín contrasta con las imágenes más pedestres y prosaicas de la cubierta de un barco. Caras agotadas y algunas mustias, que ocultan su enojo para no herir al resto de los circunstantes, y algún perturbado que no crea llegado el momento de saltar por la barandilla. Toda una batahola que se apelotona en la cubierta para contemplar un espectáculo, que como dice Albert Thelen, tiene lugar todos los días, y le resta por tanto una poesía que nos da con su prosa. El Hombre sin atributos de Robert Musil, crítica acerada a la burocracia austrohúngara que no deja de sorprender al lector, que cree que se está imbuyendo en un proceloso libro de meteorología. Inusitada apertura que da paso a un humor siempre sibilante y a una prosa lucidísima, que convierten a esta novela en una de las grandes aportaciones del siglo XX. También nos apasiona la  luz sucia y la electricidad que pulula en el primer marco que le ofrece Vassily Grossman al lector en su ópera magna Vida y destino, dicho con toda justicia y conocida como la Guerra y Paz del siglo pasado. Apreciamos en las páginas de Grossman, que tuvieron que ser microfilmadas para evitar su destrucción y que pasasen a Occidente esquivando la prohibición- penada con muerte o largas estancias en el gulag- pero es que el novelista construye una solidísima crítica en la que apreciamos la dureza de las instituciones soviéticas que dieron una vuelta de tuerca al sufrimiento respecto a sus homólogas zaristas. Las cédulas, la explotación intensiva de los recursos que depararía calamidades medioambientales  como la del Mar de Aral, se asoman en las páginas de la novela.



El introito de un bandoneón destila gran belleza


Por otra parte, nos encandila la fuerte apuesta de Ray Bradbury en su distopía Farenheit 451 en la que nos desvela a qué nos conduciría la eterna prohibición representada por lo políticamente correcto, tan presente en nuestros días. Lakoff y Wittgenstein reseñaron la importancia del lenguaje y estuvieron en lo cierto. En la distopía de Bradbury lenguas de fuego que se tragan y queman de forma atroz los libros que pudiesen agitar nuestras conciencias, hieren metafóricamente nuestras pupilas en los párrafos iniciales. Asimismo, una buena poesía  requiere de un movimiento súbito de apertura, que nos altere en nuestras defensas y haga caer todas y cada una de nuestras piezas y corazas. Así, el Fernando Pessoa poeta parece deslumbrarnos desde su mesa habitual del Café A Brasileira, mientras musita sus versos. 

Pobre velha música!
Não sei porque agrado,
Enche-se de lágrimas
Meu olhar parado.

¡¡¡Chas!!!!gracias al mago portugués, estamos atrapados en nuestros recuerdos que son los suyos. Fabuloso, magistral y mágica apertura del de los lenticulares finos, como el bozo de su bigote. Dejaremos para otra publicación la inquietante personalidad del luso, y como la casualidad y su personalidad, hendió como un rayo a un Antonio Tabucchi, que se topó de forma azarosa con el sentido de su vida, en un encuentro fortuito con un retazo de papel de Fernando Pessoa. Qué importantes son las primeras palabras hasta en los encuentros inesperados. Introducciones que rompen el laconismo de un escenario, como las perpetradas en otros órdenes por el bandoneón mágico de Ernesto Baffa y los primeros compases de Adiós, nonino del monstruoso Astor Piazzola ( monstruoso por su incomparable genio) nos llaman la atención desde que principian y nos despiertan del sesteo vital, al que nos conduce todo lo anodino. Bien es verdad, que sin quitarle algo de razón a Héctor Bianciotti, comienzos grises no presagian grandísimas novelas. En busca del tiempo perdido de Proust o el Ulises de Joyce no destacan por sus inicios que nos imbuyan en magia. Luego la novela te va conquistando de manera implacable y sin posibilidad de redención. 



El balanceo inspirador para Pessoa de los tranvías lisboetas.

Y con tantos comienzos llegamos al final, que es casi tan importante como un buen principio. Allí el rapto de imaginación del autor, a veces nos ha dejado sin habla. Pero abordaremos los finales inefables para otra ocasión. Mark Twain todo un innovador del género narrativo, y el primero que dejó sus manuscritos por el fructuoso repiqueteo de la máquina de escribir, para consuelo de los editores sea dicho de paso, recuerda que el final de una novela es el mejor comienzo para la siguiente. Si se le deja un buen sabor de boca final al lector, sin duda comprará la próxima novela. Si es que los lectores somos en el fondo inconsolables. Principio y fin, importantes, pero ¿qué me dicen de los "mientras tanto", o el desarrollo de la obra?

Comentarios

  1. Un atinado lector me dice que el post sobre los mejores finales en el género novelesco,será una publicación imposible.A menos que quiera aventar el final de muchas novelas y sembrar la discordia como buen aguafiestas.Cómo contar sin contar los finales es un malabarismo que raya con lo imposible,y tiene razón el perspicaz lector.Lo dejaremos estar.

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  2. Creo que podría ser amigo de Bradbury, Pessoa o Piazzola por citar a alguno jejeje. Me parecen unos tipos deliciosos, de esos con los que se pueden conversar durante horas y nunca aburrirse.
    Tus entradas me dejan perpleja con ese derroche de referencias;)
    Abrazo!!

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    1. Por cierto,a mi me encantan tus publicaciones,no sólo por un estilo ciertamente brillante,sino porque nos enseñas enfoques,libros y peliculas diferentes,que nos sorprenden y nos ayudan a liberar nuestras mentes de prejuicios.Son intervenciones que te invitan a reflexionar,pero no estolidamente moralizantes.Es un punto difícil de lograr.

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  3. Son el poso de las distintas lecturas que rebullen en mi fuero interno y salen a borbotones entramando la idea original,algunas,muchas veces ecplipsanola.Para conocer la época de D'Ors,son en mi opinión imprescindibles dos libros,que incluiría en tu maleta de "refugiada":La monumental Las Armas y las letras de Trapiello y en segundo lugar,Novela de un literato de Cansinos Assens.Las dos deberían aparecer en los planes educativos.Trapiello nos rescata del ostracismo a grandísimos que por su apego a la dictadura franquista,han sido repudiados.Podemos repudiar su actitud,que tampoco fue en muchos casos monocorde,pero no podemos perder las muestras de su talento.Y Novela de un literato es una delicia,y te ayuda a entender las situaciones y los protagonistas de nuestra literatura de la primera mitad del siglo XX.

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  4. Me encanta tu recurso al ajedrez como introducción a tu entrada y tu estilo muy trabajado me recuerda al de un escritor.No sabría decir cuál.Tus post son muy lindos.

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  5. Muchas gracias,me suben los colores...

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