La quimera de Bruneleschi

El Arno serpentea plácido dividiendo la urbe, donde varias capas de antigüedad se acumulan y arraciman para susurrarle las leyendas e historias del lugar a quien las quiera escuchar (la cinta de agua apenas se conmueve por la hendidura de tierra por la que discurre, hasta que le llega el reposo, en el mar de Liguria). Entretanto el viajero sin aguzar mucho la vista, desde los somontes de Bellosguardo adivina la silueta de la enorme cúpula del Duomo, su lugar de destino. No imagina la belleza que guarda su esqueleto de adobe y la dificultad técnica que entrañó su erección hace muchos siglos, cuando se había perdido la sabiduría de los antiguos romanos. Cómo evitar que la mampostería colapsase la cúpula de Santa María di Fiore fue una de las cuestiones que más quebraderos de cabeza produjo en uno de los personajes más conspicuos de la época , Filippo Bruneleschi, que emergió de la zozobra y de los últimos estertores del Medioevo, para encauzar e interpretar el pulso de la nueva época, el Renacimiento. Brumas de peste, que evocaban para los visionarios las trompetas del Apocalipsis, hasta que poco a poco, los burgos como Florencia fueron despertando de su letargo. Este resurgir fue mucho más acusado en Italia, debido al fuerte dinamismo de sus Repúblicas y no es casual, que la mayor parte de las innovaciones bancarias, empresariales y de mecenazgo, tuviesen lugar allí. También la malhadada peste arrumbó a la que estaba llamada a ser la potencia hegemónica de aquella constelación de repúblicas, Siena, que se convertiría en un espejismo de la bonanza tardomedieval y cuyo patrimonio  a pesar de todo, brilla con fulgor en los ojos de los turistas.


Bella cúpula de Santa María di Fiore


Hagamos de todas formas un inciso para comprender la importancia de la Peste de 1348 en el devenir histórico. El virus que provenía de Asia, se adentró por Italia en primer lugar hasta extender su reguero de muerte por toda Europa (las aviesas ratas, portadoras del virus, viajaron en barco hasta los puertos italianos). En las ciudades el recuento de fallecimientos fue más fiable, por lo que acudiendo a fuentes eclesiásticas, los expertos calculan que aproximadamente dos tercios de la población de Siena desapareció bajo las garras de este enemigo invisible.  Florencia aun cuando fuese también muy afectada por la enfermedad (murió un 40% de su población), logró resurgir con muchísima fuerza para capitanear el tiempo nuevo que se avecinaba. Aparte de la literatura que la pandemia generó, el paradigma más directo sería El Decamerón de Bocaccio (los protagonistas se refugian de la peste en una villa y para combatir la casmodia se dedican a contar cuentos) la enfermedad influyó en la mentalidad de la época: las ansias de vivir y de mostrarse se hacen más fuertes que la prédica religiosa. Por otra parte, como señala Daron Acemoğlu  en su obra Por qué fracasan los países, la peste ayudó a difuminar los vínculos feudalistas en la Europa occidental, al mismo tiempo que en Oriente, los reforzaba, hasta el extremo que nos muestra la maravillosa Almas muertas de Gogol. En conclusión, la peste aunque parezca paradójico, contribuye a que el renacimiento de la nueva época tenga lugar en las ciudades, puesto que había borrado la ligazón de la población diezmada con las instituciones feudales (Rusia, y otros países de su órbita sociocultural, exacerban como dice Acemoğlu, estos lazos hasta bien entrado el siglo XIX, ni siquiera Pedro El Grande logra una modernización que sólo se produce en lo aparente y superficial).

Era en este entorno de florecimiento de las urbes, tras el afanoso y convulso período anterior, donde el famoso arquitecto Bruneleschi experimentó la evolución propia de la época, en la que los artesanos abandonan sus creaciones más intuitivas para abordar con un prisma más matemático los problemas de la perspectiva y del espacio. Sus conocimientos de la perspectiva- que madurará en sus viajes a Roma, epítome del saber antiguo- trastocan la experiencia del turista, que con la cámara licenciosa aventará antiguos espacios, en los que se verá inmerso, de modo que le sorprenderá la armonía que guarda Santa María de Fiore con el resto de edificios que se ciñen a su entorno y cuyas fachadas parecen escapar por el llamado punto de fuga. Nada es casual en la arquitectura renacentista, que juega con la ciudad como si fuese un escenario con el que recrear la vista de los viandantes y sobre todo, engañar  a su ojo. Si una villa es pequeña, se esquinarán mucho sus rúas, para acrecentar no sólo el misterio, sino para originar en la mente humana nuevos espacios en pequeños recodos, que provoquen la sensación de trasponer muchos lugares diferentes, muy encogidos, aunque al final se estiren en la secuencia con  la que se desenvuelven en nuestras cabezas.

Durante el Renacimiento rebrotó con fuerza el individualismo y el hombre se convirtió en la medida de todas las cosas. Vuelve el culto a la personalidad y quizá El hombre de Vitruvio de Da Vinci condense plásticamente el ideal de la época, cuando a las artes les llegaron nuevos céfiros y sus ejecutores, los artistas, salieron de un ostracismo consciente. Porque frente al período anterior donde el artista se encubría deliberadamente en el anonimato para no empañar la gloria de Dios, en la nueva época los arquitectos, los pintores, los escultores compiten rabiosamente para que el eco de sus glorias, supere a las del rival. No en vano, a Bruneleschi le salió un duro competidor en Ghiberti, artista de transición entre el denostado Gótico y el Renacimiento. Miguel Ángel y Leonardo Da Vinci, porfiaron hasta el fin de sus días, mientras que en la Edad Media, el anonimato era lugar común. (Gótico proviene de godos, pues así se referían despectivamente en el Renacimiento a un arte desbastado respecto al románico pero inferior al período clásico, por lo menos ese era el punto de vista de los maestros renacentistas, que huelga decir, que en esto se confundieron clamorosamente).


Esta obra es la expresión del ideal de una época.


El caso es que nos habíamos quedado prendados de la cúpula de Santa María di Fiore, desde la lontananza de Bellosguardo. Se tardó muchísimos años en erigirla a pesar de que la Iglesia estaba construida, con su crucero al aire libre, sin bóveda, o con la celestial, cuando menos, con las rutilantes estrellas que paseaban por encima de las cabezas de los creyentes. Gracias al veleidoso destino, Bruneleschi, un joven artesano, que había renunciado al premio ex aequo en favor de Ghiberti para decorar las puertas del segundo baptisterio de la catedral florentina, se decidió a viajar a Roma para estudiar la técnica de los arquitectos antiguos. Acodado en las ruinas, con su cuaderno de notas, Filippo garrapateaba las inquietantes y retorcidas formas que eran capaces de erigir los arquitectos romanos. Le atrajeron especialmente el Anfiteatro Flavio o más conocido como Coliseo, pabellón capaz casi de albergar a la población de su anhelada patria chica. Discurriendo por los vericuetos, inflamados de arte clásico, descubrió sobre todo el Panteón de Agrippa y su voluminosa cúpula, que le sustrajeron de sus quehaceres ordinarios. 

¿Cómo habrían podido elevar el material que depositarían en lo más alto? ¿Qué artilugios habían pergeñado sus ancestros? El joven arquitecto que fue madurando en las intricadas calles romanas, con encargos menores, creyó intuir que en la resolución de la técnica constructiva del Panteón, se hallaba el quid de cómo abordar el crucero de Santa María de Fiore. Por eso, cuando se convocó el concurso para la construcción de la cúpula de la catedral de su urbe, Filippo había madurado en su mente el sistema de poleas para elevar el material a su ubicación definitiva. También había macerado la forma de resistir la mampostería con un juego de arcos de mármol y la distribución de los ladrillos en una forma de espina de pez, capaz de arrostrar las tensiones derivadas de la gravedad del conjunto. Un incidente con Ghiberti, le permitió por otra parte, hacerse con la dirección definitiva del encargo. Luego vendrían una serie de encargos de menor entidad técnica, pero donde el estilo del gran arquitecto del Renacimiento, por lo menos del Cuatrocientos, había logrado la plenitud definitiva.  

El gran Panteón de Agrippa de la antigüedad.


Por último, resaltar que es la época donde la imprenta permite la difusión del conocimiento, cobijado en la Edad Media contra el olvido en manos monacales, y en la que el capital financia el gusto por el lucimiento y exhibición de la riqueza, frente al recogimiento medieval, donde el pavoneo era casi tildado de lujuria. El papel del capitalismo que cobra nuevas formas en Italia, es muy importante. Nace una nueva banca cuyos usos y apego al dinero escriturario, permite a veces burbujas en el arte; una nueva empresa y personalidades jurídicas, que avanzan la sociedad en comandita para financiar aventuras comerciales que llevan a los mercaderes italianos a medio orbe; la contabilidad de partida doble, difundida por parte del monje Luca Pacioli, todos instrumentos que van amamantando y ayudando a controlar un caudal mayor de riqueza, que con una nueva mentalidad, se exhibirá en las lujosas fachadas venecianas, en las casas de comerciantes florentinas ( del mismo modo que es imposible comprender el capitalismo holandés del siglo XVII sin las nuevas personalidades jurídicas, que dan a luz, a la sociedad anónima de nuestra época) Con los nuevos vientos de prosperidad, vienen el mercader y las familias de comerciantes, que como los Medicino sólo se convertirán  en los gobernantes de las pujantes repúblicas, sino que serán los patrones del arte  como el legendario Mecenas de la época de Augusto ( de este Mecenas salió la palabra que usamos ahora en el patrocinio de cualquier manifestación artística o de otro tipo). El Mecenas original incluso pagó a Virgilio para que escribiese la Eneida, que entroncaba para mayor gloria del poder, a los romanos con Eneas y los griegos. Aquí acaba este fatigoso post, más enredoso de lo que parece, porque son tantas las anécdotas y los elementos que definen el Renacimiento, que mi capacidad de síntesis se ha visto sometida a una prueba abonada al fracaso.  

Comentarios

  1. Hola, Sergio, por fin que he podido sacar un huequecito para venir a leer tan interesante post. Y es que siempre se aprende contigo, siempre, y hasta una pandemia, como fue esa peste negra del s. XIV, sirvió para dar el paso de gigante desde la Edad Media al Renacimiento. Cierto también lo que afirmas, de que en el periodo medieval los artistas eran considerados más bien artesanos y la mayoría nunca salieron del anonimato, salvo unas pocas excepciones, como Cimabue, que fue prerrenacentista. Sobre la cúpula de Bruneleschi sí que fue todo un adelanto tecnológico de la época, inspirada, como también dices, en el sublime Panteón de Roma, aunque la suya no fuese totalmente esférica como la que ideara Agripa, sino algo apuntada, vestigio de ese gótico que aún daba coletazos. Sobre la cúpula de Santa Maria di Fiori, añadir como anécdota que Bruneleschi prohibió a sus obreros que bebieran vino durante las obras, para evitar que se defenestrasen desde los altísimos andamiajes, debiendo éstos tomarlo mezclado con agua. Entonces la gente no bebían agua sola por la gran cantidad de gérmenes que contenía y que provocaban infecciones intestinales, por lo que había la costumbre de beber vino a expuertas, jeje, pero este sabio arquitecto minimizó con esta medida los riesgos de accidentes laborales, lo cual ya indica también la modernidad de su pensamiento.
    Me gustó mucho también tu forma de exponer los temas, con ese lenguaje tan literario que utilizas, propio de un buen novelista, desde luego.
    Comparto con mucho gusto tu entrada, Sergio,y te dejo un fuerte abrazo.

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  2. Muchas gracias,Dalia y sabía que se mezclaba el agua con alcohol para evitar las infecciones,pero no la inteligencia de Bruneleschi para evitar los accidentes laborales.Todo un visionario,que se adelantó como dices muchos siglos a su tiempo.Por cierto,me encantó tu poema sobre la amistad con la Ofelia prerrafaelita.Seguro que el poema está inspirada en una amistad que fue.Un saludo y cuidate.

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