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El espejo de Joseph Vincent



Lo reconozco, uno de los pasajes de la historia del arte más desternillantes que he leído, salió de la pluma inefable  del articulista Luois Leroy. Un periodista de edad madura, ocurrente, barba fosca y con algunas hebras canosas. Tenía unos descuidados anteojos mancillados por sus propios dedos, y sin embargo siempre iba con un perfecto terno y una corbata de lazo (de trébol como se decía en la época, para espantar a las parcas y que pasasen de largo). En sus años mozos había perdido el tren de la bohemia, cuando con maña abordaba algunos retratos, pero le fallaban aquellas últimas pinceladas que avivaban  los elementos de un lienzo, para que buscasen en el observador un átomo de sorpresa. Era uno más de la legión de pintores que pastueños dominaban el catón de esteticismo clásico. Como artista frustrado y algunas nociones de arte, le fue encomendada la tarea de realizar las crónicas relacionadas con el ámbito de las musas en su rotativo, Le Charivari. Tampoco desdeñaba otros predios del periodismo con su acerada y grandilocuente lengua, como el reporterismo político o social (los ecos de sociedad más desprovistos de la vulgaridad actual). De ánimo aventurero, en el lector todavía estaban muy frescos sus reportajes de la Guerra francoprusiana de 1870, durante la cual, el baqueteado periodista se movía ágilmente entre los montículos provocados por los cañones germanos.

En tiempos de paz, el plumilla se dejaba caer en busca de una historia por cualquiera de los cafés parisinos donde se apelotonaban las sagas de escritores y artistas, que bullían en el infiernillo de la creatividad. En la lontananza, con la caña ( metafórica y de pescar) y los ojos aviesos, observaba el remolino de imágenes que como un espectáculo se desarrollaba delante de sus narices, para enseguida verter el hato de sus experiencias vespertinas, que tomaban ineluctablemente la forma de una crónica. Se había convertido en un lugar común, encontrarse con sus guantes y su sombrero reposando en la misma mesa de siempre mientras barbotaba para sí las primeras líneas del artículo. Solo en medio del bullicio que le era tan inspirador y donde únicamente era posible aprehender fragmentos de conversaciones, comenzaba a mojar la pluma con los párpados abombados de tedio. En el café aparte de las cuestiones y reglas artísticas y literarias, los tertulianos chillaban a voz en cuello sobre lo escandaloso que llegaba a ser la decadencia que se había instalado en todos los órdenes de la vida francesa desde la derrota de Sedán. Los  patriotas más enfervorecidos agitaban sus gargantas clamando venganza u oteando como lenitivo a África,  hacia la cual cabía  proyectar todas las frustraciones nacionalistas.


Primer cartel expositivo Impresionista (fuente Wikipedia)


Luego vendría el episodio de Fachoda, que estaría a punto de provocar una guerra anglofrancesa, en pleno corazón del continente africano, si bien sería adelantarnos demasiado a nuestra historia. El caso es que muchos desalientos golpeaban a la conciencia de nuestros vecinos chovinistas, que por aquella época, como si los males no viniesen solos, también se vieron flagelados por otros escándalos financiero políticos. La derrota en Sedán se analizaba desde una clave moral, por supuesto había sido una consecuencia de la ausencia de ética y valores que galvanizasen el alma de la patria gala. Había estancias herméticas a lo Bernarda Alba, que apelando a los eternos valores patrios,  no dejaban que penetrase ninguna de las influencias o revoluciones que alentaban los visionarios, entre ellos, los futuros Impresionistas. Así hubo un grupo de pintores que cansados de las  instituciones esclerotizadas como el Salón oficial del Louvre, habían decidido crear una sociedad anónima cooperativa , que aventase las normas, que había que cumplimentar para exponer en dicho salón oficial. 

Corría el año 1874, y Luois Leroy se sacó de la chistera a un tal Joseph Vincent. Usó una técnica narrativa que definen algunos expertos literarios como de espejo, esto es, se inventa un personaje sarcástico y con él se llega con trancos cortos a la sala Bulevar de los Capuchinos 35, esquina con calle Daunou, donde exponía por primera vez una sociedad a camino del interés burgués y de la revolución. Curiosa amalgama que aunaba la institución capitalista por excelencia, la sociedad,  y el anhelo de conculcar todas y cada una de las severas normas del clasicismo predominante en el Salón del Louvre. (tenemos un hermoso cuadro de Claude Monet que presenta el rebullir de gentes por esta indómita avenida del París de 1873 y que nos puede dar una idea del Bulevar de los Capuchinos de la época). Estamos hablando en realidad pese a toda esta faramalla de términos empresariales, de la primera exposición de los Impresionistas. 


Joseph Vincent inveterado e imaginario profesor de arte, que no puede callar sus ominosas ocurrencias a propósito de la incalificable exposición, va soltando perlas fruto de su elocuencia y sabiduría. Se tropiezan con un cuadro de Renoir, y se azora por el despropósito del que intuyen que sabe dibujar pero que desperdicia sus habilidades para perpetrar un ataque en toda la regla a las formas y contenidos, al color y cualquier mínimo sentido común que difumina definitivamente su encomiable pero fallida bailarina. Van discurriendo por las salas y rellanos con ojos ahítos de incredulidad, y Leroy que sabe de lo lenguaraz que es su amigo invisible, le pincha y le deja que vaya enjuiciando calmoso cada una de los lienzos. Hasta que se topan con el famoso cuadro n º 98 del maestro Monet, Impresión, soleil levant, que jugando con las palabras del título llevan al articulista al hallazgo casual, que servirá a la postre para conocer al movimiento Imresionista. Son las impresiones del sol, que embriagan al Papá Vincent, que observa estos cuadros como criaturitas suyas, aunque de una forma despectiva y nada sutil. Le parecerá que el susodicho número 98 de los despropósitos, tiene el mismo acabado que el papel pintado de pared. Una marina donde la forma no llega a la calidad ni de lejos de la técnica sfumato ( esto es sarcasmo de mi cosecha, no de Papá Vincent). 

Pero Francia empieza a romper amarras con su claustrofóbico pasado y si bien, en la política apenas se presentan cambios, el mundo del arte se va alejando del halo de lo convencional. Años atrás había  dado pasos decisivos, cuando el Desayuno en la hierba había escandalizado a las mentes más tradicionales. Arrumbaban con esta exposición el funesto legado de la guerra, que se había cobrado su tributo entre los artistas ( al tierno pintor impresionista Bazzille el plomo del campo de batalla le condujo a la muerte) para abrir las puertas a un esplendoroso futuro. A mi me encantan los impresionistas, sus cuadros y sus juegos de luces te cautivan para que tu cerebro recree con sus pinceladas sutiles formas enteras, repletas de belleza. Son una estupenda experiencia que fuerzan al espectador a abandonar su molicie, frente al realismo perseverante en el arte, que empieza a vivir los últimos días de su reinado. Habrá pintores realistas, pero como en otras manifestaciones artísticas de otra índole, v.g. las formas o la métrica de la poesía, dejan de ser un mandamiento sacralizado.  


Monet, protagonista involuntario de las invectivas de Leroy 

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