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El astrólogo de Vermeer y los degenerados


Habíamos dejado a Philippe Pellegrini con sus tribulaciones amorosas y los preparativos de la redada contra la banda especializada en tráfico de arte, que habrían de desvelarle toda la noche. Aovillado en la cama y aferrado a la almohada como si fuese la cintura de la inspectora Antoinette, sueña sin embargo con la comedida Rose Valland, una heroína que había iluminado sus ilusiones de adolescente. Mientras su hermano mayor Aldo complementaba su bicicleta con el fin de emular al ciclista Gianni Bugno, la hormiguita de Philippe compraba libros de arte con los trabajillos que le surgían esporádicamente. Recorría de manera  piadosa y a escondidas los mercadillos de libros de segunda mano parisinos, donde se topó con un perturbador Samuel Beckett que se daba réplica a si mismo. El ayudante del gran James Joyce, que era una celebridad  gracias a Esperando a Godot, se había convertido pocos meses antes de su muerte en una ruina física, que peroraba con su sombra sobre lo absurdo de la vida. Luego estaban los escritores latinos que huían de sus dictaduras, aunque en realidad buscaban la inspiración de Cortazar en las callejuelas parisinas y tal vez encontrarse con otra Maga. Todos revoloteaban en su cabeza, hasta que el joven cazaba uno de esos mamotretos voluminosos de arte, que no le achicaron porque siempre los leyó con fruición.

Entonces se percató de que ni siquiera Ruskin habría imaginado los vaivenes que se producirían en los años venideros respecto a la cuestión estética. Por supuesto, media un abismo de preferencias y gustos entre la estética de dandi caduco de Wilde a los trazos desprovistos de cualquier impronta clásica de Wassily Kandinsky,  que rumorosos nos evocan notas musicales “¡Qué los cuadros no lleven título!”, para que el observador no sea constreñido en su contemplación, parecía afirmar el pintor moscovita, retrepado en sus finos anteojos y con gesto circunspecto. También nos resulta imposible no rendirnos a la candidez aldeana y bucólica de los cuadros de Marc Chagall, que proclaman con formas por momentos infantiles, la inocencia de un mundo atrapado en sí mismo, repleto de magia y donde parece que el tiempo se ha detenido. Y muy de actualidad el fascinante Francis Bacon, por el robo en Madrid de cinco cuadros suyos, que no han dejado la más mínima huella ni rastro que seguir a los investigadores ( Leer noticia en digial ABC http://www.abc.es/cultura/arte/abci-roban-cinco-obras-francis-bacon-casa-amante-espanol-madrid-201603132149_noticia.html )  Son los llamados por los totalitarismos artistas degenerados. Pese a que en algunas ocasiones ocupen puestos en las dictaduras, las más son acosados para que su creatividad se pliegue a las necesidades de la autocracia.

¿Habría imaginado Ruskin la estética de Miró?


Con cada cabezada, en el fogoso duermevela  el inspector concluye que tan dispersos se encuentran los gustos artísticos a lo largo del siglo XX,  que es difícil abarcar su variabilidad en unas líneas someras y reflejar su andadura. Período envuelto de asechanzas por parte de los totalitarismos, que jamás ocultaron su animosidad contra las vanguardias ( no así el fascismo, que encuentra un relato fascinante en los manifiestos futuristas).  Como cuando Stalin firmaba con seudónimo artículos en el Pravda con los que denunciaba la frivolidad de la intelligentsia, ajena en sus manifestaciones a la clase trabajadora. Así Shostakovich fue acusado de esnobismo antipopular y de pornofonía (sic) en uno de esos artículos, Caos en vez de música, con los que Koba pretendía arredrar a los artistas para que ocupasen más sus desvelos creativos en exaltar la cultura popular. No obstante, existe controversia acerca de si realmente fue el propio dictador el autor de la soflama o bien, el director del periódico como acreditada voz de su amo. 

No le fueron a la zaga los jerarcas nazis, que repudiaban cualquier tipo de vanguardia, que les alejase del realismo y del espíritu triunfante que destilan las obras del gusto del Führer. Pero secretamente, muchos de ellos admiraban los bodegones de Cezanne o no se resistían a los acordes jazzísticos, a pesar de que oficialmente fuesen catalogados como música degenerada por ser racialmente inferior y estar completamente prohibida su reproducción  ¿Quién no recuerda la producción de Disney Los rebeldes del swing? La película algo meliflua aborda cómo una serie de jóvenes luchan contra la prohibición en Alemania de todas aquellas músicas que arraigarían en la juventud aria, y que habían atraído a la escoria judía para burlar los preceptos de la música más convencional y pervertirla. Joseph Goebbels patizambo y con el rostro picado de viruela, destacaba que en Estados Unidos “un lenguaje maduro se convierte en jerga y un vals se vuelve jazz" También la canción Lili Marleen le sacaba de sus casillas por su tufillo derrotista ( merecerá un post, desde luego). Hubo es verdad algunos nazis recalcitrantes que tampoco pudieron ni supieron disimular la veneración que sentían por el jazz como explica Diego A. Manrique en su maravilloso artículo El swing de los nazis http://elpais.com/diario/2008/03/03/cultura/1204498808_850215.html

Amstrong toca la trompeta como una raza superior

Poco cambiaban los prejuicios contra lo nuevo en el Jeu de Paume donde  a pesar de su discreción o precisamente gracias a ella, Rose Valland luchó  soterradamente   contra el comando Rosenberg. Las vanguardias eran tachadas de arte degenerado, pero conscientes de su valor, más allá de cerrazones ideológicas, muchos de los miembros de Rosenberg  las utilizaron para adornar sus casas parisinas y en algunos casos, para obtener pingües beneficios en el mercado negro que se alimentó en buena medida, sobre todo referentes de mucha calidad, de las obras distraídas en el museo de Rose Valland, que hizo, recordemos, de centro logístico del expolio de los territorios ocupados. Con todo,  condenaron a las piezas más recalcitrantemente degeneradas a la sala que con sorna denominaron de los mártires – creemos que no con el objeto de hacerlas arder, en eso en lo que los inquisidores del siglo XX era tan proclives, sino con el fin de venderlas y recabar fondos para la causa criminal que auspiciaban.

 De hecho, crearon una especie de tipo de cambio por el que diez obras de arte moderno equivalían a una de período clásico ¿Es una buena cotización que refleja la diferencia de valor entre el arte clásico y el arte moderno? ¿Cambiaría el lector diez cuadros impresionistas por un Velázquez? Manet admirador impresionista de los maestros españoles, nos tacharía de locos si accediésemos a cambio tan desventajoso. Por último, resaltar dos cosas del gran dictador. Su cuadro favorito era El Astrólogo del gran Vermeer, que está aureolado de una atmósfera esotérica en la que el pitoniso posa sus manos sobre el globo terráqueo, como le hubiese gustado hacer al cabo austriaco.  Por otra parte, de todos es sabido que en la música, sentía verdadero fervor por Wagner, con cuya familia desarrolló una relación más que estrecha y llena de equívocos. Adolf  Hitler siempre que pudo, acudió al festival de Bayreuth que todos los años se celebraba en honor del compositor teutón, y mientras escuchaba su música evocaba la época de estrecheces, cuando el menor marco que caía en sus manos iba destinado a comprar los billetes para cualquier representación de Wagner. Sobrellevaba con alegría el ayuno, a la espera de la recompensa que significaba para su martirizada alma de artista, la música de Wagner. Por eso no nos extrañe, que el inspector Philippe Pellegrini se levantase con regusto amargo por el fulgor del recuerdo del genocida mientras las luces de la ciudad comienzan a apagarse. Hoy es el gran día de la redada, y si todo sale bien, muchos años de trabajo habrán merecido la pena.   

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