Tres tristes críticas


El Fuego de Henry Barbusse.

El Fuego refleja sin tibieza el averno de limo que sepultó a toda una generación de europeos en la Gran Guerra. Miradas que apenas abarcan un horizonte lunar y que el morapio torna vidriosas, discurren en el tono claramente poético que destila la prosa de Henry Barbusse. Para ello el autor recurre a vivencias propias, que cobran resuello en una compañía francesa de peulois, errante por el Frente Occidental. A la sazón, el contraste de las estampas de las batalla y de la buena vida de la retaguardia, confieren a la obra un tono moralista y de denuncia de la hipócrita sociedad en guerra.Con un eco menor que Sin novedad en el frente, El Fuego es un alegato antibelicista excelso, que la Editorial Montesinos ha decidido rescatar del letargo. Recordar que Barbusse fue todo un referente del estalinismo francés y pocos entierros se recuerdan en el país vecino, tan multitudinarios. 

Henry fue una figura recurrente y muy polemista en el primer tercio del siglo XX, que vino a agitar las conciencias europeas, y al que cabe sumarle su innegable talento literario. Todos en Francia recuerdan su semblante serio, sus bigotes y su pelo lacio que se le movía continuamente en la frente y que se entintaba en un alarde de coquetería. Representaba en su perfecto terno, la imagen de un burgués que defendía al dictador Stalin a capa y espada. 

Viejos libros, historias eternas


El pisito de Rafael Azcona.

Una obra de tono menor en palabras del humilde Azcona, esconde hiel en lo que es un espejismo de divertimento, debido a las diversas capas cómicas que nos deparan los avatares de sus protagonistas. Petrita y Adolfo, novios de una relación macerada, anhelan una casa propia y por este motivo la joven embarca a su amado en un matrimonio de conveniencia con una casera anciana, que en las cábalas de los prometidos, coquetea con la muerte. Fiel espejo de una España donde los retazos de miseria son hilvanados de forma magistral por el autor, El Pisito posee en el finísimo sentido de humor un instrumento de crítica acerba de primera magnitud. No en vano, la sordidez de Madrid de la posguerra y de sus personajes beatíficos, hiere las retinas del lector que acaba compadeciéndose de sus protagonistas.El buen hacer de uno de los maestros de los guionistas, se nota en la concisión de toda la novela, que arrastra al lector/espectador por las diversas escenas.

El Camino de Miguel Delibes

La noche se aferra a los párpados de Daniel el Mochuelo, no se cierran mientras aletean en el duermevela, un sinfín de recuerdos. Las ilusiones de una vida mejor que alberga su padre, chocan en la oscuridad con la nostalgia que prende en la pluma de Miguel Delibes. En realidad son una excusa para describir fervientemente el mundo en miniatura del campo, que el genio pucelano tanto amó. Hasta que el día invade la pieza del Mochuelo, al que le atenazan las sombras del Moñigo, del Tiñoso, espectros que traspone junto a su infancia. El Camino tiene bastante de alegórico, su personaje nos evoca la infancia perdida. Con todo, el campo a la edad del Mochuelo es un incesante descubrimiento y no se atisban los rostros henchidos de tedio en una redoma como la del Valle, tan ajena e irrisoria para el mundo exterior.

Miguel Delibes fue además de un notable cazador, cosa que espantará a más de uno, un periodista que asentó los cimientos de la profesión en un Valladolid bombardeado por el tedio y con jóvenes aspirantes, dispuestos a dar el salto a Madrid. Francisco Umbral, el gran moldeador del lenguaje, agresivo y excelso con sus metáforas, le reconocerá como su maestro ( qué declaración más hermosa de amor a su hijo fallecido, en Mortal y rosa, me encantan las novelas  de Umbral aunque pivoten en muchos casos sobre la posguerra, y además, creo que línea por línea, quizá nos encontremos con el escritor español más inspirado de la segunda mitad del siglo XX). De Delibes, los programas oficiales nos dibujaron unos contornos más umbrosos, como la Sombra alargada de los cipreses, con unos usos y texturas muy diferentes a El Camino. Ambas marcaron parte de mi adolescencia lectora, junto a Dumas, Julio Verne y La isla del Tesoro ( quién no se metió en el papel del protagonista y soñó con surcar los mares con poco más de doce años; luego vendrían las decepciones, como cuando subí a una barquichuela de pescadores y el suelo se me movía bajo mis pies).

Valladolid, cubil de los sueños de Delibes


Por último, la extensa obra del autor pucelano, podría haberle valido el galardón del Nobel, tan preciado cuando tiene tan flagrantes omisiones. Cuentan que cuando se lo concedieron a Cela, Delibes que estaba siempre en la nómina de aspirantes más ilustres, se concienció de que había perdido el tren a la academia sueca. Su razonamiento en aquella misma mañana, versaba sobre que no se podía premiar dos veces a la posguerra española. Sin embargo, yo hubiese estado en desacuerdo con el maestro, puesto que su obra es muy diferente y no se debe entender sólo en un marco tan gris y tan dado al estraperlo como el que sucedió a las penurias de la guerra. Nadie como él supo reflejar la poesía ni la dureza de la vida en los pueblos. Personajes ásperos y reales, alejados de los brillos de la modernidad, como Cayo, hasta donde llega la ola de la Transición y el fervor místico con el que se hacía política entonces. El como ser atemporal, mantiene el escepticismo que analiza con objetividad las modas pasajeras.  

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