Del arte de la fuga.
Quién
no se ha sentido hecho un guiñapo frente a las adversidades que le han
zarandeado y en el momento más inesperado, una novela le abría
una ventana para fugarse de su maltrecha realidad (no para tirarse). Una
ventana de guillotina, con vistas a una ficción que le alejaba de la hondura de
sus pesares y que le permitía coger resuello, en un período donde le asolaban
las tribulaciones. Como la pareja del escritor consagrado y el aspirante, uno
de los dúos más eternos de la historia literaria, que emprenden juntos un viaje
interior y exterior, hastiados del bullicio de la meca artística de la que escapan. " No mirar hacia atrás, salvo que queramos convertirnos en unas estatuas de sal" Imaginemos un Francis Scott-Fitzgerald
vaca sagrada devoto de su esposa Zelda, llena de sofisticaciones, sus
bucles y vestidos vaporosos, que de pronto huye con el promisorio Hemingway
a ninguna parte. De fondo, les envuelve el monótono ruido de las vías del tren.
El más aposentado en las lides literarias, ya una estrella, se siente
aprisionado en la atmósfera de la gran urbe, en concreto, París, y deciden huir
ambos en tren. Algunos escritores creyeron apreciar en este episodio
rocambolesco, por cómo se reprodujo, una aventura con ciertas pinceladas de
atracción homosexual. Incluso, piensan que se halla entrañada esta interpretación en algunos
relatos de Hemingway, que al ser el meritorio frente al artista venerado,
guardó un recuerdo más vivo de aquel viaje fracasado ( teoría de Vila-Matas en su espectacular Paris no se se acaba nunca). Poco nos concierne en la historia de hoy.
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Fuga en tren, en los difíciles meandros de la imaginación |
El
caso es que Francis, intenta con halagos atraer en su aventura a Ernest, y lo
logra, con un ratimago propio de los avezados plumíferos: alimentar la vanidad
del buscavidas, falto de cuartos. Le dice que sus cuentos, el suspense que
logra, y sobre todo lo que no cuenta, conforma la corriente subterránea para
que alimenten en los distintos lectores composiciones de lugar muy diferentes.
Intuitivamente, con aquella cortina de halagos que en realidad escondía su necesidad de
disponer de un ayudante de cámara en el viaje de escapada, fue sugiriendo la que luego
se convirtiese en la teoría del iceberg de Ernest, como fundamento de la intriga de sus narraciones. Apuntemos simplemente que junto a
Gertrude
Stein de la que se declara deudo, Scott-Fitzgerald va pergeñando el
estilo del joven escritor. Volvamos con todo, a las campiñas de aquella escapada en tren: se van desvaneciendo en sus retinas,
hasta que a Scott Fitzgerald le empieza a mudar el color y a sentir un profundo malestar. ¿Finge una crisis de salud y con el
rabillo del ojo escruta las reacciones de su ayudante de cámara? Su enojo va in
crescendo porque reprocha la mala disposición del joven para ayudarle en
momentos tan tormentosos. El resto de la historia es de sobra conocida. Hemingway pasa
las de caín en un pueblo remoto de Francia, con las incesantes peticiones del
mayor de los escritores, que apenas le dejan dormir. A la vuelta que emprenden en coche, la cháchara no cesa. Un
quejicoso Francis, con su raya en medio
impertérrita, sigue reprochándole a Hemingway su vaga predisposición para
socorrerle. Recuesta su dolorida cabeza en el asiento, medio desmayado. El amago de fuga concluye en pesadilla para el futuro autor
de Por quién doblan las campanas. Fuga fallida.
Otro
capítulo de fugas literarias, o más bien protagonizadas por literatos, fue la
misteriosa desaparición de Agatha Christie. El 3 de diciembre de 1926 fue
encontrado su coche abandonado en las postrimerías de un lago, sin siquiera una
pista. En aquel entonces, Christie era ya una escritora famosa, y su Asesinato de
Roger Ackroyd había poblado exitosamente los anaqueles de las librerías, con
gran refrendo de ventas. Al ser una celebridad, los tabloides especularon con su extraña
desaparición; la cercanía del lago para los más agoreros era una indicación
bastante funesta para considerar el suicidio. Pasaron 11 o 12 días, que las
crónicas de la época no se ponen de acuerdo, durante los cuales, procelosas leyendas nutrieron las páginas de los periódicos: amuletos con un influjo maligno, el suicidio, una aventura
amorosa, hasta que un día, el huésped de un hotel ávido lector de las obras de Christie, la
había reconocido cuando se prestaba a acudir a la sauna. Hubo no en vano una gran
confusión, puesto que se había alojado con el nombre de una supuesta amante de
su marido. ¿La convivencia de la pareja se había
deteriorado bastante como para que la genial experta en intrigas,
buscase con aquella huída una venganza contra su marido? O quizá simplemente se fugase para llamar su
atención, o como en el caso de la pareja Scott-Fitzgerald Hemingway, por el
afán de huir de una vida rutinaria. ¿Quién no ha sentido esa necesidad de
escapar cuando los problemas le abruman? Un trabajo agotador, y que en cuanto
llega la noche, se refleja a modo de intensas ojeras en el azogue del espejo.
Casi nada te llena, tus hijos son una fuente de problemas, hasta que llegamos a
esa cajita henchida de letras, la abrimos y despertamos en un mundo de fantasía
para decir qué jodidamente bueno es Robert Artl. Agatha Christie nunca explicó los motivos que le llevaron a planear fuga tan estrambótica, y tampoco el hecho de que se alojase con el nombre de una de las furcias que maltraía a su marido por el lodo de una vida licenciosa.
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Un cocha abandonado de la época de Christie. |
Así, brujuleando con las huidas inesperadas e inexplicables, me reencontré con el maestro de las fugas en la ficción, Matías Pascal. Pitol
dice que son más definitivas en la prefiguración del esqueleto de un buen
escritor, las relecturas, pues cobran una luz diferente cada vez que las
emprendemos. Las distintas personas que somos, encuentran una interpretación diferente
en las mismas páginas, al igual que Heráclito nos advertía que todo se rige por
un continuo cambio. Había observado claramente bajo un prisma diferente la
genial Vida del difunto Matías Pascal de Luigi Pirandello. Diré que el ilustre
siciliano es un mago de los argumentos, además de un gran prosista, pero lo que
me atrajo del personaje fueron sus ansias de fuga. A mis dieciséis años, su mujer y su suegra me parecieron las
víctimas de la huida del personaje, que cansado de su vida rutinaria, aprovecha
la aparición de un cuerpo desfigurado y desnudo, presuntamente un suicida, para
abandonar sus ropas creo que en un puente, ahora mismo no recuerdo, y suplantar
la identidad del suicidado. Son los anhelos que no comprendía en mi juventud,
del hombre maduro que no conforme con su vida cotidiana, en la que se siente tan
pequeño, en los que ahora me veo claramente reflejado. Me creo entonces uno de los millones de frustrados Matías Pascal que viven en el mundo.Aunque en mi caso, logro esas pequeñas fugas que son necesarias como evasión gracias a la literatura. Cuando creo que lo he leído todo, una relectura, o Albert Vigoleis Thelen, me rescatan de la molicie. A
veces, también imagino que encuentro una puerta del tiempo ( como es relativo y
no lineal como nuestro espejismo de experiencia nos dicta) y me aposto en plena
Puerta del Sol de Madrid, en los albores del siglo XX. Me crecen las melenas algo
hirsutas, y modernista, sigo a la patulea de poetas insomnes que capitanean
Antonio Machado y Villaespesa. Sólo me dedico a escuchar, con las dos manos
sosteniendo la barbilla y ojos enternecidos. Con eso me basta para fugarme y
adentrarme en el traje de mi vida cotidiana de nuevo. No sé porqué, se me borra la sensación
de Sísifo y todo experimenta la lucidez de la ficción y de la realidad, tan importantes para nuestra felicidad.
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