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El reloj tardo de Einstein y un viaje surrealista



Mucha expectación había levantado el anuncio de LIGO, y es que los institutos de investigación han entendido perfectamente el eco que logran sus éxitos cosechados entre farallones de espectroscopios y computadoras. A través de las redes sociales y los mass media van filtrando deliberadamente y a cuentagotas la información como en una novela de intriga, hasta que el directivo del ente nos desentraña en una rueda de prensa el nudo gordiano del enigma científico a la vez que bosqueja una sonrisa socarrona. Porque son más vanidosos de lo que aparentan, tienen el ego de viejas vedettes y más mundanos si cabe. Aparte de descifrar alargadas ecuaciones vedadas al entendimiento de la mayor parte de los mortales,  muchas veces su orgullo se ventila con apuestas a suscripciones de revistas del género alegre (lo confieso, fingimos con interés y alevosía que entendemos algo del chorro de incógnitas que profusamente brotan de la pizarra de Edward Witten). V.g.  Kip Thorne y Stephen Hawking, ambos estupendos científicos divulgadores y best sellers de la ciencia, resolvieron sus pendencias relativas a cuál era la fuente de rayos X       Cygnus X-1, jugándose cada uno de sus postulados con una suscripción a Penthouse y Private Eye respectivamente.

En realidad, Hawking había sido más ladino sobre esta cuestión, dado que atraído por el estudio de los agujeros negros de Roger Penrose, su tarea de investigación había girado como la mayor parte de sus desvelos en torno a esos "monstruos del espacio", por lo que si sus hipótesis fuesen rechazadas, ganaría por lo menos una suscripción a Private Eye. Es lo que llamamos en finanzas una cobertura de riesgos. Al final perdió y sus hipótesis a favor del pelo de los agujeros negros (qué mal sonante, no es un post erótico) fueron reforzadas pero tuvo que pagar la suscripción a su amigo Thorne, que había elegido en este caso Penthouse. Recordemos que los agujeros negros fueron intuidos por la teoría de la relatividad de Einstein, aunque siguen muy alejados del entendimiento humano. Cuando el científico judío desenfundó su pluma y manchaba cuartillas y cuartillas, escribiendo infinidad de letrajas misteriosas, ni siquiera Hubble (1929) desde el observatorio del Monte Wilson (California) había descubierto que el Universo se expandía y lo que sorprendió todavía más en la época, que las manchas nebulosas que habían observado y que creían elementos de nuestra Vía Láctea, lejos de ser polvo estelar se trataban en realidad de miles de galaxias.

Como decíamos, ayudó a Albert Einstein el puesto en la oficina de patentes de Berna, que alejada del bullicio de las clases, le permitió razonar acerca de la relatividad y comprender el fenómeno que nos rodea, mientras como dice la anécdota, iba en el tranvía y observó el reloj que igual que la manzana de Newton, alentó la visión definitiva del genio sobre el problema que le azuzaba. Según reza la leyenda, siempre compraba los mismos cinco trajes para no hurtarle ni un minuto de decisión a su resquebrajada cabeza, que tenía suficiente con plasmar en folios cómo era el Universo, como para perderlo en qué se ponía cada mañana. Más tarde completaría su teoría y el universo se convirtió en una infinita cama elástica que albergaba agujeros negros supermasivos, fenómenos extraños como las estrellas de neutrones que propusieron el extravagante y más que elocuente Fritz Zwicky y sus ojos en el espacio, Walter Baade  ( uno de los mejores cosmólogos observacionales en opinión de Kip Thorne) entre otras figuras extrañas de la bóveda celestial. 

Reloj que inspiró la teoría de la relatividad de Einstein.

Y esta historia toma un giro surrealista, porque como advertí conscientemente, buena parte de los científicos más renombrados se han convertido en directivos, y no lo afirmo con ánimo delicuescente.  El viernes pasado, uno de los mejores investigadores de nuestro país, me confesó que él o más bien su fama y largo periplo por la ciencia, servían de reclamo para atraer fondos públicos y sobre todo privados” Los euros son euros, los suelte su Agamenón o su porquero, Muna”. A resultas de lo cual, mi amigo se limitaba, me decía pesaroso y resacoso de su último viaje por Kazajistán donde le habían recibido como una prima donna, a recabar los fondos necesarios para el proyecto y si acaso a  marcar las líneas maestras por las que debería desarrollarse la investigación. Yo en cualquier caso, estaba intentando sonsacarle algo sobre las ondas gravitacionales, pero no había manera. Miraba suplicante para que acabase con su monserga de remedo de directivo, aunque su rostro macerado continuó farfullando con vaguedad las anécdotas de su viaje por tierras kazajas. Me aseguró filosófico que la vida y los sueños se le habían mezclado en una raya imprecisa mientras se preguntaba qué rayos tendría el lingotazo que le habían servido la noche de carnaval que había pasado en Kazajistán. Lo que es seguro es que a falta de costumbre, le había dejado grogui y que abrazado indefenso al colchón como el boxeador noqueado,  le tuvieron que llamar a toque de retreta la mañana siguiente, más bien mediodía, porque perderían el avión. Todavía apreciaba en sus viejas retinas el centelleo del embrujo que le provocó la experiencia kazaja, cuando desembocamos por fin, en el objeto del post. Le vuelvo a confesar que no comprendo la importancia de las ondas gravitacionales. Soy un físico frustrado.


El me dice o yo por lo menos eso le entiendo, que hasta el viernes sólo éramos capaces de captar y de medir un cinco por ciento de nuestro universo, ya que sólo evidenciábamos los fenómenos electromagnéticos. Refugiado en sus gafas oscuras, como de maduro terne, insiste que con las pequeñas deformaciones del tejido espacio tiempo provocadas por las ondas gravitacionales, podremos retratar la famosa materia oscura y otros episodios que se habían mostrado remisos hasta el momento, al no reproducirse como fenómenos electromagnéticos (cualquier objeto con masa, cuanto más masivo mejor para ser detectado, produce estas deformaciones ínfimas en la cama elástica del cosmos). Creo entender la importancia del descubrimiento, eureka y a la vez evoco el viaje de Pitol y Vila Matas por Turkmenistán, repleto de exotismo. Se parecía tanto al que me había descrito Miguel, mi amigo científico, algo provecto aunque cariñoso. Allí, en el relato que hace Pitol en su Mago de Viena los dos escritores de lengua castellana fueron tratados como estrellas de Hollywood, y mientras se lo cuento, mi amigo me repone. – Sí, la verdad que me tienes que decir dónde leer su historieta, porque de verdad, me recuerda a la mía. No sé si soñé que viajé a Kazajistan o a Marte. Bueno, tengo estas fotografías, así que supongo que viajé a Kazajistan.-  Evocando su explicación sobre las ondas gravitacionales y su viaje que parece sacado de un museo de cera, he dejado en el tintero un alegato en favor de Einstein, porque muchos agoreros y escépticos a raíz de las loas al científico judío, aprovechan para culparle de todas las plagas del mundo moderno. Volveré sobre el más grande físico teórico y el informe MAUD.

¡Vaya colección de eminencias!

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