viernes, 28 de octubre de 2016

Obuses y rimas

" Se puede quemar todo menos la nostalgia, la llevamos en el color de los ojos, en cada amor, en todo lo que profundamente atormenta y desata y engaña" Rayuela, Julio Cortázar


Infancia de Julio Cortázar


Resaca de obuses y llamaradas develadoras sirvieron de parabienes en el nacimiento del retoño de los Cortázar, allá en el año 1914. Los soldados del Kaiser habían irrumpido sorpresivamente en Bélgica de acuerdo a la ofensiva diseñada por el Plan Schlieffen(1). En nuestra pequeña historia familiar de los Cortázar, este hecho aventó la plácida estampa del nacimiento del pequeño Julio. Unas semanas más tarde, la Wermacht desfilaba delante de los ventanales de la casa familiar, pero los Cortázar habían partido al exilio comenzando un periplo por Suiza, que les llevó a la Barcelona de Gaudí. Tras muchos años, el gran literato resucitaría las mayólicas del Parque Güell gracias a la ayuda de su madre, María Herminia Descotte. Ambos arrastraban las erres – su madre era francesa – y Julio había vivido mucho tiempo en Francia, lo que hacía de sus voces una extraña mezcla de argentino afrancesado.   

Los pesquisidores y el misterio, buena parte de las llamaradas
con las que alentaba nuestra imaginación, Don Julio


Quizá aquellos dejos belísonos de la cuna, en pleno corazón del infierno belga,  vacunaron a Don Julio de cualquier tentación destructora con la que nos seduce el mundo moderno y desde entonces, con semejante bautismo habrían de nacerle las fuertes convicciones pacifistas e internacionalistas que profesó toda su vida. Como remarcaba, sin renunciar a la riqueza del individuo que se desarrolla en diferentes caldos de cultivos, que consideraba innegociables frente a esta tendencia homogeneizadora que ya observaba el literato en su tiempo. Mucho se ha escrito también de la figura efímera del padre de Julio Cortázar, al que algunos le endilgaron el espeso traje de diplomático, mientras otros expertos en el cuentista, divagaban sobre su formación jurídica. Pero como el propio interesado había aclarado en algún momento, era cierto que formaba parte de la legación argentina, si bien sus tareas guardaban más relación con el tedioso ámbito económico. 

El caso, es que esta parte de su historia se adentra en las leyendas familiares. En medio de la nebulosa y de unas descripciones parciales de su madre, reconstruirá la figura paterna que pululará como una malhadada ausencia. En parte habrá de condenar a toda la familia a una existencia llena de estrecheces, en la que el propio novelista aduce su renuncia a una formación universitaria ( fue profesor de primaria, pero por aquella época en Argentina no se consideraba formación universitaria y con gracia, definía su profesión como la de un hombre orquesta o renacentista, tocaba de todo y de oídas, desde instrucción pública a física de los átomos). El mismo se pregunta si su soledad premeditada es una respuesta a la ausencia de la figura paterna. 

 Evocaba con cariño su Banfield de juventud, donde crecerá el genio y donde se ciernen por la noche las sombras del tango, el amor y el pillaje. Si se descuidaba el viandante, personajes de malvivir podían tanto desvalijarle como sorprenderle con un canto demoníaco. Aquellos personajes que se movían a caballo, las carretas levantando la murria de caminos sin pavimentar, y los perros danzando a sus anchas, más que resabiados para no acabar en las planchas de las cocinas de carbón, sembraron de miedos sus infancias y de mucho pintoresquismo.   Comprendemos que en aquel magma van a ir rebullendo las fantasías que nos fascinaron a sus lectores.


Portrait of Charlie Parker in 1947.jpg
Soñaba con reencarnarse en el jazzman Charlie Parker.
Su literatura tenía sin duda el swing de Parker.

El joven Julio, ante tanta asechanza, se confina en su casa a menudo  a leer de forma febril, casi de forma vampiresca como alguno de sus protagonistas futuros. Tanto se embebe en los libros o garabatea algunos poemas, bajo la influencia de la traducción que hiciese Blanco Belmonte de las obras de su adorado Edgar Allan Poe
(2), que Doña María Herminia le lleva a un médico que le recomienda “dejar de leer” y baños de sol. Al cabo de unas semanas, la madre  con buen juicio,que observa ademas a su hijo con cara de acelga y del todo enojado, levanta la prohibición de la lectura, a cambio de que se pasee por el patio de la vivienda familiar para que el sol prenda en sus carrillos.

Otra de las decepciones, aparte de las primeras muertes, sería la de que su madre desconfiase de él, en un episodio familiar que todavía revivía con marcada nostalgia Don Julio. Explicaba con rubor nada complaciente, que en una requisa dado el carácter anómalamente huraño del chiquillo – de unos nueve o diez años- pues eso, su madre le cogió unos folios escritos.  Un tío suyo al enseñarle el manuscrito la pobre de María Herminia lo calificó por el estilo completamente de escritor maduro, de una burda copia de algún clásico. A pesar de que el pequeño juraba y perjuraba que eran de su cosecha, la madre alegaba que era imposible. Recordemos que el pájaro de su padre había volado, lo que acrecentaba más el dolor de niño, cuando sentía que le fallaba también su madre, en un papel que nos recuerda a Marcel Proust, que aguardaba el beso de su madre o al Felix Krull de Thomas Mann. Aquí dejamos en la infancia, que será clave para conformar el universo tan rico de Cortázar, para rellenar otros instantes de su vida llenos de curiosidades. Un  tipo, que quiso reencarnarse en Charlie Parker y nos llenó de sueños la cabeza con sus relatos, o de anhelos. ¿Quién no ha amado a la Maga de Cortázar?

 (1) La violación del territorio belga que se considera la causa de que Gran Bretaña entrase en la guerra, y lo que en palabras de Sebastian Haffner lamentó como una espiral que abocó a toda Europa a la guerra mundial (Haffner, la conciencia crítica de Alemania, que señaló que su país mostró suma torpeza al violar el territorio belga).

(2) Más tarde, su entrañable amigo Francisco Ayala, le ofrecerá la famosa traducción de las obras completas de Edgar Allan Poe al español, lo que le permitirá ya no como un espejismo vivir de su trabajo de "escriba", pues Cortázar comienza a encadenar una serie de éxitos y da pasos de gigantes en el mundo editorial. Pero el escritor argentino evoca como una tabla de salvación, aquella petición del gran Ayala, pues malvivía con parvos ingresos. Este trabajo le permitió también enfrentarse con uno de sus monstruos literarios, aparte de Julio Verne que releía de vez en cuando, y rememorar el Banfield donde por primera vez abordó al novelista americano

martes, 25 de octubre de 2016

Antonio Rossas y el treinta y dos.



Me bamboleaba en el treinta y dos con una resaca literaria y de Hendrick´s; desde luego me había empapuzado de buena ginebra, por lo que parecía una marioneta aferrado a una de las barras de aquel autobús. Afuera el otoño del Retiro inflamado de colores ocres, inspiraba mis ideas que venían a ráfagas y por supuesto a tientas, tras la ingesta de alcohol. Porque todavía recordaba la conversación elevada de tono que había mantenido con mi profesor de portugués, Antonio Rossas, un intelectual de izquierdas, que si se me permiten señalar tachas ajenas, tenía enormes lagunas en nuestra literatura. Lastrado es verdad por muchos tópicos(1), pero me había afirmado sin embozo.- Desde hace un siglo o más, no ha nacido ningún autor español de renombre, Muna. Quizá Galdós, pero es demasiado popular. De los de ahora me gusta muchísimo Enrique Vila- Matas.

-          A mi también.- Le respondí con desgana.


Como un ángel caído del 2012, me presenté
en la famosa Edad de Plata de nuestra literatura
 Autor:Håkan Svensson (Xauxa)

En realidad, masticaba la frase anterior y le repuse casi enojado al cabo de un rato que muy al contrario, que los años treinta son los más dorados de la literatura española, nuestra Edad de Plata. Casi sin tabalear, le solté una miríada  de ilustres literatos - García Lorca, Juan Ramón Jimenez, Francisco Villaespesa,  Unamuno - y que incluso su admirado Borges había tenido  veleidades ultraístas en la España de la época. Es curioso, aunque bien podría ser que su opinión viniese condicionada por el argentino, que rehusaba de toda nuestra literatura y que sólo consideraba como buen escritor a su maestro Cansinos Assens ( ver reseña de los cafés de la época, con ese chambón que era Don Rafael). Borges condenaba igualmente por pretencioso a todo un Azorín, por sus contorsiones linguísticas y según su opinión Pío Baroja estaba sobrevalorado, el mismo que otro grande quiso ver en su lecho mortuorio. El ubicuo Ernest Hemingway una montaña de músculos, pelo cano y la dentadura pocha se asomó a la cama de su venerado Don Pío, que creyó soñar la presencia del que fuese futuro Premio Nobel o bien que las criaturas del infierno eran de esa guisa, ya que Hem tenía poco de celestial. Así me consumía en debates internos sobre la reciedumbre de nuestras letras, cuando me bajé en la calle Sainz de Baranda. Había notado un cambio en la humareda que desprendían unos coches clásicos. " Vaya  antiguallas, costará un pastón mantenerlos" me malicié, aunque un arrapiezo me sacó de dudas para mi asombro al instante. ¡¡¡No podía ser!!! 

- ¡Últimas noticias, se ha sofocado la Sanjurjada! ¡ Últimas noticias, caballeros, la rebelión ha sido derrotada!.- El joven pilluelo, embozado en su gorro clásico de repartidor de prensa,  porteaba una buena ristra de Heraldos de Madrid, y se desgañitaba para desprenderse de la mercancía.

Por supuesto, me tenté la ropa y me golpeé con los nudillos en mi testaruda cabeza.Qué me habrían echado en la maldita ginebra, dado que todo me decía que estaba en el año 1932. La publicidad de un cartel me sacó de dudas, ¿¿¿Coca cola en las farmacias??? ¿Cómo iba a salir de ese año para volver al mío? Azorado, se me ocurrió cogerle un ejemplar al muchacho que miró de forma extraña mis cinco euros. En el Heraldo aparecía la imagen triste de un Sanjurjo que se había rebelado de forma infame e infructuosa contra el Gobierno de la República. Un golpe rápidamente sofocado, y que acabó con el general de la mirada lacónica, en el exilio de Portugal. De pronto lo que se suponía que era un amigo, venía con los brazos abiertos, para saludarme efusivamente.- Vamos cachondo, que te llevo esperando un buen rato, luego decís de los cubanos que tenemos cachaza y que siempre llegamos tarde.- No sé porqué pero brotó de algún confín ignoto de mi mente la idea de que conocía al sujeto que me saludaba y que iba a publicar  una novela "de negros" (2)Él me había explicado su infumable argumento en algún lugar, porque el recuerdo estaba muy vivo en mi. A la narración la atravesaban infinidad de términos propios de Cuba, de modo que la lectura del borrador se me había convertido en una letanía demasiado especiosa. ¡¡No hay nada más plomizo que un escritor novel en busca de editor, demasiados fuegos fatuos!!!

Con todo, si no me confundo, quería denunciar cómo los americanos con una nube de leguleyos, dejó sin tierras gracias a artificios legales a una serie de negros que sin el recurso de cultivar sus propios frutos, se tornaban en una mano de obra barata - no hay nada como seguir el espíritu de la letra de una ley para obtener pingues beneficios. Mi amigo era expansivo, parloteaba con cachaza, y la musicalidad, ese swing que apreciamos en las novelas de Cortázar, lo arrastraba en cada una de las vocales. 


Mi amigo inesperado, Alejo Carpentier


- Vámonos al Correos.- Con fuerza me asió del brazo y me llevó consigo. 

- ¿Vamos a echar una carta?

- Qué gracioso, pero no hay tiempo que perder.- Casi sin resuello, sus trancos ágiles no me daban tregua. Y de pronto nos topamos con todo un Federico García Lorca que nos guiñó un ojo cómplice. Ora cantaba, ora recitaba, convertido casi en una starlette, quería conquistarme con su vehemente y arrolladora fuerza vital. Palmas por aquí, palmas por allá, su poesía tenía duende en medio de las densas cortinas de humo que se arracimaban en torno a las tertulias. - Venga, Muna, ponte la chalina, que debemos partir, vámonos..

- ¿Adonde, Alejo? - Me había salido el nombre de forma no premeditada, como si nos conociésemos toda la vida.

- A la Granja del Henar, que nos espera la vieja guardia.- Me aclaró mi amigo, que sudaba mientras las cervezas sumadas a las Hendrick´s, empezaban a ponerme en jaque. Allí nos enfrentamos a un Valle - Inclán en el cenit de su discurso. Disertaba grandilocuente sobre las cualidades del héroe, y nos exhortaba a que desafiásemos lo establecido. - Juan Belmonte supo vencer su destino.- Nos advirtió atribulado el esperpéntico gallego a todo el auditorio. Sus tiranos banderas nos hicieron sudar la gota gorda en el Instituto, si bien no alzo la voz con dicho asunto con el objeto de no trastocar el guión de la tertulia. Mi amigo Alejo me da un golpecito en el codo . - Vámonos. 

- ¿Ese era Manuel Bueno?
- Pues claro, Muna, qué te crees. Hoy estás muy raro, amigo italiano. Vamos, rápido.

En la próxima esquina zapateaba de impaciencia y con una sonrisa Don José Bergamín, que nos reprendía por nuestra tardanza y nos invitaba a entrar en no sé qué antro, estaba casi rodilla en tierra por el alcohol, y todavía quería el insigne poeta que nos tomásemos una cerveza o lo que se terciase, junto a la redacción de Cruz y Raya. Otra vez fuera, por las lastimadas calles de Madrid, habíamos salido a escondidas a fin de que Bergamín no nos demorase más con sus efluvios grandilocuentes relativos la amistad, porque todavía nos aguardaba la cripta del Pombo, santasanctórum de la palabra y en la que el ínclito Ramón Gómez de la Serna azuzaba su lengua para dejarnos sin habla. Había tumbado hasta al Conde Kessler, el Conde Rojo le llamaban por su propensión ideológica, rayana con el anarquismo. Era el último epígono de Nietzsche y considerado el mejor orador alemán. En un concurso de oratoria en el que les tocó por suerte disertar sobre una cafetera, cuentan que Gómez de la Sernael de las greguerías, tuvo que hacerse mandar callar por el jurado debido a su irrefrenable facundia. Estaba alucinado, el amor de la misma Colombine, la periodista que vivió de su trabajo en una época a la que a las mujeres las confinaban en sus casas. El rumor de que estaba amancebada con Blasco Ibáñez, su protector, la encendía hasta extremos inusitados. Ella sólo quería a la peonza de Don Ramón, su figura evocaba a una peonza.

- ¡Son casi las doce, Alejo!- se me ocurrió de repente.- ¡ Tengo que coger el treinta y dos! - No sé por qué, pero al subirme a aquel autobús de vuelta otra vez en Sainz de Baranda, me encontré con mi Madrid del año 2012. 



Súbanse al treinta y dos

Parece que aquí acaba la historia. Sin embargo, unas semanas más tarde, volvió a cargar con toda su hiel Don Antonio contra la insignificancia de nuestras letras.

 - Véngase conmigo.- Le supliqué, mientras me miraba a través de sus quevedos de manera patética. No era por supuesto un fantoche. - Se lo ruego, quizá cambie de opinión. - Esperamos al treinta y dos y tras cuatro paradas, volvimos a bajarnos en Sainz de Baranda. Todo había cambiado como la primera vez, y ante su asombro, le confirmé que estábamos esta vez en el año 1933. - Vayamos a toda prisa, que Alejo nos ha organizado una comida.

- ¿Qué Alejo?

- Alejo Carpentier, mi amigo.

- El escritor cubano, ¿Alejo Carpentier?

- Sí, ha triunfado con su primera novela, que le ha publicado la Editorial España y nos quiere resarcir de tanto préstamo y penuria que le ha acompañado.  

Desde entonces, el señor Rossas se ha convertido en un defensor a ultranza de la literatura española del último siglo, al punto que vino nuestro amigo señor Perkins rezongando contra los españoles, que si éramos brutales, incapaces de crear nada parecido a la civilización. Un inglés que viste puntillosamente, y al que las faltas de educación tan extendidas, le sacan de quicio. Soltó cada lindeza, que le pregunté al señor Rossas.- ¿Le damos una vuelta al señor Perkins en el treinta y dos? 

- Coja su paraguas, Señor Perkins, que nos vamos.- Le emplazó sonriente el luso, predispuesto a viajar a una época que ¡¡¡por fin!!! le parecía gozosa en términos culturales y de plena de ebullición intelectual. 


(1) España y Portugal son dos países que han vivido ignorándose mutuamente pese a la cercanía geográfica, los prejuicios y denostar lo hispano, ha sido una forma de defender lo luso con mucho celo. Qué Felipe II se hiciese con la corona portuguesa, por el lado de su madre, tras la debacle sufrida por un Sebastian I que murió en Africa, y que Camoens, el gran poeta luso, convirtió en sus famosas Lusiadas en uno de los más grandes mitos de nuestro país vecino. Dado que la leyenda decía que el cadáver del monarca en la contienda era el de un impostor, Camoens propuso que el nuevo renacimiento de la patria portuguesa vendría con la aparición de aquel Sebastián perdido en las nemorosas tierras del continente negro. Hasta Fernando Pessoa estuvo cautivado por aquella idea y formó parte como uno de sus miembros más vehementes del movimiento nacionalista, La Rinascenza, que albergaba profundas convicciones que con el resurgimiento cultural que había experimentado Portugal a comienzos del siglo XX, sólo faltaba la llegada del caudillo. No creemos que pensasen en el profesor Salazar.


(2) Nos referimos por supuesto a Écue- Yamba- Ó que es una novela meritoria que nos avanza al gran Alejo, pero que todavía no iba a producir esa literatura mágica por la que el cubano se convirtió en un clásico contemporáneo sin excusas ni paliativos. A todos nos ha sorprendido su literatura exuberante, que ha hecho las delicias en nuestras tardes invernales, arrebujados con una manta, y en la que evocación de aquellos paraísos nos traía un ápice de calor. 

sábado, 22 de octubre de 2016

Benjamin Button y la eterna adolescencia de Fitzgerald.



"I want to see my child ! Mr Button almost shrieked. He was on the verge of collapse " The curious case of Benjamin Button 

Todo se disfrazaba de un velado misterio a los ojos de un padre jovial, que irrumpió en el hospital donde se mueven los recelos en torno suya. Se suceden las galerías, rellanos, y escaleras, que con pies que parecen propulsados por un charlestón frenético o ¿son las dudas ante un fascinante desenlace lo que azuza al lector? El padre se topa con enfermeras turbadas que apartan la mirada o se cansan de su impertinencia. Tan sólo reclama ver a su retoño, cuando por fin llega a la pieza y demudado descubre a un viejo que llega a la sesentena. ¿No estarán gastándole una broma demasiado pesada? ¿Aquel odre agostado es realmente su hijo? Es verdad que el filme protagonizado por el ubicuo Brad Pitt  evitó cualquier presagio y sorpresa la primera vez que leímos su relato, en inglés. Con anterioridad habíamos penetrado en la novelística de F. Scott Fitzgerald, que funciona como un reloj por la perfección/precisión de su prosa y en algunos de sus relatos, pero ni siquiera nos habíamos imaginado que El curioso caso de Benjamin Button figurase como una de sus muescas narrativas, de indudable calidad.  



Una obra cuya tensión in crescendo y las paradojas
que nos presenta, no se apagan a pesar de haber visto
el filme

Sin embargo, uno se piensa las galeradas, cómo F. Scott Fitgerald va cambiando y pergeñando el elemento sorpresa,  al punto que la tensión crece para ese primer lector, inmaculado a cualquier referencia cinéfila allá por los años veinte, y es con este prisma que el suspense se nos revela como resuelto de forma magistral por el autor. Estamos hablando de uno de los mayores talentos literarios del siglo XX, al que su trepidante tren de vida junto a su alunada compañera Zelda Sayre le obliga a desarrollar una imaginación por encima de sus necesidades pecuniarias. La pareja quema el dinero con prodigalidad. Atrás habían quedado los años dorados del amor, en los que con su chatarra rodante un Marmon que parece una cafetera humeante más que un vehículo,  recorren juntos medio Estados Unidos. Ambos emigran a Europa, donde Fitzgerald iba a coincidir con el que sería su gran amigo Ernest Hemingway(1), una relación llena de altibajos y en la que el orondo Hem, le repite que la desequilibrada Zelda le vampiriza su talento con una vida social desenfrenada. Sabemos que ella acabó en un sanatorio psiquiátrico, culpando a su marido de los males que le aquejaban.

Apilaba botellas para beber con liberalidad.



Tras abandonar a Zelda, el todavía joven autor vuelve a Estados Unidos. Quizá quisiese poner tierra de por medio en una relación viciada. Se vuelve a casar con Sheilah Graham que le intenta rescatar de la continua resaca en la que se ha instalado su vida, mientras  desarrolla una carrera de guionista en el Hollywood más clásico, el de los años treinta. Es curioso pero los cuidados guiones de aquella época tenían " hacedores" tan delicados como Fitzgerald o Raymond Chandler que revisaban con celo sus criaturas literarias antes de que viesen la luz, para hartazgo de sus productores y editores. Van cayendo las novelas que acrecientan su prestigio - hasta que un fulminante ataque de corazón acaba con su vida a los 44 años mientras arribaba a las últimas páginas de una obra que se publicaría póstumamente The last tycoon ( El últmo magnate). Con todo, no se había cumplido la maldición que le predijo un agorero Hem, al haber escrito Fitzgerald la obra perfecta, El gran Gatsby con sólo 29 años. Aquella cima se tornaría en una rémora insalvable para seguir creando literatura, pues todo iba a quedar muy por debajo de aquel título tan emblemático. No fue así, en el año 1934 las prensas nos regalan  ejemplares de Suave es la noche (2), con el que Fitgerald  vuelve a conseguir que los engranajes narrativos funcionen como un reloj.    

Una vida llena de excesos y con un repertorio de novelas y cuentos que convirtieron en un clásico indiscutible a Fitgerald cuando nos dejó en 1940. Ocho años después, Zelda muere en un pavoroso incendio que se declaró en su sanatorio; las llamas de una existencia que quiso consumir sin tasa le llevaron a este cruel y metafórico final, acorde con sus energías vitales casi infinitas. Y su larga sombra alcanza también la estela mortuoria del venerado Francis. Ni en el reino de los muertos escapa a su halo de influencia, para lo bueno y lo malo, ambos se amaron por encima de moldes. La pobre señorita Graham fue una anécdota en la vida del escritor. 


Hasta a la estela de la tumba llegó el recuerdo de la ardorosa Zelda
, y una estrofa de El Gran Gatsby


Podemos decir por tanto que con Benjamin Button, el maestro nos sume no sólo en un laberinto de sorpresas, donde esquinado nos aguarda para asaltarnos con un giro insospechado a la vuelta de cada párrafo, sino que nos invita a hondas reflexiones sobre las edades del hombre. A la paradoja que nos propone suma aparte la intriga y alguna circunstancia que nos divierte por lo insólito de la misma, como cuando el padre más joven va a comprarle ropa al anciano que ha tenido por hijo, y su vergüenza le hace estar dubitativo en la tienda de ropa hasta balbucear al dependiente qué es lo que le requiere en realidad. Asimismo, la evolución diferente de los protagonistas de la historia de amor entre Benjamin e Hildegarde, que les abisma pues el hombre descumple años y su actitud adolescente enerva a una esposa cuyo cuerpo esta tan  macerado como su espíritu. En cualquier caso, las semejanzas de Benjamin Button con la vida del escritor son más que evidentes: un Fitgerald que a la sombra de la absorbente Zelda se comportó de manera frívola igual que un auténtico adolescente. Nunca fue dueño de su destino, que se tornó en el amargo resuello del de su esposa.   

(1)  Fitzgerald extrañamente nunca obtuvo un nobel que merecía con creces por su calidad literaria. Quizá porque dos de sus compañeros más conspicuos de la denominada Generación perdida, jóvenes escritores del período entreguerras, Hemingway y Faulkner si se hicieron acreedores del galardón.
(2) Suave es la noche y El Gran Gatsby son de las obras más importantes del siglo XX, sin duda, a la altura de La Montaña mágica de Mann o la increible La isla del segundo rostro de Albert Vigoleis Thelen  ( nuestra favorita). Este último escribía como los ángeles aun cuando se fuese para nuestra desgracia a traducir al místico portugués Teixeira de Pascoaes

jueves, 20 de octubre de 2016

Un osado llamado Erhard

En junio de 1948 el teléfono no dejó de chirriar durante todo el día como un maldito grillo en el despacho de  Ludwig Erhard. Aunque el responsable económico de las zonas ocupadas por británicos y americanos de Berlín,  parecía dispuesto a cualquier locura con tal de rescatar una economía que no se sobreponía de sus cenizas (habían transcurrido más de tres años desde el final de la contienda). Al fondo del gabinete, Ludwig  templaba sus ánimos hojeando informes o se quitaba la pelusilla de su chaqueta, hasta que por fin cogió el auricular conteniendo el resuello. - Profesor Erhard, mis asesores dicen que está usted cometiendo un grave error- le inquirió su colega, el comandante militar estadounidense, el general Lucius Clay,  al otro lado del teléfono . Quizá pensase que aquellos teutones eran tercos como mulas. 

-  Eso es lo que dicen también mis asesores(1). - El profesor sin embargo, le repuso con una muestra sombría de humor.

Una llamada llena de nerviosismo irrumpió en la pieza oblonga,
donde trabajaba el dirigente alemán Ludwig Erhard.


Como decíamos, Erhard que llegó a pilotar la economía de la zona ocupada por los aliados de Berlín, creyó que era el momento de poner en práctica algunas medidas que les sacudiesen del duro corsé, con el que los berlineses habían vivido desde el año 1933  Al general americano le seguía pareciendo descabellado el rumor de que aquel rudo alemán fuese a emprender una reforma monetaria tan agresiva y de resultados que atisbaban verdaderas catástrofes, si sus asesores no le habían engañado. Erhard había planeado en primer lugar, sustituir el menoscabado reichmark por un nuevo marco alemán. Por otra parte, desataría los grilletes de precios: directivas laberínticas que regulaban los precios públicos y que  frente a la escasez planteaban más racionamientos. Paralelos a ellos, se desarrollaba toda una economía sumergida a la que el berlinés más corriente tenía difícil acceso salvo que se aplicase al trueque, y por consiguiente tuviese bienes de valor.

De esta guisa soldados americanos, británicos y rusos conseguían auténticas gangas en el mercado negro– violines guarnerius, cuadros a cambio de sustento, ropa o comida, joyas - o la malvada prostitución, que aflora con la penuria y aparece magistralmente reflejada por ejemplo, en algunos pasajes de las novelas de Curzio Malaparte (en este caso, la italiana)Directores de cine de la talla Roberto Rosellini tampoco quedaron al margen de la huella que iba a dejar una guerra tan cruel y sobre todo de sus consecuencias,  de modo que el realizador italiano fijó perfectamente  los entresijos de este mercado negro en su mítica obra neorrealistaAlemania, año cero. Recordemos someramente la historia de su desgraciado protagonista, Edmund, que deambula por una ciudad presa de las ruinas y de los fantasmas. El infante desvalido busca recursos para mantener una familia y con los que sacar de su postración a un  padre moribundo. Para ello se adentra en el mercado negro y hace las gestiones por encargo de un profesor aparentemente pedófilo, es lo que por lo menos parece insinuar Rosellini, que quiere vender un discurso de Hitler (2)


Pues Erhard llevó  a cabo su política de desregulación de los precios en este entorno que nos describe el inmortal Rosselini, y esta medida  se considera uno de los pilares del bautizado milagro alemán junto a la afluencia de los fondos del Plan MarshallJ. K Gailbraith que se había convertido según el profesor Lawrence H. White en el césar del control de precios durante la etapa del New Deal de la Gran Depresión,  dio un respingo en su silla al leer la transcripción del discurso de Ludwig Erhard. Pero ajeno a las presiones, el dirigente alemán había tomado la resolución y en lugar de producirse el shock previsto por los denominados herederos del institucionalismo americano, Gailbraith entre ellos, los artículos empezaron a aflorar y a moderar sus precios, gracias a una moneda fiduciaria en la que se había reestablecido precisamente la confianza (3). Porque aparte las autoridades monetarias de las zonas ocupadas de Gran Bretaña y EEUU cuidaron que la circulación del dinero, que acompañase a la resolución y el cambio de moneda, fuese moderada.  



El incombustible político alemán
Bundesarchiv, B 145 Bild-F015320-0002 /
 Patzek, Renate / CC-BY-SA 3.0


Se habían acabado años de pesadilla de una gestión económica que comenzó en la Alemania de Hitler, basada en un férreo control de los precios y en la que el inicio de la guerra se toma como un atisbo del declive económico, una huida hacia adelante. La rapiña en los territorios ocupados por los alemanes ocultó la escasez que un rígido corsé de precios había provocado, o precisamente reforzó la teoría del lebensraum de los nazis, puesto que el alza continua de los precios de los bienes básicos anterior, fue interpretado torticeramente como un incremento de la demanda de una población que crecía, y por ende, no era desproporcionado lanzarse a conquistar territorios en pos del espacio vital ( el aparato nacionalsocialista ocultaba subrepticiamente como le rebatieron algunos economistas, que la inflación fuese debida a una política monetaria expansiva con el objeto de financiar la guerra postrera, Erhard entre ellos , pero también deberíamos contar a Wilhelm Röpke o Walter Eucken(4) tan asociados a la postre al milagro de la economía social de mercado, basado en postulados del Ordoliberalismo).

 La escasez durante el desarrollo del conflicto bélico fue creciendo, a pesar de las intenciones del dictador, que entendió como clave el aislar a la población de cualquier esfuerzo de guera, puesto que él tenía interiorizado que las penurias vividas en la retaguardia durante la Gran Guerra, determinaron la puñalada por la espalda que le propinó la población germana a su ejército. En suma, no quiso que las privaciones de la anterior conflagración se repitiesen y por dicho motivo postergó la decisión de declarar el estado de guerra total - todos los recursos al frente- que un enardecido Goebbels proclamó casi al final de la contienda.  El hecho es que Erhard se convirtió en el gran artífice junto a Konrad Adenauer, de la inesperada y súbita recuperación germana.  Fue un período interesante, en otro punto, abordaremos el intenso proceso de desnazificación que hizo crecer el recelo y en algunos casos obstruyó una evolución económica favorable ( se instaló un clima de desconfianza hacia todo lo alemán, primero era conveniente dudar lo que paralizó algunas decisiones económicas de calado, si bien, la desnazificación era necesaria). Y también trataremos el acopio de fondos, que ayudó a una reconstrucción de un continente demolido hasta lo más recóndito de sus cimientos.  


Los grandes hacedores europeos del siglo XX, Adenauer,
Churchill ( Gentileza de pixabay)


(1) El profesor Lawrence H White transcribe esta conversación a partir del testimonio que Erhard confirmó al profesor F. A. Hayek.  Gran parte de este artículo está basado en las historias que nos cuenta el profesor White en su magníifico libro El Choque de las ideas económicas de la editorial Antoni Bosch.

(2) Esta elección de Rosellini no es casual. Es memorable el discurso del profesor, como tocado por la gracia nazi, en cuanto a que el sacrificio de los débiles- el padre de Edmund- en aras de los intereses de la raza, es un bien que hay que cumplir pese a lo doloroso que nos pueda parecer. El profesor es una bestia nazi, despojado del menor ápice de conciencia humana.

(3) Nuestra Guerra Civil nos muestra distintas estrategias en el ámbito monetario. Una de las causas de la persistente y elevada inflación fue la anarquía reinante en el bando republicano en política monetaria. La amalgama de sucedáneos del dinero, los experimentos anarquistas en Aragón, de crear una bolsa de horas hombres  o los boletos de sindicatos que emitían a troche y moche, con poder liberador del dinero, contribuyeron a la debacle de la economía frentepopulista, y es otra de las causas importantes que contribuyeron a su derrota.
(4) Otros colegas suyos como Röpke recibieron la visita de la Gestapo para que cambiasen sus ideas liberales por la fuerza. Por supuesto, creyeron conveniente emigrar ante la sugerentes recomendaciones de los hombres de Heinrich Himmler





domingo, 16 de octubre de 2016

El incierto señor Cheever


" It was of those midsummer sundays when everyone sits around saying, " I drank too much last night" (The Swimmer, John Cheever 1964 )

Con la resaca a cuenta de los sistemas de educación(1)  parece que la historia de John Cheever nos ilustraría un poco sobre tantos enconos encendidos, que despierta este tema. Cheever, es sin duda uno de los mejores cuentistas del siglo XX y no va con dobles intenciones, porque como  él mismo confesó, de no haber sido expulsado del Instituto, "quizá habría sido dependiente de una estación de servicio o algo por el estilo". Se trata cómo no de una boutade que realza los caprichos del destino, que algunas veces forja a los mejores hombres. Pero cómo hubiese frenado este tipo una elocuencia inefable(2) que logró plasmar en un primer relato,   Expelled, que con tan sólo diecisiete años asombró al mundo editorial por la gran calidad literaria que atesoraba. Algunos críticos intuyen  la temática del El guardian entre el centeno, que luego se tornaría manida : la enmienda a la totalidad al sistema educativo americano, cimentado en la más absoluta y estricta oquedad. 

El resto de la historia es conocido, Malcom Cowley compró sus derechos para la revista New Republic, aunque se consumiese en un mar de dudas, dada la edad con la que se principiaba aquel retoño en las letras ( la mayoría de edad en EEUU se alcanza a los veintiún años). Pese a sus resquemores, el señor Cowley finalmente publicó Expelled, que gozó desde el primer momento de una gran acogida por parte de los lectores. De hecho, forma parte de su repertorio más clásico, junto al que quizá le encumbrase  más en el ámbito internacional, El nadador . Poco a poco va subiendo peldaños con su prosa maravillosa, hasta llegar al The New Yorker, donde perfecciona su arte de cronista más que ácido de la sociedad moderna de su país, carcomida por la mediocridad . 

Pasan por su punto de mira con un poso deletéreo y acre, matrimonios que conviven mientras una lenta consunción y aparente normalidad se apodera de ellos, la homosexualidad, el alcolholismo militante como refugio ante tanta nadería y sobre todo frente al evidente tedio vital que a todos les asola. Mucho simbolismo refugiado en una prosa exquisita, en cuentos como Adiós hermano, La geometría del amor.  Quizá El nadador como decíamos condense toda la magia del artista. Su protagonista Neddy Merrill ( en el filme de título homónimo será interpretado por el legendario Burt Lancaster) se transmutará en los ojos de los lectores, que mientras nadan ven desnudarse cada una de las vidas de los dueños de las piscinas por las que discurre el esforzado deportista.  



Sus cuentos son crónicas de una devastada
sociedad americana por su mediocridad
 (Gentileza Wikimedia commons)

Los fantasmas de la novela que persiguen a cualquier autor de relatos cortos y ensayos, como persiguieron al gran Borges, estuvieron a punto de frustrarle el prurito de novelista al señor Cheever, por su espíritu de incorregible perfeccionista. Algunos críticos creen que sin novela al canto que llevarse al anaquel de una librería, se es menos escritor ( vaya sandez, Julio Cortázar es más escritor en sus cuentos que muchos que rellenan estelas de papel por el fin de embutir un buen ladrillo a sus compradores, como si la literatura se midiese al peso).   Dicen que aquella mañana ventosa de 1936, el párvulo Cheever mascullaba desdenes contra la obra que acababa de finiquitar; se dirigía meditabundo a las prensas de la editorial con el ejemplar/ borrador hasta que en un ataque renovado de perfeccionismo, arrojó la copia a la papelera. Con todo, salvó el expediente a la postre con varias novelas  para ganar esa hondura de escritor, que requiere un autor para pasar a la posteridad (en nuestra opinión, repetimos, es un falso postulado). Fue al morir su madre, que juntó las suficientes letras para escribir el comienzo de la saga de los Wapshot. Sin embargo,  nunca logró sobreponerse a su fama de  cuentista y es que sus relatos son como un breviario que testimonia la vida teñida de amargura de sus compatriotas, disipada es verdad en un perpetuo anhelo de poseer lo que no tienen. 

Tampoco podemos olvidarnos del Cheever que coqueteó con su autodestrucción, por un alcoholismo que ejerció de forma consciente. En sus memorias, nos confiesa que en algunas ocasiones estuvo muy cerca de su propio infierno, el peor de todos. Una brizna de aire cambia el sentido de nuestra existencia, frágiles equilibrios en la cuerda floja de un gin tonic. como nos reconoce en sus cuadernos de memoria. Podemos leer extractos de los cuadernos en el magnífico recuento que hace de las vivencias de este escritor la página lecturas sumergidas Quizá el tabaco de las pocas cosas buenas que haya podido producir para la humanidad fuese a este escritor, al que le cogieron in fraganti en su Academia fumando para enseguida desencadenarse la tormenta literaria que nos dejó más de doscientos relatos y cinco novelas y que empezó con su expulsión. De su rivalidad con Saul Bellow, cuya carrera literaria miraba con el rabillo del ojo y por qué no con cierta envidia, hablaremos en otra ocasión.Porque en esta entrada rendimos honores a todo un literato que "supo vivir del cuento"Si O'Henry predicó al Nueva York de comienzos del siglo XX,con sus giros finales inesperados,el collage de historias de Cheever no le va a la zaga,y es la viva reproducción de la sociedad americana de la segunda mitad de la pasada centuria.


Ahogado en la melancolía del alcohol, su vida pendió
 muchas veces del soplo de una débil brisa 


(1) Por un lado, se denuesta un sistema que denominan sus detractores como una herencia fabril del siglo XIX, y que troquela a sus alumnos eliminando cualquier atisbo de creatividad. Estos mismos lo fían casi todo a la inspiración, como si nos subsumiésemos en el conocimiento a través de la ciencia infusa. Querría decir que parten de un error de diagnóstico, la masificación no se produjo por las necesidades de una nueva era industrial, sino que coincide con la universalización de la enseñanza en los países occidentales, que se llevó a cabo en países donde el peso de la industria era insignificante, como nuestra España en la que Claudio Moyano promulgó la educación obligatoria. No estamos con los hunos ni con los otros, parafraseando a Unamuno, porque el catón de la memoria y de las enseñanzas llenas de casmodia, también está algo desmadrado para los tiempos que corren. En el término medio de Aristóteles encontramos la virtud, hay que buscar más sentido común entre tanta letanía e ímpetu dogmático. 

(2) El gran místico de la literatura, Roberto Bolaño, filósofo de lo más pequeño y de la nada, fue vigilante nocturno de un camping y no pudo parar el alud de palabras que se mente trazaba hasta perforarle en lo más recóndito de su ser.  Decimos conscientes que Bolaño era un filósofo de la literatura, porque se apartaba consciente del oropel de la gloria momentánea- qué iba a quedar de cualquier generación literaria si el sol tiene caducidad, así que aplaquen sus humos y no se envanezcan tanto, venía a decir el gran chileno, que veneró al incombustible Nicanor Parra.  

jueves, 13 de octubre de 2016

Una singladura por las estrellas de Chandrasekhar.



-  ¿Muna, no te parece extraño el universo?- Flanqueados por veredas de pinares, asomaba la luna en el  Camino del Arcipreste y casi no llegábamos al cierre del parque recreativo de la Panera. No fue óbice que la noche se cerniese bullendo en cada roca para que encogidos por semejante bóveda celestial, Manuel Ontiveros  me discursease de cosas que escapaban a nuestro discernimiento. Púlsares, cuásares o agujeros de gusano titilaban como bailarinas singulares por encima de nuestras cabezas. Más tarde, con nuestras familias y el tole tole de su casa del Espinar, nos apartamos a la balaustrada del porche a pontificar acerca de literatura del género, que nos abriría algo los ojos respecto a la liturgia de la religión de las estrellas (1).  

- Cualquiera que nos oiga, Lolo, parece que entendemos de algo y en realidad no comprendemos nada.- Le repuse, mientras él expelía humaradas azules de forma muy plácida. Enseguida hicimos una semblanza de Kip Thorne que es una de las personas en las que la vejez se abomba en el rostro en formas de arrugas y sabiduría. La razón no era otra que le había recomendado un libro suyo que casualmente leímos recientemente: Agujeros negros y el tiempo curvo. Se trata sin duda de un científico que  fabula con la astronomía tornándola en muchas ocasiones en un juego de niños o en cábalas donde apuesta cosas mundanas como revistas del género alegre, con su amigo Stephen Hawking (2). Frecuentemente, las obras divulgativas de este astrofísico americano  cobran tintes de novela de ciencia ficción, con un protagonista entre inerme y sorprendido, que es el lector. 

Así el mismo lector que convalece de una vida anodina tan pronto se sumerge en una ruta de agujeros negros como viaja a través de sus homónimos de gusano; acompañado por la voz de este  científico provecto que te va musitando las bagatelas teóricas, las cuales entran sin redención posible en tu sesera. Incluso tienta con un aparato matemático más sencillo a que nos iniciemos en cálculos relativistas, que refuercen nuestra autoestima y nos hagan perder el miedo reverencial que padecemos muchos por esta disciplina que admiramos en la distancia. No en vano, cuentan que estamos frente al mejor conocedor de la famosa teoría de la relatividad de  Albert Einstein- no deja ningún dato al desgaire, toda la información es  fruto de una ceñuda concepción científica- sobre todo en relación con la astronomía. Pero a la vez, Thorne aconsejó a su amigo Carl Sagan en cuanto a la posibilidad de transitar por el tiempo a través de agujeros de gusano, para que éste atase este aspecto teórico en su filme Contact. También ha alternado ficciones destinadas al gran público como Interstellar que  por supuesto se han llevado a la gran pantalla, con secuelas en las librerías con las que explica la ciencia que subyace en esta fábula, de la que no desvelaremos más entresijos. No estamos tratando por tanto con el tipo de genio loco aislado en una Torre de Marfil

Maravilloso libro divulgativo, porque
nos enseña a la vez que nos divierte.


Aquella noche tampoco nos olvidamos de los deliciosos pasajes al pasado con los que nos obsequia Thorne y que convierten, como decíamos, en protagonista involuntario al lector. De nuevo, con un horizonte undoso, nos asomamos desde la balaustrada del Espinar a la borda de un barco en la que un joven astrónomo - ¡¡¡¡de sólo 19 años!!!!- que parte a Cambridge desde su India natal, parece abstraído ( estamos en el año 1930). No le azora la lejanía de su tierra natal ni el hecho de comenzar una nueva vida en un lugar extraño como aquel sanctasanctórum de la ciencia que sigue siendo Cambridge. El reloj bulle perezoso a los lomos de las olas y el joven  Subrahamanyan Chandrasekhar comienza a amasar matemáticamente la teoría de la relatividad. Thorne alaba de este genio hindú el hecho de que sin apenas vínculos con otras redes de conocimiento, fuese capaz de deducir a partir de la teoría de la relatividad y gracias a su pericia matemática ( recordemos que Einstein no era muy ducho en esta disciplina) el tamaño para que una estrella con el combustible nuclear agotado colapsase y se convirtiese en un agujero negro(3) o en una estrella de neutrones. Es el conocido límite de Chandrasekhar, 1,44 masas de nuestro sol, por el que "la degeneración de electrones no es capaz de contrarrestar la fuerza de un remanente estelar, produciéndose entonces un colapso que nos deparará un agujero negro o una estrella de neutrones" (podemos ver esta explicación en wikipedia


Representación del agujero negro gentileza de wikipedia.


La conclusión de que una vez acabado el combustible nuclear que luchaba para que la estrella no colapsase por su masa y la fuerza de gravedad inherente, fue tachada de verdadera locura por insignes científicos como Arthur Eddington, que en un papel indigno de su talla, recordemos que había fundamentado la teoría de la relatividad de Einstein en el famoso eclipse de 1919 como se reseña en la estupenda semblanza de Chandrasekhar en Estrellas y borrascas , llegó casi al trato vejatorio. De esta guisa,  mi amigo Ontiveros trata de imaginar en la balaustrada de su porche la pose humilde de Subrahamanyan cuyas ideas fueron menospreciadas por la comunidad científica hasta que más tarde se reconocieron como prodigiosas. Un joven indio humilde, y recién llegado al templo de la sabiduría que era el Trinity College de Cambridge

De ánimo jocoso, Lolo olvidó las estrellas para seguidamente recrearse en las serranas del Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita. Solemos hablar a saltos, sin un hilo de racionalidad. Me recordó que no nos habíamos topado con ninguna, que nos subiese a horcajadas el trecho de monte más empinado de la Ruta del Arcipreste. - Que no nos escuchen las parientas- me susurra cómplice, como si las muchachas jocundas fuesen a salir de su existencia literaria. Ahora las serranas son jóvenes aunque recias, de mucha finura. Es cuando pienso lo equilibrado que es nuestro mundo con esos pinares donde todo se hace calmo o las bellas y serenas serranas, frente a un universo en el que la materia tiene una existencia tan violenta.  



Legajo del Libro del Buen amor.El Arcipreste
 nos conquistó con sus historias


(1) La religión de las estrellas que se torna tan especulativa, que muchas veces requiere de auténticos de ejercicios de fe, por lo que jocosamente mi amigo y yo, la llamamos la religión de las estrellas. De hecho, cuando se propagan conclusiones que han sido simuladas por ordenador, y a pesar de todo el andamiaje matemático sobre el que se asientan, no debemos perder la perspectiva y tener en cuenta que son razonamientos de naturaleza muy especulativa. O caeríamos en lo que Popper llamó la fascinación que nos despierta la belleza de cualquier solución matemática,  sofisticadas teorías en las que cuadran los números, no pueden ser tenidas como soluciones de la realidad. 

(2) Hawking perdió la suscripción anual pero su teoría de emisión de radiación de los agujeros negros, conocida como radiación Hawking o el pelo para ser más gráficos, salió triunfante por la observación acertada de Thorne. 


(3) Esta idea estaba implícita en las observaciones del astrónomo del siglo XVIII John Mitchellexperto en sistemas binarios y fue desarrollada a la postre por Cavendish según los principios newtonianos hasta depararnos los precedentes de los agujeros negros, las estrellas oscuras. Unos astros cuyo radio fuese unas quinientas veces el de nuestro sol, según postuló Mitchell sería inobservables porque atraparían cualquier destello de luz ( se conocía la denominada velocidad de escape entonces).