lunes, 30 de mayo de 2016

Cuando éramos reyes


En plena resaca, con unas bolsas que rodean nuestras ojeras tras una noche de sábado con resabios futboleros, como si en un trampolín del tiempo hubiésemos pegado un brinco de años, por supuesto envejeciendo, vuelven a la memoria unas palabras del director de cine, José Luis Garci (1)  Imaginemos a este ilustre atlético, sumergido en la triste melancolía de la derrota, expeliendo las humaradas azules y la voz cascajosa cabalgando por las numerosas inflexiones que caracterizan sus circunloquios.  Don Jose Luis ha repetido hasta la saciedad que salvo honrosos filmes como Evasión o Victoria de John Houston, no ha habido ningún ejercicio cinematográfico que supiese plasmar la épica del fútbol. Luego con su habitual prosodia, nos evoca que el fútbol tiene ecos caballerescos y por qué no, algunos autores emparentaron a nuestros jugadores con los gladiadores de antaño. ¿Sería Cristiano Ronaldo el Publius Ostorius de Pompeya? Y el hijo del extinto sátrapa Gadaffi que jugó en la serie A italiana ¿el tramposo Emperador Comodo que amañaba sus enfrentamientos en la arena?

Frente a un futbolín se han decidido las filias y las fobias en el fútbol


Y eso, que a cuenta del fútbol continúa diciendo el director de cine, dejándose llevar por la murria, hubo ilustres artistas como Houston, Eduardo GaleanoMario Benedetti, o Juan Carlos Onetti, auténticos forofos del deporte de la pelota, aunque sus esfuerzos por trasponer los férreos umbrales de la ficción, siempre se toparon con una atmósfera de irrealidad, que tornaron en vanos dichos intentos. Luis Alberto Cuenca(2), gran poeta y mejor persona, reseña que hay algún relato por ahí disperso sobre el balompié, de un gran valor literario, en todo caso breves pinceladas para un deporte tan popular. Como buen sacrílego - colaboró con Loquillo y eso para un poeta es casi violentar el altar de los clásicos - cita a José Antonio Petón , que para nosotros es mejor contador de historias ( juglar) que literato. Sus relatos cobran más fuerza cuando los interpreta como una sibila poseída por sus visiones, que en el polisón de tinta y celulosa de sus libros. También menciona de pasada a Benedetti y en segundo lugar, a Jorge Valdano, que suena muy rimbombante con sus carrileros  y los defensores que coadyuvan en labores de ataque. Este mismo poeta achaca quizá a la ausencia en la lírica del fútbol de arquetipos de perdedores, o personas que aun viniendo del barro como Messi o Cristiano Ronaldo, alcanzasen el estrellato para remediar su miseria. El rectángulo dicta sentencia, y quien juega bien no importa de dónde viene y mucho menos adonde va. Hasta se le exoneran graves comportamientos culposos.


Qué alguien se ponga delante de la mítica Underwood,
para contarnos la historia definitiva de la épica del  fútbol


El boxeo sí ha sido más pródigo y como la tauromaquia ha sabido explotar la figura del muerto de hambre o el perdulario de barrio al que solamente el triunfo le sacará de los malos hábitos o de su pobreza ( "más cornás da el hambre"). Es más, Luis Alberto Cuenca, gran mitómano por lo que se deduce de sus múltiples apariciones en los medios – todos gozamos de sus versos y de su profunda erudición- vuelve a hundir el dedo en la llaga, puesto que el deporte rey nunca tuvo una figura equiparable a la de Mohamed Alí, que imantaba a la cámara con su elocuencia en algunas ocasiones disparatada. Carcomido por el parkinson, parece un vejete indefenso, pero en el pasado siglo supuso todo un referente mundial. Sus declaraciones no dejaban indiferente a nadie, y su sólida oposición a la Guerra de Vietnam, pese a que dicha renuncia hiciese  mella en su brillante carrera ( le fue retirada su licencia de boxeo en el momento más álgido de ella), o sus intervenciones en la cuestión racial, y su desenvoltura en el ring- se decía que era un excelente peso medio en la categoría pesada por su gran agilidad- le convirtieron en un icono mundial. Filósofos y literatos se zancadilleaban por departir con el gigante negro que tenía una cintura más propia de una bailarina, sobre todo en Europa, donde sus visitas se convertían en todo un acontecimiento. Hasta el documental Cuando éramos reyes, en el cual se narra la batalla entre Cassius Clay y George Foreman reverbera y apela a la heroica en cada fotograma. ¿ Por qué no ocurre lo mismo con el fútbol?

¿Activista o boxeador? Fue uno de los mayores
iconos del siglo XX


Retomemos el hilo de la final de la Champions, y de las imágenes de un suspense absoluto, cuando CR7 iba a ajusticiar a un colosal Atlético desde los once metros para dar el título al Real Madrid. ¿Cabe una agonía mayor en un relato? Por añadidura, esta victoria deja un poso en los madridistas bastante agridulce, pues en el fondo el Atlético nos cae bien, y la reciente crisis económica ha acendrado un sentimiento contradictorio de la opulencia, en este caso de títulos. Pues como decíamos, ni Duelo al sol con Gregory Peck goza de un final tan trágico y abracadabrante. Tampoco el gran Houdini(3), al que muchos en el transcurso de sus números daban por muerto, porque tras su inmersión  llegaba un momento en el que dejaban de agitarse las aguas y de pronto, cuando se tornaban muchos espectadores entristecidos por desenlace tan fatídico, emergía el fauno del escapismo con una sonrisa inveterada como un “ya os lo dije, que también saldría de ésta”. El fútbol está a la altura de estos colofones inesperados, de él brotan las emociones más vehementes, pasamos del llanto a la risa floja sin solución de continuidad, de tal forma que nos tomarían por orates sino contextualizamos que nuestros sentimientos tienen lugar en un marco futbolístico. 


Ni Gregory Peck hubiese representado mejor
el drama vivido en el césped de San Siro

Si acaso el maestro director de cine Juan Jose Campanella, con una película de animación Futbolín, por su gran genio, bordea lo que se puede decir una obra redonda en torno a las pasiones que destila este deporte o de manera tangencial en El secreto de sus ojos, demuestra que está a punto de dar con la fórmula. Incluso en el baloncesto tenemos un ejemplo más que correcto en Hoosier, más que ídolos, con el gran Gene Hackman como técnico inveterado del equipo que remedaba por su metodismo a George Karl que entrenó al Madrid y luego triunfó en la NBA. El boxeo no sólo ha tenido a Cassius Clay, sino fabulosas películas que sí han tenido un paso a la pantalla y a la literatura grandioso. Recordemos El ídolo de barro con uno de los grandes, Kirk Douglas, todavía vivo, o al portentoso Robert De Niro como Jack Lamotta, que engordó en aplicación del método Stanislavski y adelgazó durante el mismo rodaje de Toro salvaje, para adaptarse a la morfología cambiante del cuerpo del gran boxeador. En literatura, un escritor español como Manuel Alcántara ha sabido darle al pugilismo la profundidad e incluso una erótica que derrocha imágenes sudorosas y ardorosas en el cuadrilátero, que nos sacian las retinas.  Para terminar de fastidiar a los futboleros, Clint Eastwood también dio en la tecla cuando hizo una semblanza grandiosa del rugby en Invictus,  de cómo el deporte traspasa barreras que han persistido mucho en el tiempo.  No olvidemos que Eastwood, con la temática del boxeo se sacó otra obra maestra, con la hermosa Hillary Swank de ruda protagonista en One million dollar baby.

Como epílogo, convengamos que llegará el día que algún autor dé con la tecla y logre reflejar en una novela-película la verdadera emoción que nos transmite el deporte rey. Tiene tragedias que todavía nos sobrecogen, como la que le acaeció al equipo del Manchester United, un conjunto dominador y que le podría haber debatido la supremacía al Real Madrid en el año 1958, pero se fue a pique como la vida de todo el plantel que no sobrevivió al accidente aéreo  de Munich ( leer reseña del mismo en 
https://es.wikipedia.org/wiki/Desastre_a%C3%A9reo_de_M%C3%BAnich.   ¿O quién no se estremece con el Never walk alone barbotado por toda la afición del Liverpool en la estupenda caja de resonancia de su estadio? Aguardaremos entretanto la novela-película que refleje su verdadera aura mítica.Estamos tan seguros de que encontraremos esa historia como que un grandioso equipo como el Atlético, tenga por fin la recompensa de una Champions que merece con creces. Quizá en la rueda eterna de competiciones, que tantas quejas despierta entre los adversos al fútbol, hallemos ese gran relato y la victoria que resarza a los aficionados colchoneros. ¿Por qué no en la próxima Eurocopa que se celebra en Francia?


La  Euro, la ilusión de nuevas historias de fútbol


(1) Hemos de decir, que nos parece un estupendo realizador, sus encuadres son primorosos de belleza, y la concepción clásica de su cine es enciclopédica, porque aúna en su proceso de filmación, todos los parabienes de los mejores directores. Sin embargo, falla en el contenido, incluso con libretos como El abuelo de Don Benito Pérez Galdós, puramente literario, la película muchas veces brilla por la ausencia de alma. El Crack representaría un ejercicio intermedio, quizá más lograda que ninguna de sus obras, con un Alfredo Landa, recuperándose de las cenizas del landismo que con todo, le reportó pingües beneficios ( no nos olvidemos de Volver a empezar que martilleó nuestra infancia como la primera película española oscarizada). A Garci le hubiese gustado grabar en el vestuario del Atlético de Madrid, pero dice que el entrenador Cholo Simeone es muy celoso de su intimidad, por lo que ni siquiera hace el amago de una propuesta. 



(2) Con Alberto Cuenca charlamos en una Feria del Libro de Madrid. A su lado, se arracimaban una larga reata de fieles de Joaquín Sabina que iba  dos horas más tarde a firmar una recopilación de sus letras o algo así, mientras el señor Cuenca estaba atrincherado entre el farallón de libros de su caseta. A lo sumo, algún curioso de la fila de Sabina, le preguntaba azorado que quién era. Le confundía por su apostura con un actor, actividad que creemos que ha desempeñado el renacentista Cuenca, pero con su ironía y deportividad habitual, afirmaba que Sabina valía más ausente que él. Casi se emocionó cuando le reconocí, no más que yo, y fue tan cordial, que no me atreví por poco a pedirle que me invitase a su proverbial biblioteca. Hemos de decir para no caer en el desdoro de Luis Alberto, que firma mucho en la Feria del Libro. Supongo que se dejará caer por El Retiro este año.

(3) La muerte del Gran Houdini, mago misterioso y apegado a la figura de su madre, con una sexualidad en entredicho para una época demasiado mojigata, se produjo de una forma increíble. En uno de sus números, un forzudo le golpeaba con toda dureza en el estómago. Había repetido muchas veces ese número que causaba admiración entre sus fervientes seguidores. Pero aquella tarde empezó a enocntrarse mal y a las pocas horas moría agonizando de peritonitis. Yo le digo a las jóvenes generaciones que tengan cuidado cuando juegan a hacerse los fortachones. Claro que antes les tengo que explicar quién fue este gran ilusionista.

sábado, 28 de mayo de 2016

El amigo torpón


Para el primer paso había que comprar víveres suficientes para una semana o ayunar. También era necesario, para evitar las visitas inoportunas, avisar que uno no estaba disponible para nadie o que salía de viaje por una semana, o que había contraído una enfermedad contagiosa" ( Estrella distanteRoberto Bolaño) . De esta guisa se nos describe la atmósfera creativa de un movimiento literario de extrema derecha expelido por supuesto por la selvática imaginación del gran Bolaño, que requiere ante todo reclusión. Había que ser un ermitaño, defecar sobre los grandes clásicos e incluso devorar sus hojas para que su genio se transmutase en nuestras manos febles en inspiración, que a resultas de los ojos observadores del escritor chileno, suponía una aspiración demasiado frágil, que cualquier insensato podría romper en mil añicos.


La soledad creativa

  
Aparte del trasgresor movimiento literario, las visitas inoportunas que truncaban una racha creativa han degenerado en un tópico literario por lo que vamos a descender unos peldaños de esta fiebre creadora expoliada en esta publicación. A veces, los visitantes rozaban los horarios intempestivos u obscenos - una puerta aporreada en medio de la noche, que violaba el recogimiento que preferían algunos plumillas noctámbulos, porque su casa estaba dominada por el silencio y su labor se prestaba a menos interrupciones, acababa acarreando que el frenesí creativo del escribano se encogiese definitivamente. "¡ Malditas visitas!" rezongaba el afectado, inmisericorde por más que simulase una reverenciosa actitud. A Fiodor Dostoievski los perdularios le venían a pedir dinero en sus cuitas de jugadores, o a saldar viejas deudas. No nos imaginamos cómo le explicaría a su sufrida esposa, que lo suyo con el juego estaba superado.” No, cariño, si lo del juego está olvidado” Mas si se trataba de un crítico, con el que se había tenido más de una controversia, se despertaba a toda la casa. A ver si halagándole y agasajándole se lograba una entente cordiale en la columna de la crítica, con la que tener algo más de árnica para las obras del autor. Cuando se producían en "horas más cristianas", también se hacía aguardar a la visita si se consideraba inoportuna, para que comprendiese que los habitantes de aquella morada colmada de arte, ejercían la inspiración de las musas como  funcionarios escrupulosos. Así disuadían futuras entrevistas llenas de inoportunidad.

En este sentido, la casa de Juan Ramón Jiménez representaba para los modernistas el sanctasanctórum de su movimiento y acudían por tanto al encuentro del maestro con unción los hermanos MachadoFrancisco Villaespesa y Rafael Cansinos Assens, un chambón por sus movimientos de gigante bonachón, callado pero muy observador. Poco tiempo después, dará buena fe como testigo impagable en La novela de un literato de los movimientos literarios, poéticos  y periodísticos españoles de la primera mitad del siglo XX. Su bellísima prosa  se convierte en una de nuestras referencias obligadas para comprender la época, a caballo de la biografía y sobre todo del testimonio, que nos hará disfrutar de una constelación de brillantísimas generaciones (nuestra Edad de Plata). Es curioso como decíamos, que dicha peregrinación a la casa del mentor de los modernistas diese distintas perspectivas en el imaginario de la época respecto a  Juan Ramón, según quién acudiese. Para Cansinos Assens, conocido por la bonhomía con la que trataba a sus epígonos aspirantes a rapsodas, Jiménez recibía con mucha deferencia a sus admiradores. Esperaban un ratito en el zaguán a que su venerado maestro se acicalase, era muy coqueto, para que apareciese como una vedette de sonrisa bruñida bajando las iluminadas escaleras. Peroraban sobre casi todo, e incluso del epistolario que se cruzaban, ya que hemos de decir, que pese a su fecunda actividad intelectual, Don Juan Ramón dedicaba muchísimo tiempo a leer los centenares de epístolas de admiradores y meritorios que buscaban su consejo. Desafortunadamente no atendió a todas las misivas y hubo omisiones, fruto del azar y del cúmulo de folios que le llegaban ( recordemos el episodio de la carta de Miguel Hernández ).



Cansinos, gran maestro de nuestras letras


Sin embargo, la figura de prócer de las letras del onubense, se ve algo menoscabada por el traje que le hizo Don Rafael Alberti en su magnífica La arboleda perdida, trilogía biográfica, muy desteñido por cierto. El de Puerto de Santa María, rapsoda soñador, farfullaba sobre el guía de los modernistas que escamoteaba las visitas, fingiendo enfermedades o reflejando su mal café sin apenas disimulos. En su descargo reconoce Alberti, vaya el eximente de que le solían interrumpir en pleno éxtasis lírico, para importunarle con chorradas o las últimas comidillas literarias y políticas. No obstante, estamos seguros de que quizá el término medio refleje más fielmente la realidad de los hechos; el propio Jiménez hablaba de su Torre de marfil en alusión a la soledad de la que se imbuyó cuando escribía. Desde luego, escribir es una una actividad solitaria, que nos vuelve hoscos y nada mundanos. Así que creemos entonces más ponderado aseverar que dependiendo del momento, y sobre todo de quiénes fuesen los invitados, la reacción del premio Nobel cambiase ostensiblemente. En cualquier caso, a él le perdonaríamos todo, puesto que siempre le recordaremos por haber llenado nuestra infancia de ternura con Platero y yo. Cuántos iniciados dieron sus primeros pasos por este fabuloso cuento con ribetes rimados, para luego adentrarse en la poesía, en un país que como Alberti advertía, las tiradas con más de quinientos ejemplares vendidos significaban un éxito arrollador para los seguidores de Safo. Se compraba la poesía de Jiménez pero para que los lomos de su encuadernación, adornasen los muebles de la clase media y no sus cabezas vacías.


Con todos estos recuerdos pululando, chupaba la tinta de mis dedos con gozo, y revolví las hojas en mi pequeño cuaderno de anillas, donde apunto a vuelapluma mis ocurrencias, rebuscando palabras sonoras como mi admirado Andrés Trapiello, quién sabe si para hacerlas rodar cantarinas en otros escritos, que prolonguen su demediada existencia ( muchos ríos de tinta ha destilado la inclusión de Trapiello en la comisión de la memoria histórica del Ayuntamiento de Madrid, algunos dicen que le han embaucado, otros que es demasiado conservador y que será clemente porque en su esplendente y de obligada lectura Las Armas y las letras fue en exceso condescendiente con los escritores del Movimiento). Como decía, en otras ocasiones las musas me visitan, murmurándome celosas un argumento que paso a mi cuadernillo para que su  estructura no se deshilache y se vuelva luego tan etérea que se me haga inasible a la hora de posar mis dedos sobre el deletéreo teclado que casi siempre asesina mis felices ideas ( siempre en estos trances me acuerdo del malogrado Eduardo Galeano, que cortaba a sus amigos en lo más álgido de una conversación, para anotar sus hallazgos, que vertía en su cuaderno que hacía las funciones de misal negro, por el deleite casi vicario con el que apuntaba sus ocurrencias o palabras bien sonantes). Pues un día, retrepado en mi sofá revisaba las notas mientras tomaba el café y me organizaba mentalmente para abordar sin mucho desatino unas páginas de una novela inconclusa, Alamedas carmesíes que para no ser demasiado onanistas, explicaré que surgió a raíz del extraño ofrecimiento de un apergaminado editor. Por fin creía ver la luz, menudo fiat lux, tras mis penosas peregrinaciones por los comités de lectura, un milagro me había hecho flanquear semejante obstáculo, hasta que apareció Ontiveros, mi amigo. Que se aburría en su casa, me dijo arrobado en su eterna sonrisa adolescente.


Eduardo Galeano y su mítico cuaderno,
entrevista a un guerrillero

Le repuse con ardor que estaba intentando acabar la tesis, y que había dejado plantada a mi mujer con el niño en el parque para rematar la faena, así que si me dejaba, le estaría agradecido. Pero conocedor de mis costumbres, vio mi misal-cuaderno negro entre mis manos, donde sobreviven mis ideas y vagan hasta morir frente a la pantalla del ordenador.- ¿Qué te traes entre manos, amigo? Nada de tesis, seguro.- sonrió puesto que me había cogido en un renuncio, y no soltaría tan fácilmente la presa. – Me debes una obra, Muna.- Entonó jocosamente. Mientras Onti me hablaba, imaginé que el periplo por esos tediosos grupúsculos con el fin de publicar, hubiesen merecido una novela. Se asemejan a ese vigilante de Kafka que en El Proceso y dentro de esta novela, en el relato Vor dem Gesetz ( ante la ley) está acodado en la jamba de una puerta  que otro individuo desea traspasar ( ese individuo sería yo). La enseñanza del cuento viene a mostrarnos la irracionalidad de la burocracia, que nos impide en ocasiones traspasar determinadas barreras. El individuo que quiere franquear la puerta pierde todo resuello, la muerte repta por todo su cuerpo, cuando el vigilante que contempla a su oponente exangüe de fuerzas, coge la silla, la repliega y se va. Demasiado tarde como era mi caso aquella tarde.- Muna, despierta, te acuerdas que íbamos a adaptar Corazón de perro. Sería una obra muy apropiada con el problema de los desahucios.

-          Todo lo contrario- Le reprendí cariñosamente por lo inapropiado que me pareció una obra que hacía mofa del instituto de la vivienda soviética y de sus ocho metros vitales per cápita. No obstante, es una historia larga de contar, que arrumbaremos para otra publicación. He de decir, que Manuel Ontiveros es un actor amateur, que creyó hallar su trampolín en el Tartuffo de Moliere, aunque rumiaba para mi cuando me dijo que se acabó suspendiendo la función por rencillas y motivos diversos” pero Onti, cómo se te ocurre estrenarte con el gafe universal, Moliere, ¿sabes por qué es gafe el color amarillo en los escenarios?” No llegué a orear mis reflexiones en voz alta, dado que en mi amigo afloraban las lágrimas por la oportunidad perdida, que es como un tren que se fuga en tus retinas con todos tus anhelos. No seré sañudo con la pompa de las semanas anteriores, mi querido amigo es tan fantasioso que se veía en Broadway y conmigo en sus ensoñaciones, de libretista. Siempre ha soñado a lo grande o tenido delirios.


Y puse sordina a las acometidas oníricas de Manuel, gracias  a que fervoroso, evoqué al amigo plasta que asediaba a Ernest Hemingway, sobre todo para joderle se deduce de la lectura del americano, el climax creativo. Este amigo es un escritor frustrado, y se planta gozoso porque sabe que va a interrumpir la labor creativa, delante de Hem que buscaba en el calor de los cafés la inspiración. El juntaletras se había rodeado de todos sus fetiches, una pata de conejo, la pluma rebosante de tinta, y el olor a folio recién cortado, hasta que aparece a reventar el ritual la visita insospechada. La conversación se tensa, mientras el amigo le pide consejo, acuerdan que se haga crítico, que para eso cualquiera vale, pero que no vuelva a ese café que se había tornado en el santuario del narrador americano. Así se dan la mano y parte el espantamusas, medio convencido de que su existencia no es tan superflua. En todo caso, Hem tenía una teoría que he visto refrendada por algunos autores y por otros matizada, relativa a la competitividad que existe entre los escritores, que ha deparado deliciosas estampas en la historia de la literatura. Por ejemplo, la rivalidad de Robert Graves y George Bernanos que les hizo revivir la Gran Guerra en sus relaciones personales (ambos fueron ex combatientes). Como es largo el tema, les emplazaremos a una próxima publicación.



La torre marfil de su cabeza



domingo, 22 de mayo de 2016

El gran masturbador



El requesón (asimilaciones de esperma no segregada) de algunos artistas ha entrañado sus creaciones de una obscenidad, que a veces como esquirlas, invaden nuestra sensibilidad. Cuadros donde la cópula asilvestrada se nos hace más que evidente, a pesar de que nos frotemos los ojos incrédulos, o en los que el piano sodomizado se adivina vehemente en la composición. Las dilaciones de algunos de estos arquetipos genialoides nunca intencionadas en el terreno de la sexualidad, debidas en parte a su retraimiento natural o a su idilio con las musas, sea cual fuere el motivo, les apartaron de las artes amatorias hasta edad madura. Con los años sus omisiones se transformaron en obsesiones sexuales, delirios de epígonos de Onán,  que fueron macerando en sus obras con un barniz de escándalo. Pocos recuerdan del joven Luis Buñuel hasta que salió de la crisálida de su soledad en La Residencia de Estudiantes, más que su aspecto hosco, lacónico en las palabras y sus guantes de boxeo, con los que golpeaba el saco inclemente y exudando sudor . Acompañante del extravagante Giménez Caballero, que dirigía como sabemos La Gaceta literaria, una labor sin duda titánica, el futuro director de cine parecía más bien su guardaespaldas. Decían que el de Calanda era ágil con los jab, y a la zaga del literato de la Gaceta, se proyectaba como una sombra amenazadora e insidiosa. Si hacemos caso de Juan Manuel de Prada (1), que se ha convertido en algo mojigato y pacato, pero que tuvo una irrupción maravillosa en la literatura, Don Luis con la fiebre juvenil se metió en más de una pelea. Más de un despistado probó la pólvora de sus puños.

 
Imágenes muy explicitas para el año 1929


Con todo, a pesar de ser una presencia perturbadora, más que callada, que ensayaba con golpes al aire a  batir a los enemigos invisibles y los molinos de la injusticia, Don Luis, siempre dejó claro que había venido a Madrid para ser escritor y sobre todo atraído por los cenáculos poéticos en los que se habían transformado los cafés de la capital. No obstante,  el poderoso reclamo de las imágenes de una película de Fritz Lang le fueron ganando para la causa del séptimo arte.  Tanto que casi abandonó los guantes, con los que hasta aquel momento había embozado sus manos casi de manera perenne, y asimismo sus anhelos literarios, para desarrollar argumentos en clave cinematográfica. Nunca fue bueno con los encuadres, con los que no se enredaba en sutilezas, sino que la fuerza y el sello de Buñuel que le distingue como uno de los artistas más reconocibles, estriba en la verdad y crudeza de sus historias. En muchas de ellas, el productor sabedor de lo provocador de su cine, le obligaba a rodar varios finales, por si las autoridades vetaban sus conclusiones poco edificantes . Fue en su etapa de Méjico, un poco más tarde, en la época del Código Hays, cuando grababa varios desenlaces a fin de montar o remontar ( volver a montar) aquella parte que había azorado a la censura mejicana.  Si bien no nos adelantemos a los acontecimientos. Con  Los olvidados se quemaron varias salas de cine, porque el españolito no era nadie para poner al país frente al espejo de sus miserias ( como curiosidad, el guión fue principalmente desarrollado por Max Aub y el productor Óscar Dacingers). Cannes les haría cambiar de opinión y restituiría a Don Luis en el lugar que merecía.

Porque de todos es conocida su primera incursión El Perro andaluz (1929) junto a su compañero de La Resi, Salvador Dalí,  cuyo título no sugiere nada de la intriga de la película, que precisamente carece de forma intencionada y de cualquier armazón ( podéis ver en este enlace el cortometraje que apenas supera los quince minutos https://www.youtube.com/watch?v=GwW8AckraYM ). Como buen paradigma del surrealismo, los dos amigos de la Resi montaron una sucesión de imágenes irracionales, que parten de dos de sus sueños. El de Calanda confiesa al genio catalán que soñó como una nube hiende la faz lunar y que del mismo modo, una navaja saja el ojo de una muchacha; Dalí le repone que a él a su vez en el duermevela, le visitaron unas agitadas hormigas, que remoloneaban en la herida de una mano - el surrealismo se adentra en la interpretación del mundo de los sueños, donde el superyo freudiano vacila y deja que el inconsciente exprese mediante signos, sus pulsiones más animales, alejado de las capas y más capas de convenciones morales y sociales que nos oprimen. En el cartel, y en el sadismo evidente que señalaron algunos críticos de la época, podemos presentir la polémica que provocó en aquel entonces. Pese a que ambos autores se escudasen en la inexistente censura del mundo onírico, que sin cortapisas nos fulmina con su letanía de imágenes que expresan libérrimas nuestras convulsiones internas.

A su zaga, los censores acecharon su obra, que por estar violentamente
 en contra de los cánones morales, nunca dejó indiferente.




En la misma onda, cabe situar a la tildada de impúdica  La edad de oro (1930) (2) que sigue el claro predicamento surrealista y que volvía a azuzar las conciencias de una sociedad española que estaba enfrascada en otras rebatiñas y en plena transición a la república.Recordemos el artículo El error Berenguer con el que Ortega y Gasset condenaba los fútiles intentos de Alfonso XIII por en un ademán lampedusiano, hacer un guiño al cambio para permanecer aferrado a estructuras superadas. Tras una lenta marcha desembocaríamos como bien sabemos, en el episodio más trágico de nuestra historia. Si leemos las críticas de la época, aparecen argumentos completamente desenfocados porque probablemente el mensaje surrealista apenas tenía eco entonces. La edad de oro resultaba descrita de esta guisa poco más que como una bacanal de señoritos, sin embargo, las escenas en las que las protagonistas con trajes largos, sacerdotisas vestales del sueño, se comen literalmente a besos a los galanes y viceversa, alimentaron la maledicencia contra Luis Buñuel. Nadie captó lo revolucionario que suponía el amor en esta película, dado que se convertía en el instrumento para burlar la naftalina de las reglas morales y sociales.  La edad del oro como explicaba el realizador aragonés con su cara de arrobo y unos ojos que se le iban a salir de las órbitas, nos remonta al falso paraíso imaginado por Hesíodo, en el que en cualquier caso se siguen observando las mismas trabas morales. Con escepticismo Don Luis denuncia que no existen sociedades prístinas donde no hubiese retraimiento moral que es consustancial a la civilización.  


Su compañero de andanzas, Salvador Dalí, genio ultraterrenal, se valió también del sexo como trampolín para que sus creaciones tuviesen un mayor eco. Pepín Bello nos relató cómo el de Cadaqués se unió al clan de la Resi, para conformar un grupo indestructible contra "lo putrefacto" tanto él, como Federico García Lorca y Luis Buñuel. Con la puerta entreabierta, Bello que es definido como "el arquetipo genial del artista hispano sin obra" por Enrique Vila- Matas,  entornó la mirada hacia la pieza del catalán llena de dibujos errantes, que pululaban por su cama, el escritorio, confundidos con camisas y jerseys,  todo un caldo de cultivo para sus llamaradas con los lapiceros, que le retrotraían a la nostalgia mediterránea de su villa. Pepín, el llamado fotógrafo de la Generación del 27, no pudo callar tan tremendo hallazgo y todos se arremolinaron en torno a la pieza de Salvador, para comprobar si las maravillas de las que hablaba el locuaz Bello, estaban de todo punto exageradas. Desde entonces, la unción de Federico por Dali fue tan evidente que se llegó a especular con la naturaleza de  relación tan estrecha. El propio pintor dijo que el granadino quiso sodomizarle aunque el se resistió a la corriente de seducción del poeta, que extendía como una mariposa todo su brillante repertorio de conquista (suena a pura fábula daliniana, pero según Gibson, el poeta estuvo profundamente enamorado del catalán). Pero el caso es que se produce una separación estética, cuando curiosamente Lorca crea vanguardia con El Romancero gitano y sus amigos, Buñuel y Dalí ponen tierra de por medio con El Perro andaluz. 

Dalí genio de dimensiones sobrenaturales, surrealista,
místico -científico,  su método paranoico crítico exacerbó 
a sus compañeros de viaje. 

De Dalí tengo grandes recuerdos de mis clases de arte, porque nos sacaba del sesteo con sus cuadros más que provocativos como El gran masturbador, compuesto muchas décadas atrás, y que sonaba a pornografía sin más ambages. El eco de las risas y alguna mirada maliciosa, dirigidas de forma irreverente a los compañeros con sus rostros lacerados por el acné, y que compulsivamente se dedicaban a sus actividades onanistas en la penumbra de sus piezas, todavía resuenan en mi cabeza. No queremos reproducir los exabruptos, que se deslizaban enmascarados en la masa o algún eructo que se hacía presente cuando inopinadamente se hacía el silencio, para regomello del desdichado que era entonces fácilmente cogido en su falta. La Puche como llamábamos a la desgraciada profesora, empezaba a "emperdigonarnos" con sus salivajos más bien fruto de su nerviosismo y el descontrol que nacía de la obra de su reverenciado Dalí. No fue hasta unos años después que yo me rendí a uno de los mayores genios, puesto que me habían entrado de forma más elocuente los renacentistas italianos, por aquel entonces idolatraba a Rafael y sus madonnas. Curiosamente uno de los ídolos de Don Salvador y que le valió su expulsión de la Academia de las Bellas Artes de San Fernando, cuando se negó a que un tribunal le examinase. En el boleto salió Rafael y  como relató años más tarde, quizá agregando mucha fantasía, repuso al tribunal: "con to-dos mis res-pe-tos, nin-gu-no de us-te-des jun-tos sa-be más que yo de Ra-fa-el". No es extraño proviniendo de un joven que con siete años soñaba con ser Napoleón o se golpeaba voluntariamente contra una columna en el recreo porque nadie le hacía caso. Con ocho tuvo claro que quería ser "Sal-va-dor Da- lí" papel que le había encomendado el divino mucho mayor que cualquiera de los secundarios que hasta entonces le había desvelado (v.g. Napoleón). Y su obra avala su locura, fue un artista grandísimo. 

Como advertíamos al inicio, el sexo como energía represada tuvo una singular importancia en Salvador. El pobre artista se jactaba de no haber catado virgo alguno mientras no llegó Galuztka, que habría de rescatarle del celibato  además de modelarle a su conveniencia. Es verdad que el joven imbuido según sus memorias de un prurito monacal había frecuentado los burdeles, que encontró siempre lugares bellos pero que no le incitaron la curiosidad de perderse en sus escalinatas, sino más bien un interés analítico. Fue con Gala, a la que regó con todo esa acumulación de esperma, con la que se nos hizo hombre. Enseguida la rusa ocupó el lugar en sus pinturas de su hermana Ana María, objeto de fantasías eróticas e incestuosas. Dicen sus hagiógrafos que ambos, Gala y Salvador abandonados  a la brisa marina, con los cabellos de la rusa meciéndose en su frente, ésta le espetó un "reviéntame" clamoroso que puso fin a la risa frenética y paranoica de Dalí "pa- ra si-em-pre ja-más" . Con ese acto de amor le redimió como hombre y con sus besos acalló las voces que le decían que la asesinase allí mismo ( la verdad es que estaba majareta del todo y Gala dominó esos impulsos criminales, represó esa energía que el de Cadaqués inmortalizó en sus sublimes pinturas). Todo a pesar de que  aquel encuentro obedeció a las desavenencias surgidas en el seno del grupo surrealista, a raíz de las imágenes que habían interpretado como coprófagas en el cuadro El juego lúgubre. Tras ese encuentro se precipitaron en sus cuerpos, durante semanas jodieron hasta la extenuación, comunión de dos almas que no se tocaban sino es entre el abismo de los átomos. Con un palmo de narices habían dejado   al director de la muestra daliniana  que se exponía por aquella época en París con un un éxito rotundo. El marchante había prometido en vano presentarles al nuevo fenómeno, que estaba fugado y enamorado, y por supuesto,  el que se llevó la peor parte fue Paul Eluard, el marido engañado de Gala. Salvador por su parte, rompió con la familia(3), que de moralidad más casquivana, jamás aceptó que se uniese a una divorciada. Desde entonces, las formas sexuales brotaron más ávidamente en sus cuadros debido a un surrealismo latente y al descubrimiento personal y liberador que significaron las artes amatorias de Gala.   

¡Vaya clan el de "La Resi"!

Las frustraciones sexuales también acosaron al endeble en Scott –Fitzgerald. Tenía complejo de miembro pequeño y le confesó sus miedos a su amigo Hemingway. Llegó con una nube de preocupación a interrumpir el sacrosanto trabajo de Ernest, al que le jodía especialmente ese tipo de coitus interruptus, en este caso creativos. Pero supo atisbar el rubor indecible de su amigo por lo que preguntó qué le pasaba.

- Zelda me ha dicho que está en el sanatorio, porque nunca le supe satisfacer en la cama.

- Y cómo es eso, amigo.

- Me dice que la tengo tan pequeña- Casi del apuro y preso de un sentimiento de culpabilidad casi patibulario, se la enseña en el café. 

Aunque Hem, le repone lejos del ánimo pesaroso de su amigo, que vayan al Louvre.- Allí verás que las estatuas no tienen miembros poderosos, incluso son más pequeños que el tuyo.- Aparta la mirada cuando Fitzgerlad vuelve a hacer el ademán de enseñarle sus protuberancias. – No, aquí no, vamos al Louvre, amigo. Van juntos y el autor de la generación jazz sale de su azoro.

El sexo fue muy importante, poetas que borraban en la cumbre el pesar que le habían producido rechazos pasados, gracias al exorcismo que representaba la masturbación. De nada le servían las damas de la alta sociedad que se rendían a sus versos, sino que les acosaban los espectros del pasado que debían poseer con “ la paja redentora”. Algunos como Amedeo Modigliani, no sentían disminuidas sus fuerzas creativas, sino que se exacerbaban en el acto de posesión. A Pablo Picasso, macho dominador le ocurría otro tanto. O qué decir del mendicante Tolouse Lautrec o el bernardaalba de Edgar Degás. Tampoco nos olvidamos de un Orson Welles que se creyó demasiado anticuado para la sofistificación de Rita Hayworth, aunque enseguida se puso a su altura ahormando su amor en el catre. Así nos despedimos,inflamados con tanto ardor creativo.


El genial Orson Welles se veía muy poco sofisticdo
para los encantos de la superestrella Rita Hayworth


 (1) En cuanto a De Prada, le reservaremos una publicación, para que vuelva por sus primeros fueros, que tanto nos deleitaron ( gracias a él, recuperamos al sonetista sablista más delicioso de todos los tiempos, Pedro Luis Gálvez y al que la leyenda negra le acompaña, a pesar de la semblanza noble que hizo de él, Cansinos Assens). Las máscaras del héroe o Las esquinas del aire: en busca de Ana María Martínez Sagi prometían una carrera literaria lanzada al Nobel. Luego el genio se secó o se distrajo, a pesar de que le reconozcamos su oficio y su brillante prosa, no llegó a ser lo mismo. 

 (2) La obra en puridad es francesa, pero Buñuel tenía mucha resonancia en nuestro país, a pesar de que hubiese ido en peregrinación a París, donde se integraría con su amigo Dalí en el movimiento surrealista. Con Dalí hubo muchisimas divergencias. 


(3)Su progenitor como  notario en sus cabales había dejado bien claro  a su hijo, que la bohemia podría ejercerse con una agarradera como la Academia de San Fernando, de la que salió escopetado para disgusto del padre. Decidido a que se encaminase de forma seria, emigró a París la meca del arte de los albores del siglo XX, acompañado de su familia. Así visita a Picasso, al que confesó que había decidido visitarle primero  a él, antes que acudir al Museo del Louvre ( en sus memorias recuerda que se mostró tan reverencioso como si don Pablo fuese el mismísimo Papa).

miércoles, 18 de mayo de 2016

Bolaño salvaje




Antes de empezar, con el llamado último maldito de la literatura, Roberto Bolaño, que baqueteado recorrió los inframundos de la poesía mejicana, y cuyos avernos tan bien plasmó en sus Detectives Salvajes, deberíamos narrar mis piruetas de funámbulo para que recayese en unas manos del todo inhábiles una sección de cultura de una revista de tirada media (ambos hechos guardan relación y alguno me motejará de paracaidista, intruso, aventurero). Con afán amateur de las letras, escribí un artículo técnico del funcionamiento del sistema bancario europeo, en el que desvelaba desde mi punto de vista los arcanos en los que se engrana la causa de tantos de nuestros desconsuelos durante la crisis. Quizá llegaba a conclusiones viciadas en el mismo, no caeré en esa especie de onanismo intelectual de muchos economistas, que revisten sus hipótesis de la aureola de la única verdad. Pero más allá de  las disquisiciones económicas, casi siempre bizantinas, aquel artículo le encantó al director de la revista. Según me confesó le había fascinado el prisma desde el que lo había abordado; autores por los que había discurrido un centón de años, cobraban voz en mis reflexiones escritas. A bocajarro le recordé delicuesciente que El Quijote estaba muy confundido cuando decía "Ya en los nidos de antaño, no hay pájaros de hogaño"(1). Se quedó tan perplejo que no supo salir de su laconismo. 

El caso es que  este director venía rumiando la creación de una nueva sección cultural, para quitarle la pátina de casmodia a los artículos eminentemente técnicos del magazín, de modo que me endilgó el encargo de darle contenido a su idea. Es verdad que tuve mucha libertad a la hora de confeccionar la sección hasta que el director llegó un día con su rostro grande como una luna, corolado de un penacho gris, y me recordó que no se entrometía en mi trabajo, pero que había leído un libro que le había abrumado y que por supuesto podría ser una estupenda reseña para el apartado de críticas. Amante de las letras, Don Hermenegildo por ponerle algún nombre, cuidaba con primor sus libros, si bien, un rastro de polvo encimaba el ejemplar de 2666 que me alargó. Que se me escapase de mi radar Roberto Bolaño, golpeó entonces mi vanidad de lector compulsivo. Aunque como insinuaba Bolaño, pese a nuestra vanidad, ni de los más grandes escritores quedará rastro, volarán a las penumbras del olvido generaciones enteras de literatos, " no vemos que se va a extinguir el sol", cuanto más habremos de ser humildes desde el otro lado de la literatura, la lectura. 



Aldabonazo póstumo de Bolaño  en EEUU


Sin embargo, estas ausencias tan flagrantes envilecen nuestros currículos de lectores, cuando además, analizando un poco la propia historia de 2666, ésta se había convertido en un verdadero aldabonazo editorial en EEUU. Muchos escritores de habla inglesa se habían lanzado en tropel a por las galeradas que no habían pasado por las prensas; era tal la avidez que había despertado la novela póstuma del chileno, que hasta la rutilante estrella de la televisión Oprah Winfrey había confesado que uno de sus privilegios como celebridad, aparte de que le cerrasen museos para una contemplación reposada de las obras, sin la multitud que revolotea como moscardones entre goyas, había sido leer la novela de Bolaño antes que nadie en Norteamérica.  Se envanecía de su logro, y lo mejor de todo, es que el libro no podría defraudar, porque tiene las hechuras de obra cósmica. Se le ha comparado con Cien años de soledad, quizá pequemos por exceso, si bien, la obra en su conjunto de Don Roberto, perenne con su gabán  y las solapas volteadas aunque hiciese canícula en Barcelona, es de lo más apabullante que se ha editado en los últimos cuarenta años. 

De ahí, que el fenómeno Bolaño, al que le rechazaron no pocas novelas para su desespero se alargase y conquistase muchísimos espacios tras su muerte. 2666 por ejemplo es una obra póstuma, también El Tercer Reich, escrita en 1989  y que comienza con ecos de novela juvenil, por su personaje aficionado a los juegos de guerraclaramente el alter ego de Roberto ( ¿quién no recuerda El Día más largo, La Batalla de las Ardenas de juegos NAC? ) . Con todo, ese engendro literario, a priori muy ligero, te va atrapando con una atmósfera de misterio  en un lugar tan prosaico como las amuralladas costas españolas y catalanas, donde crecen hacia el cielo las colmenas de turistas (Félix de Azúa hace esa comparativa al referirse a la obra de Juan Benet y a los prólogos de modo genérico, que condicionan al lector antes de comenzar, a veces, no nos dejan percibir como las altas colmenas la verdadera dimensión del libro que anticipan). Personajes como El quemado, el amigo que muere, los maltratos, la presencia de la omnipresente Frau, dueña del hotel, que parece no envejecer, son la telaraña de la literatura de Roberto, que empezó a evidenciar desde sus primeros céfiros creativos.



El conocido wargames del Desembarco de Normandía
(gentileza de la página web www.elreinodelos juegos.com)

Siguiendo con los rasgos de nuestro escritor, él insistía de forma incesante, que de tocarle un boleto, lo más natural y lo que nos pide el cuerpo, más que escribir sería leer. Precisamente Bolaño, que había idolotrado las vidas de los más caducos trovadores, por su entrega y sus excesos, desde las alturas del éxito repudiaba su oficio, causante de muchos de sus dolores físicos. En una especie de Retrato de Dorian Gray, se observaba a si mismo en un espejo  como un odre viejo y todo por la somatización de sus píldoras literarias, por su vagabundear con la fiebre novelera, comisqueando lo que se podía y que tan bien trasladó a sus libros, o por proferir como poeta un verso de manera lenta.  Al igual que Fiodor Dostoyeski (2), escribía por pagar deudas y asegurar un futuro a sus hijas. 

Perdón, por los largos incisos, volvamos con toda humildad al día que nos topamos por primera vez con Bolaño. De reojo, el director estudiaba y leía meticuloso mi reacción; arrellanado en mi silla le repuse que por supuesto  le reservaríamos un lugar en la sección de críticas y enterré el ejemplar de 2666 entre la barahúnda de papeles que flotaba en el escritorio.Era verdad que le debía la crítica y éste fue mi primer contacto con el gran Bolaño, que me hipnotizó desde las primeras letras. La creación de ese personaje mítico, Benno Von Archimboldi que según algunos estudiosos de la obra del autor chileno, guarda muchas similitudes con una bestia guardián del campo de concentración de Buchenwald, y la muerte que ronda trágica sobre ese trasunto de Ciudad de Juárez, donde la vida de las mujeres no vale nada, casi me noqueó por esos afiches desbordantes de violencia. Es fácil por otra parte, cuando hundimos nuestras pupilas en sus novelas, llegar  a la conclusión de que una de las obsesiones más febriles de Bolaño, fue la Segunda Guerra Mundial.  En  El Tercer Reich  su prolongación en la ficción, se excusa de su obsesión aparente por todo lo que concierna  a los nazis, no es admiración, subraya. Lo más curioso de toda la creación de Don Roberto, es la capacidad con la que recrea atmósferas donde se entremezcla la ficción que aparentemente es realidad. Así inventa movimientos poéticos que describe con tanta firmeza, que toman contornos reales en las retinas del lector. No es el caso de Detectives salvajes, donde tira de recuerdos: el poeta del visceral realismo que fue y que prorrumpió en una conferencia de Octavio Paz , para recordarle que era el formol de la literatura. En segundo lugar, identificamos los manejos ambiguos del destino en sus personajes, que nos evocan la maestría de Borges. El argentino jugaba con las palabras como cendales de desaliento y la incertidumbre caía sobre el final de los personajes de sus estupendos relatos. Junto a Cortázar, y pese a la renuncia de Bolaño como visceral realistas a lo antiguo, la influencia de estos dos monstruos de las letras hispanoamericanas es notoria en la ejecutoria del chileno. 


Don Jorge evidenciando su mala visión

En cualquier caso, nuestro escritor se quejaba del escaso eco que lograba la literatura de su país  en España, verdadero rompeolas de la edición en lengua hispánica, que se concentraba fundamentalmente en Barcelona. No es extraño que el gran Mario Vargas LLosa ,que olfatea el éxito muy en la lontananza, se dirigiese allí pasados los años cincuenta, puesto que del mismo modo que París se convirtió el referente literario de Sudamérica en la primera mitad del S. XX, Rubén Darío peregrinó a la Ciudad de la Luz,  Barcelona asumió ese papel después. Más tarde aún, y por su vida trashumante, Bolaño llegó a la Barcelona de Carmen Balcells y de su amigo Jorge Herralde. Como decíamos, lamentaba la levedad de la denominada nueva literatura chilena, lo que le granjeó numerosos enemigos en su país, porque no se evadía de la polémicas en aras de la concordia, si creía que faltaba a la verdad en cuestiones literarias. Aun cuando la narrativa vivía sus horas más bajas, Bolaño pensaba que gracias a la sombra voluptuosa que representaba Nicanor Parra, la poesía recobraba viejos pujos en su tierra. 

Como él mismo reconocía, y Enrique Vila- Matas, uno de sus grandes amigos en estos oficios había atestiguado, aparte de la obsesión hilarante por la IIGM, dos ejes vertebraron el resto de su labor creativa. Por un lado el golpe de estado en Chile, así late  el cainismo en la inquietante Estrella distante, con una encarnación del bien/mal del poeta/represor representado Alberto Ruiz- Tagle / Carlos Wieder, que con los evanescentes apuntes del personaje narrador, se va perfilando como la odiosa encarnación del maligno en nuestras retinas, hasta que culmina el crimen de las hermanas poetisas. También le marcó La matanza de Tlatelolco, que le sirve de légamo para crear la más que angustiosa Amuleto. A Roberto parece que le fuese persiguiendo la historia, o que por lo menos saliese a su encuentro con gallardía, puesto que de los dos últimos acontecimientos históricos, fue testigo directo.  



Militares durante la matanza de Tlatelolco


Recordemos antes de despedirnos sus manos siempre cosidas a un cigarrillo, sus inconfundibles quevedos, y el cabello de caracola, que daba sin duda la imagen del poeta noctámbulo, que con tanto afán buscó. Desde chico, había modelado sueños quebradizos que tomaron forma gracias a su gran tesón, porque si de algo estaba convencido aquel muchacho etéreo, fue que él quería vivir como un poeta. Su dramática y súbita muerte agrandó su figura. Todavía nos conmueve observar sus garabatos en las portadas de los cuadernillos manuscritos, donde garrapatea sin pudor que como vigilante de camping, había llegado a las siguientes reflexiones en forma de poesías, relatos, novelas cortas. No se escondía de sus oficios humildes, que desempeñó mientras rodaba la noche delante de sus ojos y que como entrañable compañera, le susurraba sus estupendas historias. Por favor, no caigamos en nuestros prejuicios, cuando un guardia de seguridad se dirija a nosotros, ya que podríamos estar hablando con el próximo Roberto Bolaño. La literatura crece selváticamente en las cabezas más insospechadas. 


(1) No quiero ser excesivamente críptico, y el lenguaje del Quijote a ratos se nos revela pesadamente, aun cuando esconde todo un mundo de sabiduría. Lo que viene a decir este refrán - el refranudo es Sancho Panza, mucho más sabio que el venturoso caballero- es que no encontraremos en los nidos antaño, esto es en el pasado, referencias para el presente. Cuando dije que  se equivocaba, era porque evidentemente, y no es que adolezca del síndrome de la Edad de oro, creo que en el pasado se hallan enterradas muchas de las claves para entender el mundo moderno, sobre el que recaen capas de complejidad y por qué no decirlo, grandes dosis de ombliguismo. Como Narcisos nos miramos en nuestros maravillosos mundos modernos, que sin percatarnos han recorrido unos caminos y atravesado muchos cruces, donde de tomar otros vericuetos, nuestra realidad se hubiese ahormado de manera diferente. Bucear en el pasado es desandar, y preguntarnos si cuando hace siglos, se decidió emprender un camino, quizá no se tratase del más conveniente. 


(2) En el caso del ruso que había asumido las deudas de su cuñada, al morir su hermano y al ser buen noctámbulo, se bebía un té. Luego se despedía ritualmente de su familia, para adentrarse en las oscuridades de su gabinete, con dos velas que creaban el círculo mágico de luz, donde componer sus fabulosas novelas. Lo decía la mujer de Fiodor, si su marido hubiese tenido la capacidad de revisar sus obras -quizá le hubiese restado frescura- su legado artístico hubiese refulgido con mayor violencia en el firmamento creativo, aunque tenía que producir y producir, inventar historias que nos han conquistado por su verdad. El jugador pese a lo que discuta Benet, que se equivoca completamente con el ruso, refleja el alma del ludópata, que era en realidad el reflejo acre del mismo Fiodor. El jugarse el todo o nada que tanto atrajo a Bolaño.