viernes, 30 de diciembre de 2016

Cabeza plateada de Turgueniév


Lastrado por el cansancio que le veteaba el rostro y con una barba fosca, a retazos alba, Juan Eduardo Zuñiga aparecía en un reportaje que desgranaba  las razones de su Premio Nacional de las Letras españolas 2016 . Todos los focos de su ejercicio artístico se adensaban en el periplo literario por la Guerra Civil, que iba a marcar sin duda una trayectoria muy dilatada de este  escritor provecto,  que despertó desde la más cándida infancia a la resaca del saber, porque prontamente se embebió en los mamotretos egipcios en la soledad de su chalé de Prosperidad. Zambo de tanto entumecimiento, de hurgar con sus narices en aquellos ejemplares, se levantaba como tocado por el alcohol, a repetir unos trancos que le sacasen del encogimiento. Allí, también descubrió en un despertar tumultuoso a la edad adulta al gran Iván Turguéniev, que le reveló el rastro que dejan las grandes pasiones en la vida, que reverberan con la misma intensidad de los acontecimientos presentes. Al azar, el pequeño Juan Eduardo había encontrado un folleto comercial, donde por un módico precio, se hizo con una edición esmerada de las obras del ruso.     


Cabeza plateada, el chambón de casi dos metros,
se movía torpemente por las mesas del café Riche.
como si fuese a naufragar ante la clientela por su impericia
Gentileza de wikipedia
Aquí comienza el período de indagación más intenso del joven y futuro escritor, y encontramos la razón según la cual nos asegura el propio Zúñiga, emprendió el estudio de lenguas eslavas, que le sirvieron para ganarse más que bien unos cuartos, gracias a sus traducciones o estudios de grandes figuras de la narrativa que venían del gélido este, como el escritor búlgaro Dimitriv Dimov ( con quien trabó una buena amistad) o de Turguéniev. Es de este último, del que llevó  a cabo una espléndida biografía Las inciertas pasiones de Iván Turguéniev que podríamos decir, refleja sin paliativos, la existencia demasiado azarosa del autor de Padres e hijos (1) y que María José Furio recoge en un artículo excelso. El madrileño va tirando de la correspondencia epistolar y muchos estudios que sobre este importante autor, se han efectuado a lo largo del tiempo, para bosquejar los claroscuros del mismo. Tan pronto nos parece la semblanza más que descarnada de una madre egoísta, que arrumbada por el marido, quiere que el sentir de la existencia familiar, gravite en torno suya . Demasiado despiadada, Varvara Petrovna Turgenieva  incluso en las puertas de la muerte y después, martiriza a sus hijos con una herencia que prolonga los ecos de una relación tiránica en el más allá. Entrometida en las aventuras sentimentales de sus vástagos, paga todas sus frustraciones con su prole, y aquella huella, acorde con las hipótesis más plausibles esgrimidas por los biógrafos del autor, marcarán sus relaciones con el sexo contrario. Es más, no es descabellado afirmar, que la eterna huida de la casa familiar y de su patria, fue motivada por la búsqueda de una distancia que mediase de la pesada influencia de su progenitora.  

Pues Iván se sintió acogido como en casa en suelo europeo, y sobre todo en territorio francés, donde de hecho trabó grandes amistades con las figuras más conspicuas de la literatura de nuestro país vecino. A Guy de Maupassant le debemos la más que ardorosa descripción, teñida de admiración y de una amistad, en la que aquel chambón aparece como el gigante bonachón de los relatos. No en vano, aquella sonrisa displicente que esbozaba, su cabeza de cabellos de plata y los dos metros de altura, causaba perplejidad cuando irrumpía en los cafés, embozado en su capa. Maupassant retozaba con su pluma y las resmas de papel, rememorando a su amigo: " La puerta se abrió y apareció un gigante. Un gigante de cabeza plateada, como se diría un cuento de hadas". 


Guy de Maupassant, entrañable amigo y
estupendo literato francés
Wikimedia commons
Un Gustave Flaubert por el que profesaba una gran devoción, luchó por introducirle en los cenáculos literarios y recuperó tertulias desvencijadas por las ausencias, para celebrar la presencia del literato del Este. Así se retomaron las antiguas veladas en el Magny o en el Riche, donde con prolijas introducciones, las más de las veces laudatorias, Flaubert daba comienzo a la cháchara en la que intervenían los hermanos Goncourt ( que dieron nombre a los premios literarios más importantes de nuestro país vecino),  Zola o Alfonso Daudet.  Curiosamente con Bakunin, padre del anarquismo, le unió más que una amistad, puesto que el Turguéniev vivió una apasionada relación con la hermana del revolucionario, Tatiana, que el propio escritor enfriaría al cabo de un par de años. Es un patrón que se repite, más adelante veremos porqué. Al mismo tiempo que ambos amigos se separan a medida que Bakunin aboga por una línea más violenta, con la que resarcirse de las injusticias sociales. 


Sin embargo, la vida de Iván estuvo bien lejos de ser la de un gigante de cuento de hadas ,como enjuiciaba Maupassant. La huella de la madre autoritaria, que murió embistiendo contra su descendencia incluso desde el más allá, unas relaciones con el otro sexo que siempre fueron evanescentes. Se repite como una pertinaz letanía idéntico patrón: el del galán que procura con toda vehemencia rendir a la amada, y que mientras sus flirteos discurren por reductos platónicos, recurre a lo mejor de su ingenio, hasta que lograda la conquista se disipan sus efluvios amorosos que en un  primer momento parecían abocarle a la muerte. Es lo que define en su estupendo artículo María José Furio como el Hamlet ruso, que encuentra un enorme y informe placer en renunciar al fruto del amor, cuando sólo tiene que alargar la mano para tomarlo. Ascetismo amoroso y ruso que frecuenta no sólo en su vida personal, sino que sus novelas están plagadas de este arquetipo de amante, similar al Perro del hortelano del genio Lope de Vega. 

Algunos expertos asocian los héroes de Turguéniev a los caballeros de Pushkin que formaban parte por aquel entonces del acervo literario ruso. Por otra parte, quizá más que el ideal caballeresco, tuviese más influjo la relación del escritor con Paulina García Viardot, excelente soprano y hermana de la gran Malibrán. Familia de origen español, de costumbres casi zíngaras, que tenían gracias a su talento, una casa rodante que pululaba por las cortes europeas. Sobrevivió a varias décadas en las que Turgueniev ajeno a las habladurías de la sofisticada París, se compró una casa pegada pared con pared a la de su amada Paulina.A pesar de estar casada, la soprano disfrutaba de la compañía del genio eslavo. Inseparables, iban y venían en deliciosas cartas donde exponían sus sentimientos de adoración mutua, a ratos congelados o la Viardot se permitía dar consejos acerca de lo conveniente en términos amorosos para el gigantón de ojos azulencos(2).   

El gran amor de Turguéniev, la Viardot.
Suponemos que su voz canora, sustituiría
la falta de belleza como parte de sus encantos.
Wikimedia commons

Con estos mimbres, el gran Juan Eduardo Zúñiga, intelectual de gran hondura y escritor maravilloso, que sorprende por una prosa de brillos de una hermosura inefable, nos transporta a la vida de uno de los grandes genios de la literatura universal. En la vejez, como confiesa el propio Turguéniev, la existencia se le hace más áspera. Recurre precisamente a un adagio español - país que veneró por su halo romántico- en cuanto a que el rabo de toro es la carne más difícil de desentrañar como la ancianidad, aunque según dicen algunos, la más exquisita. Quizá Iván lo desconociese, pero en el caso de Zúñiga, es una realidad, que a medida que el odre se torna en pergamino, sus frutos son más vivificantes para el lector. En esta pieza es una delicia sumergirnos en las luces de gas y los bistrós parisinos, en los cuales la palabra de los grandes fluía en una estrecha redoma, en la que se apiñaban espontáneos y admiradores. 




(1) Gran novela y nuestra primera incursión en la narrativa del genial autor ruso, que por su valía literaria, analizaremos en un futuro post.
(2) Aquí nos hemos saltado  a Jorge Luis Borges, que se oponía a cualquier artificio que violentase el texto. Hicimos una semblanza de estos desvelos lingüísticos, un pecado que desgranamos en este enlace.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Dark matter in Solaris


Haces de vida, fogonazos de materia oscura y largo aliento de neutrinos se entremezclan en esta fantástica alegoría de ciencia ficcion, que nos induce a hondas reflexiones filosóficas y que nos rescató hace unos días en un epígrafe fabuloso, Rubén Angulo , y que no es otra que Solaris de Stanislaw Lem. Con su relectura experimentamos cómo el poso de los años y las diferentes sapiencias, nos hacen que cobren más énfasis determinados aspectos del libro y de la genialidad del autor que nos habían pasado desapercibidos, y con los que es capaz de crear una ficción de nueva ciencia, a partir de destellos de la realidad de la física. Aparecen los neutrinos, una de las partículas más desconcertantes de nivel subatómico, y que valdrá un nobel cuando se capture de forma más protocolarizada, de la que se creía equivocadamente por otra parte que no tenía masa ( se busca y un español va  a la zaga de proyectos japoneses y canadienses, en viejas minas, con agua pesada). Pues como decíamos, esa partícula da relieve a una parte de la trama de Solaris, imbuyéndola de una aureola científica, que aunque creíble, no dejan de ser especulaciones de Lem que quizá entronquen con el mundo de las ideas platónico. 


La misteriosa novela Solaris,
que cobra otros rubros muy diferentes
a los de su divertido argumento



En este caso, en el mundo idealizado proyectaríamos nuestros anhelos, desesperanzas y congojas(1), pero ayudados por Solaris que es una especie de inteligencia subsumida en un océano conformado de plasma y diversas materias.  Al mismo tiempo que Lem cose la trama en torno a su personaje principal, Kris Kelvin, va cosechando fumarolas de una ciencia secular que intenta descifrar la inteligencia de aquel planeta consciente. En vano, las sucesivas expediciones tratan de comunicarse con aquel magma, y es que como murmuraba irónico Stanislaw, refugiado en sus anteojos y una sonrisa inteligente, el ser humano busca existencias que se reflejen en el azogue de la suya propia.  No daremos más pistas a fin de no aventar una parte de la trama de la novela( los tan de modas spoiler, anglicismo al que se recurre por esnobismo)

Asimismo el filósofo Karl Popper,  creyó que emanaría la nueva religión apegada a la ciencia, y que nos hablaría de un paraíso pergeñado de estrellas, donde el desconocimiento quizá fuese secular. Esta percepción del Universo, lleno de misterios indescifrables, choca con la más originalmente cándida, representada por Carl Sagan o Stephen Hawking , sobre las cuales abundan en concepciones donde casi nada escapará al ojo humano. Lem como Popper es sin duda mucho más escéptico a este respecto. Mientras una suerte de musa solaristica nos murmura que acaso la vida inteligente tambien nos aguarde en "el reverso tenebroso" de la materia y energía oscura, que no se revela de tal manera electromagnética como la materia ordinaria. ¿ Por qué no puede existir inteligencia en formas  "no electromagnéticas? Nos vemos atrapados por la novela, por el planeta que brota misterioso a través de sus páginas y que nos permite a los lectores efusiones inesperadas de la realidad. En  Solaris por consiguiente nos rodeamos con unción de las incógnitas que nos torturan como seres inteligentes. ¿ Estamos acompañados en la inmensidad celestial? ¿ Podremos comunicarnos con esas otras existencias? ¿Serán inteligencias parecidas a las nuestras? Son preguntas que nos azoran y que el escritor polaco explota con delectación y con un ejercicio literario de primera magnitud.

Lem, abrigó en sus novelas corrientes filosóficas e incluso religiosas,
en argumentos que lejos de ser plúmbeos, despiertan nuestra imaginación
CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1256
 Stanisław Lem in 1966, courtesy of his secretary, Wojciech Zemek.


Por último, recalquemos que la visión solarística es más acorde con nuestra interpretación del Cosmos. Estamos en cualquier caso constreñidos por un tiempo y una posición del espacio, que haga que las huellas de lo ocurrido se desvanezcan por siempre jamás, de modo que siempre nuestro conocimiento será relativo. No en vano, la radiación de fondo de microondas desaparecerá en poco tiempo ( hablando en términos de tiempo cósmicos, no humanos), borrando cualquier testimonio que quedase del Big Bang ( ver semblanza que hicimos del científico que puso irónicamente este nombre al nacimiento de nuestro universo, Hoyle y de David Bowie ). Algún intelectual se preguntaba si no han desaparecido otros marchamos de un universo prístino, y han abogado por teorías como los multiversos, paralelos o no, que son hipótesis evanescentes que tan sólo se sustentan en el papel. Como meras formulaciones están sujetas a una fe que no se desmerece de otras religiones, y es que el ser humano es religioso en cuanto busca una explicación de su ser en la trascendencia. 


Alien con silueta antropomórfica.
Gentileza de pixabay.



(1) Harey, mujer que se había suicidado aparece alentada por el recuerdo del protagonista principal, Kris Kelvin, con el que juega Solaris, la presencia omnisciente que tiñe cualquier experiencia que se dé en el planeta hecho de protoplasma.



martes, 20 de diciembre de 2016

Las hijas de Nemirovsky.


Otra vez Nemirovsky nos vuelve a sorprender con una narrativa clásica y esplendorosa. Con razón se ha tornado en un fenómeno literario en Francia, cuyos ecos llegan a las letras hispanas, en deliciosas ediciones. Una de ellas, Los perros y los lobos, narra las experiencias de una muchacha que vive en el gueto judío de una ciudad ucraniana con un padre avejentado como un odre, por los vaivenes de la vida. En su camino se cruza su tía Raissa, que tiene evidentes delirios de grandeza, y a la que la fatalidad- enviuda pronto- le conduce a la miseria que rechaza. ¡No se identifica ni asume la pobreza del guetto! Sin lugar a dudas, el comienzo de la novela es impactante, porque como en un cuadro clásico, Irene divide el escenario por donde se desarrollará la misma,  en tres partes que representan: el cielo de riquezas materiales, lo telúrico y en último lugar el Averno, donde se encuentra el guetto. Entre medias, los judíos acomodados, profesionales, que ganan algo de dinero y tienen casas más que decentes. En el escalafón, habría que subir muchos peldaños para toparse con las gloriosas mansiones, que desde lo más bajo y sucio de la urbe se contemplan con la boca abierta. Aquellos judíos de sólidas cuentas corrientes compran su seguridad con dinero, pero no pueden borrar aunque quisieran, el rastro israelita de sus apellidos(1).





A lomos de la historia de amor que surge entre la protagonista, Ada y el anhelado  Harry, nos subimos a una truculenta estampa del horror. Los progrom suenan a leyenda, a palabras que bisbisean los mayores, y que a tientas, van deduciendo los más pequeños de la casa, que les arrancan dolorosas confesiones a regañadientes. Comienza la violencia con una  una falsa quietud, cuyos reverberos crecen cuando los ruidos de cristales rotos van asolando las flacas y sucias veredas del asentamiento. La turbamulta que se acerca con teas, dispuesta a prender por los cuatro costados el guetto, y que los oficiales de caballería disuelve con sus bravíos jacos. Los ánimos se encrespan todavía más, y el tumulto crece al día siguiente. Suponemos que el encarecimiento del pan, debido a malas cosechas, es una buena coartada para buscar en los hebreos el chivo expiatorio. O la falta de leña como combustible para combatir el rigor de las bajas temperaturas, es un buen lenitivo para reconducir las frustraciones contra las minorías en vez de otros lugares más apropiados. 

Entonces, en las páginas de Nemirovsky se enciende la espita, que arroja luz sobre la barbarie, que describe con tanta viveza y dureza, que sólo este capítulo merecería la pena que fuese leído en los colegios como ejemplo de la indefensión que viven los más débiles en cualquier conflicto ( y tenemos ejemplos recientes en Siria y Alepo) Les confesamos que nos temblaba  de indignación el ejemplar en las manos. Los jinetes cosacos se unen a la barahúnda sedienta de sangre, y pisan cabezas de niños, o decapitan a una judía anciana indefensa. La ira se enseñorea en el guetto,  sin compasión. Y Ada que huye con su primo, encuentra refugio en la mansión de los Sinner ricos, rama de la familia que pudo hacer fortuna y a cuyo cobijo se encomienda. Es cuando conoce a la criatura celestial que amara de manera silente y en la distancia, Harry Sinner. Se tendrá que conformar con su familiar pobre, espejo de sus desdichas, Ben, al que unirá su destino. Sin embargo vuelve a aparecer el bello y caduco Harry, y hasta aquí podemos leer de una historia romántica que se mueve con unos engranajes perfectos y con el oficio característico de Nemirovsky. 


Progrom en Lvliv, Ucrania.
gentileza de Wikimedia commons

Lo curioso del libro es que aparte del amor en ciernes que se proyecta a lo largo de sus capítulos, es que esté trufado de muchas pinceladas de la vida de la autora. Los recuerdos del progrom parecen personales, por la viveza con los que los relata. Ella los vivió con amargura porque su alma sensible quedó herida por las imágenes que imantaron sus ojos más allá de la verja de la próspera casa familiar. Mujeres vejadas, con las faldas rotas y caminando trastabilladas, mientras recibían golpes a manta.  Como la protagonista de la novela, también huyó muy joven a Francia, que representaba no sólo el escaparate de la mejor educación, sino que se convirtió en el objeto de todos los anhelos del exilio ruso, que tuvo dos motores,  claros a comienzos del siglo XX. La persecución a la que fueron sometidos los hebreos y sobre todo, la Rusia blanca, que tras perder la guerra civil contra el Ejército Rojo creado por Trotsky, se refugió en París ( este último caso es el de nuestra literata, a pesar  de sus orígenes israelitas).   


Es una vida llena de asechanzas. No en vano, años más tarde,  Irene Nemirovsky se tuvo que esconder junto a toda su familia en un pueblo de la Borgoña, a fin de escapar de los largos tentáculos de la Gestapo. Vagaron por carreteras secundarias, con la misma guía Michelín que había servido a las tropas de Guderian para llegar a París raudamente, en un paradigma victorioso de la blitzkrieg. Entreverados con aquel enjambre de hambrientos, que tan bien describiese en su novela inédita, La Suite francesa que recordamos en este hilo, y donde la escritora tomaba notas de circunstancias que transformó en aquella fabulosa pieza literaria. ¡No podía renunciar a aquel instinto indómito que le había llevado a ser narradora ni en las peores circunstancias! Aunque como sabemos,  no llegaría demasiado lejos, retenida por los gendarmes, Irene fue deportada a Auschwitz. Su marido nunca renunció a que regresase por lo que en las comidas familiares siempre le ponían el plato, aguardando la llegada de la madre y esposa. 

Todo fue en vano; es más, su  insistencia llegó a ser nefasta, porque le hizo acabar con sus huesos en la prefectura, para seguir a continuación el mismo camino de su mujer ( ni siquiera una carta a Petain logró ablandar a las autoridades). También él moriría en aquella fábrica de la muerte.  Lo curioso es que los patriotas franceses buscaron a las hijas de la escritora para deportarlas igualmente. Ejercían su oficio con celo y suponemos con miedo, no fuese que el hecho de flaquear en las órdenes que tenían que ser cumplidas ciegamente, les condenase a la deportación a ellos mismos. Su diligente cuidadora, les descosió la estrella de David, para que las niñas viviesen en la clandestinidad. En cuanto la guerra se acabó, las nietas huérfanas  de padre y madre acudieron a buscar la ayuda de su abuela, que como epílogo truculento, se la negó. La vieja moriría con más de cien años rodeada de todas las comodidades que le permitía su gran fortuna. 


Hombre de infausto recuerdo, ni siquiera Verdún
le redimió de sus peripecias de Vichy.
Quiso nadar y guardar la ropa para
la nación, y la arrastró por muchos oprobios
(Wikicommons)


(1). En el Imperio Austrohúngaro en cambio se obligaba a que cambiasen sus pestilentes apellidos, si bien los funcionarios del registro civil, les endilgan unos cargados de un sonsonete o sombra burlesca, y que asimismo, les permite fácilmente distinguir quiénes tienen la mancha de sangre. Curiosamente, y para infortunio de los judíos, estas guías servirán a los nazis para llevar a cabo el infame holocausto. 

jueves, 15 de diciembre de 2016

El rubius contra Erasmus



De vez en cuando nos perdemos por la biblioteca, con el afán de alimentar el alma irredenta de economista, una profesión en la que arraigan otras doctrinas, rayanas incluso con el pensamiento y la filosofía. Quizá, una de las teorías más importantes de la economía y del pensamiento sea la referida al valor, que ha hecho temblar imperios o renunciar a ideas salvo que nos aferrásemos a ellas como dogmas carentes de cualquier criticismo. Una de nuestras más tiernas decepciones sobrevino cuando la teoría del valor objetiva hacía derrumbarse el complejo edificio del marxismo. Sin embargo, más allá de esgrimir cualquier disquisición a propósito de la teoría del valor, que nos obligaría a viajar por el tiempo a través de Santo Tomás de Aquino o Aristóteles, buscábamos en aquella ocasión una obra en la biblioteca que leer y nos topamos con Cuando el hierro era más caro que el oro, cuya tarjeta de presentación parece buscar un lector con perfil económico, pero que a través de sus páginas se abalanza por los dédalos de la historia, que con la batuta de Alessandro Giraudo, su autor, cobra una forma más turbulenta. Graves recesiones provocadas por el clima, que al final dan al traste con todo un Imperio romano(1) - el propio economista juzga que hay más trasfondo, v.g. una calamitosa administración casi siempre deficitaria y que recurría a la inflación como paliativo, esto es aligerar el valor intrínseco/ contenido de metal de la moneda acuñada por el Emperador,  aunque las sucesivas hambrunas derivadas de la bajada de las temperaturas, iban a suministrar el golpe de gracia al Imperio romano de Occidente ( el de Oriente duraría como sabemos unos siglos más). 


Interesante aportación a caballo de la
historia, que es un instrumento inapelable
para el conocimiento de la economía.

El manual desprende unas suaves gotas de erudición, aunque en líneas generales es de una lectura sumamente agradable. En la conclusión de cada capítulo, Giraudo hace un guiño al presente, porque compara las circunstancias descritas y desarrolladas en el apartado, con acontecimientos de actualidad, que nos hacen esbozar una sonrisa y cavilar que en muchas cosas, nuestra realidad no es tan diferente a formas pretéritas. Con todo un capítulo nos llamó especialmente la atención, en el que alude a Venecia como centro editorial más importante del mundo en el siglo XVI. De todos es sabido que Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles y que los alemanes perfeccionaron en poco tiempo dicho ingenio. Menos conocido es que las persecuciones religiosas y políticas trajeron también al albur del dinero a todos esos maestros de la linotipia a Italia, a dos lugares concretos: Roma y Venecia. Giraudo recuerda que los impresores de Venecia imprimían en aquella época en torno al 50% de los libros en el mundo, por tanto no es baladí decir que el primer Corán se imprimiese en 1538 o el primer Talmud en 1524 en la poderosa República italiana. Y tantos otros libros de gran importancia. 

Aparte, según vamos adentrándonos en este epígrafe 24 del libro, descubrimos que las tiradas más largas apenas llegaban al principio a los cien ejemplares. Johannes Speyer  ( Giovanni di Spira italianizado) el más prolífico de los editores, publicó todo un clásico que ha llegado a nuestros días Epistolae ad familiares de Cicerón y debido a su notable éxito, lanzó una edición de trescientos libros más que fue tachada en aquellos tiempos de verdadera locura y de sublime coqueteo con la ruina (unas veces sonado demagogo, encantador de serpientes para unos, Cicerón siempre fue considerado un verdadero prestidigitador de la palabra para cualquiera de nosotros). Sin embargo, el público demandó esa edición, que consta en los anales de los bibliófilos como una de las más anheladas, y por tanto, su valor es incalculable. ¡Un incunable! A medida que crece la fiebre por poseer aquellos libros, cuya mera acumulación se torna en una cuestión de gusto para las élites, las tiradas van creciendo, hasta que alcanzan para toda Europa ¡la increíble cifra de los tres mil ejemplares! No podemos disociar este fenómeno, de la figura de Erasmo de Roterdam, capital para la humanidad y que se encuentra claramente vinculada a los editores venecianos. Son ellos los que difunden el erasmismo, corriente de pensamiento humanista, que va a cambiar la faz de las ideas europeas y por ende occidentales.   


El aroma de las viejas imprentas, su bullicio,
libra sus últimas batallas frente a los bits.


Lo curioso es que aquellos lodos editoriales nos recordaron otros polvos, que fatigaban a un Pío Baroja, cuyas ediciones apenas trasponían los dos mil libros vendidos. Con una edición de tres mil copias suspiraba como cuando se logran metas imposibles. No obstante, pese  las ediciones que hoy podríamos considerar de exiguas, el marchamo clásico de su literatura le hizo perdurar y que las ediciones póstumas superasen ampliamente las cincuenta mil publicaciones. Inconcebible dirán algunos, que su Trilogía Lucha por la vida en la que narra magistralmente la atmósfera del anarquismo madrileño y la vida de los más parias, lograse ediciones y ventas tan pírricas. Aunque como decíamos, hasta el propio Hemingway quiso conocer a Don Pío antes de que muriese y se plantó en su lecho de muerte. El anciano que deliraba en 1956, creyó soñar la presencia de aquel ser grandullón, que flotó en su pieza mortuoria.

Hablando de tiradas que sorprenderían por su cortedad, abordamos en nuestros últimos post el trabajo ímprobo de Carmen Balcells ( ver entrada en este enlace), que no sólo sacó a las letras latinoamericanas de su postración, sino que anduvo y creó infinidad de caminos, de forma que las tiradas pasaron de 3000 copias a las cincuenta mil y que asimismo se agotasen ampliamente. No era descabellado que junto a otros productos de hipermercado, se vendiese Cien años de soledad, que se popularizó gracias a la inventiva de Doña Carmen, que centuplicó sus tiradas. Es más, con literatura de una calidad eximia, la agente literaria española y catalana enhebró caminos inconcebibles de modo que desaparecieron como recordaba Isabel Allende los departamentos estancos que constituían los distintos países, donde acababan confinados los autores, salvo que viajasen ellos mismos y vendiesen sus productos, cosa por otra parte harto improbable y que les hubiese sustraído de su quehacer creativo.


Venecia, serenísima majestad de los mares, y mecenas de
la imprenta tierra adentro. Su silueta envuelta en el perpetuo
murmullo de sus visitantes, siempre es seductora


En otro orden de cosas, estas cifras en los mundos virtuales de nuestros tiempos se pueden tildar de irrisorias. Un solo post de cualquiera de nosotros alcanza las cifras de cien visitas o internet ha allanado el camino a la cultura de todos nosotros (las tiradas del siglo XVI en Venecia normalmente eran de 30-50 ejemplares y Cicerón superó como superventas esa barrera, aunque muchos creyeron que Giovanni di Spira era un orate). Unos accesos mucho más asequibles, apartando el tema de la piratería que tiene otras connotaciones y sin embargo mucho más ruido, deberían ayudar a difundir más el conocimiento. En este punto, como se preguntaba Mcluhan Marshall en la famosa Galaxia de Gutenberg Del Homo Typographicus si la cultura había entrado en una entropía(2) más acelerada con las ramificaciones que ha experimentado gracias a las TIC ,que imponen una cultura más audiovisual. Más información, pero con menos tamices y calidad inferior, que nos hace si acaso más vulnerables. Y como máximo epítome de nuestros tiempos, se nos ocurre pensar qué huella dejará El Rubius, con sus millones de visitas, sobre una masa que no piensa, y la raigambre que logró por el contrario Erasmo, con ediciones de tres mil ejemplares. Sánchez Ferlosio,  pesimista inveterado, que ejerce con gusto  semejante vitola, afirmaba que en estos tiempos le costaba extraer algún conocimiento o pensamiento útil, y que nos habíamos acostumbrado a las tontadas. Quizá su odiado Ortega  lleve razón a la postre, pues adolecemos de sabios en nuestras sociedades que sean capaces de pensar en clave de todo entre tanto ruido. Probablemente la realidad sea tan diversa y multiforme que nadie esté capacitado para abordar tamaña tarea. 

(1) Coincide en parte con las tesis del profesor Jesús Huerta de Soto, prolífico porque cultiva muchos órdenes del conocimiento y además de ser el representante más conspicuo de la Escuela Austriaca de economía en el mundo hispano.
(2) Este término realmente especioso y que pertenece más al ámbito de la termodinámica, en el caso de la cultura se refiere a que las energías creativas asociadas a la cultura, va perdiendo fuelle, a medida que se popularizan. Cuando lo vulgar de vulgo, se adentra  y genera su propia cultura, ésta acaba bastardeada. No son pocos los intelectuales que defienden esta posición y que aquí exponemos a efectos de inventario, y con el propósito de generar debate. 

martes, 13 de diciembre de 2016

El Minotauro bueno


Vagaba en los colectivos muy encogido debido a su piernas largas y muelles. Un cronista decía del autor argentino que tenía algo de ciclopeo, por su talla, barbas y mirada preñada de un rastro de extrañeza. Lo tomaba pacientemente, desde su Banfield de la adolescencia al epicentro creativo de Buenos Aires, donde la búsqueda de una linotipia en la que dar curso a sus últimos infolios, le llenaba las más de las veces de pesadumbres por lo infructuosa que llegó a ser la tarea,  y en ellos se sumía, en los colectivos para rodeado de caras extrañas, continuar con un embarazaso trabajo literario, por el traqueteo de las trochas repletas de baches de los suburbios (quizá La otra orilla, su primera colección de relatos, provenga de allí o quién sabe qué intensas sombras del mundo cortazariano se urdieron en sus viajes en los transportes públicos; el autor sólo confesó en sus entrevistas que en aquellas venidas surgió de un plumazo, la historia de Los Reyes, ver esta versión en youtube). 

Al regreso a su alfoz , lleno de asechanzas que en su  imaginación feraz bordaba y entremezclaba asombrosamente, se percataba de los carromatos y perros que orinaban aviesos en cuanto dejaban de sentir las sombras humanas, que les habrían aventurado una buena coz en caso de desmandarse. Los automóviles habían desaparecido, y pasaba del tango bailado al de la faca de Banfield. Porque en la redoma de aquellas furgonetas surgía una extraña comunión con el resto de pasajeros que en el caso de Julio Cortázar, hizo volar además su imaginación. Así un día,  el Minotauro que pedía bellas mujeres y jóvenes inocentes como sacrificio, y  Teseo que representaba la esperanza del hermoso y valeroso héroe, se convirtieron en la fiebre de Don Julio, que no le abandonó durante varios días. Como Teseo iba a acabar a la sazón con la bestia maléfica mitad hombre mitad astado, sería bueno que antes juzgásemos  cuáles habían sido los cargos que operaban contra el monstruo,se preguntó el artista nacido en Bélgica . En primer lugar, el Minotauro, hijo bastardo con todo lo que conllevaba, nacido de la trampa de un dios, fruto de un engaño todavía más funesto que redoblaba la carga dramática de su existencia, pues todos nos preguntamos alguna vez por nuestros orígenes. Por último, el ateniense ávido y enflaquecido por el ánimo de matar, con su amada Ariadna que tiene algo de Lady Macbeth(1).


El  Minotauro se deja escarnecer y degollar, sin un ápice
 de lucha se rinde en una entrega que tiene mucho de sacrificio



Sin embargo, Julio se embebia en aquellos pensamientos que tenían tanto que ver consigo mismo, y en el fondo, se tornó en un fiscal demasiado benevolente, blando diríamos, respecto a los pecados del Minotauro, que devoraba a siete mujeres y siete hombres atenienses . Cuanta más lluvia más se imbuía en el mito, que crecía como una enredadera, hasta que una tarde llegó a casa, y escribió de un tirón una nueva interpretación que hiciese más justicia sobre el desdichado hombre con cabeza de toro. Sacó unas resmas de papel, y de su pluma brotó una nueva leyenda. Al final, el Minotauro vivía en una incesante fiesta, con su coro de vírgenes, que ebrias de pasiones rondaban al fauno.Era curioso porque el imaginativo y parvo escritor, era su primera obra, estaba poseído por las almas de los ancestros - mientras se tomaba un buche de gúisqui o se liaba un pitillo- pues hablaba muy enfáticamente como por aquellos tiempos. Quién no se imagina a un sosegado Sócrates, que con paradojas nos lleva por las veredas que quiere, a la vez que nos ensalza para no sentirnos agredidos por su facundia. Cortázar se pensaba a si mismo en una de sus encarnaciones  reponiendo al gran filósofo que nos presenta como un alma muy carnal. Sus diálogos en Los Reyes son emanaciones de esa otra vida. 
  


Del tango amarrado al de la faca/ navaja que se
interpretaba con la hiel de la supervivencia
 en los suburbios


Esta es la temática del sorprendente Los Reyes, como decíamos, con una prosodia desacostumbrada en el argentino. Como en muchos de sus cuentos donde produce un giro inefable en el último momento, que el lector más acostumbrado a las conclusiones convencionales, no se espera ni por asomo, aquí parte desde el principio con una perspectiva original, la del monstruo como víctima. Algunos críticos, intuyeron una censura abierta y acerba al peronismo con el que disintió abiertamente Cortázar. Una vulgarización del rosismo, sólo que en vez de protagonizado por el hombre del entorno rural por los llamados "descamisados".El escritor argentino siempre desmintió esta interpretación en su opinión demasiado rebuscada. Más que todo esto, creemos que late en su texto un alegato en favor del diferente.

PS: Como la mitología griega es una gran desconocida en nuestros tiempos, haremos a vuelapluma y por tanto de forma concisa, una semblanza de la leyenda del Minotauro. Poseidón regaló al Rey Minos un toro blanco para que lo ofreciese como sacrificio en su honor. Pero al monarca le conmovió tanto la belleza de aquel ejemplar, que decidió a escondidas conservarlo con vida. La venganza del irredento dios no se hizo esperar, cuando el toro seduce a Pasifae, que se disfraza de vaca para consumar el acto sexual con el animal bravío. De ahí nacerá el monstruo, del engaño de un dios artero y la pasión desbocada de una madre. Para consolar tanto al fauno como tapar su vergüenza, el rey cretense le construyó un laberinto - llevado a cabo por el famoso ingeniero Dédalo, el de las lágrimas de Ícaro- donde le confinó y le procuraba las siete doncellas y siete jóvenes machos, para saciar su vesania, hasta que Teseo que se infiltró en uno de esos grupos, le dio muerte. Mucho se ha analizado de la leyenda del hombre-toro, se ha sentado en un diván a Pasifae, al rey cretense, a Poseidón, para desgranar el hecho del mito en cientos y miles de esquirlas,que destruyen nuestras concepciones previas y nos obligan a verlo bajo diferentes ópticas.


 (1) ¿ El propio Cortázar que creció a las faldas de su madre, Herminia Descotte, que fueron abandonados tempranamente por el progenitor y esposo? Algunos críticos encontraron en el cuento Las manos que crecen, una porfía soterrada con su enormidad, casi de monstruo. ¿ Se sentía identificado con el Minotauro? No entraremos en estos juegos subliminales y freudianos al analizar sus textos. 

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El reino Balcells.

Erase una vez una princesa marchita por las llagas del tiempo, que había rendido además a sus pies, gracias a una personalidad arrebatadora, a las plumas más eximias del fenómeno de la literatura hispanoamericana. Un boom que creció en sus manos, e insistencia, porque sustrajo del manual de las preocupaciones de los creadores cualquier conjetura o problema, que trascendiese del mero hecho de escribir. Una idea que parece obvia en nuestros días, cuando las grandes plumas lucen como starlettes, pero que hasta la irrupción de Carmen Balcells habría sido calificada de revolucionaria ( el lanzamiento de la última aventura de Carlos Ruiz Zafón que cierra el ciclo de La sombra del viento parecía el advenimiento de una nueva literatura, por la fanfarria que se gastó la editorial). Los editores pensaban que a pesar de que el producto fuese bueno, el periplo a las prensas y la distribución tenía que ser un camino lleno de asechanzas, con el objeto de que al artista se le bajasen los humos. ¡ No bastaba con escribir una  novela formidable ! Aquel tránsito penoso hasta las librerías, confería a los editores un poder inusitado de cara a afrontar las negociaciones y así colar de matute unas cláusulas, donde se hallaban las fórmulas más maquiavélicas con las que explotar al creador. 

Con la señora Balcells, se acabaron aquellos partos tan duros. ¡Afuera las preocupaciones! Los royalties que se cobraban según la conveniencia del editor de turno, estarían a partir de entonces bajo la estrecha vigilancia del agente literario, figura que como decíamos no existía en nuestra España, y cuya ausencia sembró de recelos las relaciones entre editores y escritores, para perjuicio de ambos (1). Raro era el autor que profiriese alabanzas si no estaban entrañadas de hiel contra su editor. Son memorables en este sentido las páginas de Cansinos Assens, Novela de un literato, un "auténtico vergel" de anécdotas de nuestra literatura de la primera mitad del siglo XX, , de cómo casi disfrazados de detectives, algunos autores descubrían con perplejidad que el malévolo editor había lanzado ediciones especiales de su obra, de las que desconocía su existencia y de las que que por consiguiente no iba a cobrar los derechos correspondientes. Hablamos de los años treinta del pasado siglo, y hasta la irrupción de Carmen Balcells, la situación no iba a modificarse en exceso. Las relaciones eran de lo más descarnadas, y buena culpa de ello, habría que achacársela a los contratos leoninos que se firmaban y en aquellos casos de editores obtusos, que querían hacer cumplir su capítulo de cláusulas a rajatabla, lo que supuso una verdadera merma a la creatividad. Los escritores preferían dejar de escribir o mejor dicho de publicar, a fin de no llenar los bolsillos de su odiado mecenas, con el que algunos de ellos se habían comprometido de por vida. 


La inspiración desciende sin cortapisas, ni sobresaltos
por la letra menuda del contrato que le une al editor.
 Su ángel de la guarda o agente literario creado por Balcells,
 vela por sus intereses.
Gentileza de Pixabay


En Hispanoamérica la situación era mucho peor, porque ni siquiera existían los editores especializados en literatura. Las series que se editaban de obras literarias tenían carácter único, y por tanto, había que buscar por un lado la financiación y por otro, la linotipia más económica. Juan Carlos Onetti sabedor de estas penurias, aclaraba en sus entrevistas, que las diferencias entre la fecha de escritura y publicación en Argentina y Uruguay, por lo que el conocía, no obedecían a la inventiva de los autores, que acomodaban sus creaciones a capricho. Con maledicencia comentaban en los cenáculos literarios que algunos por pasar por autores de vocación temprana, alteraban las fechas de composición ( casi todos ellos, tenían el folletín infumable escrito a unos infatuados catorce años, que por supuesto ya avanzaba al gran novelista y si nos lo piden, daremos nombres). Aunque como explicaba el artista uruguayo creemos que a modo de eximente, tú escribías una novela y luego comenzaba la aventura de buscar financiación pero casi al mismo tiempo la imprenta, que se hiciese cargo de la impresión. Más tarde llegaba la todavía más enojosa tarea de buscarte los canales de distribución. Con cara lastimosa Don Juan Carlos se colgaba de los anaqueles de las librerías más importantes bonaerenses y montevideanas para colocar el producto ¡ ya impreso! de sus desvelos. Por lógica, podían discurrir mínimo dos años hasta que el bien cultural llegaba a las manos ávidas del escritor. 

Cuando apareció en escena José Bernardo Juan Losada en Argentina en el año 1928 como representante de Espasa Calpe, las cosas comenzaron a cambiar radicalmente (apunten este nombre los compatriotas, puesto que iba a revolucionar el mundo de las letras en Argentina y sus esferas de influencia en el orbe cultural). La Guerra Civil española le obligó a exiliarse también editorialmente, puesto que rompió amarras y se produjo el cisma con la casa madre, que se había declarado o publicado algunos ensayos que para Losada apoyaban el Golpe. Entonces fundó la Editorial Losada, que se convirtió en el altavoz de buena parte de la Generación del 27 y cuyo catálogo estuvo prohibido durante mucho tiempo por la dictadura. No es casual por ende, que muchos representantes de dicha generación emprendiesen el periplo a Buenos Aires, donde les aguardaba el cálido recibimiento de Losada (como recordaba Don Francisco Ayala en sus memorias). De esta guisa, gracias al oficio de Don José Bernardo Juan -suena  a personaje de telenovela- todas aquellas abnegadas tareas de escritor a las que se refería Onetti, quedaron aparcadas para que los autores se centrasen únicamente en escribir. Este editor, un anarquista de alma caritativa, buscaba el trato justo y no exprimir a sus autores. 


Proverbial Losada, en la historia latinoamericana de las letras
De LarinOtorrino - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0,
 https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=30537105


El siguiente paso, que fue necesario para que los escritores se centrasen tan sólo en el repiquetear de las Underwood (2) y no dependiesen de la bonhomía de sus editores,  ejemplo de Losada, sería la llegada de Doña Carmen. Segura de sus pasos y de lo que le depararía el futuro, una vez llegó  un cliente  a su oficina de Santa Fe con unos libros que quería publicar sobre maquinaria, y adivinó el filón  en la literatura - tenía en la astrología uno de sus fetiches, incluso para los lanzamientos de novelas importantes, consultaba la ubicación de los astros . Ella que había sido muy novelera, y tiraba hacia su madre, más cultivada en un entorno de la Cataluña rural, encaminó su carrera hacia el mundo editorial. Cuentan que colaboraba con la potente Editorial Seix Barral, cuando Don Carlos cansado de los disgustos que le provocaba el dinero en sus relaciones de amistad con los escritores de la editorial, pidió a Doña Carmen que le llevase las cuentas y negociaciones, que con tanto regateo extenuaban al patriarca del grupo, momento en el que tuvo el fiat lux. La señorita Balcells había concluido  que más desamparados se encontraban los escritores frente a los editores, que con sus ejércitos de leguleyos tejían laboriosos laberintos jurídicos, con infinidad de cláusulas que atrapaban a los artistas. Un día después pidió reunirse con Carlos Barral porque le explicó que iba a ejercer como agente literario pero de los escritores. Sería una figura contrapuesta al editor en las relaciones contractuales. Carlos, observando el ardor  de la joven, dejó que se largase con su idea, pensando quizá que se tratase de un brote efímero de genio, y que regresaría en cuanto se diese el primer trompazo. No obstante, negoció a cara de perro cada contrato con su antigua empleada. Todo esto lo cuenta con su facundia y prosodia habitual, el enorme Mario Vargas Llosa.

Sin embargo, la Balcells, cogió carretera y manta, y se recorrió España, primero Cataluña, convenciendo a las plumas que le hubiesen llamado la atención, para que fuesen sus representados. Cuenta el último Premio Cervantes Eduardo Mendoza - de prosa gongorina más que cervantina, aunque de literatura excelsa- que aquella joven rozagante le hizo una oferta para gestionar sus derechos de autor y representarle frente a las editoriales. ¿Para qué, si su Verdad sobre el caso Savolta marchaba sobre ruedas y se vendía sola? Craso error, dado que la obra comenzó a crecer con ramificaciones como la hidra: guiones para películas, traducciones en el extranjero, de tal forma que al cabo de unas semanas, suplicó a la señora firmar para que domase aquel caudal inabarcable que le iba a producir muchos quebraderos de cabeza especialmente con las Haciendas de los respectivos países donde se vendían los ejemplares de la misma ( en nuestros días, diríamos que la obra del gran Mendoza se había viralizado).  El resto de la historia es conocido. La primera agente literaria de los escritores acude a América, " su destino era América" como afirmaba pomposamente, para firmar a las estrellas que despuntasen en aquel firmamento de las letras, con un mercado achicado. 

Su logro fue que abrió paso, multiplicó las redes de distribución, para que el talento de aquella generación denominada del boom latinoamericano, no conociese límites. Habían tenido un éxito relativo - excelente acogida de las críticas- pero las series eran tan exiguas, así le pasó Mario Vargas Llosa que había escrito tan sólo una novela de gran talento aun cuando de muy escasa difusión. Entonces firmó con Doña Carmen y estalla como gran autor, lo mismo es extensible para Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti(3) y otros autores que vinieron después, como Isabel Allende. Como dice la autora chilena en el Imprescindibles de RTVE dedicado a Carmen Balcells, gracias a la labor de esta señora catalana la distribución de obras en Latinoamérica dejó de ser tan fragmentaria, y el lanzamiento editorial no se circunscribía a un país. Antes de Balcells, si querías leer por ejemplo a Rómulo Gallegos, necesitabas trasladarte a Venezuela para adquirir un ejemplar.  No había vasos comunicantes entre las diversas literaturas del planeta latinoamericano hasta la irrupción de la catalana. 

Así la generación postrera de la chilena Allende, pudo leer a ese primer filón, al ser las ediciones para todo el continente y no confinadas a un país o incluso región, como ocurría en Brasil. Isabel Allende tuvo esa notabílisima influencia, por lo que cabe decir lo que barbotó en su momento Isaac Newton" Si he logrado ver más lejos, es porque me he subido a hombros de gigantes". Y hablando de planetas, Barcelona se tornó merced a su tarea de mecenas(4), puesto que trasponía las barreras de la tradicional representación, en la Meca de la literatura en español, a la que había que acudir si se quería tener aquel marchamo mundano que antaño procuraba París. Era bastante común ver pasear por las ramblas a Jorge Edwards, Octavio Paz, Antonio Skarmeta, Álvaro Mutis. Allí trabaron amistad muy fecunda dos grandes de nuestra literatura, Vargas Llosa y Márquez, relación que acabó estrepitosamente por causas de celos y alcoba y no de ideología que también les abismó. Don Mario con su apostura, tenía las hechuras de galán de película, y siempre ejerció de pisaverde que conquistaba hasta al más pintado. 


La impetuosa Carmen Balcells iba a revolucionar
 y galvanizar con sus ideas el sector editorial
 del español en el mundo
De Elisa Cabot - https://www.flickr.com/photos/
76540627@N03/7822342062, CC BY-SA 2.0,
(Wikimedia commons)



 (1) Lo que iba en claro perjuicio de ambos por no decir de todos, incluso los lectores. No en vano, contratos de exclusividad que se firmaban de forma leonina, y que llevaban al autor a publicar a través de la firma de un familiar, o simplemente no publicar, puesto que consideraban que la relación contractual estaba viciada. Así, todos perdíamos, salvo que el editor que tenía el peso de la ley en sus manos, se aviniese a mejorar las condiciones del autor. Recordemos el caso de aquel escritor sudamericano que viajando a dar una conferencia y dándose una vuelta por las postrimerías de su hotel, entra en una librería donde aparece una de sus obras como un gran lanzamiento en Francia,  del que no había tenido constancia. Eran los años cincuenta. Cuando fue a protestar por semejante tropelía, le recordaron en la oficina del editor que la cuarta cláusula cedía íntegramente los derechos de explotación en el extranjero a la casa editorial, porque acarreaban un coste superior al de las ediciones en suelo patrio.

 (2)  Generalmente eran la marca preferida, como la manzanita que brilla con orgullo en los gabinetes de los letratecnólogos. Mark Twain fue el primer autor en pasarse a las máquinas de escribir, lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta, que aparte de inventar personajes, también se las ingeniaba para llevar a la práctica ideas muy interesantes como innovador.  En La Isla del Segundo Rostro, una obra fabulosa, quizá la mejor del siglo XX, Thelen nos ilustra con su sapiencia cómo llevaban a cabo su tarea de alumbrar literatura los distintos genios, manías que podrían sorprender. Hemingway tenía su famosa pata de conejo, por ejemplo. O autores que preferían una mesa tan exigua, donde la máquina de escribir apenas cabía y con movimientos torpes, venirse abajo con todo estrépito. 

(3) Algunos escritores como Onetti, recibieron los influjos de este fenómeno de soslayo, otros como Ernesto Sabato a regañadientes, por ese prurito bonancible de anarquista que llega por méritos propios a las más altas cotas de la literatura ( y del pensamiento, pero el argentino, un científico más que brillante, abandona la investigación atraído por las musas del surrealismo, y merecerá una entrada de nuestro Azogue más adelante). Julio Cortázar sin renunciar a las etiquetas de movimientos, hablaba de su magnífica obra como si fuese la de un "amateur" y por tanto le costaba adscribirse a semejante fenómeno. 

(4) Ella, Carmen Balcells, decía humildemente que debía agradecer a sus escritores el talento, a cuya sombra portentosa había podido admirar y vivir espléndidamente de una actividad que le apasionaba, la literatura. Desde que comenzó a rubricar  a las primeras lumbreras literarias, hasta cuando con la agencia asentada, le llegaba un joven editor bisoño temoso por tener que vérselas con la gran mujer, siempre supo compartir la gracia de sus escritores. Recordaba especialmente entre los suyos, a dos de nuestros grandes como son Juan Marsé y el desaparecido Manuel Vázquez Montalbán, cuyo Carvalho hemos gozado en tardes lluviosas. Marsé recordaba la primera vez que se topó con una mujer que se desternillaba con su madre, mientras mojaban los dulces en el té, Quién será, pregunta que se dejó de barruntar cuando la joven agente literaria posó sus ojos en él, que empapado de cigarrillos y con el aroma inconfundible del tabaco, no pudo salir de su estupor. Preguntas certeras, sin florituras, que ocultasen el verdadero interés. Su firme convicción le hizo firmar por aquella agente literaria que desbordaba confianza, y que parecía salida de una pagina novelesca, para ayudar a un autor, al que su primera novela le había supuesto una larga procesión por las distintas editoriales.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Los huevos fatales.

" El mayor enemigo del conocimiento no es la ignorancia,sino la ilusion del conocimiento" Stephen Hawking 


Varias cuestiones pululaban por la cabeza de un auditorio, al que la Cuarta Revolución le sonaba poco menos que a alegoría de la Guerra de las Galaxias. A saber, la primera disrupción de la técnica provocada por la máquina de vapor, la segunda llegó con la producción en masa auspiciada en el taylorismo y el fordismo, la tercera debida a las tecnologías de la información ( allá por la década de los cincuenta y sesenta del pasado siglo), y la cuarta y última, es un cúmulo de avances biotecnológicos y de la información en red, que nos promete un conocimiento "más eficiente" de nosotros mismos. Aquí cabe indagar en el Oráculo de Delfos, y en las palabras del poeta T. S. Elliot, que nos advierte que en las sociedades modernas confundimos  "información con conocimiento". Seguidamente nos preguntábamos  si el big data realmente aporta más conocimiento, sin entrar en disquisiciones acerca de lo intrusiva que sea esta tecnología, en su objetivo de lograr dicha información (1). Como siempre, en técnicas tan novedosas, hay un limbo que dependerá de la intención de las partes.  

Luego, volvieron a agitar los mismos mantras respecto a la innovación, en cuanto a que es necesaria en el desarrollo de las nuevas economías, y por una triste asociación de ideas, nos vino a la mente una historia del gran escritor Mijail Bulgakov, cuyas intenciones al escribir Los huevos fatídicos, una obra que abarca el género de la ciencia ficción pero que también por el espíritu socarrón, es una bocanada crítica contra el pragmatismo de los  bolcheviques, que desdeñaban la investigación por claramente  especulativa o por un prejuicio de clase. El genial autor ucraniano se opuso a la mediocridad que en su opinión acarreaba la burocracia soviética, que no quiere financiar experimentos inútiles, aunque a la postre pretenda apoderarse de sus logros como sucede en la historia de su novela (ver estupenda reseña de Ediciones Irreverentes, que sin embargo, no sabemos los motivos pero edulcora o pasa de puntillas por las verdaderas razones por las que  Bulgakov  carga contra los funcionarios soviéticos. ). En todo caso, convenimos con el investigador más perspicaz que nos llamará la atención acerca de esta querencia súbita de las autoridades, que es consustancial a cualquier stablishment independientemente del sesgo político: sólo creen en la ciencia y acuden raudos cuando los logros son más palpables, para ponerse la medalla de protectores del progreso.




Los ofidios se convierten en siniestros protagonistas de Los huevos fatídicos

Como decíamos, nos asomamos con esta novela al fabuloso pretil de la imaginación de Bulgakov, que recreará una atmósfera de lo más irreal, en la que va trufando sus críticas al régimen, que por otra parte le iban a procurar buenos embrollos con la administración bolchevique. No en vano, el férreo Buró cultural prohibirá la publicación de sus obras, si bien gracias a una carta dirigida al propio Stalin,( 2) Mijail logrará un leve resquicio para catalizar su creatividad a través de la dirección del Teatro de Arte de Moscú que le será otorgada por intercesión del gobernante, y durante la cual tampoco se arredrará a la hora de introducir sus famosas morcillas en las obras representadas. Según Vitali Shentalinsky cuando en el gabinete de Stalin alguien protestaba airadamente contra el descaro del escritor, Koba sonreía divertido por las ocurrencias de creador tan libertario. Esta es una constante en la obra de Bulgakov, el recurso a un humor que introduce sutilmente (  ver reseña que hicimos de Shentalinsky y su afamada trilogía )



Stalin, pese a la persecución que sometió al
propio Bulgakov, sentía una debilidad por este
escritor, al que no castigaba tan severamente
como a otros. 


Los huevos fatídicos no va a ser una excepción, y el literato nos instila perlas contra la ineficiencia del bolchevismo y la pugna de este sistema por mostrar al exterior de manera ridícula, una superioridad de la que los funcionarios con las adhesiones más inquebrantables , ni siquiera toman como ciertas ni tampoco participan . Por ejemplo, un equívoco que se encuentra en el origen para que la situación en la novela se desboque con el malhadado rayo rojo, es la confusión de los huevos que llegan al soljov y cuyo tamaño, ¡ son enormes! no extraña al encargado público de esta granja colectiva.A fin de cuentas, los alemanes producen con mayor abundancia, mejor  calidad, y tamaños muy superiores a los de la madre patria, lo que es asumido por todos en el orden cotidiano. 

Tratemos de imaginarnos el contexto por el que fluye la trama. Una crisis sanitaria sacude  la República, y acaba con toda la producción avícola. Un rayo rojo que mediante un juego de lentes es capaz de acelerar exponencialmente la reproducción de amebas . ¡El milagro de los panes y los peces! ¿O de los panes y los pollos en este caso?  El experimento se encuentra en una fase embrionaria, pero la necesidad del sistema va agilizando los trámites para que Persikov, el descubridor del prodigioso rayo, emplee su haz milagroso en recuperar la producción avícola cuanto antes. Sus personajes también son hilarantes, como este Persikov, que sorprende porque sus cajas destempladas resultan muchas veces cómicas. En realidad, su despacho se ha tornado en una suerte de camarote de los Hermanos Marx,tras la publicidad que experimenta el hallazgo del haz fantástico.

Aquí otra vez la pluma sarcástica de Bulgakov lanza más andanadas, por la hiperbólica prensa oficial que convierte su incipiente descubrimiento  en un fenómeno mundial.Quizá Los huevos fatídicos no fuese su obra más redonda, aunque tiene guiños de ciencia ficción, con aquellas criaturas de tamaños fantásticos, y es que este autor tiene auténticas obras maestras del surrealismo como El maestro y la  margarita, Morfina o La guardia blanca, que casi pudo arramblar con su vitola de intocable, ya que exaltaba el valor de unos combatientes del Ejército Blanco que luchaba en su Kiev natal contra el Ejército Rojo , recordemos que creado por Trosky en plena Guerra civil rusa. No nos olvidamos de su desternillante Corazón de perro.


El público adoraba a Bulgakov, por su humor
irreverente y una calidad literaria abrumadora. 

(1) En otro lugar hablamos de la cuestación de unas damas de la alta sociedad británica, que pretendía  sacar a Elliot de su oficio de banquero y que se dedicase a las musas. Sin un ápice de arrepentimiento, Ernest Hemingway se bebió parte del dinero recolectado, como reconoce en su obra autobiográfica París era una fiesta.

(2)"Considero que, como escritor, tengo el deber de lucha contra la censura, me refiero a cualquier tipo de censura ejercida por cualquier tipo de gobierno. Asimismo, tengo la obligación de defender la libertad de prensa. El escrito que afirme y trate de probar que puede seguir escribiendo en donde no existe la libertad de creación, es como el pez que declarara públicamente no necesitar del agua para seguir existiendo." (Carta a Stalin. De Mijail Bulgakov En El poder de la palabra en la página web de cultura El poder de la palabra).

Esto nos da idea de la bravura de un escritor, que no se postraba de hinojos cuando tenía que defender sus ideales, pese  a que su alrededor no viese más que un paisaje desolado, en el que los mejores escritores, si no se adherían a la dictadura del proletariado, eran purgados sin compasión. Hay una anécdota apócrifa, en la que uno de los censores muestra un párrafo de Bulgakov al fiero Stalin, que comienza a carcajearse irrefrenablemente con el chascarrillo del genial literato,por lo que al censor sólo le cabe partirse de risa.Quizá descubrirse frente al ogro el sentido de humor de Bulgakov.