domingo, 27 de noviembre de 2016

Desfado de Tabucchi


Como italiano perdido en una diáspora cultural, quizá la única no desdeñable en términos de añoranza, una figura representa por encima de todos nuestro ideal, la del maestro Antonio Tabucchi. Si en el resto del mundo todos los caminos confluyen a Roma, en el país luso, el poeta Fernando Pessoa abarca casi todos los horizontes. De modo que no es de extrañar que el veleidoso azar pusiese en las manos de Don Antonio un poema del gran escritor portugués, en la estación parisina de Lyon, y que el luso había firmado con uno de sus heterónimos, Álvaro Campos. Es el triángulo maldito de nuestro joven intelectual, escritor de rachas hasta aquel encuentro: París, Italia y un naciente amor por Portugal habrían de conformar el resuello, que llenó de pasión los años mozos en los que uno se decanta por una vida plúmbea o se arroja en brazos de la incertidumbre. El joven Tabucchi eligió el segundo y más etéreo camino. 


Porque herido por la belleza conmovedora de los versos de Campos, tuvo una de esas revelaciones/conversiones, e hizo su propio camino a Damasco. Aquella mañana había leído  y releído las líneas una y otra vez, en un éxtasis que le vino en un lugar extraño, una estación de tren, donde la gente va y viene con un rebullir de fuga y diapasón desenfrenado, él se olvido completamente de ese destino "físico" al que se dirigía, tan efímero por lo demás, cuando había encontrado la razón de su vida. Asió entonces el ejemplar para seguir murmurando los versos de Campos, aguardando a que alguien se lo reclamase, por lo que salió de la escena del pecado de puntillas y girando el rostro una y otra vez, queriendo zafarse de toda sospecha, al mismo tiempo que las atraía con trancos desasosegados. Nos hubiese gustado haberle hecho esa pregunta, un profesional caracterizado por la honradez, y que había cometido el pecado venial de descuidar aquel poemario, como un ratero más. A quien perdiese el ejemplar en cualquier caso se lo agradeceremos eternamente; un despiste que iba a sembrar una semilla, que se transformó en un poso inconfundible en toda la obra de Tabucchi: la admiración por Pessoa, y por extensión de toda la cultura lusa.



A Tabucchi se le paró el reloj en la Estación
de Lyon de París.
De Nils Öberg - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0,
https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=5828612

No obstante, se repiten conversiones a las obras de un autor, se repiten más de la cuenta diríamos en tono quejicoso, y a veces echan a perder un talento literario por la devoción que les inspiran otros colegas. Quizá el ejemplo más doloroso sea el representado por Albert Vigoleis Thelen, cuya opera prima y magna, La Isla del Segundo Rostro, es una de las joyas narrativas europeas del siglo XX, sin lugar a dudas y a pesar del desconocimiento que se ha generado en torno suyo. Este gran narrador que nos había podido deparar otras grandes novelas, se enamoró de unos versos del místico portugués Teixeira de Pascoaes, al que iba a dedicar toda su inventiva, para desencanto de los que nos hemos constituido en legión de seguidores de Thelen y que hemos disfrutado de su obra a carcajada limpia. Al ir a buscar alguna migaja más que llevarnos de su ingenio en los anaqueles, apenas nos hemos topado con unas pocas referencias y sí con un gran desconsuelo del que se queda huérfano y anhela lo que pudo haber sido y no fue del talento de Vigoleis ( hicimos una reseña de su gran obra en uno de nuestros hilos ). No dudamos de la calidad en todo  caso del gran vate Pascoaes, pero echamos de menos la prosa abigarrada y maravillosa del narrador alemán. 



El crepuscular Marcelo Mastroiani, interpretará
 al periodista que rehuye de los enredos,
y por amistad se entromete en política
De Jeanne_Moreau_Marcello_Mastroianni_1991.jpg:
Georges Biardderivative work: 
En Tabucchi, su pasión por Pessoa sin embargo, va a enriquecer con un mayor bagaje su obra. Le va a dar un halo de intelectualidad, si bien Don Antonio nos infunde sus píldoras culturales entreveradas con argumentos muy amenos, que no espantan al lector más pedestre, que busca simplemente divertimento. En La cabeza de perdida de Damasceno Monteiro, paralela a la trama de suspense, discurren las inquietudes intelectuales de uno de sus protagonistas, que si no recordamos mal quiere acabar una tesis de autores condenados al ostracismo y cuyas influencias en la literatura portuguesa actual es más que notable,como sólo se le puede ocurrir a un erudito de cosas extrañas y hueras. En Sostiene Pereira, cuya versión cinematográfica tuvo a todo un caballero de la gran pantalla, Marcelo Mastroiani(1) que ejerció de maestro de ceremonias y del periodismo, al que le corroe la ancianidad y la muerte. Pues en esta pieza emerge la figura de un filósofo que lleva a cabo un opúsculo acerca de la muerte que toca la fibra sensible del viejo periodista. Pereira hasta ese encuentro, era el reportero a vuelta de todo, que se limita a narrar muy asépticamente el acontecer diario, sin inmiscuirse en la realidad de la sociedad portuguesa. 

Corre en la narración el año 1938, en plena Guerra Civil española y con un salazarismo en su momento de mayor esplendor. Digamos que el profesor Antonio de Oliveira Salazar poco se parece al General Franco, al que soporta sus aires marciales con estoicismo y escasa simpatía,  aunque gobierna con autoridad, sin el menor asomo de compasión desde el año 1933 que funda el Estado Novo. En estas Pereira conoce al citado filósofo que coquetea con la muerte como motor de su obra. Y el maestro para sacarle de su atonía, le propone que escriba necrológicas de personajes relevantes que aún vivan, con claro ars giocandi (como un juego). Pero esa fiereza de la juventud, más que indómita, lleva al pensador a meterse en líos y arrastra al baqueteado plumífero a un último acto romántico, un último hálito que nos impulsa a vivir a contracorriente, sin temor a las represalias. 

Previamente habían crecido los lazos de afectividad entre ambos personajes y el filósofo que había escrito las  necrológicas de personajes vivos, sí, pero en las que  censura abiertamente a iconos del fascismo, como podrían ser Filippo Tomaso Marinetti, apóstol del movimiento artístico futurista y que preconiza el fuego de la guerra como fuerza redentora de lo nuevo,  o clama contra Gabriele D´annunzio, poeta de grandes elogios nacionalistas, de gran talento ver excelente hilo sobre los precedentes de las camisas negras fascistas. Todas estas diatribas contra los ídolos del nuevo régimen corporativista, que como cualquier dictadura, no tolera la libertad de expresión, sumirá a los personajes en una " aventura amarga" ( por no desvelar más de la trama de esta bellísima novela). Ejemplos narrativos de Tabucchi por su excelencia los tenemos en La gastritis de Platón, Tristano muere:una vida o Se está haciendo cada vez más tarde. El maestro Don Antonio nunca defraudará, porque se acercará a problemas trascendentales del hombre, aunque siempre desde una dinámica en la que entreteje divertidos argumentos, si no se quiere profundizar mucho en nuestras cuitas existenciales. 



Filippo Tomasso Marinetti, apóstol de los futuristas
y de la guerra como fuerza redentora que destruiría
lo viejo. (Wikipedia commons)


(1) Se decía del gran Marcelo, que era el tipo de guapo que no ofende. Un gentleman de mirada tierna, al que las mujeres amaban y al que los hombres nos gustaría parecernos. Su obra es más que dilatada y llegó al rodaje de esta película más que baqueteado, lo que hizo que este filme tuviese aires de sinfonía de despedida.  

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Vida y destino de Grossman


Los prontuarios del Holocausto judío recogen que Vasily Grossman fue el primer periodista en llegar a Auschwitz y enfrentarse a los abismos insondables del ser humano, que tienen en ocasiones, verdaderos contornos de pesadilla. Pilas de cadáveres famélicos por la evidente inanición de la que fueron objeto en vida, el hedor dulzón de la muerte que le guiaba a través de la vías del tren y subido a su todoterrenoTodo hería al plumilla, que había sido reclutado con el fin de recolectar los testimonios del terror nazi en territorio soviético por la leyenda viva de la literatura Ilyá Ehrenburg. El viejo combatiente de nuestra Guerra Civil  y que sobrevivió milagrosamente a la yezhovina (1) actuaba en representación del Comité Judío Antifascista (CJA).   Como Ucrania se había convertido en un espléndido granero en este caso de historias de horror, Vasily inquieto y a pesar de que le hormigueasen los dedos, no cesaba de anotar en su bloc los acontecimientos de un infierno infinitamente más dantesco, que el de la Divina Comedia. Comedido, con sus quevedos, había llegado a creer que la guerra no podría sorprenderle, y arribaron a aquella localidad polaca, donde los suyos eran vistos casi con tanto recelo como los nazis, para perder cualquier asomo de candidez, que conservase a esas alturas. 



Las puertas del infierno
Autor David Shankbone - David Shankbone

Todas aquellas experiencias fueron recopiladas en diversos cuentos, pero sobre todo en el famoso Libro Negro, que no sería publicado en la URSS hasta el año 1993, por motivos de conveniencia política.No en vano, se interpusieron en el camino del borrador a las prensas, un incipiente Estado de Israel, el inicio de la Guerra Fría (2) que casi lleva a parte del Comité Judío Antifascista al gulag, e infinidad de vicisitudes, que hicieron que ambos colaboradores no pudiesen contemplar publicado el fruto de su esfuerzo. Tanto Ehrenburg como Grossman habían revisado a cuatro manos los testimonios que ilustraban aquel libro, con algunos desacuerdos que se exponían airadamente y que elevaron el encono entre ambos.  Visto con perspectiva, y creyendo que es un libro más del Holocausto,  sobrecoge cómo las SS mataban indiscriminadamente. Es un viaje por el horror que aviva las heridas y que no se fundamentó sobre la nada, como nos comenta en el prólogo el mismo Grossman, ya que hubo un caldo de cultivo en científicos que como el británico John Galton(3) , sentaron las bases de un darwinismo racial y de la eugenesia, que estados modernos aplicaron en sus leyes de inmigración.


Así, poco a poco, Grossman continuó viajando en su todoterreno americano, por las largas y rumorosas llanuras hasta que el ejército soviético se plantó en Berlín, dispuesto a la batalla final. Acostumbrado al sonido de las Katyushas, cuyos cohetes rugen como hienas y preceden a una ofensiva sin igual en la historia bélica, en la que la tierra no dejará de temblar ni por un momento, el fecundo juntaletras no perderá ripio. La resistencia nazi es atroz, como él narra en un estilo claramente a caballo entre la literatura y el periodismo, que se empieza a atisbar en sus artículos y se aposentará en sus futuras novelas. Largo hemos hablado de la fusión que existe entre las dos profesiones en otros hilos, y que en cualquier periodista con afán de narrador, es casi natural la transición a un género que guarda muchas concomitancias, y que tiene en la realidad y en el trabajo más prosaico del día a día, una veta inagotable para la inspiración. Sus testimonios borrados de los anales soviéticos, sirvieron sin embargo para ilustrar las acusaciones en el macroproceso de Nuremberg y para recrear en grandes páginas de la literatura, la Segunda Guerra Mundial. 



Ehrenburg, mito viviente, su relación con
Grossman se resintió por la disparidad de
criterios en la elaboración del Libro Negro


No es de extrañar que el lector pueda palpar en la obra maestra de Grossman, Vida y destino, la ferocidad de la contienda sin ningún embozo de idealismo. Se ha comparado esta epopeya con la inigualable Guerra y paz de Tolstoi, Los demonios de Dostoyevski o los cuentos de Chejov, por ese sello ruso inconfundible que late en toda la novela. En nuestra opinión Vida y destino es un clásico moderno memorable. El crisol de personajes que a pesar de las  circunstancias más que adversas que les rodean, desborda vida por cada uno de sus poros y se sobrepone.no sólo la barbarie bélica, sino y lo que fue peor y estuvo a punto de acabar con la obra, la rigidez del sistema soviético, que devoraba el futuro de sus hijos y los aniquilaba en el presente. Una plétora de historias, que con sus patronímicos y protagonistas como en toda novela rusa, nos sume en un laberinto hasta que recuperamos el resuello. 

Con todo, Grossman censura en esta pieza el presidio en el que se había convertido su país, en parte por las rigideces de los certificados de residencia, que se esgrimen para coartar a un adversario en una carrera profesional, o las vicisitudes de los científicos, que se deben plegar al dogma Lysenko y renegar del verdadero conocimiento, que está lubricado de ideología en cualquier sistema totalitario, y por qué no, la amenaza del gulag que aparece de manera poco velada, como destino más que plausible para los enemigos políticos. Son relatos de supervivencia, en la guerra de las guerras y en la sordina que imponen los autoritarismos, con fastuosas batallas como la de Stalingrado de telón de fondo. Vida y destino, no pudo ver la luz en la URSS por las razones expuestas, de modo que fue microfilmada y pasada a Occidente, lo que salvó a este  monumento literario de la quema. Grossman, como le pasaría con el Libro Negro, nunca vería publicado su opera magna. Sólo a través de samizdat  sus compatriotas iban leyendo porciones o capítulos enteros de esta pieza de gourmet literario.


El campo fue masacrado en la URSS, a modelos
de propiedad sin incentivos, cabía añadir una agricultura,
sin una selección genética por las teorías
 de Lysenko, un lamarkiano obtuso, con gran
predicamento en el Kremlin



Asimismo, queremos resaltar otra obra maestra de este gran escritor, Todo fluye. Con claros reverberos poéticos, nos sumimos en la vida de Ivan Grigórevich que es liberado del gulag donde había penado los últimos años. Trata de recuperar en vano la vida que había dejado atrás, y llega a la desangelada ciudad que él había conocido, donde se topa con su primo, colaborador y acérrimo comunista. Nada queda de la urbe alegre que conoció, gris y ajena por ese halo de producción masiva que mancilla cada esquina. Densas nubes de humo, que apagan el recuerdo de la mujer que amaba y cuya relación, el sinsentido de los totalitarismos frustró. De esta guisa, vagando por las efímeras calles que Ivan conoció, se entera de la muerte del padrecito Stalin, que iba a conmover a toda una nación, y cuya psicología de masas nos recuerda al final de la distopía 1984 de George Orwell - dice la leyenda que moribundo, nadie se atrevió a cerciorarse en su gabinete de cómo se encontraba porque temían que resucitase de dicho estado agónico, para verter toda su ira con el salvador. Es cuando el protagonista de Todo fluye llega a su aldea lejana, donde se percata que el horror de la modernidad propalada por el régimen soviético, no ha dañado sus ríos, sus bosques, los cuales rezuman una vida milenaria, que ni el más maquiavélico de los hombres puede pervertir. Allí es donde Ivan se reconcilia consigo mismo.


Hermosa parábola de Vasili Grossman


(1) Ehrenburg sobrevivió a diferencia de Mijail Koltshov, cuyo hilo directo con Stalin de poco le sirvió, puesto que fue purgado sin compasión por un Yezhov, que en virtud de la famosa orden 00447 iba a llevar  a cabo una criba sin precedentes. Recuperamos el periplo del camarada Koltshov en este hilo del Azogue, que llamamos El impenetrable camarada por la aureola de misterio que rodeaba en nuestro conflicto a este intrépido reportero  y porque nadie sabía a ciencia cierta, en nombre de quién movía los hilos del partido en España. Los historiadores apuestan a que seguía instrucciones directas de Stalin. En todo caso, sus famosos diarios son un testimonio de nuestro conflicto, con un claro tono literario que traspone la mera crónica periodística, muy sesgados aunque enormemente bellos. Contaban además, que Koltshov había sido seducido por la bella mujer de Yezhov, por lo que aquél se cobró gustosamente su venganza.

(2) Las relaciones del CJA con la editorial que iba a publicar el Libro Negro en Estados Unidos en los tiempos de colaboración de los dos países frente a las hordas nazis, fueron a la postre analizadas con lupa. Hemos de recordar que la idea de recopilar en un libro de testimonios las matanzas judías en territorio soviétivo, fue original del gran físico judío Albert Einstein. Se les acusó no sólo de colaboracionismo, sino de traición al país por minusvalorar el sufrimiento del pueblo soviético, a expensas del Holocausto judío.  

(3) No se nos escapa que  Galton fue un gran científico, al que debemos agradecer algunos avances estadísticos, pero también que la eugenesia se considerase una ciencia y que las diferencias sirviesen para ahondar en estereotipos raciales. La practicaron casi todos los países, Francia, Gran Bretaña y EEUU, como nos refirió un atónito Don Julio Camba que ejerció la corresponsalía de ABC en Nueva York durante unos años y fue testigo del celo con el que los funcionarios americanos en la Isla de Ellis, discriminaban a las razas "más inservibles", de acuerdo a las doctrinas de esta malhadada y presunta ciencia.

 Recordemos que el gallego también fue testigo de unas elecciones americanas cruciales, dado que en aquel país se debatía la participación de los americanos en la  Gran Guerra. Un Wilson presuntamente pacifista bogaba en pos de los céfiros bélicos. Pero como decíamos, los principios raciales fueron llevados a África, donde todavía perviven estos estereotipos que han abierto la brecha entre tribus. Algunas, las más inteligentes, pasaron a ocupar un lugar preeminente en el sistema colonial, para luego descolonizado el país, resucitar en su seno viejas pugnas. Es el caso de Ghana, que tan bien retrata el economista experto en desarrollo Wiliam Easterly.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Nemirovsky, el ballet en la literatura


Hoy hablaremos de una joven judía pudorosa e imbuida de soledad por un padre en constantes periplos de negocios, que escribía y que además jugaba a crear mundos y personajes imaginarios a partir de chácharas, que escuchaba a su alrededor. Con una formación exquisita que incluía la música y el baile, no es de extrañar que su prosa destile veneros tan elegantes ( sus borradores son como partituras de música). Sin embargo, los complejos propios y tenerse por tan poca cosa, siempre hizo minusvalorar su capacidad literaria. Quizá influyese el hecho de que nunca gozó del cariño de una madre que se marchitaba y que quería vencer al cruel paso del tiempo con cremas y cuidados incesantes, que le apartaban de sus hijas (este personaje rebrotará en varias de sus novelas pero con más crudeza en la fabulosa El vino de la soledad , donde su protagonista, creemos que un trasunto de la propia escritora, titubeará de dolor al pronunciar las dos silabas que nos emocionan al resto de la humanidad: ma-má).



Nemirovsky vivió en el loco París de los Veinte en el
que se querían restañar  las heridas de la Gran Guerra,
con el desenfreno y el amor como elixir nada pudoroso.
(Gentileza de Pixabay)

Así que esta muchacha, Irene Nemirovksy, decide enviar un manuscrito tan sólo informando de un apartado de correos, en realidad poco conocía de las entrañas del mundo editorial,  plagado de arcanos. David Golder era para ella una "novelita" sin pretensiones que había rematado en sus escapadas solitarias por la mansión familiar. Pero imaginemos la torpeza, y al editor Bernard Grasset que entusiasmado con el inaudito y trepidante comienzo de la novela, que le ha llegado en un sobre lacrado , y que se va ensimismando cada vez más enardecido por su desarrollo, hasta que despierta a una triste realidad. Aquella maravilla no podrá ser publicada, salvo que logre recabar más datos de su autor ¿Qué hacer entonces? ¿Sólo tenía un frío apartado de correos, que se podría consultar al cabo de unos meses? Esa pieza maestra era oro en sus manos, aunque no lo puediese hacer efectivo. Rumió con desespero diversas soluciones, a cada cual más inverosímil - y si fuese preguntando por los cenáculos literarios, porque es larga la tradición en la literatura de todos los tiempos las malas pasadas que han jugado semejantes despistes (1)-  pero sonaron súbitamente las zampoñas de la inspiración. 


Nemirovsky había alumbrado con escasos 25 años, 
toda una novela de madurez, David Golder
Publicaría un anuncio breve, en el que requeriría al escritor misterioso que se presentase en sus oficinas. Grasset una vez publicado el suelto, comenzó a imaginar a un autor maduro, quizá algo despistado, y que presuroso por llevar a galeradas aquel maravilloso borrador, se olvidó de lo más importante, decir ¿quién coño era?. Él supuso que tendría barba, entrecano, algo panzudo, puesto que tenía mundología por las tramas económicas y petroleras que se urdían con sumo deleite para Grasset. Vamos, un patriarca francés, al estilo de Henry Matisse que tanto cautivaba en la época en el hogar de los Stein para desesperanza del egocéntrico y genial Pablo Picasso. Junto a una viveza y belleza en la prosa que convertía a aquel manuscrito - cómo se llamaba se preguntó azorado el propio Grasset, mientras fumaba en pipa y recreaba cómo podría ser aquel encuentro con el autor desconocido. "David Golder" se percató por fin.


Por lo que la sorpresa fue morrocotuda cuando se topó en su despacho con una joven tímida, de un lenguaje sin esdrújulas y que apenas se atrevía a esbozar algunas frases. Suponía que le había causado impresión ver a aquella leyenda viva de la edición, atrincherado en su gabinete tras una mesa llena de papeles, borradores, y retazos de infolios donde garabateaba citas, ideas. Una nube densa de humo que parecían los poderes de un santo, del santo de la edición, salió de la boca de Grasset. Sin duda esa chica sería el testaferro de un Joseph Kessel. Pero se confundía Grasset, la autora de aquellas líneas, que dejaban a entrever un conocimiento del mundo muy amplio, estaba sentada delante suya. Por supuesto no era una obra de un Kessel, escritor judío amplíamente reconocido en la época, y tampoco de un Robert Brasillach que a pesar de su marcada aureola derechista, era un novelista genialoide. David Golder iba a conmocionar las letras francesas en los los locos años veinte.

La misma Irene Nemirovsky volvió al cabo de un largo ostracismo a copar portadas de los diarios franceses en el año 2004. El nobel francés Le Clézio saludaba el hallazgo de una obra inédita además de  inacabada, La suite francesa, que fue la novela que nos descubrió a los lectores en castellano a esta inmensa literata. Recordemos que La suite es una epopeya de los franceses que se desparramaron por las carreteras de aquel país, en busca del sur, y escapando de las hordas nazis capitaneadas por Guderian. Las defensas francesas se habían desmoronado en aquel largo verano de 1940 e Irene narra sus experiencias de aquella nueva diáspora, y lejos de idealismos, nos entraña en unas vivencias repletas de dificultades y donde lucen con maestría los claroscuros del alma humana, siempre al acecho de los más débiles. De pronto, la narración se corta abruptamente. Entra en la acción la parte de la historia no contada. Nemirovsky no puede llenar "sus partituras" con su garabateo musical, porque capturada por los nazis en el año 1942 fue deportada a Auschwitz, donde morirá gaseada entre sus hórridas torres que vomitan sin descanso el humo del terror. En el año 2004 Suite francesa recibe el Premio Renaudot otorgado por primera vez a título póstumo. Sólo un monstruo de las letras cuya sombra de talento es más que alargada, feraz, de la talla de Irene, lo puede merecer. Y al lector todavía le conmueve, aunque haya leído la novela hace mucho tiempo, el trágico final de la escritora, similar al de tantos millones de desgraciados que partieron a las fábricas de la muerte masiva(2).  


Los años Veinte parisinos también pertenecieron al mayor genio
de la pintura junto a Matisse.
(1) Los despistes de grandes autores como Onetti, o incluso nuestro más cercano y maravilloso Don Álvaro Cunqueiro. El gallego perdía frecuentemente sus manuscritos, aunque su memoria prodigiosa le permitía reproducir lo escrito hasta la nimiedad de una coma. Con todo, llegó la edad que todo lo carcome, y el señor CUnqueiro no podía reparar semejantes olvidos como antaño. Uno de los últimos periodistas en verle con vida, recuerda los ojos con leves lágrimas en el viejo escritor, por haber perdido un borrador más  y no ser capaz de recordarlo, demediada la memoria. Onetti, en cambio iba dejando rastros de su creatividad por doquier, así en la casa de su heramana, cualquier lugar era fecundado por su selvática prosa, llena de sonidos rumorosos y poesía, que nos convierte la jungla en casi un paraíso, aun cuando la dureza sea un cardúmen inapetente. 

(2) La solución final diseñada por el equipo del infausto Himmler, quería remediar el shock que producía en los nazis más fieles, que conformaban los pelotones de fusilamiento. A pesar de sus nauseabundas y firmes convicciones, al cabo de unos pocos servicios, su alma empezaba a flaquear a despertar entre truculentas pesadillas. La solución matar de forma económica y sobre todo impersonal. Un peldaño más en el terror creado por y para los humanos.

domingo, 13 de noviembre de 2016

La literatura cipotuda de extremo centro


Retomamos el tema de los clichés políticos, y especialmente uno que se ha venido en llamar el extremo centro, sobre el cual, algunos de nuestros representantes parlamentarios más campanudos han malgastado mucha saliva. Se dirigen a estos quintacolumnistas de la prensa en tono despreciativo, y en un sentido diferente que el que nos produce al más común de los mortales. Como si desde un centro ideológico, se atacase con mucho ímpetu las posiciones de los políticos ofendidos, lo que nos extraña a otros tantos es sin embargo la  capacidad de estos periodistas menesterosos para jugar/estirar el idioma y nunca tomar posición pero sí partido, el suyo propio, que en un país más que polarizado, quizá sea la opción más respetable. Resulta difícil por consiguiente que muestren una opinión taxativa por algo, muy al contrario de lo que creen los diputados presuntamente concernidos por la  beligerancia de los cipoteliteratos, cuando son precisamente lindos gatitos, que maúllan y no arañan. Ni a izquierda pero tampoco a derecha. Y suponiendo que en algún momento una brizna de crítica se les escapase, enseguida reparten estopa en el otro ámbito del espectro ideológico para no perder el equilibrio de funambulista de extremo centro. 
    


Francisco Umbral, cumbre de la literatura que
reclaman para si los cipoteliteratos
( Fotografía propiedad Instituto Cervantes)

En cualquier caso,  hemos de reconocer que poco nos interesan estos chismorreos políticos, porque en realidad queríamos ahondar en la cipoteliteratura como fenómeno que ha irrumpido en el columnismo español - parece que para quedarse- y en los personajes que crean estos cipoteliteratos, espejo deducimos a tenor de sus artículos de las virtudes del español medio. Más que cachazudos y siempre apostados en la barra de un bar,  en realidad esta suerte de conmovedores Sancho Panza son una fiel imagen del autor que acomete el artículo y  que se torna en una caricatura de sí mismo, o nos convierte en un chiste a todos los demás (los libros y los bares son para los cipoteliteratos dos de los elementos fundamentales para tomar la temperatura de un país). Después de todo, creemos que el protagonista de sus artículos a veces inventado o inspirado es verdad que por la calle, comporta una coartada para lanzar una andanada contra todos o contra nadie(2), truco que por supuesto no es nuevo en el periodismo. Louis Leroy afiló su pluma para despellejar viva a la nueva corriente Impresionista, que hallaría precisamente su nombre más efectivo en un irónico reportaje que hizo el veterano periodista para el semanario Le Charivari. Cómo no, sacó de su baúl de ficción a un profesor Joseph Vincent como ilustramos en el propio Azogue en la entrada siguiente  para desde la ortodoxia académica burlarse de aquellos "despropósitos de Monet, Manet". Huelga comentar que Vincent fue una ficción del baqueteado Leroy.




El cipoteliterato es un amante del alcohol y se torna sensiblero
en las bibliotecas.

El articulista cipotudo también  dice alimentarse del esperpento/ desencanto que vive el país, légamo donde aflora el hombre duro, que con una retahíla de metáforas, ve sacralizado su vigor extremo. Pega tragos en las peores sentinas, aprecia la roña en los platos que aderezan más de la cuenta los guisos, pero es su reciedumbre la que le ayuda a curtirse en los antros más abyectos. Y cuando habla sienta cátedra, porque este Steven Seagal de cualquier suburbio , representa mejor en sus frases que nadie el imaginario colectivo de nuestra sociedad. En cuanto se queja amargamente de la situación, la parroquia calla y mira con ojos entreabiertos, como si lo que fuera a proferir valiese la pena. Así, los cachirulos de Arturo Pérez Reverte, Manuel Jabois, Rubén Amón perfectamente retratados en el artículo Ignacio F. Lomana, En la era de la prosa cipotuda, tras un trago de güisqui se erigen en los sumos pontífices de cualquier asunto que se trate. 

Los cipotecolumnistas van trufando las historias de este mentecato con reflexiones propias,  píldoras de masculinidad, bien diferente al machismo que se molestan en despreciar, dado que respetan a la mujer por encima de todas las cosas. No en vano, por un libro que hojean llorarán con la misma emoción que una peluquera de Leganés. En sus columnas, a veces saltean escenas de una violencia inefable, que en sus metáforas encuentran el eco merecido. Las armas que a modo de regalo ofrece Pérez Reverte a Javier Marías que de esta guisa nos recuerda a un Charlton Heston sólo que literario, nos hacen revivir la magia del sorprendente ser humano (Lomana nos hace reír con los sarcasmos que le provocan escenas de amistad tan tierna, aun cuando seamos escépticos con este tráfico de armas literario). Los cipoteliteratos reivindican el legado de Umbral en el periodismo, que les queda más que lontano, a una distancia sideral. Muchos comprábamos El mundo o nos reservábamos para deleitarnos con la columna de Don Francisco(3), en la que con cada frase parecía que descubríamos la pólvora. 





A esas alturas del artículo de Lomana, se nos abrió la mente y aguzamos los oídos para encontrar al protocipote de ciudadano que pudiese inspirar a nuestros quintacolumnistas y es cierto que campa por sus anchas en las tabernas más costrosas. Les prestamos atención con la dedicación de un Fígaro de quinta regional, que con el mismo ahínco que Larra buscaba al público nosotros rastreamos al cipotepersonaje. Nos topamos con él, en el momento más álgido de un speech que versaba sobre economía. - Aquí lo que falta es industria.- No lo negamos, ni restamos importancia al fenómeno de desindustrialización que se ha dado, pero quizá por trasnochados o pasar demasiado tiempo en la taberna, no se hayan percatado de la terciarización de las economías modernas, y que la mayor parte del valor añadido es atrapado en los países desarrollados ( Estados Unidos jamás retornará a pesos de su industria del 40% del PIB de los años 70). Entrar en semejantes finuras con la bestia parda del suburbio, sería rozar sutilezas. - Si no hubiera tanto mangante y chupatintas que les hace coro- Supongo que los articulistas cipotudos no se incluirán en la recua de plumillas que trabajan al dictado de los poderes. 

El personaje muy trasgresor, fuma en la barra del bar, que él no cree en esas milongas de que deba atenerse a ninguna ley, al fin y al cabo son ocurrencias de los políticos. Hasta que con más aplomo afirma que nos hubiese ido mejor si el sistema bancario hubiese reventado de verdad. - Caixa Catalunya o Bankia, todas a la mierda. Masculinismo.  Nos hubiéramos ahorrado dinero y disgustos. - Uno ruega que llegase la implosión tanto tiempo impretada por algunos necios, en un sistema de reserva fraccionaria, pero nos temeríamos que con igual rapidez habrían sugerido que el rescate era lo más conveniente, ¿cómo no nos habíamos dado cuenta? O cuando propone quemar el Parlamento como hicieron " los nazis en el treintaiseis (sic) que nos sobran los políticos". Para los del ISIS, una buena bomba atómica, y no continuamos con este catálogo de chorradas que aspiran a filipicas y se quedan en pura paja artificiosa. Por último, les confesamos que lo que más nos aterra es el hecho de que durante la crisis, cualquiera de nosotros habría pasado como un cipotepersonaje por decir estupideces como éstas o incluso más gordas. Resulta más difícil reconocer nuestras limitaciones y excesos.



El periodismo literario rebrota en las manos de los cipoteliteratos.

(1) Las cuatro columnas rebeldes que como puntas de lanza se abalanzaban sobre Madrid en 1936. La quinta columna era la interior, la de los colaboradores que anhelaban la entrada de las tropas franquistas en la capital. Muchas veces se ha exacerbado este mito de la quintacolumna en cualquiera de los conflictos para pasar por las armas a todo bicho viviente.
(2) Cuando decimos que carga contra todos y sugerimos que es lo mismo que no atacar a nadie, es por su afán de  no mojarse por nada. Con el protagonista interpuesto con el que se regocija, pretende acrecentar un distanciamiento todavía mayor de lo que destila su columna.
(3) Un gran creador de lenguaje como nos advierte un salvaje Marco Antonio Núñez (3) en una de sus entradas, aunque Umbral se despachase en las inmensas bodegonas de la primera mitad del siglo XX cuyos rastros evidentes tampoco se esforzaba  mucho en ocultar. Lo curioso es que esos cipoteliteratos también tienen como jefe de filas a Pérez Reverte, que se las tuvo muy tiesas con uno de los magos de nuestra literatura. Hacemos un inciso en las entradas de Marco Antonio a ratos premiosas, son pura literatura, fastos sublimes de un teclado que impenitente  aporrea, digamos que sin compasión, pero con el que en muchas ocasiones entendemos que su prosa sea uno de los tesoros perdidos, un deleite para minorías. No comprendemos cómo no se celebra más su talento en las redes, con unos exiguos seguidores que apenas trasponen la veintena.  Y le llamamos salvaje porque como al crítico de arte Vauxcelles, su prosa nos sorprendió cual fauvista y no pudimos menos que exclamar como aquél :"Donatello entre salvajes". Había una estatua del gran artista italiano entre tanto lienzo fauvista.

martes, 8 de noviembre de 2016

Rebelion de las masas


Se desfogaba Sánchez Ferlosio con los desmadrados tiempos modernos, que a raíz de su locución, estaba muy lejos de comprender. Sin duda late en el  escritor agostado una brizna del protofascismo que inspirase a su padre, el inveterado Sánchez Mazas, creador del grito Arriba España, aparte de insigne miembro de la literatura de la munición que tan bien desmenuzó Andrés Trapiello en su ensayo Las armas y las letras. Una guerra y  unos afanes bélicos que en lugar de glorificar ideologías o patrias, pusieron en la picota a muchos soldados Svejk (1), a los que poco les iba en la contienda civil y que dependiendo del equilibrio de fuerzas de una zona, les tocaba pelear en uno u otro de los bandos. Curiosamente Sánchez Mazas, se salvó de morir en un fusilamiento de puro milagro o si acaso se prefiere, por el veleidoso azar. La guadaña silbó en su rostro con un canto desesperado, al no poderse hacer con su vida, y le permitió llevar luego una trayectoria fecunda, que  a otros le fue negada, pese a que no glorificasen la muerte en los campos de batalla como Sánchez Mazas. Tamaña catarsis sirvió para inspirar Soldados de Salamina, una novela pasable.


Nuestro fabuloso filósofo, cuya influencia es más
palpable allende nuestras fronteras.
Gentileza Wikipedia
En la misma entrevista  Ferlosio salía de las catacumbas, para atacar ferozmente a un pedante Ortega y Gasset. Cuenta que su padre y él mismo leían estrofas enteras del filósofo a media luz y se tomaban a chacota su dorada prosa . Ortega fue un literato frustrado que atacaba sesudos razonamientos con la pólvora de unas metáforas rebuscadas. Un estilo claramente literario, el cual facilitó al margen de la mofa de muchos literatos, que sus ideas complejas llegasen al gran público. Ello no disminuye un ápice el valor de sus pensamientos, que han sido más reconocidos en el exterior como siempre ocurre en nuestro país. La Rebelión de las masas forma parte de numerosos planes de estudio, y es que con esta obra que fue publicando por entregas en el diario Sol, Don José condensó magistralmente muchas corrientes de pensamiento que circulaban por Europa en la primera mitad del siglo XX. En esta masa que todo lo confunde, en una sociedad donde vibran las especializaciones, hay pocos sabios que alcancen a analizar la complejidad como un todo. El gran poeta T. S. Elliot lo resume con otras palabras "los hombres parecen más inclinados que nunca a confundir sabiduría con conocimiento y conocimiento con información, y a tratar de resolver problemas vitales en términos de ingeniería" 

De todas formas, en el ánimo de los Sánchez, imaginamos que pesara más la condición de liberal de Don José, a la que no renunció ni siquiera cuando retornó del exilio. Es más, ni siquiera en el Madrid más tormentoso de la república, trufado de checas, abnegó de sus principios(2). Por este motivo, este gran intelectual, se granjeó la enemistad de ambos bandos, que no lograron eclipsar de cualquiera de las maneras, su enorme contribución al pensamiento. Que Ortega que era el icono más conspicuo de nuestra cultura blanquease a la dictadura con su regreso a España, nunca le fue perdonado por una parte de la izquierda cultural. Llovía sobre mojado.



Pero no debemos obviar, que las ideas de Ortega y su obra más reconocida, La rebelión de las masas tuvieron una gran difusión en el mundo anglosajón. Buena parte de la teorización de John Maynard Keynes se fundamenta en la incertidumbre que nos consume, y que salvamos con un espejismo cotidiano de aparente normalidad, repitiendo las mismas tareas todos los días. Es aquel mar de incertidumbre que nos rodea que atisbó Ortega "Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo" Meditaciones de Don Quijote. En este contexto de vaguisimas certezas, aflorarán en la teoría de Keynes los animal spirits que ante la más mínima contrariedad, cuanto más si nos asomamos a los abismos más negros de la economía, reaccionan de la forma menos racional posible. El profesor Oscar Vara Crespo lo compara con una escena de un Western de Steve Mcqueen donde uno de los protagonistas se tira a los cactus en una reacción completamente inesperada e irracional(3). El profesor Ortega creía que para salvarnos de dicha incertidumbre, como masa nos entregábamos a un Pantocrátor redentor llamado Estado/Trump. Libertad a cambio de seguridad rezaría un eslogan más apropiado para las circunstancias. 

Por último, nos resulta curioso que precisamente Javier Maríashijo del discípulo de Ortega Julián Marías también se tope con la masa que se expande por sus esporas de vulgaridad en palabras del escritor, y que le han valido para ser atacado con saña en las redes, por sus pretenciosas columnas y elitismo, la misma acusación que levantaron contra la filosofía de Ortega. Javier Marías no es de mis escritores favoritos, con sus aires de perpetuo cabreo a veces repara morosamente en los detalles de una novela y convierte el guiño de un ojo en dos páginas narrativas bastante plomizas, pero tampoco podemos decir que no tenga talento, que lo tiene y mucho, aunque a veces peque de narcisismo en su prosa. Esas masas que Ortega observaba por doquier se desparraman por el centro, para fastidiar al quisquilloso Don Javier y  en este divertido artículo se desmonta a Marías hijo como si la ciudad fuese un gigante atrezzo para sacarle de sus casillas. Todo nuestros quehaceres giran en torno a tocarle las narices a Don Javier. En los tiempos del gran filósofo, una disciplina de pensamiento llamada solipsismo que bebía no sabemos de qué fuentes, el sufismo podría ser una de ellas, convertía al individuo y su subjetivismo en clave para interpretar el universo. Con nuestra muerte desaparecía un universo, que sin nuestro tamiz subjetivo carecía importancia. Parece que  Javier Marías es un solipsista recalcitrante.  

Javier Marias, se enfrenta a sus propios monstruos,
en las abarrotadas calles madrileñas
Mr Tickle



 (1)   Svejk es uno de los personajes más conocidos de la literatura centroeuropea. Cuidador de perros, que por su aparente estulticia se mete y sale de los enredos de una Primera Guerra MUndial, sembrando a su alrededor el desconcierto y por supuesto el divertimento de sus lectores. Jaroslav Hasek logra una pieza muy divertida, de refinada literatura, que se ha convertido en uno de los alegatos pacifistas más desternillantes. Algunos compararon al orondo recluta, amante de las salchichas con nuestro entrañable Sancho Panza. Hablar de Svejks en un conflicto, significa hacer mención a aquellos soldados que combatían ajenos a cualquier instinto de lucha.  

(2) Las hermanas del pensador español recibieron a una cuadrilla comunista que aporreaba la puerta de la casa familiar. Aquel grupúsculo quería recabar el apoyo de Don José a la República, tras el golpe de estado de los Sanjurjo-Mola- Franco, por lo que debería firmar el manifiesto que de forma enardecida conminaba a la lucha sin cuartel. El filósofo tuvo los arrestos de no salir a rubricar dicho documento hasta que no se alterasen algunos párrafos, con los que no comulgaba. A vuela pluma digamos que formó parte de la Agrupación al Servicio a la República, y cuando observó los que para él eran tristes derroteros, esgrimió en un artículo el famoso  "esto no es, esto no es". El estaba convencido de que una democracia liberal era el mejor antídoto contra nuestro retraso, claro que el escenario convulso de fondo, con dos ideologías totalitarias en clara disputa, no eran el mejor regazo para en España este sistema  saliese de unos tímidos balbuceos.  


(3) La pregunta que subyace a todo este entramado keynesiano es porqué motivo los planificadores son capaces de templar sus ánimos en un escenario de conocimiento limitado o plena incertidumbre. Es más, no sólo velarán por el interés general. Buchanan con su famosa public choice desmonta parte y nos acerca más a una lógica realista. Los políticos/planificadores tienen sus propios incentivos.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Luces de bohemia

Quién no en un debate, en medio del enojo recurre a los sabios antiguos para dar más preeminencia a sus opiniones. Una tentación a la que nos aferramos, para darnos un regusto y una patina intelectual, pero a veces la cita se perpetra y adapta a las circunstancias, reinterpretándola penosamente cuando se saca de contexto. Si no nos esforzamos en buscarle su verdadero marco de referencia, la nueva luz llega a ser irrisoria y cegadora. Así ocurrió que se habló pomposamente en sede parlamentaria de los espejos cóncavos que reflejaban las caras de los héroes que iban a sacar de la penuria al país. Pablo Iglesias se había sacado de la chistera una lectura inimaginable en Ramón Valle- Inclán.De esta guisa los fementidos regeneracionistas o regeneradores, se asomaban al Callejón del Gato y sus cuerpos quedaban deformados por los espejos cóncavos y convexos. Desempolvando alguna crónica de Madrid, llegamos a la conclusión de que algunas tiendas del primer Madrid del siglo XX pusieron ese tipo de espejos como reclamo para atraer a la clientela. Los viandantes se paraban a fin de desternillarse de risa frente a su silueta deformada. Aquellas albórbolas callejeras resonaron en la imaginación de Don Ramón como inspiradoras del esperpento ( hay diversas teorías en cualquier caso acerca de este asunto). 

Sin embargo, el extracto escogido por nuestro parlamentario, pertenece a  Luces de Bohemia  como nos advierte Alberto Olmos en su divertido artículo. Max Estrella confrontaba como vieja gloria -en realidad Max es un trasunto de Alejandro Sawa (1)- con los pujantes ultraistas dirigidos por Cansinos Assens, cuya atractiva personalidad, un chambón de casi dos metros pleno de bonhomía, que con sus redes del absurdo hipnotizaba a las nuevas generaciones de las letras españolas y hasta a un escritor argentino algo pedante, llamado Borges que siempre iba agarrado del brazo de su hermana Norah- en aquel momento estaban de moda las vanguardias y los panfletos en los que los jóvenes querían deponer lo que consideraban como vetusto, aunque muchos de aquellos movimientos no tuviesen en el fondo ningún discurso estético, vagaban por metáforas grandilocuentes en sus intenciones y hueras en su trasfondo. 


El verdadero Max Estrella, Alejandro Sawa.

Que el parlamentario hubiese escogido a este escritor, me dice que es la ceguera de una parte de la izquierda, un amigo que es liberal y al que el verdadero Valle le produce ternura. Según este liberal, la izquierda más zocata se apropia de los iconos culturales, aun cuando Valle viva ideológicamente en una galaxia muy ajena a todos, pues ya en aquella época era cualquier cosa menos reformista, fue atrabiliario. En parte creo que puede tener razón, sin embargo las líneas de las ideas son más difusas de lo que parecen. Si quitamos las apelaciones a Carlos María Isidro o al Rey del Oriamendi, los carlistas se defendían de la centralización de la administración y reclamaban sus fueros con vehemencia ¿Nos suena? Los ecos de aquellas tensiones centro-periferia siguen resonando en nuestros tiempos y forman parte del discurso de izquierda y derecha, disfrazadas en nuestra opinión de una falsa aureola de modernidad. Como nota histórica digamos que tras un reguero de sangre producido por una sucesión de guerras civiles características de nuestro siglo XIX, el movimiento carlista, con especial arraigo en Cataluña y País Vasco, languideció hasta el golpe de gracia que el dictador Francisco Franco propició descafeinando también a la falange con el famoso Decreto de Unificación el 19 de abril de 1937. Sólo se puede entender la naturaleza de este golpe por lo antagónico de los ideales de ambas corrientes sublevadas. 


Asimismo hemos de recordar que Valle fue un señorito que vivió con estrecheces, y que había cultivado la miseria con afán estético, pero que tenía la malla para no caer del todo de una familia, que en cuanto las rentas escaseaban, le pasaban una asignación. O admirador de los carlistas(2) más trabucaires, Valle, era ante todo un buen reaccionario, que adoraba el valor. Gran amigo del torero Juan Belmonte,  admiraba de aquél el rastro de héroe que se cita con la muerte en el redondel, y por supuesto la erudición que también emocionó al gran Manuel Chaves NogalesBelmonte se rodeó en el Café Fornos de lo más granado de la intelectualidad madrileña, entre ellos Don Ramón ( no confundir con el otro Don Ramón, Gómez de la Serna) y cuando abría la boca, aquéllos que se sabían de corrido La Iliada, callaban anonadados del buen juicio de aquel tipo espartano en sus decires, aunque al que no le cabía reponer ni una coma. Don Juan que vivía cerca de una linotipia , y conoció a sus propietarios se convirtió en un lector furibundo en su infancia. Cuenta en la biografía Chaves Nogales, que siempre se acompañaba en sus giras americanas por unas maletas llenas de libros ( qué hubiera dado Belmonte por un libro electrónico). Pues Valle y él paseaban a caballo, mostrando su hombría y pundonor.


Una de las parejas más tiernas de la literatura, Max y Latino,
frente a la noche madrileña, llena de embrujo y un sino fatal.
Fotografía gentileza de D. L.Miguel Bugallo Sánchez.
(Wikimedia commons) 


Retornando al artículo de Alberto Olmos, a Max Estrella le acompaña un Latino de Híspalis, que guía al maestro intentando que algo de su magia, se le escurra por sus dedos. Para nosotros, son el dúo más entrañable de la literatura junto a la pareja formada por Lennie y George De Ratones y hombres de Steinbeck, victimas del  sueño americano desvencijado tras la Gran DepresiónEn cualquier caso, les recomendamos que si viajan a Madrid, se den  una vuelta por el Callejón del Gato . y que por supuesto lean la fabulosa  Luces de bohemia. Seguro que enseguida se atreven con el famoso Ruedo ibérico, donde aparece el Don Ramón más político y burlón. Los trajes que hace al especulador Marqués de Salamanca, que jugaba en bolsa de forma ventajista, al manirroto Duque de Osuna y al consorte de la reina Isabel, Francisco de Asís, que tenía para los cánones de la época demasiada querencia por el mismo sexo (2)  , son antológicos e intencionados ( Isabel II enemiga acérrima de sus queridos carlistas y en comunión de intereses con los liberales). Por cierto, gracias a la prodigalidad del Duque de Osuna, tenemos un maravilloso parque romántico en la capital, el  Parque del Capricho , que aunque un poco retirado, recomendamos su visita. En él se halla uno de los mejores búnkeres de Europa, donde algunos visitantes dicen ver el fantasma del General Miaja y a su vera, la sombra enigmática del Coronel Vicente Rojo, que le susurra la próxima estrategia. 



Dos carlistas catalanes, que posan orgullosos.
Fotografía de FeliuPeña - Trabajo propio,
(Wikimedia commons) 

(1) Confesamos que Alejandro Sawa es una de nuestras debilidades. Un escritor de origen suponemos griego, que viajó al París de Víctor Hugo, al que conoció personalmente. Iba tan costroso, con un rostro cetrino y barbas de profeta bíblico, que algún maledicente llegó a sospechar que era tanta la pasión que tenía por el escritor francés, que desde que le había dado la mano, no se las había vuelto a lavar. Una cocotte o chica francesa, admiradora de Sawa cuidaba del verdadero bohemio de nuestras letras, seguramente por ternura o quien sabe si los entrañados laberintos del amor, hiciese azogar semejante sentimiento en el corazón de la muchacha, pero vamos, que se le calificaba de mujer licenciosa, no cabía duda. Sin embargo, el señor Sawa estaba para pocos trotes, puesto que veía duendes en el orinal o en lo alto de su armario, en una clara sintomatología de alzheimer. 

(2)  Simplificando el rey consorte era homosexual, lo que causaba la hilaridad en la Corte, dada la promiscuidad de la Reina, también objeto de las burlas por su libertinaje. Merecerían un capítulo aparte sus andanzas de cama. 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

La sepultura de la literatura


Quisiéramos sustraernos inútilmente a un debate que se ha convertido en el tópico de las últimas semanas, tras la proclamación del inusitado Bob Dylan como premio nobel de las letras, pero de igual modo que todos los caminos conducen a Roma, todas las tertulias y corrillos nos abocan inevitablemente a esta polvareda. Una decisión que en algunos casos ha causado estupor y en otros una panoplia de explicaciones para reforzar con razonamientos el fallo de la Academia, que en todo caso ha sido polémico. Aparte, en un redoble de tambores, los ecos no se acallaron con capítulos posteriores, completamente inesperados que alargaron el suspense. Un Dylan ajeno a la púrpura de los premios, o en estado catatónico tras la inesperada concesión, vive en  mundos paralelos  en los que al parecer no existen los nobeles ( más tarde aceptó el premio) y ha provocado la hilaridad por momentos de los más remisos a su distinción. Qué conste que en mi más tierna juventud canté  hasta la saciedad a Dylan.


Oates otra vez magistral en su novela
La hija del sepulturero

En cualquier caso, indagar en los extraños designios de la Academia sueca como si fuese la pitia de una sibila, y el jurado, cualquier jurado, un remedo de Oráculo de Delfos, nos acabaría sumiendo en la melancolía. Son tantos los recelos y rencillas ocultas entre autores y editoriales, que resultaría divertido desbrozarlos para mostrar el juego sucio que se produce entre bambalinas en los jurados.  Hay muestras lacerantes de escritores, que habiendo acumulado reconocimientos en el exterior, más tarde en su patria chica se les ha negado el Goncourt, el Cervantes o el Rómulo Gallegos(1). Mecenas desdeñosos, a los que se habían resistido para figurar en su catálogo editorial los escritores concernidos, a posteriori como cruel vendetta, les cerraban las puertas a cualquier reconocimiento público. Para ello recurrían a las más altas instancias políticas del país. También sucedía un tanto de lo contrarioque ejemplifica como nadie  el gran y controvertido escritor César González Rúano . Cuando en el primer certamen de los Nadal (1944) le repusieron que la novela ganadora  Nada de Carmen Laforet, era mejor que la suya, este replicó a su vez con gran templanza - ¿ Pero desde cuándo se hace justicia en España por los jurados literarios? - Nosotros añadiríamos que no es sólo un defecto de nuestro país.  

De todas formas rogamos disculpen esta larga introducción con la que nos hemos recreado en las ignominiosas ausencias/injusticias de los premios, que viene a colación porque la lista de desagravios crece y se traspapelan expedientes como el de la escritora Joyce Carol Oates, que protagoniza con su espléndida novela La hija del sepulturero la entrada de esta semana del Azogue. Por su talento inconmensurable, hacen más agudas y lacerantes estas omisiones.La narradora americana tiene una obra de una dimensión importante por cantidad y guarda en sus párrafos reverberos góticos, que nos rescatan para la literatura la belleza de la prosa. A las sombrías historias que nos acechan de su mano,se suman las metáforas que nos van perforando para que no perdamos el gusto meramente literario y que por supuesto tampoco enlentecen el desarrollo de sus novelas ( parece que hemos olvidado que en la literatura es casi tan importante cómo se cuenta ). 


Premio Nobel, causa de vehementes disputas en sus fallos.


En La hija del sepulturero, aparece otra vez, la escritora que voraz se arroja sobre el maltrato de género, una realidad que construye con personajes abigarrados, de muchas aristas. Perfiles psicológicos magistralmente reflejados, de los maltratadores y la maltratada, y que harían recomendable su lectura para los profesionales que dedican sus desvelos a combatir a esta lacra. Oates vuelve a aporrear nuestra conciencia para despertarla de la molicie y del marasmo, al punto que Harold Bloom, el famoso crítico, ha descrito a gran parte de su obra como literatura de la conciencia. En La hija del sepulturero nos intriga en las primeras páginas con su protagonista medrosa, Rebecca, cuya congoja y dependencia respecto al sexo masculino nos resulta enfermiza. Pulula la figura malhadada de un padre carcomido por los odios contra sus congéneres que no logra dominar - es un judío pobre, que también los hay y muchos, que emigra desde una Europa envuelta en llamas a cumplir el sueño americano y sólo le resta como oficio el de sepulturero que nadie quiere. Además, este desdichado padre de Rebecca prefiere olvidar el amor hacia sus hijos, su familia y hacía sí mismo, porque en todo vislumbra el poder deletéreo de la muerte. 

El progenitor que todo lo ve perecedero y una tragedia familiar que nos irá desanudando el complejo laberinto de emociones en el que se consume la joven judía. Joyce Carol consigue estirar a lo largo del tiempo una trama, con varios saltos narrativos que no merman la consistencia  de esta pieza literaria, en contraste con otros autores que intentan hacer lo mismo y nos hacen perdernos en dédalos de historias, que se tornan a la sazón en hilachas inextricables e inasibles. Así la Rebecca que necesita el referente de una sombra masculina quizá por las tinieblas vividas con su progenitor, busca inconscientemente la protección de un hombre de respuesta violenta. Confunde sus sentimientos con el amor, todo lo fía a no afrentarlo, atrapada en los dudosos códigos del maltratador, hasta que se cae de su caballo en cuanto el malvado marido pone en riesgo la vida de su hijo común. ¿Nos suena la historia? Decide huir y cambiar de nombre para escapar a una muerte segura.El fiat lux le aboca a a reiventarse a sí misma y a su menudo hijo, para con una identidad prestada e imaginada, escapar del horror. 

Joyce Carol Oates, de aspecto melancólico, su
prosa cuidada nos enamora.
( Fotografía gentileza de Rodrigo Fernández)



Escenas de una violencia inefable, que nos remueven las entrañas. La hija del sepulturero no es lo mejor de su producción, puesto que esta escritora si sorprende, es por rayar siempre a un gran nivel. A veces, nos parecen desmesurados los comentarios por excesivamente laudatorios que se hacen sobre novelas de determinadas editoriales. Sospechamos que entre bastidores se apremie  en las redacciones con sobres a ensalzar auténticos tostones, sin embargo, con Oates podemos decir que los elogios no son exagerados y que incluso se antojan cortos. Una vez más, sin desmerecer a Dylan, que tiene unas letras y algunos libros reseñables, nos preguntamos qué más deben escribir Oates o el propio Philiph  Roth, Milan Kundera o el incomparable Ismail Kadaré para que se les reconozca el talento. El problema no es Dylan, sino los literatos que se quedan en la cuneta y que lo merecen  más que él, que no es propiamente un escritor. Ominosas faltas, mientras el tiempo sin sutileza atrapa a todos estos autores sin premio con esa telaraña de muerte, la misma que tanto temía el sepulturero, padre de la protagonista de la novela de Oates, que tanto nos ha encantado. 


(1)  Cela no fue profeta en su tierra hasta una edad tardía. Vindicaba por las esquinas, esto es, por donde le quisiesen escuchar, que en su dilatada trayectoria había recibido todos los reconocimientos en España y en el extranjero, aunque la máxima distinción en español, nuestro Cervantes, todavía se le negaba. Un sinsentido. Un día abordaremos el sistema Goncourt, que ha destilado verdaderas mareas de tinta, que van y vienen cuando lo fallado es polémico. O la burbuja en las que algunos premios obligan a encerrarse a algunos de sus jurados, que deparan por supuesto, auténticas historias de terror a la sazón de Stephen King