jueves, 28 de abril de 2016

Campos y mentes cerradas


Abre en el Museo Reina Sofía la exposición Campo Cerrado, que alejada de los tópicos, nos iluminará un período oscuro de nuestra historia reciente, la Posguerra,  que fue muy fecundo en lo creativo (ver reseña de la exposición http://www.museoreinasofia.es/exposiciones/campo-cerrado ). Pese a que los artistas desarrollasen su actividad en un entorno represivo e imbuido en la fatuidad del nacionalcatolicismo,  que resultaba tan grato a las autoridades culturales y que como bien absoluto, debía esparcirse en todos los órdenes de la sociedad, incluido el artístico, las musas siguieron desempeñando su labor. Cabe decir que muchos de ellos no se sintieron incómodos en el traje de la dictadura que defendieron más o menos explícitamente con bravuconadas o destilando la mejor poesía. En el presente sus manifiestos nos suenan a retruécanos de un imperialismo más que trasnochado y risible, dada la debilidad de un país emboscado en sus propios miedos y derruido moral y materialmente tras la guerra. La idea que gravita por tanto en la exposición es que no nos quedamos huérfanos de talento como reza la propaganda. Aun cuando sea innegable que el exilio tanto interior como exterior alejó a verdaderos talentos y mermó nuestra capacidad de generar ideas, no es menos cierto y tampoco podemos soslayar que la creatividad brilló especialmente sobre las cenizas todavía humeantes de nuestro conflicto. Con esto no edulcoramos la terrible represión que tiene en las circunstancias de Miguel Hernández su mayor epítome, juzgamos sólo el talento de los artistas que crearon en nuestro país durante la posguerra y atacamos con argumentos y por falaz, la afirmación de que el país fuese un erial cultural. Hubo genios como Dalí que se rindieron con armas y bagajes a la dictadura y se regodearon de su anticomunismo, el otro totalitarismo en el teatro de una convulsa política europea, con frases altisonantes: “Picasso es pintor, yo también, Picasso es español, yo también, Picasso es comunista, yo tampoco.” Son años de una militancia excesiva.


La fronda del páramo, nacieron premios literarios ilustres.

En segundo lugar, anotemos que el título de la exposición, Campo cerrado invoca una de las novelas de la serie del Laberinto mágico del gran  Max Aub, saga de nuestra Guerra Civil  escrita desde la óptica de los perdedores, que el autor de origen francés, realizó en el exilio de Méjico. Es un conjunto literario rotundo, en nuestra opinión tan redondo como la trilogía de La Forja de un rebelde de Arturo Barea. Son seguramente las dos grandes epopeyas, e incluso Arturo que revive muy bien los períodos anteriores a la guerra pero que nos brinda episodios en primera persona de la contienda, como cuando ejerció de censor de la prensa en el Madrid sitiado por las tropas franquistas, estuvo propuesto para los premios Nobel por esta obra (algún lector sugerirá la trilogía de Gironella, que narrativamente no llega a la altura de las dos anteriores). La influencia de La Forja en el mundo sajón fue muy notable, si bien la saga de Aub no desmerece en absoluto en calidad, gracias a la galería de personajes, grandes y chicos, que con unas historias muy humanas,  trepidan en sus páginas. Percibimos en el Laberinto mágico algunos conatos de vendetta; por ejemplo, Max Aub no le perdona sus devaneos de señorito con la República al escritor y cineasta Edgar Neville, y le hace un traje sin apenas grises. En el fondo, le sacaba de sus casillas el donaire con el que calzaba Lotusses y regalaba a sus más allegados, corbatas inglesas de seda ( late un sentido prejuicio de clase). 

Pero por encima de cualquier cosa que luego Neville redimiese su pasado con Izquierda Republicana, el partido azañista, con generosos servicios al bando franquista. Había que convencer a la tenaz y dura Comisión Depuradora que pasaba la lupa por los expedientes para no transigir con cualquier mácula, que ensombreciese el pasado del aspirante  a reintegrarse a la sociedad franquista en guerra. El General Mola cansado de los denominados con sorna pasantes, aquellos que se dedicaban a pasar gente de la zona del frente popular a la que ellos llamaban nacional y que deberían verificar el currículo de sus clientes, profirió el famoso con cajas nada veladas: "habría que fusilarlos a todos". Edgar noveló muchos de esos pasajes para pasar el examen de los pesquisidores franquistas. Así en la biografía que llevó a cabo Juan Antonio Ríos Carratalá para ediciones Ariel Una arrolladora simpatía, no queda claro el papel jugado por el cineasta en el cuerpo diplomático de la República. Parece que hizo un doble juego, en cualquier caso, sus aventuras fueron agrandadas con el fin de ablandar a la Comisión Depuradora que no se andaba con chiquitas y que tenía a personajes como Mola, que quería dar una solución muy perjudicial para los afectados ( pasarlos por las armas como se decía entonces)

No era un páramo, sino una buena fronda


Por otra parte, cualquiera que conociese a Neville, hay muchos testimonios al respecto, dan fe de la falta de unas convicciones muy profundas, que en un tiempo de tantas tribulaciones resulta una virtud más que un motivo para mancillar su figura. Si se afilió al partido de Azaña fue porque como muchos otros intelectuales, que anduvieron el mismo camino, creyeron que la República sería el soplo de aire fresco y modernidad que necesitaba una España, anclada en el siglo XIX en muchos aspectos ( tampoco conviene cargar mucho las tintas, porque corremos el riesgo de transitar de nuevo por el lugar común del desconocimiento al tocar de oídas; es verdad que Madrid parecía poco más que un villorrio, sin embargo, el país había evolucionado mucho, quizá demasiado poco para mentes viajadas, que comparaban nuestro terruño con otros lugares donde el desarrollo había prendido con mucho vigor). Grandes personajes que habían apoyado a la República como Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y que de hecho crearon la Agrupación  de intelectuales al servicio de la República, observaron como a la postre, la deriva de este sistema, condenó sus ilusiones al fracaso. En su conocido artículo “Esto no es, esto no es”, el gran filósofo explicó las razones de su decepción. Su modelo de democracia liberal se antojaba demasiado largo para unas mentalidades de la época mucho más estrechas.

Después de habernos desviados por estas retamas y esteros de las rencillas personales, sigamos con la exposición del Reina Sofía que hunde el dedo en la llaga de la nube de tópicos, que se han tejido en torno a la Posguerra, una especie de erial creativo. Se extendió como un reguero de pólvora la opinión en el exterior e interior, de que el país se había convertido en páramo cultural. Dichos excesos, si nos atenemos a la extensa nómina de autores que floreció en los años cuarenta, o el surgimiento de importantes iniciativas editoriales como la creación de los Premios Nadal cuya primera edición ganó Carmen Laforet con su famosa novela Nada, para contrariedad del genial César González Rúano, que creyó los premios preparados para un artista de su renombre (siempre nos acordamos de su mala leche y humor fino, no cabe calificarla de otra forma, como cuando calificaba a Pablo Neruda como el Sepu de la poesía, por su predicamento y ventas que debido a su sencillez encantaba al pueblo llano)  Pues este falso aserto  fue replicado para que no se convirtiese en un injusto lugar común, nada más y nada menos que por la pluma del filósofo Julián Marías, que contra tanta infundada apreciación, escribió un artículo que produjo el rubor de aquellos mismos que parloteaban en vano de un tiempo que desconocían. Con gran hondura, el maestro Marías, epígono de Ortega recorre las obras y los nombres ilustres de la posguerra, en un artículo de El País que con sorna llamó La vegetación del páramo ( leer artículo por gentileza de este blog http://barricadaletrahispanic.blogspot.com.es/2012/04/la-vegetacion-del-paramo-julian-marias.html ) . La fronda de nuestro período postbélico era tanta, Zuloaga también en la pintura ,que quizá no dejase ver a aquellos desinformados críticos. La letanía ha llegado a nuestros días, porque no es que sólo surgiesen en aquella época literatos inconmensurables como Camilo José Cela, Miguel Delibes, sino que las mejores generaciones de nuestra Edad de Plata, siguieron escribiendo, Azorín, Pío Baroja, Josep Plá, Rafael Cansinos Assens, Gómez de la Serna, Aleixandre desde su exilio interior agrandó su poemario en este tiempo de tribulaciones y escaseces.


Julian Marias, en un lugar de la fronda
de cuyo nombre sí quiero acordarme

Revistas como Vértice, con un estilo grandilocuente que regalaba el oído a las autoridades,  abrigó a verdaderos talentos, que con un espíritu libre, desarrollarían más tarde una lucha soterrada pero sin concesiones contra la censura. En su nómina están los conspicuos escritores Samuel Ros, el inabarcable por su originalidad Alvaro Cunqueiro, el maestro Gonzalo Torrente Ballester ( cuyas peleas con los censores, por su querencia por los "personajes disolutos que arraigarían en el espíritu nacional", según la censura todo el que se saliese del patrón de padre abnegado era disoluto, le dejaron muchas veces sin resuello). La calidad literaria, a pesar de algunos soflamas de sonoridad patria y de los dejos belísonos, estaba garantizada y encimó como revista excepcionalmente escrita, cumbres muy elevadas de nuestra literatura. Para muchos la mejor revista falangista fue sin embargo, Escorial, y como reconocen, fue de los pocos intersticios donde brilló una crítica inteligente contra la necedad uniforme que se instaló en nuestro país. Bocanadas inspiradas por el magnético Dionisio Ridruejo que desde las páginas del Escorial  defendió la figura de Miguel Hernández como abrumador creador. Sánchez Mazas y Ridruejo insistieron ante el Generalísimo, que el oriolano podría ser un nuevo caso Lorca, si se tomaban decisiones poco acertadas,  que deteriorasen todavía más la imagen exterior de la dictadura, acechada por numerosos flancos. Ridruejo hermanó a los escritores independientemente de los bandos, y a pesar de su manierismo fascistoide tuvo la generosidad de olvidar viejas afrentas y buscar nichos de creatividad para los excluidos del régimen dictatorial. En algún momento haremos un repaso por los magacines en tiempos de guerra y posguerra, Hora de España, por ejemplo, es un monumento a la literatura. 

Por último, destacar la labor de Andrés Trapiello, que nos rescató  con la magnífica Las Armas y las letras primero a nosotros, de nuestra propia ignorancia. A veces, la clamorosa defensa que hicieron algunos escritores de la dictadura y nuestros perniciosos prejuicios, ocultan una talla literaria que es innegable en muchos casos. Eugenio D´ors orondo capitoste del fascismo catalán, era en cambio un escritor increíble, cuya caricatura eclipsó sus méritos con la pluma. Agustín de Foxá es otro ejemplo. Dedicaremos todo un capítulo al fabuloso prontuario de Trapiello, que por otra parte tiene una prosa maravillosa. Esperemos con todo, que haya quedado claro que la Posguerra fue un período creativo excepcional, mucho mejor que el que vivimos actualmente, donde nuestro carácter acomodaticio quizá nos lleve a dormirnos en los laureles. O puede que el arte, con el rubro más tecnológico, esté aguardando el momento para lanzarse por unos vericuetos de mayor certidumbre. 


martes, 26 de abril de 2016

De dinero y dioses


Es sin duda a lo largo y ancho de la historia, el lugar reservado a hombres poderosos e influyentes, tan pronto se les privaba a los Dioses del altar monetario. Desde la pieza mochada y terrosa en la que la efigie de Alejandro Magno luce brava con sus cabellos proyectados como rayos, hasta el circunspecto Hércules cuyo perfil se nos hace aterrador y dispuesto a asaltarnos si posamos nuestras pupilas sobre su reproducción. ZeusPoseidónPalas Atenea conforman un Olimpo monetario al que sólo le guardan un lugar a los mortales más poderosos de la Edad Antigua, que incluye acuñaciones con rostros de Emperadores romanos o de personajes importantes de la vida pública como Cayo Mario, que creó la maquinaria de guerra de las legiones. No en vano, la profesionalización de las legiones fue un hito para que Roma se perpetuase durante siglos como potencia dominante en el Mediterráneo y tanto les hizo movilizarse con pesados pertrechos, que los legionarios fueron bautizados como " las mulas de Mario”. Los adversarios temblaban con el tremolar del banderín SPQR, que nuestros contemporáneos romanos no exentos de gracejo, han traducido con el remoquete de "sono porci questi romani" como confesión de sus pecados y desidia frente a la suciedad que azota sus calles. No resulta descabellado afirmar entonces que durante siglos, las monedas y los billetes alargaron las sombras de los hombres influyentes y también tiñeron la convivencia de las sociedades antiguas de polémicas, cuando se envilecía arteramente la moneda y perdía valor intrínseco.




Moneda del Emperador Carlos V.


Pues el vil dinero o liberador, según qué casos, vuelve a ser objeto de un encendido debate allí donde el peculio, es la medida de todas las cosas. Así Estados Unidos ha despojado al Séptimo Presidente Andrew Jackson (1) del lugar reservado en los billetes de veinte dólares, para dejar hueco a una luchadora de los derechos de la minoría negra, Harriet Tubman. Poco sabemos de la azarosa vida de esta mujer negra, de aspecto afable y que nos recuerda a una mamita bonachona, aunque si indagamos en su biografía aparte de su lucha contra la esclavitud, que no es peccata minuta, más que enconada cuando la hiel del racismo hervía con intensidad en Estados Unidos y estuvo a punto de escindir a este gran país, apenas encontramos detalles que nos hablen de su brillantez. Es verdad que un país profundamente conmocionado y donde las heridas de la discriminación siguen latentes, la figura de esta mujer negra, modesta pero solemne en sus fines, tiene mucho de simbólico. Apuntemos además que en sus últimos años de una dilatada trayectoria, Harriet  fue una sufragista más y podríamos indicar de forma literal, que era una mujer de armas tomar a tenor de las fotografías, en las que un rifle asoma en su espalda.

Sin embargo, nos interesa más que la medida en sí, los ecos de los debates que han germinado a partir de la misma. Algunos articulistas han resaltado que su elección evidencia la falta de referentes brillantes dentro de la comunidad negra. De otra forma, no entienden que se escoja a una persona que ha sido tachada de demasiado humilde (no es un defecto, todo lo contrario). Suponemos que estos pensadores se habrán escabullido y pasado de puntillas por un siglo XX, que se caracteriza por la irrupción de la música negra. No faltan referentes ni siquiera pensadores que hubiesen estado a la altura de un billete de cualquier valor, sin desmerecer a Harriet y se nos ocurren unos pocos: Ella FitzgeraldLuois Amstrong “Satchmo”, Sidney Poitier Toni Morrison. Es verdad que a pesar de la notable influencia en la música - Goebbels se tuvo que plegar y crear un sucedáneo teutónico ante la pujanza de la música negra en el mundo- y de la presencia de grandes literatos, se echa en falta la aparición de figuras de relumbrón en otros ámbitos, sobre todo en cantidad suficiente. En cualquier caso, esta realidad es más elocuente de una postergación real de la comunidad negra, que se ha topado con miles de barreras que han dificultado su evolución en la sociedad americana, pese a un espíritu de la letra legal, que a veces ha querido borrar las diferencias con recursos absurdos.


Harriet Tubman, protagonista involuntaria de acres polémicas.
Gentileza de la librería del Congreso de los EEUU


Llegamos al punto de la estólida moda de lo políticamente correcto y a una lucha nominalista, porque habría que convenir a priori qué es lo que entendemos por igualdad. A nosotros nos hubiese encantado tener la sensibilidad de Antonio Machado o las dotes en la composición de música de Giuseppe Verdi, pero el azar o la divinidad para quien sea creyente, no nos ha hecho iguales (la igualdad será motivo de otra entrada). En segundo lugar, discutir si los personajes que han de figurar en los billetes tuviesen que ser referentes de calidad en su ámbito, independientemente de su género, raza u orientación sexual (éste es nuestro parecer, aun cuando se respetasen cuotas de género). Recordamos en este sentido un artículo reciente de una feminista muy vehemente que se quejaba con cajas destempladas del machismo que anidaba en los jurados de los premios literarios. Enseguida realizaba una serie de disquisiciones acerca de las mujeres premiadas y los porcentajes irrisorios con los que colmaban sus desvelos literarios. Muchos recuentos si bien, apenas esbozaba razones literarias que serían las que debería esgrimir y las que nos importan a fin de cuentas a los lectores. Entre la nebulosa de sus argumentos, dedujimos que sería conveniente un sistema de turno, por el que en los Premios Planeta, v.g., se reconociese alternativamente a un ganador hombre y a una laureada mujer, a la vez que abogaba por dar visibilidad a colectivos a través de unos reconocimientos, que suponíamos literarios pero que se han convertido a estas alturas en no sabemos qué. Es cierto que las mujeres y muchas minorías encuentran muchísimos escollos para desarrollar una carrera profesional o artística, pero las correcciones que nos planteemos nunca podrán ser finalistas, esto es, que modifiquemos los resultados al final para que el reparto sea más igualitario, apartando obras por razones de sexo y no por  su valor literario o artístico. Este método de discriminación paradójicamente positiva, nos empobrece al conjunto de la sociedad.



Otro articulista muy campanudo del New York Times (NYT) que a raíz del fenómeno Harriet Tubman, nos deleitaba con el final de los viejos esplendores y del oropel asociado a los grandes nombres de la historia, que celebraba alborozado. En los nuevos tiempos reservar solamente la visibilidad en nuestras sociedades a los grandes próceres, sonaba a carpetovetónico y a excesivamente academicista. En su lugar, debíamos respetar en la historia el protagonismo de la microhistoria y de los microprotagonistas, es decir, se abría un camino interesante al hombre común, que también había sido actor importante en los grandes cambios de la humanidad como es el caso de la señorita Tubman. Apuntaremos al articulista que los grandes hombres tampoco cayeron de Marte y que son tan comunes como los otros. Fueron no obstante sus aportaciones, su brillantez innata o su tesón los que les diferenció de la masa.¡¡¡ Si Ortega y Gasset levantase la cabeza y fuese testigo de esta vanaglorización de la mediocridad!!!!Pero la locura post Tubman no cesó aquí, puesto que en la discusión se señaló como relevante el valor de los billetes. Si se imprimiesen ilustraciones de mujeres y minorías en los billetes de valor inferior según este razonamiento, se les estaría minusvalorando claramente en lugar de reconocerles. La solución más ecléctica ha sido la observada en Gran Bretaña, donde sometieron a votación los personajes que querían que ilustrasen su papel moneda. El filósofo y economista Adam Smith cederá su espacio al gran pintor Turner, la excepción que confirma la regla en cuanto a que Inglaterra no goza de buenos pintores ( una falacia por otra parte; ver reseña de Emma Sanguinetti  en torno a este tema, fabulosa como siempre http://emmasanguinetti.com.uy/dime-quien-esta-en-tu-billete-y-te-dire/ ). Aunque el ramillete de posibilidades fue más amplio, desde el inefable Hitchcok, Chaplin, Francis Bacon.   En EEUU este mismo periodista de NYT ironizaba sobre los gustos populares de sus paisanos, puesto que no sería extraño que si se votase en su país, saliese John Wayne o Kim Khardasian a la palestra. Por supuesto, barruntaba esta posibilidad sin ocultar su enojo ni su estima por sus conciudadanos. Con la Caja de Pandora abierta, algunos lectores se preguntaban porqué aparecía la leyenda In God we trust. ¡Un poco de valium, por favor, mejor toda la caja!



John Wayne daría un buen perfil en los billetes de dólar.

Mientras ardorosos nos rebatimos y contraatacamos con mayor fiereza, reflejos de nuestras contradicciones como sociedad, una amenaza puede velar todas nuestras fatigas. Se cierne desasosegada sobre todos nosotros, y probablemente acabe con toda la polvareda que ha generado el debate de Harriet Tubman, si finalmente el dinero electrónico acapara todos los medios de pago. No conoce de personas ni agacha la cerviz ante Dios alguno y por supuesto se muestra gélido  y sólo  a resultas de una operación mercantil. En Europa vivimos como enconadas, posiciones que dividen a los ceñudos alemanes que no quieren renunciar al anonimato ni a la libertad que les brinda el dinero en efectivo, puesto que no es nominativo, frente a los países nórdicos que creen que la abolición del dinero físico, acabará con el fraude y las actividades ilícitas excepcionalmente bajas por aquellos lares. En Finlandia por ejemplo, consultando una matrícula de un vehículo obtenemos todos los datos fiscales de su propietario. ¿Estamos seguros que queremos llegar a dichos extremos de transparencia? Más que techos de cristal, cráneos de cristal.

Hasta los bancos tradicionales ven comprometida su labor de intermediación por las denominadas fintech, que a pesar de lo estrepitoso de su denominación se reducen a que el cliente lleve el banco a su bolsillo y pague y realice la mayor parte de sus operaciones desde el teléfono. El overbanking tiene los días contados en España : todo más visible y transparente, porque como rezaba el viejo adagio del marketing “dime qué consumes y te diré quién eres”. ¡¡¡Menos humanos !!!!Los billetes y las vetustas polémicas acerca de quién sea merecedor de figurar como ilustración en ellos, nos sonarán a reliquias del pasado. Quizá como advirtiese John Maynard Keynes respecto a la manía por la tenencia y pago en oro de sus coetáneos, nuestro trasnochado apego al dinero físico y a la humanización de los billetes a través de los rostros de sus ilustraciones,  no sea más que la pasión por las reliquias de unos bárbaros, muy humanos, claro que sí.


viernes, 22 de abril de 2016

Elegía por el París bohemio y sus estoicas modelos.


Casi nadie se acuerda de aquellos rostros anónimos, que pertinaces historiadores del arte sacaron de las sombras. Como investigadores quisieron dar vida a las protagonistas lacónicas del lienzo, el desnudo sensual que perpetuaba relaciones llenas en algunos casos de procacidad, para las desdichadas familias de las  muchachas. Las modelos sufrían no en vano largas sesiones, expuestas como sacerdotisas vestales a los rigores de los gélidos estudios, a los que con mucho llegaba una estufa de leña, que no siempre estuvo alimentada por la modestia de sus anfitriones. Se ahorraba en calefacción, en ropa, y en alguna comida como recordaba Amedeo Modigliani. Desde luego, que muy tempestuosa fue su relación con la bellísima Jean Hébuterne: la magia de sus ojos le produjo tal embeleso, que el caballero de la trementina se rindió a la joven que esbozaba una sonrisa íngrima, porque había amado desde el primer momento a Modigliani. El artista impartía clases en la Academia Colarossi donde acudía Jean a aprender dibujo, y enseguida se dejaron arrastrar por las corrientes de un amor arrebatador, lo que habría de escandalizar a la familia de la joven, catolicísima. Si Jean se unía a la jarca de artistas de mal vivir y de hetairas que pululaban en derredor , arrastraría por el cieno su propia alma y la de sus más allegados. Ya conocimos por la publicación el triste epílogo de la relación  http://elazoguedemidesespero.blogspot.com.es/2016/02/numero-8-de-la-rue-de-amyot.html  que unió al artista y a una jovencita de fáciles arreboles.  



Midnight Paris, no nos topamos en ningún lugar con Gil Pender


En aquel París bohemio, Ernest Hemingway buscaba los calores de los cafés para abrigarse del frío y poder componer sus maravillosos relatos. Atestiguó con su paso por los veladores parisinos en los que el sacapuntas y su pata de conejo,resultaban infalibles amuletos para que las musas le visitasen, el vivir licencioso de algunos artistas que malbarataban sus caudales en la cima del éxito y mendigaban lacayunos un trozo de pan duro, cuando sus ahorros se habían disipado. Entre los pintores de mayor talento y propósitos más disolutos, emerge sin lugar a dudas la figura de Julius Mordecai Pincas, para la historia del arte,  Jules  Pascin, que nos dejó una buena porción de brillantes acuarelas y lienzos, y del que decía la crítica que si se le sacaba del lienzo, Pincas parecía un pato mareado, dado que el dominio de la técnica por parte del artista de origen búlgaro, se resentía (pura maledicencia, como  la que atesoraba el crítico del semanal Le Charivari, Luois Leroy, que participó en el bautismo de los impresionistas: de ahí la máxima de los creadores, respecto a que todo crítico es un artista frustrado y por ende, un ser algo envidioso). Recordemos que Pascin también fue conocido como el Príncipe de Montparnasse por los jolgorios que solía organizar y que atrajeron sobre él el baldón del escándalo, como bien refleja Hemingway en un capítulo de su libro París era una fiesta:  Con Pascin en el Dôme. 

Pascin,  mientras el escritor merodeaba por el  Dôme y se resistía a sus influjos, es decir, evitaba la tentación de mermar sus ahorros, requirió la presencia de Hem desde una de las mesas que compartía con dos de sus modelos. Hermanas, ambas muy lindas, una rubia y otra morena, que al lado del acuarelista pasaban del llanto a la risa como en una montaña rusa, debido al humor cambiante de Pincas, que en muchas ocasiones como pudo comprobar Hem, dejaba patidifuso a sus acompañantes. El caso es que aquella tarde, tras una intensa sesión de posado las muchachas eran exhibidas por el licencioso pintor que se paseaba con ellas por todos los cafés de París, a dejarse ver en tan grata compañía (El Príncipe aparte de su amor por la farra, era un trabajador infatigable). Una vez sentado con ellos, Pascin presumió de que las noches se le hacían muy largas con aquellas dos féminas ( daba a sobreentender lo evidente). La rubia acremente le repone que ama a sus telas más que a sus pechos, ya que se embebe enseguida en el lienzo tras haber girado rápidamente en torno a la joven, buscando matices a su desnudo y nada de voluptuosidad para su desagrado, suponemos.

 
El impetuoso Mordecai, gentileza de wikipedia


El perpetuo duermevela de Mordecai explica la cara acartonada y las ojeras que enmarcaban su inteligente mirada. Hablaron y hablaron hasta que el resabiado búlgaro inopinadamente le invita a Ernest a que se lleve al lecho a la chica morena, que no había dejado de hacerle morisquetas y posa delante suya como el busto de Nefertiti para resultarle más sensual.El escritor cuenta que rechaza la invitación, a pesar de las evidentes redondeces que adivina en el vestido ceñido de la preciosa faraona, porque le aguardaba en la cripta  de su felicidad parisina, su mujer "ma légitime" y su hijo Bumby. Este episodio ha sido a veces discutido por los metaliteratos , y por más que algunos duden de la fidelidad del indómito Ernest, escuchamos una vez una teoría interesante a este respecto. Que el escritor en cuanto tenía saciado su apetito sexual llevaba a cabo una especie de celibato con el fin guardar sus energías para la faceta creativa. Es verdad, que se convertían en verdaderos fetichistas, elaboraban teorías de lo más peregrinas sobre las energías, y rayaban con las neurosis cuando se estancaban en una línea. No es descabellado que rechazasen a una odalisca por el brillante final de un relato. Al mismo tiempo, se nos ocurre pensar con tristeza, qué hacían unas bellas mujeres posando para un majadero como Pincas, todo talento, pero que tenía salidas extemporáneas como la de aquel día, en la que ofreció como vulgar mercancía a la joven de los cabellos brunos.

Qué magnetismo deberían desprender los genios del arte, para que niñas en lo mejor de su juventud, se desvaneciesen en las catacumbas de las pasiones y de los  esplendores perdidos. Ni siquiera abandonaron a sus amados en el nadir de sus carreras, donde la crítica viendo flaquear al ídolo, lo abatía con más encono. Era un pago por sus desplantes pasados, que el afrentado articulista se cobraba  con intereses de demora.  P. Unamuno firmaba hace unos días un estupendo artículo sobre Caroline, La última musa de Giacometti la prostituta de la que se prendó el gran Alberto Giacometti. En el momento que se conocieron, le triplicaba en edad. ¿Qué le llevó a sentir una pasión desmesurada por un odre viejo? El dio un sentido a su vida. Como cuenta la propia odalisca la primera vez que fue a su estudio, un tropel de bustos y estatuas mudas flanqueaban un largo pasillo, lo que da una idea de las dimensiones del atelier de Giacometti. Y que el arte estuviese por encima de todas las cosas para su amante, tanto que despojada de sus prendas por primera vez, y con la congoja de que les sorprendiese la légitime, Alberto sólo tenía ojos para medir y templar la perspectiva, captar los retazos de su cuerpo que luego plasmaría en lienzo o brotarían de los materiales, que utilizaba para la escultura. Ni un solo instinto libidinoso crispó sus facciones, recuerda la bella Caroline, cuando Alberto se embutía en el mono de artista.  

Pero no siempre fue tan frágil la existencia de las modelos como constata Emma Sanguinetti en su entrada Cosas de mujeres, pues hubo féminas que impusieron su férrea voluntad a los veleidosos varones. https://arteemmasanguinetti.com/2016/03/11/cosas-de-mujeres/  Valga el inciso para reseñar la labor de Emma, prestidigitadora de las palabras,que se mueve con desenfado por sus párrafos y que nos va desentrañando con mucha pasión los entresijos del mundo del arte. A vuelapluma consignaremos que Emma nos describe en esta publicación los maravillosos derroteros a los que se aferraron el pintor James Abbot Mcneil Whistler y su modelo, Johanna Hiffernan, la mujer de su vida a fin de cuentas. Una historia más convencional que la del trágico pintor Pascin, aunque ella se convirtiese en el reñidero sentimental de Whistler y del famoso Gustave Courbet, hasta el punto que como explica Sanguinetti, los historiadores del arte especulan que el sexo descarnado que aparece en la célebre obra de Courbet, El origen del mundo, perteneciese a Johanna. Whistler y su modelo  vivieron más de seis años casados, hasta que el desamor llenó de azogue su relación. Con todo, siguieron teniendo unos vínculos muy estrechos, e incluso,Hiffernan cuidó de algún hijo natural de su siempre amado James Abbot Mcneil. 


Jean Hebuterne, diosa de Modi, por gentileza de Wikipedia


Podríamos para acabar con este largo post, alegar que en este viaje en el tiempo que emprendimos con las mejores intenciones, no nos topamos con Gil Pender, el idealista personaje de la película de Woody Allen, Midnight in París, interpretado por Owen Wilson,  que nació en una época extraña para él, el siglo XXI. Habrá recurrido a otras puertas del tiempo, suponemos ( tampoco hemos visto a ninguno de los agentes del Ministerio del tiempo, ni al socarrón de Einstein, del que dicen que descubrió el misterio de los años y su discurrir, de forma que se encuentra viajando por él eternamente). Por otra parte, nos hemos dejado en el tintero insignes personajes de la noche parisina de la época, como Kiki por la que Man Ray lloró hasta la extenuación tras su muerte. O el dramático final de Pascin, que no borra su legado como majestuoso pintor. Hágannos el favor, admiren sus cuadros en exposiciones, museos y visiten alguna página web donde aparezcan  sus obras.  Volveremos sobre aquel período pecaminoso, que escandalizó a la clase media de entonces y que en nuestros tiempos, se contempla con un venero diferente. Por supuesto, tendríamos un ramillete extensísimo de grandes mujeres artistas, que dejaremos también para otra ocasión. 

martes, 19 de abril de 2016

Cine, la agencia Pinkerton y los guiones literarios.



La editorial RBA para solaz de los seguidores de Dashiell Hammett recuperó hace unos años un magnífico cofre, repleto de sorpresas y sobre todo de los relatos del aclamado autor desperdigados en las distintas editoriales del género negro como Black Mask (1), que publicaron sus obras. En este sentido, Disparos en la noche no resuena con la oquedad de las balas perdidas, muy al contrario, junto a un prólogo vibrante de Enrique Hériz, su traductor, inmejorable oficio por lo demás para ejercer la literatura y darle una pátina de buena prosa a cualquier engendro, podremos disfrutar de la evolución del gran escritor de novela negra, en el que se intuyen las maneras y formas que irremisiblemente desembocaron en su creación más perfecta, El Halcón maltés. El ídolo español, El Halcón maltés, un tótem o figura que por su valor perturba a quien se le arrima y es objeto de más de una tenida, inspiró una fabulosa película de John Houston, sin duda el mejor Houston que es decir mucho,  el enamorado secreto de Ava Gardner, que cuando se cansaba de sus halagos, venteaba ráfagas de malas pulgas y mandaba al cineasta a que se consolase de sus ardores con jovenzuelas veinteañeras. La actriz macerada por numerosas madrugadas de excesos, no había disminuido ni un ápice su atractivo.

Huelga decir que en la versión de Houston participó Humprey Bogart, que encarnó como nadie el papel del duro detective Sam Spade, que tanta influencia tuvo en las generaciones venideras. Ni siquiera un magistral Robert MItchum en la piel de Philippe Marlowe se le acerca, pero son con todo apreciaciones muy personales. Tampoco nos olvidamos de la interpretación de la partenaire de Bogart en el filme,Mary Astor, cuya voz grave estuvo cerca de arrumbar  como un descolado mueble viejo su prometedora carrera. Una mujer de aspecto frágil que sufrió la transición al sonoro como pocas estrellas. Su habla masculina era un verdadero dolor en el sonoro, destruiría la carrera de cualquiera: el representante de la señorita Astor le recomendó que se orientase hacia el mundo del canto, por la rotundidad de sus cuerdas vocales. Afortunadamente, el inveterado director la rescató del ostracismo, pero fue verdaderamente el arquetipo de mujer fatal muñido por Hammett que se adaptaba a su extracorpóreo gorjeo, lo que hizo brillar a la angelical señorita Astor de nuevo. No en vano, como dice Enrique Hériz, muchos de los personajes  de Hammett parecen urdidos en el tópico más recalcitrante, aunque la mujer de una belleza que perturbadora tienta al héroe para que emprenda el camino pecaminoso, aparece por primera vez en sus relatos y en sus novelas.




Mary Astor, su transición al sonoro fue una
verdadera vía dolorosa

Hace poco un escritor de renombre nos confesaba a un auditorio apelotonado en torno a su mesa, que Bogart había sombreado de incertidumbre sus años mozos. En qué pensaría mientras se aferraba en la escena a una colilla moribunda, boqueando estelas de humo azules, para proferir con una parquedad encomiable las palabras justas. Fue desde luego algo a imitar por los ahora sesentones: únicamente decir lo imprescindible para captar la atención de la chica guapa del barrio. En aquella tertulia que se celebraba en el Centro Cultural Gloria Fuertes de Madrid, el escritor se rendía ante la locuacidad del actor que decía mucho con pocas palabras, hasta que alcé confuso el dedo, a fin de aclarar que se refería a los sagaces diálogos de la novela negra, y en este caso a Hammett y a su epígono más conspicuo, Raymond Chandler. Eran tan brillantes y cuidadas sus conversaciones, que muchos directores y guionistas se limitaban a plasmarlas fielmente según aparecían en las propias novelas. Es sabido que Dashiell se ganó un hueco entre la dura fauna de los guionistas, que florecía por aquel tiempo en la meca del cine, y no es de extrañar dado que su estilo narrativo poseía mucho de los rubros cinematográficos. Con todo, fueron los tiempos del guión literario y de la respuesta redentora. ¿Quién no soñó frente a la realidad de nacionalismos del reñidero europeo de la IIGM reivindicar como Rick en Casa Blanca, la nación de los borrachos? I walked with a zombie del gran director de cine Jacques Tourneur, en la que la noche la pueblan espíritus extraños al mismo tiempo que los protagonistas  en una embarcación zarandeada mansamente por una calma chicha, hablan de las estrellas como posibles fósiles errantes. La muerte acecha hasta en los diálogos,  palabras furtivas y caras arreboladas por el frío nocturno. Sin duda, antiguamente los guiones destilaban una poesía que unos pocos nostálgicos añoramos. 

Pero los diálogos no son hallazgos fugaces, como nos consta a través de los testimonios que de la vida y del oficio de Raymond Chandler nos han dejado personas de su entorno. El otro divo de la novela negra tenía fama de obsesivo ( un Picasso del género narrativo) y echaba horas frente a las galeradas de sus relatos: raro era no verle removiendo  sus gafas, buscando un punto de visión que le aclarase ese párrafo que le resultaba malsonante, o con el afán de agregar algo más de chispa a sus diálogos, que en ambos casos y en nuestra humilde opinión, son más que excelentes. Su editor acababa picado en su moral por las dilaciones en las entregas que obedecían al afán enfermizo de perfección de Raymond. Aunque merecía la pena la espera, porque ¡¡¡qué ocurrencias fraseaba con desdén Marlowe!!! En nuestro caso, muchas generaciones después, nos hubiese gustado estar a la altura e igual de lúcidos que Philippe, para intervenir con laconismo e ingenio en conversaciones donde una bella mina reclama la atención de varios hombres y gira como una peonza hacia quien lleva la voz cantante. Por lo demás, la sordidez de los personajes hamettianos, que buscan desesperadamente un golpe de fortuna que les ayude a cumplir con sus sueños, nos evocan a los mejores tangos a la vez que nos conmueven. Viejo smoking que sirve de almohada a un demediado galán: "Campaneá como el cotorro va quedando despoblado." Les dejamos que la recree en la voz de Carlos Gardel  o de Julio Sosa Como en el tango, primero fueron las letras y luego la música, en la novela negra primero fueron los diálogos, en nuestra modesta opinión....y muy de cerca sus tramas, que son un espejo muy fidedigno de la realidad. Porque a diferencia de los perspicaces investigadores que probablemente iniciasen su andadura con Edgar Allan Poe en su célebre Los crímenes de la calle Morgue, Hammett alumbró unos personajes muy apegados a la calle, cuya forma sería repetida con matices por sus más que dignos herederos (John Banville ha sido de los últimos que me ha cautivado, pero hay buenas porciones de ellos, que han madurado más la psicología de los personajes).
   

Sam Spade tuvo que negociar con muchas de éstas


Siguiendo con Dashiell la necesidad garbancera (2) llevó al definidor del género negro y del nuevo detective, a escribir relatos de manera poco esperanzadora al principio. La falta de peculio y lo poco remuneradora que era la actividad de escribir relatos si se carecía de nombre, rociaron de amargura sus reflexiones mientras andaba solitario por las calles en busca de cuartos . Sin embargo, el éxito no tardó en llegar. Su situación era bastante precaria, pues como antiguo combatiente en la Gran Guerra tenía derecho a un parvo subsidio de ochenta dólares mensuales, que muchas veces llegaba con demoras que no entendían de las necesidades de su hija. Se había casado recientemente, y había perdido su puesto la Agencia Pinkerton por la dichosa tuberculosis que le acechó de tal modo, que aún superada su convalecencia, no pudo llevar a cabo  jornadas muy intensivas de trabajo puesto que su salud había quedado muy mermada. No obstante, la breve experiencia de agente en Pinkerton le servirá para dar más verosimilitud a sus historias,  un bruñido de realismo que sigue fascinando a los lectores de todas las generaciones. 

Por otra parte, la evolución de la mujer y la incitación más que al pecado a la corrupción del héroe hamettiano es muy clara en la trayectoria del autor. En algunos relatos iniciáticos, las dudas que siembra el personaje, si es el Agente de la Continental, gris y algo panzudo, agostado por la edad, que renuncia a los encantos de una fémina, cuyos besos son la lujuria, va cediendo. A medida que prospera en Black Mask, sus protagonistas abrigan más incertidumbres, a requerimiento de la editorial que cree conveniente argumentos menos pusilánimes. Los discursos en los que esgrime las razones para renunciar a su putrefacción moral, se llenan de sólidas réplicas. El agente que se abisma en los labios pecaminosos de la femme fatale, representa en el fondo al lector medio de Black Mask, mediocre ciudadano que busca un resquicio para exorcizar sus frustraciones.Cuando abre las páginas de la revista, se mete en la piel del Agente de la Continental y se dice a sí mismo, que él también podría ser tentado por el encanto del mal. Un espejismo en sus vidas grises, entre sus anhelos oscuros, que supone un soplo para continuar viviendo, que es de lo que trata muchas veces la literatura. Hammett fue sin duda uno de nuestros más fieles aliados.




Deliciosa recopilación de relatos de Hammett



(1) Black Mask es la más famosa de las revistas Pulp, que presumían en sus portadas y en su contenido de la violencia como reclamo. No es de extrañar la evolución en las obras de Hammett, algunos especialistas creen que esta revista y su editor tuvieron una influencia decisiva en el desarrollo por ejemplo de sus personajes, que se vuelven más violentos y que exigen un discurso menos ñoño para justificar su renuncia a los cantos de sirena del mal, más acorde con el gusto del lector de la revista, que quería como decíamos, salpimentar sus vidas insulsas. La renuncia del héroe hammettiano es una renuncia del ciudadano medio a las tentaciones que supone la bellísima femme fatale en el supuesto de que abdicase de su papel de fiel cumplidor de la ley. No es de extrañar ese amor por la violencia muy evidente en Quentin Tarantino que se inspiró como lector de culto de Black Mask para filmar Pulp Fiction - recordemos  que la revista cerró en la década de los treinta - En nuestra opinión, el talento de Tarantino se ha pasado algo de tuerca, cuando se recrea en exceso en una violencia demasiado gratuita en ocasiones.    (Ver reseña de la revista, gentileza de Wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Black_Mask_(revista) )


(2) Así definía nuestro Antonio Machado, uno de nuestros más grandes vates, la necesidad de buscarse la vida. La poesía sí que estaba denostada por el gran público, que en cambio, apreciaba el relato y se gastaba sus ahorros en revistas que estaban granadas del género narrativo breve. Scott Fitzgerald se quejaba  a Hemingway de la fría acogida que había dispensado el gran púbico a la novela El Gran Gatsby y por el contrario, qué bien cotizaban sus relatos que eran muy apreciados por el lector. Más tarde, El Gran Gatsby sería la obra que más derechos de autor generaría a los herederos de Fitzgerald. 
  

sábado, 16 de abril de 2016

Un año en el otro mundo


Podría parecer a tenor del título, Un año en el otro mundo, que Don Julio Camba regresase de ultratumba con sus manos lechosas y entre cendales de neblina, para relatar sus experiencias del otro mundo a los vivos. Algún lector fantasioso, trémulo y lleno de congoja, creerá atisbar la voz de la medium, que nos impreca para que nos acerquemos a la luz y escapemos de la seductora estampa del señor Camba, pero sobre todo de su facundia que como una telaraña atrapaba a sus lectores, que más que eso, eran verdaderos devotos. Danzamos en nuestra imaginación feraz entre las hileras de tumbas de La Almudena, hasta que por ensalmo se disuelve el recuerdo del periodista y escritor, que sobrevuela las azoteas de Madrid, para convertirse en el eco de nuestro aburrimiento. Porque más que un año, ha transcurrido un siglo desde que Don Julio escribiese sus crónicas americanas para ABC, por lo que a ese lector que estaba adormilado, se le desembotarán los ojos como si hubiese recibido un sopapo repentino. Azuzado por la curiosidad, mala compañera aunque nos entretiene lo suyo, se preguntará porqué el enviado especial del rotativo de los Luca de Tena  hablaría del otro mundo cuando en realidad se refería a la Gran América, amarradero para los mayores soñadores de entonces y del presente.

Creemos de todas formas que cuando lea este hato de artículos que el autor de La ciudad automática recopiló para dar gusto a su legión de lectores y también para llenar sus bolsillos exangües de algo de peculio, más que chocarle las estampas neoyorquinas de entonces, le asombrará cómo nuestra forma de pensar se ha ido acercando peligrosamente a la americana y la suya, apenas ha variado. En algunos casos para bien, puesto que la globalización nos ayudó a escapar de nuestros localismos más claustrofóbicos y en otros, hemos olvidado nuestros referentes más mediatos: sin pecar de ser en exceso sotanudos, reseñemos que las líneas se han desdibujado mermadas por una porosidad cultural, que hay que valorar sin apriorismos maniqueos. John Maynard Keynes escribía a principio de siglo XX, que el ciudadano británico medio podía desayunarse el té indio en una loza francesa, y tomarse una onza de chocolate suizo mientras se madruga con las noticias que vomita un aparato de radio alemán. En nuestro caso, suenan los arpegios del bandoneón de Ernesto Baffa o de una cantante de fado hermosa y cetrina como Ana Moura, en una tarde lluviosa madrileña, a la vez que aporreamos una computadora japonesa en un intento de acabar con decoro una buena porción de líneas. Cuando Camba escribía, por aquel entonces, Nueva York ofrecía al abrumado viajero europeo una impresión de ciudad mecanicista y la denominada primera globalización daba sus últimos estertores con la Gran Guerra

El mundo soñado por Karel Čapek en RUR, obra fantástica y terrorífica, que anticipaba la rebelión de los androides mucho antes que Stephen Hawking y que sobre todo, brindó a la humanidad el neologismo de robot que desde entonces es el más recurrido para llamar a los autómatas, cobraba vida en Nueva York. A Don Julio le invade una sensación extraña cuando el gentío se mueve con perfecto sincronismo, que para el profano en los arcanos de la ciudad de los rascacielos, le llevan al borde del síncope por tanto frenesí medido. Plataformas móviles que le transportaban de un lugar a otro como si la ciudad ejecutase un ballet coordinado; un tranvía que chirría para aparecer de repente de entre los grandes edificios y que viene realmente de la nada; los autobuses ¡¡¡qué para colmo, son puntuales!!!  -  no obstante, se lleva algún pisotón que otro en el suburbano y se queja amargamente de que los codos salen a pasear más de la cuenta entre gentlemen. Las fábricas-  EEUU es el Olimpo del sistema fabril y Henry Ford su profeta-  reclaman en otro lugar la atención de nuestro curioso compatriota que observa ese compás riguroso que también se traslada a aquel entorno y que apenas permite tomar resuello al obrero . Recordemos que el inefable Chaplin reflejó con mucho realismo en Tiempos modernos. los excesos del taylorismo y de la Organización Científica del Trabajo llevados a extremos. 



Chaplin, el artista de los mil veinticinco dólares a la semana.


Aflora en sus artículos por otra parte la franqueza descarnada del americano medio, del que hace un retrato demasiado acre quizá. Una especie de Mr Danger como el personaje de la novela Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, fanfarrón que sólo sabe hablar de cifras y de dinero. Algo violento en las ademanes para el gusto europeo, raro es según el señor Camba no escucharle vociferar por razones que se le escapan a uno y que luego cabría interpretar como alegría ( se hizo una telenovela de Doña Bárbara que no le llega a la suela de los zapatos a la obra literaria). Sin mayores preámbulos nos interpelan con cuánto dinero ganamos, por  si nuestro caché es tan irrisorio que no merece la pena seguir departiendo con un don nadie ( son apreciaciones de Don Julio). Pero quizá lo que más enojo le produzca y de lo que más se queje el insigne periodista, sea de que se mida el talento en el fiel de la balanza del dinero. Sale a colación Caruso, (primer hit parade de la historia, con los balbucientes gramófonos),  que agota las entradas de sus espectáculos americanos porque es el artista que se anuncia como el cantante lírico que cobra más de mil dólares por cada representación. Nadie habla de sus indudables cualidades líricas, si no está por medio el marchamo de un gran contrato, el artista no merecerá la pena. Así, se barajan en los artículos de Camba cifras mareantes por entonces, como los 1025 dólares por semana que percibía el célebre actor británico, Charlot. 

Es curioso, aunque el mismo Don Julio como buen cinéfilo se mostraba muy preocupado por el futuro del cinematógrafo -  se utilizaba esta palabra tan pomposa para el invento de los hermanos Lumiere- porque como refleja en este prontuario de artículos, el humor americano es muy físico, y está dejando su impronta en el cine en tanto se impone en el gusto del gran público, que lo demanda en cualquier lugar del orbe. Hasta Lenín lo consumía sin poner reparos por tratarse de cine capitalista. Un señor orondo contrapuesto a uno extremadamente delgado sin mayores argumentos que medien, más las carreras de los héroes despavoridos, como Buster Keaton o el gran Roscoe Arbuckle, restaban en opinión del corresponsal de ABC la hondura que se le presumía a un arte, el séptimo, como el cine. Sin duda, delataban las producciones americanas el ansia de soltar lastre en forma de metraje, para recaudar lo más prontamente posible. De esta forma, los guiones resultaban muy poco esmerados ( ¿¿¿ no nos suena esta diferente óptica y la denuncia del cine excesivamente comercial de Hollywood por parte de la clase intelectual europea???). La idea de improvisación de la que nos habla el articulista español coincide en parte con la imagen que nos transmiten obras serias que relatan las vivencias del período de los pioneros del cinematógrafo. Era verdad, como reseñaba el gran Camba, que los cineastas americanos no se quebraban mucho la cabeza y en las primeras producciones se apostaban a las puertas por ejemplo de la estación de bomberos, para seguir la estela del camión en cuanto acudía a un siniestro. Llevaban a su protagonista para que fingiese mientras trabajaban los bomberos, las cabriolas más fantasiosas, que despertaban el interés de un publico, por supuesto mucho menos exigente que Don Julio.Unos exteriores muy improvisados y baratos. 

La mecha del éxito inmediato prendió en medio mundo, y las películas se filmaban con rapidez para pasar raudos por caja. Años más tarde, nos sorprendió una crónica imbuida de tristeza, en la que nuestro periodista analizaba la irrupción del cine sonoro, que desandaba mucho camino del llevado a cabo por los protagonistas del séptimo arte hasta entonces. Decía con arrobo y melancolía, que el sonido y las conversaciones acabarían en primer lugar con la universalidad gestual del cine. La tristeza y la alegría se plasmaba con carantoñas que para el lenguaje actual del cine pecarían de histrionismo. Las traducciones, como buen traductor, se dejarán buenos jirones entre los intersticios semánticos de los idiomas. Y las conversaciones desviarían nuestra atención en la pantalla a otros lugares, Este análisis que sorprende a priori, luego adquiere matices que nos ayudaron a entender el complejo ensayo Galaxia Gutenberg. La costumbre nos hace aprehender lo que ocurre en la pantalla de una forma predeterminada. 

Por último reseñar dos cosas que consignó el protagonista de nuestro post. El apego de los americanos por la tecnología, de hecho, un profesor reconoce a Camba lo poco que se lee en su país en general y casi nada de poesía, pese a que cuenten en su nómina con notables vates. Aduce algo confuso el docente, que el americano es perezoso y que las páginas y los libros le parecen algo vetusto, que ellos son un pueblo que aman la tecnología ( ochenta años después vino Apple). Si se le brindase a ese granjero la oportunidad de escuchar un libro o poesía a través del gramófono, atraído por la novedad, seguro que se enganchaba a lo que él consideraba más elevado, como era la profesión de invocar  a Safo . A todos se nos ocurre Walt Whitman. cuando hablamos de poetas americanos Oh capitán, mi capitán, nuestro terrible viaje ha terminado , o casi, ya que otro anzuelo para la lectura de Un año en el otro mundo, es que el gran corresponsal coincidió durante su estancia en Nueva York, con un período muy interesante de la historia americana. El país se debatía entre su eterno aislamiento y la intervención en la lejana guerra europea, además Camba da fe de la abundancia de los negocios que a costa de del drama europeo viven una dorada bonanza.  Conviene tener en cuenta en cualquier caso, aparte  del aislacionismo tradicional de los americanos, el peso de la población alemana en dicha sociedad. El articulista  calcula que una cuarta parte del pueblo americano era alemán o de familia de aquel país, de ahí, la rémora que significaban estos compatriotas asimilados para Wilson, defensor de la intervención.


Se queja el Evening  post en el año 1916 de que si en lugar
de los fastidiosos libros, hubiese fonógrafos que reprodujesen
poesías o libros enteros, en América se leería sin duda más.


El escritor describe un ambiente vivido con mucho encono, con las manifestaciones y las dos posturas que abiertamente enfrentadas, dividieron a la sociedad.El candidato y Presidente Wilson denuesta  a los oriundos germanos con el calificativo de hyphenated, por su condición de germano- americanos,separados por un guión:hyphen.  En esta guerra, vociferaba un Presidente y candidato que era tenido por intelectual, los hyphenated se debían decantar por ser americanos o alemanes. No había sido suficiente motivo para la intervención en una sociedad  escindida, que se hundiese el Lusitania ( que también cargaba con material bélico) o que Alemania violase la confianza al prestar el cable de la embajada americana en una legación europea, para sus comunicaciones transoceánicas- recordemos que la Royal Navy cortó el cable telegráfico transoceánico alemán y utilizaron con la deferencia de los inocentes gringos dicha embajada para transmitir el ominoso telegrama Zimmerman, donde los alemanes se comprometían a prestar respaldo a una rebelión mejicana contra los estadounidenses– El Presidente americano, tuvo que agitar con sus encendidos arreboles la conciencia nacional de los americanos.     Otro encanto del libro es que seguiremos de la mano de un gran periodista, aquella campaña de 1916, que sembró el legado para una política exterior americana diferente y que hemos apreciado desde entonces, con episodios intermitentes de laconismo. 

Esperamos sinceramente, que esta publicación como decía Gertrude Stein no sea "inaccrochable", palabro con el que castigaba a su amigo Hemingway, cuando juzgaba aquellos relatos que consideraba impublicables. Creímos de justicia sacar del baúl de los olvidos a Don Julio Camba. En él se transfunde la literatura, más bien en sus artículos- con el periodismo. Su estilo rechinará más en el lector contemporáneo, pues hablar de temas serios y que te asalten a la vez mil y unas figuras retóricas, sobre las que brincan a su vez, voces y palabras musicales, debe resultar extraño cuando menos. Hay pocas figuras y parangones modernos para Don Julio, dado que la vieja estirpe del periodista literato hace mucho tiempo que pasó de moda. Raúl del Pozo firma alguna que otra crítica con dignidad y sobre todo el desaparecido Francisco Umbral, grande, grande, grande, son y fueron los últimos cantos de cisne de un periodismo hecho arte.   


Amarradero de vanas esperanzas, que se vislumbra en Ellis