jueves, 31 de marzo de 2016

"Nostradamus" Napoleón despierta a América y Rusia



De sobra son conocidas las mañas del general corso en el campo de batalla: gran estratega hasta que se topó con el Duque de Wellington, había cosechado sin embargo a lo largo de una dilatada trayectoria bélica, muchos sinsabores ( los laureles postraron a toda una poderosa Europa). Como la perdición de divisiones enteras que después de tomar Moscú, se batieron en una retirada que el General Invierno y el desorden de las tropas, convirtieron en un reguero de muertes. Nadie entendió el caos que prendió en las filas del gran ejército francés; la murria que acogota a las masas cuando luchan desesperadamente contra la grandes dimensiones inasibles de la naturaleza rusa, quedaron fielmente reflejadas en la magistral Guerra y paz de Tolstoi. Sin quererlo fueron un precedente de las tropas nazis, que no escarmentaron a pesar de la tozudez de la historia, que nos desvela muchas enseñanzas conservadas en formol, pero audibles para quien las quiera escuchar, pese a que sus reverberos se hubiesen extinguido hacía muchos años.

Así como sentenciase Margaret Thatcher : “ toda revolución acarrea un dictador”. Su declaración tenía más bemoles al realizarlas en el marco del Segundo Centenario de la Revolución Francesa, y porque sorprendieron a un desprevenido Jacques Chirac por su animosidad  y cuestionamiento del hecho histórico francés, que  la Dama de Hierro interpretaba más bien como de remoción de los derechos humanos. En una cena donde se habían afilado los cuchillos y no precisamente para comer, Chirac no salía de su perplejidad y mantenía una sonrisa estólida. La Thatcher defendía La Revolución Gloriosa (1688), por ser infinitamente menos cruenta, ya que no arrastró a todo un continente a la guerra. Muy cercano a los posicionamientos de la lideresa conservadora que no tuvo remilgos para aplicar sus ideas con inusitada entereza y en algunas ocasiones demasiada fe ciega, se encuentra también el gran escritor cubano, Alejo Carpentier, que en El Siglo de las luces, obra maestra sin paliativos de la literatura escrita en español, pone en solfa los grandes valores de los ejércitos napoleónicos que al fin y al cabo ejercieron en las islas una tiranía más dolorosa, que la esclavitud que venían presuntamente a abolir. Todo es verdad, que instigados por la lucha del ideal revolucionario, por los que cabía poner en cuarentena esos mismos ideales que acarreaba el hecho revolucionario. Por aquella época, los sueños de La Revolución habían muerto con los sueños de grandeza del corso, aunque esto merecería una reflexión aparte.


Napoleón, gran personaje de la historia.


Pero más que los juegos de estrategia de Napoleón, que le emparentaron con su admirado Gran Alejandro Magno, o sus inconsistencias ideológicas, casi nadie conoce sus dotes adivinatorias.  Cuentan que postergado por unas fiebres en su cementerio de elefantes particular, la Isla de Santa Elena, “ en el lecho del dolor” como se decía antaño, aventuró que las dos próximas superpotencias que dominarían el mundo serían en primer lugar Rusia, que a pesar de su atraso gozaba de un territorio que tornaba al país en un lugar indómito por cualquiera que se adentrase en su interior. Él lo había experimentado en sus propias carnes o mejor dicho, en el trasero de sus soldados. La segunda potencia en discordia sería EEUU. Sin duda el corso admiraba la resolución de los americanos, mucho antes de que Tocqueville escrutase la sociedad americana en su famoso opúsculo dividido en varios volúmenes La democracia en América. Los vínculos entre los revolucionarios americanos y franceses fueron muy fluidos, de ahí que Bonaparte tampoco hablase desde el desconocimiento absoluto respecto al nuevo gigante emergente ( Lafayette por citar a uno, tuvo una intervención muy conspicua en la insurrección norteamericana).

Luego el país americano atravesó un camino umbroso, lleno de asechanzas. Una Guerra Civil que estuvo a punto de fracturarlo entre los estados abolicionistas y los esclavistas, supo en cambio superar sus confrontaciones todavía muy latentes en el siglo XX, para tomar la vitola de superpotencia. Como curiosidad, recomendaría leer las controversias que relativas al censo de electores y su reflejo en el parlamento de la nación, avivaron los debates en los cafés y plazas americanos del siglo XIX. Paradójicamente los suristas querían que en el recuento de parlamentarios cada ciudadano “negro” contase como 3/5 de un elector blanco para asignar la representación de parlamentarios a cada estado ( el porcentaje variaba en las negociaciones). El Norte no quería que la población “negra” contase para este particular. Los pensamientos del lector siempre atinados, oscilarán entre los que ataquen el cinismo de los sureños ( para esto sí que cuentan sus esclavos) y el Norte, que a estos efectos no contaban con ellos.  

Sigamos no obstante. Lo que queremos analizar en realidad más que las previsiones nada desencaminadas de Napoleón, son las razones del desarrollo posterior  de la Gran América, que le llevó a convertirse en la superpotencia industrial mundial, lo cual no fue, ni mucho menos casualidad. Resulta cuanto menos curioso, que Gran Bretaña no aprovechase el ímpetu que le insufló la Revolución industrial, y su tupida red comercial, gracias a la malla creada por el Imperio Británico, que además, con la Royal Navy, gozaba de unas comunicaciones muy seguras. Es lo que los economistas llamamos el path dependence, es decir, muchas veces el camino elegido marca las elecciones del futuro. Con lo cual, una planta desarrollada con la tecnología del vapor, una mayoría en UK, presentó grandes desventajas con relación a las plantas eléctricas que empezaría a aflorar en Alemania a partir de 1860. También EEUU va acercándose y al final del siglo XIX supera a ambos países europeos. Estamos en el siglo XX y ni siquiera la etiquetación con el MADE IN GERMANY, que apela al espíritu patriótico pero que se convierte en el sello de calidad, arredra a los consumidores de la isla para que sigan comprando productos alemanes.


La vida que alimentaba las viejas fábricas se extinguió.

En EEUU el salto cualitativo fue todavía mayor que el llevado a cabo por los teutones, debido al taylorismo y su reflejo en el fordismo, junto a la estandarización de la fabricación. Los americanos se convierten en el mayor polo de irradiación productiva del mundo, al punto que el telegrama Zimmerman que metía de lleno a los estadounidenses en la Gran Guerra, así como la temeridad con la que abrigaba esta intervención el Kaiser, provocó el estupor en muchos diplomáticos germanos. Ellos sabían a ciencia cierta, que más que su ejército, serían las fábricas de la nueva potencia, las que desequilibrarían la guerra en el medio plazo. Por eso, todos sus esfuerzos se enfocaron en ganar de un zarpazo una contienda estancada en las trincheras durante años. Antes de que la maquinaria bélica americana abasteciese a sus enemigos. Dejaremos, para otra publicación, las implicaciones sociológicas y por no ser muy pomposos, no diremos que morales y filosóficas del despliegue fabril americano. El gigante despierta a pesar de su aislacionismo. 

martes, 29 de marzo de 2016

Yo también amé a Ava Gardner


Infamantes ojos verdes de Ava Gardner que suplicaban ser amados e invitaban  al pecado en un país, que aún se debatía en una larga posguerra y en un carrusel de penitencias. Lugar de crisantemos, gasógenos, cartillas de racionamiento, y contención. Por eso en Madrid todavía rememoraban la estela del Buick azul de Manolete como si fuese la cola de una nave espacial, no vano, los transeúntes se paraban en seco, para admirar el venero de su chapa metálica en pleno Paseo de Recoletos. La economía entretanto había cobrado lentos impulsos tras el delirio de la autarquía gracias a que el Plan de Estabilización, que trajeron los tecnócratas de López Rodó, comenzaba a rendir frutos ( asimismo trajeron las bases para la posterior crisis bancaria).Se entiende entonces que la llegada de Ava Gardner en los años cincuenta fuese como un ciclón. La estampa de una mujer con sus curvas y labios suculentos, nada desdeñosos, que se paseaba garbosamente y se dejaba ver en los tendidos, despertando los ayes en un público masculino que entornaba sus ojos veladamente, para observar a la prodigiosa diva americana - el animal más bello del mundo en palabras del gran director de cine John Houston. La estrella hollywoodiense, despampanante como tantas otras féminas del país, mucho más bella era cierto, se relacionaba para asombro de los lugareños con la farándula y la nobleza española. Si provenía de mundos lontanos, cómo le gustaba la jarana y salir trastocada por el agua con misterio ( la realidad era que Ava necesitaba algo de frivolidad para olvidar el horror de un aborto y buscó la alegría en España, un país que había conocido durante el rodaje de Pandora y el holandés errante).

 Fernando Vizcaíno Casas, escribió que en España todo el mundo se desvivía por Celia Gámez, hasta que la musa de los años treinta y cuarenta se casó, y el poso de lo añejo, por deletéreo, rebulló en sus párpados y en su cuello. Celia fue perdiendo encanto, la que cantaba aquello de que te ondulen con la permanent en Las Leandras, se apagaba en el firmamento masculino pero quedaba el recuerdo de sus dos piernas, que fueron como dos jambas robustas en las que se recrearon los sueños eróticos de la posguerra, más proclives a la escasez (ni en sueños se invocaba la abundancia). De aquéllas venían los hombres de nuestro país, cuando llegaron los americanos y sobre todo las americanas. Todos recordamos el retrato ácido de García Berlanga en Bienvenido Mr  Marshall y cómo se imploró esa ayuda económica que fue denegada al no ser España un contendiente de la Segunda Guerra Mundial (IIGM). Antes de seguir, un inciso, cuentan que cuando el embajador americano iba a recoger sus credenciales al Palacio Real, los banderines de promoción de Bienvenido Mr Marshall habían ondeado durante el camino del legatario americano, que no salió de su perplejidad en todo el trayecto. Así, con cajas destempladas a su llegada al Palacio Real, se quejó amargamente de la encerrona ya que creía que había sido una cuestión urdida arteramente por la dictadura  (perdón por la digresión pero creí divertido contar la anécdota).

Sabemos que el deshielo en las relaciones con EEUU llega con la Guerra Fría, lo que puso a nuestro país en el mapa. Su clima benigno, los bajos costes laborales y la seguridad, hizo que se trocase en un gigantesco plató que atrajo a la Bronston y otras grandes productoras de Hollywood, que filmaron una notable vida del Cid, Cincuentaicinco días en Pekín en Las Rozas entre otras grandes películas.  Muchos artistas desembarcaron en nuestro país: Hemingway populariza todavía más los sanfermines, por lo menos para el gran público americano, y Orson Welles fue un asiduo de los tendidos, en los que el peso de la tragedia gravitaba sobre el redondel. Pero fue sin duda Ava Gardner la que atrajo más focos y la determinación de fabular de algunos ejemplares del sexo masculino. De esta manera, los tarambanas más pintados y elocuentes habían llegado a sostener escarceos amorosos con la actriz americana, meras invenciones ; humoristas y flamencos alardeaban por su parte de haber tenido sus más y sus menos con la rijosa prima donna de Hollywood. Hasta el Fary abría la boca con desmesura cada vez que refería el episodio de cómo aquella tremenda mujer se aposentó en la parte de atrás de su taxi. Por el retrovisor merodeaba con sus ojos por las curvas de la Gardner, mientras conducía como un autómata ( la actriz no era sin embargo la joven rumbosa de los cincuenta).
  

El tópico del romance del torero (George Raft) y de la actriz en Hollywood

Sí fueron públicos en cambio sus devaneos con Mario Cabré, un torero y actor catalán que según los entendidos, era un clase media del mundo taurino y de la gran pantalla. La excusa que arguyó ella, era que estaba borracha y él era muy guapo. Su pelo engominado, sus ojos negros de gitano terminaron de influir junto a la ginebra como filtro amoroso, para que cayese en sus redes. Pero sólo fue en palabras de la celebrity americana un “polvo de una noche”, pese a que la prensa alargase el eco de dicho encuentro. Con todo, la atracción que había experimentado por los toreros llegó a los oídos de un Sinatra con el que mantenía una relación tormentosa, y que se montó rápidamente en un avión destino España, empeñado en salvar los restos del naufragio de su relación .  Confesaba la gitana ( así la llamaba John Houston) que en el amor no había nada peor que la sinceridad, dado que contó su "polvo de una noche" con Cabré y Frank, celoso patológico se lo sacó a colación en todas las discusiones que tuvieron durante su matrimonio y que rayaban con el maltrato mutuo. Si Ava arrojaba lo primero que tenía entre sus manos, el italoamericano, con una carrera en declive ( luego resucitaría de sus cenizas)  y que sentía también celos del éxito profesional de su mujer, martirizaba a la buena de Ava, fingiendo suicidios. Una noche incluso llegó a disparar una pistola, y cuando Ava abrió la puerta de una patada se encontró a Sinatra con una sonrisa macabra, y la almohada horadada y con las plumas sobrevolando la pieza. Fueron los años más tortuosos para la actriz, atrapados ambos en una relación tóxica y laberíntica, de la que les resultó muy difícil salir.


La Loren protagonizó una notable versión cinematográfica de la vida del Cid

Si bien, más que con Cabré, donde Sinatra vio temblar verdaderamente los cimientos de su relación, fue cuando su mujer en una de sus separaciones frecuentes, intimó con Luis Miguel Dominguín. Entramos en terreno de leyenda viva – no hay testigos de la escena ni constancia de la misma, pero sí muchas habladurías como aclara Luis Amorós, experto y crítico de cine. Dicen que en su primera noche juntos, Dominguín salió de la cama de forma subrepticia, puesto que no quería despertar a la diva pero el frufrú de su ropa hizo que esta se rebullese incómoda en la almohada y descubriese la silueta del matador, una sombra chinesca en la pared, vistiéndose. Le preguntó “¿Adónde vas?” y el otro con rebozo le repuso que "a contarlo", se supone que a los amigos de la taberna. Otra anécdota, más verídica puesto que tuvieron que intervenir los carabinieri, sitúa a los dos tortolitos en una noche calurosa en la Ciudad Eterna. El torero que quiere gozar con avidez del cuerpo de la sacerdotisa del amor mientras ella  se asfixia en la pieza del hotel y quiere salir a disfrutar la noche. Entonces, cuentan que Dominguín se puso algo brusco y le dijo medio en broma que no la iba a dejar salir de la habitación. La señorita Gardner que no se iba a arredrar por muy macho que fuese el torero, intentó escaparse por el balcón, era un primer piso, aunque con tan mala fortuna, que su vestido se quedó atrapado en las rejas del posamanos, Los chillidos despertaron a la comedida clientela del hotel, que sin embargo, avisó diligentemente a los reporteros que dieron buena cuenta de la escenita. Sus escándalos sobrecogían a la España más puritana; quizá los respetuosos padres de familia se indignasen  delante de sus fieles esposas, al referir capítulo tan bochornoso. Lo más probable fue que envidiasen al matador que ajusticiaba amorosamente entre las sabanas a la veleidosa estrella americana. Y yo lo reconozco, también amé a Ava Gardner, a pesar de que fuese casi un niño, cuando ella falleció. Además, sigo confesandome, me divierten más estos espíritus alegres que se beben la vida y se fuman las maledicencias de los demás (la actriz fue una empedernida fumadora). 

miércoles, 23 de marzo de 2016

El espejo de Joseph Vincent



Lo reconozco, uno de los pasajes de la historia del arte más desternillantes que he leído, salió de la pluma inefable  del articulista Luois Leroy. Un periodista de edad madura, ocurrente, barba fosca y con algunas hebras canosas. Tenía unos descuidados anteojos mancillados por sus propios dedos, y sin embargo siempre iba con un perfecto terno y una corbata de lazo (de trébol como se decía en la época, para espantar a las parcas y que pasasen de largo). En sus años mozos había perdido el tren de la bohemia, cuando con maña abordaba algunos retratos, pero le fallaban aquellas últimas pinceladas que avivaban  los elementos de un lienzo, para que buscasen en el observador un átomo de sorpresa. Era uno más de la legión de pintores que pastueños dominaban el catón de esteticismo clásico. Como artista frustrado y algunas nociones de arte, le fue encomendada la tarea de realizar las crónicas relacionadas con el ámbito de las musas en su rotativo Le Charivari. Tampoco desdeñaba otros predios del periodismo con su acerada y grandilocuente lengua, como el reporterismo político o social (los ecos de sociedad más desprovistos de la vulgaridad actual). De ánimo aventurero, en el lector todavía estaban muy frescos sus reportajes de la Guerra francoprusiana de 1870, durante la cual, el baqueteado periodista se movía ágilmente entre los montículos provocados por los cañones germanos.

En tiempos de paz, el plumilla se dejaba caer irredento en busca de una historia por cualquiera de los cafés parisinos donde se apelotonaban las sagas de escritores y artistas, que bullían en el infiernillo de la creatividad, y en la lontananza, con la caña ( metafórica y de pescar) y los ojos aviesos, observaba el intenso remolino de imágenes que como un espectáculo se desarrollaba delante de sus narices, para enseguida verter el hato de sus experiencias vespertinas, que tomaban ineluctablemente la forma de una crónica. Se había convertido en un lugar común, encontrarse con sus guantes y su sombrero reposando en la misma mesa de siempre mientras barbotaba para sí las primeras líneas del artículo. Solo en medio del bullicio que le era tan inspirador y donde únicamente era posible aprehender fragmentos de conversaciones, comenzaba a mojar la pluma con los párpados abombados de tedio. En el café aparte de las cuestiones y reglas artísticas y literarias, se había mascullado con desespero o se chillaba a voz en cuello sobre lo escandaloso que llegaba a ser la decadencia que se había instalado en todos los órdenes de la vida francesa desde la derrota de Sedán. Los  patriotas más enfervorecidos agitaban sus gargantas clamando venganza u oteando como lenitivo a África,  hacia la cual cabía  proyectar todas las frustraciones nacionalistas.


Primer cartel expositivo Impresionista (fuente Wikipedia)


Luego vendría el episodio de Fachoda, que estaría a punto de provocar una guerra anglofrancesa, en pleno corazón del continente africano, si bien sería adelantarnos demasiado a nuestra historia. El caso es que muchos desalientos golpeaban a la conciencia de nuestros vecinos chovinistas, que por aquella época, como si los males no viniesen solos, también se vieron flagelados por otros escándalos financiero políticos. La derrota en Sedán se analizaba desde una clave moral, por supuesto había sido una consecuencia de la ausencia de ética y valores que galvanizasen el alma de la patria gala. Había estancias herméticas a lo Bernarda Alba, que apelando a los eternos valores patrios,  no dejaban que penetrase ninguna de las influencias o revoluciones que alentaban los visionarios, entre ellos, los futuros Impresionistas. Así hubo un grupo de pintores que cansados de las  instituciones esclerotizadas como el Salón oficial del Louvre, habían decidido crear una sociedad anónima cooperativa , que aventase las normas, que había que cumplimentar para exponer en dicho salón oficial. 

Corría el año 1874, y Luois Leroy se sacó de la chistera a un tal Joseph Vincent. Usó una técnica narrativa que definen algunos expertos literarios como de espejo, esto es, se inventa un personaje sarcástico y con él se llega con trancos cortos a la sala Bulevar de los Capuchinos 35, esquina con calle Daunou, donde exponía por primera vez una sociedad a camino del interés burgués y de la revolución. Curiosa amalgama que aunaba la institución capitalista por excelencia, la sociedad,  y el anhelo de conculcar todas y cada una de las severas normas del clasicismo predominante en el Salón del Louvre. (tenemos un hermoso cuadro de Claude Monet que presenta el rebullir de gentes por esta indómita avenida del París de 1873 y que nos puede dar una idea del Bulevar de los Capuchinos de la época). Estamos hablando en realidad pese a toda esta faramalla de términos empresariales, de la primera exposición de los Impresionistas. 


Joseph Vincent inveterado e imaginario profesor de arte, que no puede callar sus ominosas ocurrencias a propósito de la incalificable exposición, va soltando perlas fruto de su elocuencia y sabiduría. Se tropiezan con un cuadro de Renoir, y se azora por el despropósito del que intuyen que sabe dibujar pero que desperdicia sus habilidades para perpetrar un ataque en toda la regla a las formas y contenidos, al color y cualquier mínimo sentido común que difumina definitivamente su encomiable pero fallida bailarina. Van discurriendo por las salas y rellanos con ojos ahítos de incredulidad, y Leroy que sabe de lo lenguaraz que es su amigo invisible, le pincha y le deja que vaya enjuiciando calmoso cada una de los lienzos. Hasta que se topan con el famoso cuadro n º 98 del maestro Monet, Impresión, soleil levant, que jugando con las palabras del título llevan al articulista al hallazgo casual, que servirá a la postre para conocer al movimiento Imresionista. Son las impresiones del sol, que embriagan al Papá Vincent, que observa estos cuadros como criaturitas suyas, aunque de una forma despectiva y nada sutil. Le parecerá que el susodicho número 98 de los despropósitos, tiene el mismo acabado que el papel pintado de pared. Una marina donde la forma no llega a la calidad ni de lejos de la técnica sfumato ( esto es sarcasmo de mi cosecha, no de Papá Vincent). 

Pero Francia empieza a romper amarras con su claustrofóbico pasado y si bien, en la política apenas se presentan cambios, el mundo del arte se va alejando del halo de lo convencional. Años atrás había  dado pasos decisivos, cuando el Desayuno en la hierba había escandalizado a las mentes más tradicionales. Arrumbaban con esta exposición el funesto legado de la guerra, que se había cobrado su tributo entre los artistas ( al tierno pintor impresionista Bazzille el plomo del campo de batalla le condujo a la muerte) para abrir las puertas a un esplendoroso futuro. A mi me encantan los impresionistas, sus cuadros y sus juegos de luces te cautivan para que tu cerebro recree con sus pinceladas sutiles formas enteras, repletas de belleza. Son una estupenda experiencia que fuerzan al espectador a abandonar su molicie, frente al realismo perseverante en el arte, que empieza a vivir los últimos días de su reinado. Habrá pintores realistas, pero como en otras manifestaciones artísticas de otra índole, v.g. las formas o la métrica de la poesía, dejan de ser un mandamiento sacralizado.  


Monet, protagonista involuntario de las invectivas de Leroy 

sábado, 19 de marzo de 2016

Sed de mal


No nos producen muchos desvelos las alabanzas y pleitesía poco disimulada, que rinden  a menudo a delincuentes consagrados al mal, algunos actores del star system hollywoodiense. Sin casi embozo y con aires de francachela, se disfrazan de reporteros para acercarse al mito encarnado por un tipo, que no deja de ser un diablo que condena a su comunidad a la marginalidad. Pero estos presuntos benefactores se han enquistado en sociedades como la mejicana. Con una mano  otorgan una limosna con la que pretenden justificar la riqueza que quitan con la otra, no sólo material sino de un futuro de posibilidades que acaba discurriendo indefectiblemente, con el recurso de la violencia, por el mundo de los bajos fondos. Como le ocurrió al propio  Alfonso Al Capone Scarface que llegó a convertirse en uno de los iconos norteamericanos del siglo XX. Su cicatriz, a la postre su seña de identidad, fue consecuencia de una reyerta por una mujer que se resistía a sus encantos, y que provocó que el hermano mafioso de la mina le hiciese aquel descosido en el rostro. El contaba no obstante, que fue una herida de La Gran Guerra, en la que no había combatido ( la propensión de algunos personajes a alargar su leyenda y revestirla con indulgencia y generosidad con historietas inventadas, merecería nuestra atención en otro momento) .

Capone fue el hijo de un maestro de la pasta italiano  (en el país del arte, hacer buena masa de pasta es otro tipo de arte ), que tras franquear la Isla de Ellis, la fortaleza y  puerta de los sueños de todo emigrante, buscó en EEUU un futuro mejor para su familia. Alfonso crece en las calles de Brooklyn como dura escuela y realiza sus primeras incursiones en el mundo de los bajos fondos, donde si eres lo suficientemente osado, tomas lo que quieres por tu propia mano. En aquella época, el alfoz neoyorquino, más de clase media en nuestros tiempos, se convirtió con las oleadas de inmigración en un caleidoscopio donde se apiñaban fortunas acaudaladas y los habitantes más menesterosos, que se hacinaban en pisos como el caso del que iba a ser uno de los gánsteres más conocidos. Hasta el mismísimo Presidente Hoover, según los tabloides que fabulaban muchas veces con el único fundamento de alimentar la imaginación calenturienta de sus lectores, contaban que más que su carrera llena de fechorías, el político envidiaba la capacidad de Scarface de acaparar titulares. Porque en lugar de buscar el mejor refugio para sus negocios oscuros, cosa que le recomendaba el capi di tutti capi, Lucky Luciano, Capone se pavoneaba delante de los reporteros inflando sus bravuconadas o relatando a qué autoridades del hermético orbe político untaba con un dinero, con el que no tenían muchos remilgos y pesares por si estaba manchado de sangre, para tomarlo rápidamente entre sus manos. El plata o plomo de los años veinte; luego sabemos que la única forma de frenar a este alfeñique de labios carnosos, que había aventado todos los tipos del código penal con sus delitos, fue condenarlo por evasión de impuestos. Recordamos cómo esbozaba una sonrisa cargada de hiel, cuando muy  dado a la elocuencia, sentía el acecho de unas cámaras   y se transformaba en un personaje muy afable.



La Gran Depresión fomentó el fenómeno Robin Hood

Su celebridad llegó al Pequeño César, una novela muy recomendable por la fidelidad con la que refleja las desventuras de las bandas al margen de la ley, y su personaje Rico, parecen inspirados en gran parte por la vida de Scarface. No en vano, Al Capone también tuvo lo que en la jerigonza de las bandas se llamaba hibernar como Rico (apartarse de un territorio porque había surgido algún conflicto y podría ser una presencia molesta y poco deseable). Burnett, su autor, nos muestra sin ambages la dureza de la mafia, en la que sólo sobrevive el más listo de la clase. Esta obra forma parte del subgénero de las crooks stories, que con una gran economía descriptiva, hace gravitar  el peso del drama en los diálogos, remedos de la jerga de la calle, que nos ofrecen la perspectiva de los delincuentes. Gozaban de gran popularidad entre el público, y en este punto deberíamos percatarnos también de la importancia de los mass media para que esta huella de los grandes delincuentes en el imaginario americano, se  multiplicase junto a los ecos de cualquier historia que protagonizasen.

De esta guisa, la radio, prensa y los noticiarios del cine que son muy novedosos para la época- no todo el mundo tenía un receptor- iban haciendo crecer la aureola de determinadas bandas criminales, que como Bonnie y Clyde sembraron el caos a su paso. Sin embargo, las descripciones de las salas de cine sumidas en un llanto clamoroso y tumultuoso, cuando la policía tras denodados esfuerzos  había abatido a los dos atracadores,llevaron a la reflexión a las autoridades, en 1934. Era verdad que los tabloides habían exaltado la historia de amor de ambos: les abismó hasta los umbrales de la muerte. Y que como Al Capone, hicieron varios guiños de clase repartiendo parte del botín entre los más desfavorecidos, un buen reclamo de marketing ( Al Capone abría comedores sociales en la Gran Depresión para alentar igualmente el estereotipo del Robin Hood, al que tampoco han sido ajenos el Chapo Guzmán, Pablo Escobar) Sin duda, los seriales que les dedicarán en los tabloides poco a poco, hacen   que el germen bulla y atrape a los lectores y contamine al cine, según los moralistas. En la mente de los gobernantes va madurando la idea para que el Código Hays ideado en 1930  se instale en todas las producciones cinematográficas como una referencia obligada de lo que se puede hacer, a partir de 1934.

Una nube de reporteros acechaba a los criminales más populares

El famoso código no sólo puso coto a las historias de mafiosos que para solaz del público y escarmiento de los políticos, acababan saliéndose con la suya, sino que protegía al espectador de las inmoralidades que las mentes infectas de Hollywood podían inocularles a través de la gran pantalla.  Años atrás el caso de un disipado Roscoe Arbuckle había sido una buena muestra del encono surgido entre los moralistas y la meca del cine: otra cosa es que el primer actor en cobrar un millón de dólares fue culpable de la muerte de la joven Virginia Rappe, dama de compañía. Recomiendo el libro de Yo, Fatty una maravilla en la que Stahl escarba con dolor  hasta en el último resquicio de la atormentada alma del artista.Sigamos no obstante con el código. Fue un conjunto de normas rígido que extendió su funesta sombra hasta 1967. No podía haber violencia explícita y al mismo tiempo, las faldas ganaban centímetros y los escotes desaparecían, los besos se convertían en inocentes ósculos casi de hermanos, nada de afiebrados enamorados. ¿ Para qué? Para estimular la lascivia en los espectadores. Como vemos, Europa no fue una isla en medio de todo el ánimo censor que sobrevino en muchas democracias a partir de los años 30. ¿Quién no se acuerda con estos temas de la escena de los besos de Cinema Paradiso? Menos conocidas son las malas artes de la censura española, pero malas por torpes. Se estrenaba Mogambo y en el doblaje a los censores, se les ocurrió para ocultar el adulterio que tenía lugar en la película, hermanar a Clark Gable y Grace Kelly. En cuyo supuesto, se redoblaba el pecado, ya que las imágenes daban muchas evidencias del romance que surgía ¡¡¡¡entre hermanos!!!! Aquel incesto se prestó a numerosas chanzas, que los censores debieron soportar con estoicismo y venteando maldades por su infinita torpeza. 

Como hemos constatado, la historia de idilio del lumpen con los mass media y el firmamento artístico, se repite como una letanía cansina a lo largo del tiempo, por lo que no puede sorprendernos a estas alturas la complicidad de Sean Penn con el Chapo. Pero qué es lo que nos atrae del mal, para salir desconsolados de las salas de cine cuando se ha acabado con una banda de criminales como Bonnie y Clyde. ¿Quién llorará a sus víctimas que en ningún lugar se citan? Umbral escribía que a los muertos no hay quienes les consuele, su recuerdo se ha convertido en lágrimas en la lluvia. Quizá la sed de mal, insaciable, no sea más que un reflejo de nuestra propia estulticia. O puede que al actor le atraigan los matices de la maldad como si de un papel de ficción se tratase y observen las vidas de los malvados como  una película, a los que como en la ficción, cabe imitar para desarrollar sus personajes en la gran pantalla. No nos lo creemos, acaban humanizando a un ser perverso con su trato afable, y por supuesto los plumillas hurgan en aquellos relatos de la actualidad que despiertan más interés en sus ávidos lectores.

¿Es entonces que nos gusta el mal? Edward Bunker, Caryl Chess cautivaron a generaciones de  jóvenes con sus relatos carcelarios y a Charles Manson le llegan centenares de cartas de jovencitas que ardorosas le piden matrimonio.¿Es la hidra de la popularidad y de la celebridad la que nos embriaga para humanizar bajo ese éter vaporoso a los criminales? Por último, y perdón por la digresión, con la efusión de los tabloides ( en la prensa sajona siguen gozando de gran eco aún) siempre me acuerdo de James Ellroy, el famoso escritor americano, del que soy un fiel devoto (quizá el peso de la industria americana atemorice a la Academia de los Nobel para no reconocer a Ellroy y Roth, aun cuando flaco favor le hacen  a los premios). Destacaría la novela LA Confidential que tuvo una maravillosa adaptación al cine, o la Dalia Negra, como paradigma de los tabloides en la literatura . No en vano, el género narrativo de Ellroy  se encuentra  a caballo de la novela y de la crónica periodística, lo que nos ayudará a sumergirnos en una atmósfera llena de una barahúnda de reporteros, starlettes, meritorios que pululan en pos de la fama. Como dijese Warhol : todos merecemos ser famosos durante quince minutos. Quizá ello nos concienciase de lo estúpida que es la fama y los crímenes que se perdonan en su bendito nombre.

miércoles, 16 de marzo de 2016

La cumbre de las sillas de ruedas



Podríamos hablar de la montaña rusa en la que nos sume la cotización del crudo, que nos llena de desasosiego a los economistas, y que está provocando ríos de tinta a fin de desentrañar los verdaderos hilos que provocan estos vaivenes. O quizá nos resultarían más interesantes las encendidas polémicas que genera el alto grado de contaminación de las denominadas energías sucias y su malhadada contribución al cambio climático, que de cualquier manera han justificado un reguero de subvenciones a las tecnologías renovables, que en más de un lugar han puesto en jaque a los respectivos  sectores energéticos . Sin embargo, más que el comportamiento del mercado del petróleo o los importantes asuntos medioambientales que se deriven de su uso tan intensivo, queríamos hablar de la irrupción del crudo en las sociedades modernas. Un  tema extraño murmurará algún lector, carente de romanticismo pero que en cualquier caso nos va a sorprender por el marco de pensamiento tan diferente con el que fue acogido, a finales del siglo XIX. Por estos dédalos pulularemos hasta llegar a la cumbre de las sillas de ruedas, como fue conocida por los cronistas de la época.

Porque el petróleo fue considerado sin duda por los coetáneos como una tecnología limpia (ahí va la primera andanada). Aunque  para ponernos en perspectiva convendría entender no sólo la irrupción del crudo,  sino la del automóvil, ambas fueron tecnologías muy disruptivas y por razones que no se le escapan a nadie, se encuentran estrechamente vinculadas (en economía los llamamos bienes complementarios). En el caso del automóvil huelga recordar que el primer conductor de la historia fue una mujer, Mercedes Benz, que llevó en 1886 el primer automóvil de combustión interna de gasolina hasta la oficina de patentes, donde su marido registraría el invento que revolucionaría las sociedades del siglo XX. El coche se convirtió en un instrumento muchas veces asociado a la libertad individual, hasta que ha asomado su reverso más tenebroso, la contaminación.

Lámparas alimentadas con aceite de ballena

No en vano, fue una innovación celebrada por entonces de forma entusiasta debido a su limpieza – a algún lector se le habrá puesto cara mustia, parece una provocación debida a nuestra flema o lo que es peor, un flagrante equívoco en cuanto observamos el penacho de gases tóxicos que se cierne sobre Madrid y la legislación limitadora del Ayuntamiento que acarrea. Pero en los albores del siglo XX, los transeúntes estaban hartos de las carrozas con sus insidiosos caballos, que desalojaban sus excrementos donde les venía la flojera, con sus tufillos inevitables y que siempre había que esquivar con tiento. De hecho, la palabra mucha mierda que se espetan los actores ante cualquier estreno, no es más que una alusión que han conservado del rastro que dejaban los equinos de las carrozas, cuando se arracimaban en torno  a un teatro donde se representaba una función de éxito ( un artículo de NYT en referencia a un estreno de Broadway y la mierda, parecen ser el origen de este tópico teatral).

Tampoco debemos obviar que el petróleo supuso un verdadero balón de oxígeno para la supervivencia de las ballenas, cuya grasa era muy demandada para la iluminación pública y sobre todo doméstica. Como  el desarrollo económico había seguido una senda de crecimiento muy alto durante la primera globalización (último cuarto del siglo XIX hasta la Gran Guerra) de no haber encontrado una alternativa al aceite de la ballena, habríamos acabado con los cetáceos. Era un período optimista donde los haya, en el que se celebraban los logros tecnológicos y se imaginaba un futuro altamente tecnificado hasta que llegaron las tinieblas de la Gran Guerra. Por aquella época además, el mapa de exploraciones petrolíferas apenas tiene que ver con la distribución actual de los yacimientos. En el David Golder de una de nuestras  escritoras preferidas, la judía rusa, Irene Nemirosky, los protagonistas del primer capítulo creemos que se aferran a una inversión especulativa de unos pozos de Rumanía, que les rendirán estupendas sinecuras. Estos mismos pozos fueron objeto de codicia por las partes contendientes en la II Guerra Mundial (IIGM) y ocupados por los nazis .

El oro negro pieza codiciada de la geopolítica

En los años treinta no obstante, fueron descubiertos los primeros yacimientos importantes en Arabia Saudí, lo que empezaría a cambiar la configuración del mapa de hidrocarburos en el mundo, para gravitar hacia Oriente Medio. De hecho, durante la IIGM a pesar de su incipiente prospección (todavía se desconocía la verdadera envergadura de las bolsas petrolíferas que albergaban dichos campos) los americanos lograron un acuerdo para que aquel país pobre, les suministrase el gasoil necesario con el que mantener la ofensiva en el Pacífico, que engullía ingentes vidas y recursos. En 1943 cuando se logró dicho acuerdo de suministro, se empezó a fraguar la buena sintonía entre el achacoso Franklyn Delano Roosevelt  (FDR)  y el primer rey de Arabia Saudí, Abdul Aziz ibn Saud, de salud muy delicada.

Si De Gaulle quejicoso nos dejó la famosa perla de la dificultad que entrañaba gobernar un país con más de doscientos quesos, no sabemos qué le hubiera sugerido la intensa labor de consolidación que llevó a cabo Abdul Aziz ibn Saud entre una pléyade de tribus, muy belicosas entre sí, Se sirvió del cañamazo de los wahabíes rigoristas del Islam para aplastarlos a todos. Con la fuerza de las armas y sus artes versallescas, el monarca saudí logró en el año 1932 asentar su poder sobre toda la península. Arabia Saudí era un país perdido en el rumor de la arena del desierto. Hasta entonces los saudíes habían sido pobres parias que obtenían sus recursos de los cánones que cobraban a los musulmanes que realizaban la peregrinación obligatoria a la Meca. Las alargadas caravanas que transitaban con parsimonia y gran bullicio los caminos invisibles del desierto, sacaban de la molicie al país y le brindaban los suficientes dinares para cubrir los gastos más perentorios .  Con los descubrimientos de los yacimientos, los servicios que prestaba Abdul Aziz ibn Saud como fiel custodio de los creyentes, pasaron a ser una fuente accesoria de recursos para el reino.


Paz infinita del desierto alterada por los peregrinos musulmanes


El petróleo brindó la oportunidad al ambicioso monarca saudita para jugar un papel preponderante en la geoestrategia de Oriente Medio. Por ello, cuando FDR volvía de la cumbre de Yalta, decidió recibir entre otros gerifaltes de la zona a Abdul Aziz en el USS Quincy. Ambos viejunos, sentados en sus respectivas sillas de ruedas, embargados por una dulce modorra posan cordiales y esbozando sonrisas en la cubierta del barco de guerra. El Presidente americano cree que las divisas que obtienen de los yacimientos podrían ser invertidos para transformar las tierras saudíes en un vergel. A lo que el avezado beduino le repone que él ama el desierto sobre todas las cosas. Poco después aborda la cuestión que le azoraba de verdad. El establecimiento de un estado sionista era altamente preocupante dado el grado de dilución de las raíces musulmanas en Palestina, que comportaban las compras masivas de tierras, que estaban llevando a cabo los judíos. Claramente a juicio del monarca saudí, se estaba sembrando la semilla de la discordia, y que él, como árabe se había sentido burlado cuando se le negó a Feysal  formar un reino hachemita en la región.



Tratados arteros como el Sykes Picot, refrendado en la conferencia de naciones de Versalles, la Declaración Balfour, a pesar del incondicional apoyo de los árabes a la causa aliada en ambas guerras, culminarán con otra traición de las potencias que combaten contra el eje,de  permitir el asentamiento judío. Abdul Aziz había invocado en vano a la autoridad británica para que en 1937 constituyese un protectorado durante cien años, a fin de evitar la creación de un estado judío (el mismo hubiera acabado dentro de 21 años). Además, el caudillo saudí llegó a calificar el Holocausto de un problema europeo y que por consiguiente, se deberían buscar tierras en dicho continente ( ¿les suena Valencia?) El cascajoso Roosvelt prometió llegado el caso escuchar las reivindicaciones árabes. Los periodistas conocieron a dicha cumbre como la reunión de las sillas de ruedas. Luego sabemos que una vez muerto FDR, el círculo más próximo a su sucesor, el Presidente Truman, tenía algunos de los miembros más proclives a la solución sionista. De ahí que Israel un balbuciente estado, recibiese el plácet de la Administración de Truman. Muchos árabes creen que si FDR hubiese vivido unos años más, la resolución de EEUU respecto a la cuestión judía en Palestina habría desembocado en otros términos. Apelan con nostalgia a aquella cumbre de dos mandatarios enfermos y postrados en sillas de ruedas. Llovía sobre mojado.

domingo, 13 de marzo de 2016

El astrólogo de Vermeer y los degenerados


Habíamos dejado a Philippe Pellegrini con sus tribulaciones amorosas y los preparativos de la redada contra la banda especializada en tráfico de arte, que habrían de desvelarle toda la noche. Aovillado en la cama y aferrado a la almohada como si fuese la cintura de la inspectora Antoinette, sueña sin embargo con la comedida Rose Valland, una heroína que había iluminado sus ilusiones de adolescente. Mientras su hermano mayor Aldo complementaba su bicicleta con el fin de emular al ciclista Gianni Bugno, la hormiguita de Philippe compraba libros de arte con los trabajillos que le surgían esporádicamente. Recorría de manera  piadosa y a escondidas los mercadillos de libros de segunda mano parisinos, donde se topó con un perturbador Samuel Beckett que se daba réplica a si mismo. El ayudante del gran James Joyce, que era una celebridad  gracias a Esperando a Godot, se había convertido pocos meses antes de su muerte en una ruina física, que peroraba con su sombra sobre lo absurdo de la vida. Luego estaban los escritores latinos que huían de sus dictaduras, aunque en realidad buscaban la inspiración de Cortazar en las callejuelas parisinas y tal vez encontrarse con otra Maga. Todos revoloteaban en su cabeza, hasta que el joven cazaba uno de esos mamotretos voluminosos de arte, que no le achicaron porque siempre los leyó con fruición.

Entonces se percató de que ni siquiera Ruskin habría imaginado los vaivenes que se producirían en los años venideros respecto a la cuestión estética. Por supuesto, media un abismo de preferencias y gustos entre la estética de dandi caduco de Wilde a los trazos desprovistos de cualquier impronta clásica de Wassily Kandinsky,  que rumorosos nos evocan notas musicales “¡Qué los cuadros no lleven título!”, para que el observador no sea constreñido en su contemplación, parecía afirmar el pintor moscovita, retrepado en sus finos anteojos y con gesto circunspecto. También nos resulta imposible no rendirnos a la candidez aldeana y bucólica de los cuadros de Marc Chagall, que proclaman con formas por momentos infantiles, la inocencia de un mundo atrapado en sí mismo, repleto de magia y donde parece que el tiempo se ha detenido. Y muy de actualidad el fascinante Francis Bacon, por el robo en Madrid de cinco cuadros suyos, que no han dejado la más mínima huella ni rastro que seguir a los investigadores ( Leer noticia en digial ABC http://www.abc.es/cultura/arte/abci-roban-cinco-obras-francis-bacon-casa-amante-espanol-madrid-201603132149_noticia.html )  Son los llamados por los totalitarismos artistas degenerados. Pese a que en algunas ocasiones ocupen puestos en las dictaduras, las más son acosados para que su creatividad se pliegue a las necesidades de la autocracia.

¿Habría imaginado Ruskin la estética de Miró?


Con cada cabezada, en el fogoso duermevela  el inspector concluye que tan dispersos se encuentran los gustos artísticos a lo largo del siglo XX,  que es difícil abarcar su variabilidad en unas líneas someras y reflejar su andadura. Período envuelto de asechanzas por parte de los totalitarismos, que jamás ocultaron su animosidad contra las vanguardias ( no así el fascismo, que encuentra un relato fascinante en los manifiestos futuristas).  Como cuando Stalin firmaba con seudónimo artículos en el Pravda con los que denunciaba la frivolidad de la intelligentsia, ajena en sus manifestaciones a la clase trabajadora. Así Shostakovich fue acusado de esnobismo antipopular y de pornofonía (sic) en uno de esos artículos, Caos en vez de música, con los que Koba pretendía arredrar a los artistas para que ocupasen más sus desvelos creativos en exaltar la cultura popular. No obstante, existe controversia acerca de si realmente fue el propio dictador el autor de la soflama o bien, el director del periódico como acreditada voz de su amo. 

No le fueron a la zaga los jerarcas nazis, que repudiaban cualquier tipo de vanguardia, que les alejase del realismo y del espíritu triunfante que destilan las obras del gusto del Führer. Pero secretamente, muchos de ellos admiraban los bodegones de Cezanne o no se resistían a los acordes jazzísticos, a pesar de que oficialmente fuesen catalogados como música degenerada por ser racialmente inferior y estar completamente prohibida su reproducción  ¿Quién no recuerda la producción de Disney Los rebeldes del swing? La película algo meliflua aborda cómo una serie de jóvenes luchan contra la prohibición en Alemania de todas aquellas músicas que arraigarían en la juventud aria, y que habían atraído a la escoria judía para burlar los preceptos de la música más convencional y pervertirla. Joseph Goebbels patizambo y con el rostro picado de viruela, destacaba que en Estados Unidos “un lenguaje maduro se convierte en jerga y un vals se vuelve jazz" También la canción Lili Marleen le sacaba de sus casillas por su tufillo derrotista ( merecerá un post, desde luego). Hubo es verdad algunos nazis recalcitrantes que tampoco pudieron ni supieron disimular la veneración que sentían por el jazz como explica Diego A. Manrique en su maravilloso artículo El swing de los nazis http://elpais.com/diario/2008/03/03/cultura/1204498808_850215.html

Amstrong toca la trompeta como una raza superior

Poco cambiaban los prejuicios contra lo nuevo en el Jeu de Paume donde  a pesar de su discreción o precisamente gracias a ella, Rose Valland luchó  soterradamente   contra el comando Rosenberg. Las vanguardias eran tachadas de arte degenerado, pero conscientes de su valor, más allá de cerrazones ideológicas, muchos de los miembros de Rosenberg  las utilizaron para adornar sus casas parisinas y en algunos casos, para obtener pingües beneficios en el mercado negro que se alimentó en buena medida, sobre todo referentes de mucha calidad, de las obras distraídas en el museo de Rose Valland, que hizo, recordemos, de centro logístico del expolio de los territorios ocupados. Con todo,  condenaron a las piezas más recalcitrantemente degeneradas a la sala que con sorna denominaron de los mártires – creemos que no con el objeto de hacerlas arder, en eso en lo que los inquisidores del siglo XX era tan proclives, sino con el fin de venderlas y recabar fondos para la causa criminal que auspiciaban.

 De hecho, crearon una especie de tipo de cambio por el que diez obras de arte moderno equivalían a una de período clásico ¿Es una buena cotización que refleja la diferencia de valor entre el arte clásico y el arte moderno? ¿Cambiaría el lector diez cuadros impresionistas por un Velázquez? Manet admirador impresionista de los maestros españoles, nos tacharía de locos si accediésemos a cambio tan desventajoso. Por último, resaltar dos cosas del gran dictador. Su cuadro favorito era El Astrólogo del gran Vermeer, que está aureolado de una atmósfera esotérica en la que el pitoniso posa sus manos sobre el globo terráqueo, como le hubiese gustado hacer al cabo austriaco.  Por otra parte, de todos es sabido que en la música, sentía verdadero fervor por Wagner, con cuya familia desarrolló una relación más que estrecha y llena de equívocos. Adolf  Hitler siempre que pudo, acudió al festival de Bayreuth que todos los años se celebraba en honor del compositor teutón, y mientras escuchaba su música evocaba la época de estrecheces, cuando el menor marco que caía en sus manos iba destinado a comprar los billetes para cualquier representación de Wagner. Sobrellevaba con alegría el ayuno, a la espera de la recompensa que significaba para su martirizada alma de artista, la música de Wagner. Por eso no nos extrañe, que el inspector Philippe Pellegrini se levantase con regusto amargo por el fulgor del recuerdo del genocida mientras las luces de la ciudad comienzan a apagarse. Hoy es el gran día de la redada, y si todo sale bien, muchos años de trabajo habrán merecido la pena.   

viernes, 11 de marzo de 2016

Tambores de guerra en el Capricho



De las flacas veredas del Parque de El Capricho, el caminante machadiano o no, adivina las fumarolas que a modo de respiraderos delatan las entrañas del búnker.  Heridas subterráneas que sorprenden debido a la premura y a la calidad con la que se construyeron. Nada tendrían que envidiar acorde al juicio más certero de los expertos a las primeras hechuras del Bunker de Berlín, donde Hitler vivió sus últimas y desesperadas horas, y que se comenzó a construir en el mismo año que el nuestro, 1936-1937. Así, mientras discurrimos por la avenida principal, antaño abandonada y escenario de hilarantes películas, llegamos al palacio donde algunos incautos creen observar un movimiento ligero de  cortinas, como si una presencia turbadora tirase de ellas. De forma más o menos similar, una crónica de los años 50 poco compasiva con la figura del General Miaja, al que se le presenta como el espectro que puebla un edificio fantasmal, lleno de la murria y del polvo del olvido, alentaba la imaginación de mis hijos hace unas semanas, que están pasando por esa etapa cruel de la infancia, en la que los zombies resultan algo muy gracioso y una de las pocas formas de entretenerles en un entorno histórico.

Los búnkeres crecieron en Europa en un tiempo tenebroso

En cualquier caso, en la citada crónica de los años cincuenta se exaltaban los rasgos de batracio del militar (su fealdad) y su mirada impávida. Todavía no se habían cumplido los veinticinco años de paz, y los monigotes de la dictadura, escribían pérfidos artículos antes de que el buenismo oficial del 64 llegase a la España de la posguerra. Para conocer mejor al general republicano, deberíamos embarcarnos en cualquier caso en la teoría de la relatividad  de Einstein, con el objeto de viajar unos veinte años atrás de la crónica literaria del edificio del Capricho, que era por entonces de los Bauer y entender cuáles fueron las razones por las que se decidió construir el Búnker, conocido con el nombre en clave de Posición Jaca ( donde se aposentó el Estado Mayor del Ejército Centro  de la República)  Nos apostaremos en este ejercicio de fantasía en una madrugada de noviembre del 36, cuando las tropas franquistas acechaban la capital con cuatro puntas de lanza ( las cuatro famosas columnas y la quinta columna, de la que se derivó la palabra que tuvo la fortuna de quedarse en el vocabulario universal de la guerra, quintacolumnista, estaba dentro de la urbe y ayudaría como desafectos a la República a la toma de Madrid; si somos puristas, tampoco podemos hablar de régimen republicano en stricto senso). También observemos que el lema No pasarán, fue acuñado por Petain y los franceses en la sacralizada Batalla de Verdún, en referencia a los boches (la toma por parte de los boches de la Fortaleza Douaumont fue de lo más rocambolesca) . Dejemos que el velo del tiempo corra por nuestros ojos, y perdón por estas efusiones históricas y mar de acotaciones.

Era noviembre del 36, el general Miaja, de ojos saltones y con quevedos de gruesos cristales, tenía los músculos entumecidos  después de una madrugada en vela, con la única perspectiva de unos mapas y de vez en cuando los guiños cómplices de su mastodóntico ayudante Vicente Rojo, no por la silueta que parecía la de un alfeñique sino por la pericia del teniente coronel en los detalles tácticos, que tanto abrumaban al viejo general. Si movía uno de los banderines buscando donde acometer la defensa contra las tropas rebeldes como en un movimiento de ajedrez, el ayudante perspicaz de Miaja se esponjaba en una sonrisa para avanzar con elegancia que le había cogido en un renuncio. Con un gesto que aguzaba las arrugas de cansancio, Rojo le indicaba el flanco desprotegido por aquel movimiento. Aunque el general era más una figura que en sus emisiones de radio alentaba y se había convertido en el espíritu de la resistencia en la urbe madrileña, su ayudante corregía aquellos desvaríos en las defensas, que hubiesen provocado el menor genio táctico de su jefe. Aparte de su gran relevancia táctica, Rojo tendría un golpe de suerte inefable y que le costó digerir. Debieron tratar los documentos por si en realidad eran más bien un señuelo, pero luego de las debidas cautelas del diligente teniente coronel, se confirmó la autenticidad de la información, que contenían los legajos incautados en un carro de combate enemigo en la Casa de Campo. Se trataba de los planes de la ofensiva del ejército franquista. Este hecho de fortuna, sin duda, permitió reorganizar las defensas para acometer la fiereza de los ataques, sin distraer recursos en zonas menos necesarias.

A pesar de las grietas que se vislumbraban, inasequibles al desaliento, tanto Miaja como Rojo tuvieron el arrojo de sostener la defensa de la capital y posponer su caída casi tres años. Recordemos que parecía que el mundo se desmoronaba a sus pies: el Gobierno de la República había partido rumbo a Valencia por una carretera sombreada de anarquistas, que enojados por la cobardía derrotista de sus dirigentes, estuvieron a punto de cometer una escabechina. Entretanto, el General Miaja acudía a la cafeína para no dormirse. Rozaban el filo de la historia, cuando las tropas franquistas abrieron varias brechas en las líneas defensivas, y el propio General tuvo que ir pistola en mano, boca humeante, a contener la hemorragia de deserciones, que estaban arruinando la contención de las embestidas franquistas como bien nos cuenta Jorge M. Reverte en su Batalla de Madrid.  Tan dolorosa se preveía la caída, que Dolores Ibarruri redobló esfuerzos, se desdoblaba, no dormía, para conminar desde los micrófonos de Radio Madrid a que las mujeres fuesen a reprochar al frente a aquellos hombres cobardes su actitud de deposición de las armas. Parecía que la profecía del General Mola en cuanto a que se tomaría un café en la Puerta del Sol o en  cualquier calle castiza de Madrid, se cumpliría en las próximas horas. La propaganda rebelde alentaba a sus tropas con el billete de tranvía o autobús que era necesario para llegar a la capital española, por la cercanía que los combatientes atisbaban desde la Casa de Campo. La silueta de Madrid se podía tocar con las manos, allí estaban aquel cúmulo de edificios apiñados en la altura. Que el plan final fracasase se pudo deber a infinidad de cuestiones, que sería complejo abordar aquí. Algunos con frivolidad histórica proponen que un Franco que creía en la barakah (suerte en árabe) inclinó la balanza hacia el plan de Varela porque Varelita tenía dicho en roman paladino, mucha potra.


Los bombardeos acechaban al Estado Mayor de Miaja


A lo que nos atañe de la historia, las autoridades de la Junta de Defensa de Madrid temieron que en uno de esos movimientos de lanza que estuvieron a punto de romper la defensa de Madrid, el Estado mayor de la defensa hubiese caído en manos enemigas, concluyendo por ende la batalla al quedarse la resistencia sin cabeza y obedecer a impulsos aislados. Por otra parte, los bombardeos incesantes que llevaron a tomar la decisión de evacuar el Museo del Prado, con el antecedente del bombardeo del Palacio de Liria  también exponían a la mente gris de la defensa a una catástrofe de probabilidades nada desdeñables ( ver este estupendo link sobre el tema de una devota del arte, Emma Sanguinetti que además escribe como los ángeles) Por esta razón, buscaron un emplazamiento alejado del centro de la ciudad que disimulase la construcción del búnker y no hallaron mejor lugar que bajo la espesura de los bosquetes románticos de El Capricho. Pintaron las puertas y las adornaron con relieves de carácter clásico, para ocultar la función militar que cumplían aquellos portones. Asimismo, el nombre del conjunto defensivo, Posición Jaca, nos remite a las bellas faldas pirenaicas, por lo que en el caso de que los servicios de inteligencia del franquismo (SIPM) diesen con el nombre en algún documento incautado al enemigo, no cayesen en que se hacía referencia a la madriguera del estado mayor del ejército centro. Eso sumado a la cercanía al Aeropuerto de Barajas terminaron por decidir a las autoridades de la Junta de Defensa de Madrid, a elegir este bucólico lugar, que fue pergeñado por uno de nuestros nobles más derrochadores, el Duque de Osuna, cuyas disipaciones reflejan tanto Galdós como Valle-Inclán. Un parque para endulzar los mayores caprichos, como su nombre que no da lugar a equívocos a este respecto. Si el turista se da una vuelta, que no pierda tampoco la oportunidad de visitar el Castillo de La Alameda de Osuna, el único que se conserva en el casco de la ciudad. Quedan retazos y se han erigido lienzos de muralla para completar lo que había sido. Cerca, un nido de ametralladoras que formaba parte del conjunto defensivo de la Posición Jaca, con un cañón antiaéreo, que por supuesto no se encuentra en el lugar que ocupaba en los años 30.