viernes, 26 de febrero de 2016

Fugas reales e irreales


Del arte de la fuga.

Quién no se ha sentido hecho un guiñapo frente a las adversidades que le han zarandeado y en el momento más inesperado, una novela le abría una ventana para fugarse de su maltrecha realidad (no para tirarse). Una ventana de guillotina, con vistas a una ficción que le alejaba de la hondura de sus pesares y que le permitía coger resuello, en un período donde le asolaban las tribulaciones. Como la pareja del escritor consagrado y el aspirante, uno de los dúos más eternos de la historia literaria, que emprenden juntos un viaje interior y exterior, hastiados del bullicio de la meca artística de la que escapan. " No mirar hacia atrás, salvo que queramos convertirnos en unas estatuas de sal" Imaginemos un Francis Scott-Fitzgerald vaca sagrada devoto de su esposa Zelda, llena de sofisticaciones, sus bucles y vestidos vaporosos, que de pronto huye con el promisorio Hemingway a ninguna parte. De fondo, les envuelve el monótono ruido de las vías del tren. El más aposentado en las lides literarias, ya una estrella, se siente aprisionado en la atmósfera de la gran urbe, en concreto, París, y deciden huir ambos en tren. Algunos escritores creyeron apreciar en este episodio rocambolesco, por cómo se reprodujo, una aventura con ciertas pinceladas de atracción homosexual. Incluso, piensan que se halla entrañada esta interpretación en algunos relatos de Hemingway, que al ser el meritorio frente al artista venerado, guardó un recuerdo más vivo de aquel viaje fracasado ( teoría de Vila-Matas en su espectacular Paris no se  se acaba nunca). Poco nos concierne en la historia de hoy.


Fuga en tren, en los difíciles meandros de la imaginación

El caso es que Francis, intenta con halagos atraer en su aventura a Ernest, y lo logra, con un ratimago propio de los avezados plumíferos: alimentar la vanidad del buscavidas, falto de cuartos. Le dice que sus cuentos, el suspense que logra, y sobre todo lo que no cuenta, conforma la corriente subterránea para que alimenten en los distintos lectores composiciones de lugar muy diferentes. Intuitivamente, con aquella cortina de halagos que en realidad escondía su necesidad de disponer de un ayudante de cámara en el viaje de escapada, fue sugiriendo la que luego se convirtiese en la teoría del iceberg de Ernest, como fundamento de la intriga de sus narraciones. Apuntemos simplemente que junto a Gertrude Stein de la que se declara deudo, Scott-Fitzgerald va pergeñando el estilo del joven escritor. Volvamos con todo, a las campiñas de aquella escapada en tren: se van desvaneciendo en sus retinas, hasta que a Scott Fitzgerald le empieza a mudar el color y a sentir un profundo malestar. ¿Finge una crisis de salud y con el rabillo del ojo escruta las reacciones de su ayudante de cámara? Su enojo va in crescendo porque reprocha la mala disposición del joven para ayudarle en momentos tan tormentosos. El resto de la historia es de sobra conocida. Hemingway pasa las de caín en un pueblo remoto de Francia, con las incesantes peticiones del mayor de los escritores, que apenas le dejan dormir. A la vuelta que emprenden en coche, la cháchara no cesa. Un quejicoso Francis,  con su raya en medio impertérrita, sigue reprochándole a Hemingway su vaga predisposición para socorrerle. Recuesta su dolorida cabeza en el asiento, medio desmayado. El amago de fuga concluye en pesadilla para el futuro autor de Por quién doblan las campanas. Fuga fallida.

Otro capítulo de fugas literarias, o más bien protagonizadas por literatos, fue la misteriosa desaparición de Agatha Christie. El 3 de diciembre de 1926 fue encontrado su coche abandonado en las postrimerías de un lago, sin siquiera una pista. En aquel entonces, Christie era ya una escritora famosa, y su Asesinato de Roger Ackroyd había poblado exitosamente los anaqueles de las librerías, con gran refrendo de ventas. Al ser una celebridad, los tabloides especularon con su extraña desaparición; la cercanía del lago para los más agoreros era una indicación bastante funesta para considerar el suicidio. Pasaron 11 o 12 días, que las crónicas de la época no se ponen de acuerdo, durante los cuales, procelosas leyendas nutrieron las páginas de los periódicos: amuletos con un influjo maligno, el suicidio, una aventura amorosa, hasta que un día, el huésped de un hotel ávido lector de las obras de Christie, la había reconocido cuando se prestaba a acudir a la sauna. Hubo no  en vano una gran confusión, puesto que se había alojado con el nombre de una supuesta amante de su marido. ¿La convivencia de la pareja se había deteriorado bastante como para que la genial experta en intrigas, buscase con aquella huída una venganza contra su marido? O quizá simplemente se fugase para llamar su atención, o como en el caso de la pareja Scott-Fitzgerald Hemingway, por el afán de huir de una vida rutinaria. ¿Quién no ha sentido esa necesidad de escapar cuando los problemas le abruman? Un trabajo agotador, y que en cuanto llega la noche, se refleja a modo de intensas ojeras en el azogue del espejo. Casi nada te llena, tus hijos son una fuente de problemas, hasta que llegamos a esa cajita henchida de letras, la abrimos y despertamos en un mundo de fantasía para decir qué jodidamente bueno es Robert Artl. Agatha Christie nunca explicó los motivos que le llevaron a planear  fuga tan estrambótica, y tampoco el hecho de que se alojase con el nombre de una de las furcias que maltraía a su marido por el lodo de una vida licenciosa.  


Un cocha abandonado de la época de Christie.
   


Así, brujuleando con las huidas inesperadas e inexplicables, me reencontré con el maestro de las fugas en la ficción, Matías Pascal. Pitol dice que son más definitivas en la prefiguración del esqueleto de un buen escritor, las relecturas, pues cobran una luz diferente cada vez que las emprendemos. Las distintas personas que somos, encuentran una interpretación diferente en las mismas páginas, al igual que Heráclito nos advertía que todo se rige por un continuo cambio. Había observado claramente bajo un prisma diferente la genial Vida del difunto Matías Pascal de Luigi Pirandello. Diré que el ilustre siciliano es un mago de los argumentos, además de un gran prosista, pero lo que me atrajo del personaje fueron sus ansias de fuga. A mis dieciséis años,  su mujer y su suegra me parecieron las víctimas de la huida del personaje, que cansado de su  vida rutinaria, aprovecha la aparición de un cuerpo desfigurado y desnudo, presuntamente un suicida, para abandonar sus ropas creo que en un puente, ahora mismo no recuerdo, y suplantar la identidad del suicidado. Son los anhelos que no comprendía en mi juventud, del hombre maduro que no conforme con su vida cotidiana, en la que se siente tan pequeño, en los que ahora me veo claramente reflejado. Me creo entonces uno de los millones de frustrados Matías Pascal que viven en el mundo.Aunque en mi caso, logro esas pequeñas fugas que son necesarias como evasión gracias a la literatura. Cuando creo que lo he leído todo, una relectura, o Albert Vigoleis Thelen, me rescatan de la molicie. A veces, también imagino que encuentro una puerta del tiempo ( como es relativo y no lineal como nuestro espejismo de experiencia nos dicta) y me aposto en plena Puerta del Sol de Madrid, en los albores del siglo XX. Me crecen las melenas algo hirsutas, y modernista, sigo a la patulea de poetas insomnes que capitanean Antonio Machado y Villaespesa. Sólo me dedico a escuchar, con las dos manos sosteniendo la barbilla y ojos enternecidos. Con eso me basta para fugarme y adentrarme en el traje de mi vida cotidiana de nuevo. No sé porqué, se me borra la sensación de Sísifo y todo experimenta la lucidez de la ficción y de la realidad, tan importantes para nuestra felicidad.  

miércoles, 24 de febrero de 2016

La misteriosa llama de la Reina Loana de Umberto Eco (homenaje a una generación que se extingue)


-          A mi me parece, Muna, que la película es mejor que la novela. Umberto Eco se me hace algo tedioso.- Señaló Ontiveros mientras jugaba con sus dedos amarilleados, a remover el limoncello. Alzó de nuevo la vista- Fíjate en ese Christian Slater, estupendo actor.- De pronto se sumió otra vez en un silencio, que todos interpretamos. Si Slater no se hubiese deslizado por la pendiente más trabucaire, ¡lástima!

-          Pues yo lo siento, Ontiveros, a mi me gusta más la novela, aunque también la película me parezca excelente.- Le dije al desgaire, porque era una disputa eterna en torno al Nombre de la rosa y que salía a la luz, en cuanto hablábamos de esos mundos conexos, que son el cine y la literatura. También el debate se había acrecentado por la muerte reciente del escritor italiano.

Aunque enseguida, me quedé absorto en mis cavilaciones, que hicieron desgajarme de un locuaz Ontiveros, que tenía brotes de lucidez como el de aquella sobremesa. Su cabeza llena de bucles y algunas canas, asentía, reía hasta que se levantaba para gesticular de manera vehemente. Yo entretanto razonaba que había una serie de filmes y de novelas, donde es difícil salir de la duda, porque las adaptaciones han sido más que brillantes. A bote pronto, se me ocurrieron la excepcional Noche del cazador, libro que me estremeció cuando lo leí, y que al repasar la película, no pude por menos que sorprenderme del malévolo papel de Robert Mitchum. En la pantalla era una presencia desasosegante, se desdoblaba y parecía una criatura luciferina, medio cuerdo y medio orate, avezado para hacerse con el dinero, y con aquellos destellos de unos ojos animales. Sus tatuajes amor odio nos hacen entornar la vista de la pantalla acobardados y cómo el muy ladino, va haciendo caer en sus redes de falsedad a una familia inocente. Lo mismo me ocurre con la omnipresente Matar a un ruiseñor, donde Gregory Peck borda un inmenso papel con el idealista Atticus Finch. Y qué decir del Halcón maltés, del maestro de la novela negra Hammett y cuyo activismo nos hurtó un gran escritor. En la película actuaban el incombustible Humprey Bogart y Mary Astor, que dicho sea de paso, tuvo un paso tortuoso del cine mudo al mundo sonoro. La pobre mujer tenía una voz demasiado hombruna, que llevó a la Astor a coquetear con el mundo de la música, pero quizá aquel timbre masculino fuese demasiado chocante en el cine sonoro. En todo caso, fue consonante con el arquetipo de mujer fatal, frágil y a la vez provista de una dureza, que le permite surcar un mundo cruel, como el de los hampones y demás habitantes de baja estofa que pueblan los suburbios del crimen, y salir airosa del trance. Este estereotipo le volvió a abrir las puertas a lo grande del cine.

El umbroso mundo de Eco


La conversación de todas formas retornó a Umberto Eco, que había fallecido y me asomé de nuevo  a ella. Recordamos  otra vez la umbrosa El nombre de la rosa, seguida por una estela de obras menores, aunque igualmente fascinantes como El Péndulo de Fouccault, Baodulino y el Cementerio de Praga, en la que me guiaba mi pasión por Franz Kafka y en general, toda la literatura checa. El Golem de Meyrink me parece un relato fascinante y tétrico. Creado para defender a la comunidad judía, la locura y descontrol de una criatura tan poderosa se vuelve en contra de sus protegidos. Cuanto menos, tiene unas claras reminiscencias metafóricas, cuando v.g. algunos servicios de inteligencia se arrogan unas capacidades al margen de cualquier control y resorte democrático o los superestados protectores y garantes de un futuro utópico, crean en cambio un infierno de presente. Pero en aquella ocasión abordé la figura de Eco, desde una perspectiva más íntima, que es la familiar.

-          A mi me gustó mucho Umberto en La misteriosa llama de la Reina Loana. Eco representa como nadie una especie de memoria de la generación de la posguerra italiana.- Expliqué a mis queridos contertulios mi sorprendente perspectiva, que les había dejado boquiabiertos y rebulléndose en sus asientos.

-          ¿Cómo es eso? – En un Varela encorajinado cristalizó la pregunta.

-          Eco era lo suficientemente joven como para atestiguar el marasmo provocado por el fascismo y también para conocer sus momentos de gloria.

Por eso, cuando este autor hizo un ejercicio de memoria interpuesto en su personaje Yambo en La misteriosa llama de la Reina Loana, habían aflorado en mi cabeza infinidad de historias familiares contadas a medias. El recuerdo es a veces muy doloroso y en cuanto se reduce su filo, se termina por arrumbar. Pero fueron brotando hilos de mi historia familiar a medida que me embebía en sus páginas. Como los juegos littores, de los que mi abuelo, camisa negra, fue uno de los organizadores y que le tuvieron enfrascado en buena parte de su andadura con el partido de Mussolini. Resumido, viene a ser algo así como que los fascistas italianos se reconocían legatarios de la Antigua Grecia y Roma, y por ende, querían una especie de juegos olímpicos, plenos de fastuosidad que llamaron los juegos littores. Este devaneo le costó a Geri, mi abuelo, tener que emigrar a Argentina, por miedo a las represalias y a pesar de ser sólo un intelectual al servicio del fascismo ( era ingeniero y economista, aparte de un tenor frustrado por las exigencias de un padre de una familia frugal y que no creía en las fantasías del arte). Además emigraron  porque Italia era un país devastado, en el que se había combatido milímetro por milímetro; una ruina todavía incandescente hasta que llegasen los capitales del Plan Marshall ( recordemos el desembarco de Anzio y la cruda batalla de Monte Cassino, que convirtió a tanto patrimonio de la humanidad, en un polvorín donde las bombas desconsideradas, explotaban sin remilgos de ningún tipo, aventasen o no, monumentos irrepetibles)

Gracias a Eco, y a Giambattista Bodoni, Yambo, el protagonista de la novela que rememora  la infancia en su afiebrada lucha contra el Alzheimer, salieron de la penumbra los relatos de mi azorado padre, que odiaba con razón a los teutones, y que cada vez que se los mentaba, se le viraba el rostro. Yambo me trae la infamante proclama del Mariscal de campo Kesselring, cuyo segundo punto hieren los ojos y el alma: “ En aquellas localidades donde resulten existir bandas armadas se constituirá un porcentaje de rehenes y se pasará por las armas a los mencionados rehenes cada vez que en las localidades mismas se produzcan actos de sabotaje” La irrealidad de la barbarie humana cobra sentido y no es un cuento de maldades increíbles, sacado de la inventiva de mi progenitor, sino que fue una verdad tan palpable. El mal absoluto existe. También entiendo porque para muchos italianos los americanos son unos libertadores y les defienden en cualquier tesitura.

Por esta novela, a ráfagas, discurren los tebeos que cautivaron a la generación de la guerra-posguerra,  los anuncios que inflamaron la virilidad  de aquellos jóvenes gracias a las elegantes damiselas de los carteles que parecen reproducciones de la rutilante Zelda, esposa de Scott-Fitzgerald. Vivo asimismo las asechanzas de los alemanes, y de los americanos, que buscaban también saciar sus ansias de sexo con las bellas italianas, y cómo por esa razón, a mi abuela la escondieron en un torreón de la familia que hizo de pajar remoto y de tabla de salvación de Claudia, que así se llamaba ella( una Zelda más guapa y sofisticada que la original). Era una mujer de belleza hollywodiense, y un ejemplar que hubiese tentado a cualquier hombre para que cometiese locuras de las que luego se arrepentiría. Poco a poco, la llama que brilla en mis ojos se extingue, como las paletadas que caen sobre una estupenda generación de la guerra y posguerra mundial, que va pereciendo y sobre la que esperemos, no caiga el mando del olvido. 

Agricultor toscano, testigo de una historia estragada.

martes, 23 de febrero de 2016

Tres tristes críticas


El Fuego de Henry Barbusse.

El Fuego refleja sin tibieza el averno de limo que sepultó a toda una generación de europeos en la Gran Guerra. Miradas que apenas abarcan un horizonte lunar y que el morapio torna vidriosas, discurren en el tono claramente poético que destila la prosa de Henry Barbusse. Para ello el autor recurre a vivencias propias, que cobran resuello en una compañía francesa de peulois, errante por el Frente Occidental. A la sazón, el contraste de las estampas de las batalla y de la buena vida de la retaguardia, confieren a la obra un tono moralista y de denuncia de la hipócrita sociedad en guerra.Con un eco menor que Sin novedad en el frente, El Fuego es un alegato antibelicista excelso, que la Editorial Montesinos ha decidido rescatar del letargo. Recordar que Barbusse fue todo un referente del estalinismo francés y pocos entierros se recuerdan en el país vecino, tan multitudinarios. 

Henry fue una figura recurrente y muy polemista en el primer tercio del siglo XX, que vino a agitar las conciencias europeas, y al que cabe sumarle su innegable talento literario. Todos en Francia recuerdan su semblante serio, sus bigotes y su pelo lacio que se le movía continuamente en la frente y que se entintaba en un alarde de coquetería. Representaba en su perfecto terno, la imagen de un burgués que defendía al dictador Stalin a capa y espada. 

Viejos libros, historias eternas


El pisito de Rafael Azcona.

Una obra de tono menor en palabras del humilde Azcona, esconde hiel en lo que es un espejismo de divertimento, debido a las diversas capas cómicas que nos deparan los avatares de sus protagonistas. Petrita y Adolfo, novios de una relación macerada, anhelan una casa propia y por este motivo la joven embarca a su amado en un matrimonio de conveniencia con una casera anciana, que en las cábalas de los prometidos, coquetea con la muerte. Fiel espejo de una España donde los retazos de miseria son hilvanados de forma magistral por el autor, El Pisito posee en el finísimo sentido de humor un instrumento de crítica acerba de primera magnitud. No en vano, la sordidez de Madrid de la posguerra y de sus personajes beatíficos, hiere las retinas del lector que acaba compadeciéndose de sus protagonistas.El buen hacer de uno de los maestros de los guionistas, se nota en la concisión de toda la novela, que arrastra al lector/espectador por las diversas escenas.

El Camino de Miguel Delibes

La noche se aferra a los párpados de Daniel el Mochuelo, no se cierran mientras aletean en el duermevela, un sinfín de recuerdos. Las ilusiones de una vida mejor que alberga su padre, chocan en la oscuridad con la nostalgia que prende en la pluma de Miguel Delibes. En realidad son una excusa para describir fervientemente el mundo en miniatura del campo, que el genio pucelano tanto amó. Hasta que el día invade la pieza del Mochuelo, al que le atenazan las sombras del Moñigo, del Tiñoso, espectros que traspone junto a su infancia. El Camino tiene bastante de alegórico, su personaje nos evoca la infancia perdida. Con todo, el campo a la edad del Mochuelo es un incesante descubrimiento y no se atisban los rostros henchidos de tedio en una redoma como la del Valle, tan ajena e irrisoria para el mundo exterior.

Miguel Delibes fue además de un notable cazador, cosa que espantará a más de uno, un periodista que asentó los cimientos de la profesión en un Valladolid bombardeado por el tedio y con jóvenes aspirantes, dispuestos a dar el salto a Madrid. Francisco Umbral, el gran moldeador del lenguaje, agresivo y excelso con sus metáforas, le reconocerá como su maestro ( qué declaración más hermosa de amor a su hijo fallecido, en Mortal y rosa, me encantan las novelas  de Umbral aunque pivoten en muchos casos sobre la posguerra, y además, creo que línea por línea, quizá nos encontremos con el escritor español más inspirado de la segunda mitad del siglo XX). De Delibes, los programas oficiales nos dibujaron unos contornos más umbrosos, como la Sombra alargada de los cipreses, con unos usos y texturas muy diferentes a El Camino. Ambas marcaron parte de mi adolescencia lectora, junto a Dumas, Julio Verne y La isla del Tesoro ( quién no se metió en el papel del protagonista y soñó con surcar los mares con poco más de doce años; luego vendrían las decepciones, como cuando subí a una barquichuela de pescadores y el suelo se me movía bajo mis pies).

Valladolid, cubil de los sueños de Delibes


Por último, la extensa obra del autor pucelano, podría haberle valido el galardón del Nobel, tan preciado cuando tiene tan flagrantes omisiones. Cuentan que cuando se lo concedieron a Cela, Delibes que estaba siempre en la nómina de aspirantes más ilustres, se concienció de que había perdido el tren a la academia sueca. Su razonamiento en aquella misma mañana, versaba sobre que no se podía premiar dos veces a la posguerra española. Sin embargo, yo hubiese estado en desacuerdo con el maestro, puesto que su obra es muy diferente y no se debe entender sólo en un marco tan gris y tan dado al estraperlo como el que sucedió a las penurias de la guerra. Nadie como él supo reflejar la poesía ni la dureza de la vida en los pueblos. Personajes ásperos y reales, alejados de los brillos de la modernidad, como Cayo, hasta donde llega la ola de la Transición y el fervor místico con el que se hacía política entonces. El como ser atemporal, mantiene el escepticismo que analiza con objetividad las modas pasajeras.  

lunes, 22 de febrero de 2016

Laberintos del poder nazi


Si supiéramos por adelantado las intenciones del enemigo, lo venceríamos siempre con un ejército inferior al suyo”. Federico II condensa perfectamente el objeto del espionaje, a pesar de que éste y su arte, no sólo contemplen la posibilidad de conocer las intenciones del enemigo. La movilización de unidades dependerá de las expectativas y visos que adivinemos en el adversario, pero también, cuestión que no es baladí ni mucho menos, que malinterprete nuestras intenciones en el campo de batalla como ocurrió en la operación “carne picada”, le llevará a gastar sus recursos donde no son necesarios y en flancos que no van a ser atacados. Tampoco  dijo nada Federico II acerca de los fantasmas propios ni de las guerras intestinas que se libran en el interior de los distintos servicios de espionaje. En este caso, los movimientos se han de medir y  como el ajedrecista, ser muy sutiles.

Fue en un entorno de celadas internas, donde sobrevivió mucho tiempo el almirante Wilhelm Canaris, rodeado de tiburones del calibre de Heinrich Himmler  y de Reinhard Heydrich, y en el que logró que los tentáculos de su red de espionaje llegasen a los Estados Unidos . Canaris, había sido un héroe de la Gran Guerra, y contaba  cómo en dicha contienda le tocó deambular por  los Andes, cuando su barco, el Dresde, fue hundido por el Glasgow con mayor capacidad de fuego. De aquella época, databan sus anhelos por regresar al frente lo más rápido posible, pero tuvo que andar con pies de plomo a fin de no despertar muchas sospechas en su peregrinaje por una Argentina trufada de espías, hasta que retornó a su país con un pasaporte falso a nombre de Reed Rosas (la guerra naval y corsaria desplegada durante la Gran Guerra, aun cuando es bastante desconocida, está repleta de capítulos muy heroicos). Mucho se ha destacado de la caballerosidad del jefe de la Abwehr, en contraste con los bellacos de la SS, sus competidores más acérrimos entre las diversas y floridas ramas de la inteligencia nazi.


En el 38, el poder de Hitler era omnímodo

Con ellos habían llegado a una suerte de entente cordiale que los propios implicados llamaban los diez mandamientos, reglas que delimitaban claramente las labores de inteligencia que les correspondían a cada una de las secciones, para no generar ruido ni malos entendidos y sobre todo ganar en eficiencia. La competencia por ganarse el favor del Führer era en todo  supuesto atroz. Sigamos con una semblanza somera de Heinrich Himmler, al que le atormentaba el hecho de no haber participado en la Primera Guerra Mundial, y que a diferencia de buena parte de la plana mayor de Hitler, no tenía un pasado de acción. Se ponía mustio cada vez que en una conversación se sacaban a colación las andanzas de la guerra y él no tenía ninguna que referir. Entonces, con sus mejillas teñidas por la  vergüenza, se dejaba llevar por el laconismo o trataba de cambiar de conversación azorado. Tampoco le ayudaba su presencia exigua, un monigote si le comparamos con su mano derecha Heydrich: podríamos decir que Heinrich era un ser acomplejado. Envidiaba profundamente a  Göering por su brillante pasado como miembro del Circo del Barón Rojo o al propio Canaris, marino de ventura. Quizá por ello, decidió crearse una aureola esotérica y mística, para rodearse de una leyenda de la que carecía su yermo currículo como hombre de armas. 

Su segundo, Heydrich, como decíamos era la auténtica encarnación del mal. Espigado, de nariz alargada y altivo, era un perfecto tirador de esgrima, paracaidista y desempeñaba brillantemente todo el abanico de actividades que se le suponen a un hombre de acción. También fue un encantador de serpientes gracias a sus grandes dotes de violinista, con las que cautivaba a las damas más refinadas del III Reich, ganándose su favor. Adolf Hitler le consideraba el prototipo del ario aguerrido. Todos creyeron que Heydrich era un probo funcionario de las SS, muy sensible e inteligente, y pocos sospecharon de su capacidad para la intriga y el mal, que instilaba hasta en las filas propias. Pero Wilhem Canaris le había calado desde que se negase a colaborar con las SS en el caso Tukhatchevsky, lo que motivó que incendiasen los archivos de la Abwehr como cortina  de humo para saquear aquellos ficheros que interesaban a los SS. Recordemos que con pruebas prefabricadas, que puso en manos de un secuaz de Stalin, el segundo del exilio de los rusos blancos en París, que trabajaba en la sombra para el dictador comunista, Heydrich se apuntó un buen tanto. Esta documentación sirvió para que Koba, fundamentase su gran purga en el ejército rojo, conocida como yhezovina . Es un capítulo que merece un post.

Sin embargo, hubo otro hecho que conmovió todavía más al jefe de la Abwehr y le concienció de las malas artes de los que serían en el futuro sus compañeros de desgracias. Hitler llevaba cuatro años en el poder y todavía dependía de la Wermacht, que con fuerza suficiente, podría derrocarle. Su gobierno de hecho, reflejaba este equilibrio de fuerzas, que el cabo austriaco rechazaba visceralmente y que sólo aceptaba como una táctica dilatoria hasta que acabase con las fuerzas de contrapeso existentes en su ejecutivo. Es más, en una reunión secreta, y tras una larga explicación del Führer, éste había expuesto a sus secuaces la necesidad de que Alemania crease su espacio vital ( lebensraum) para ochenta millones de compatriotas. Nada que no hubiera  propuesto en su Mein Kampf que escribió desde su celda, y con la ayuda de Rudolf Hess, aunque casi todos creían que era un deseo que habría postergado por razones de realpolitik. No en vano, su pueblo y una buena parte de la comunidad internacional, seguía viéndole como un hombre de paz (tras los Pactos de Munich recibió el Nobel de la paz), mientras él daba vueltas a esta cuestión de la que según su alocada opinión, dependía la salvación de la nación alemana.

Por otra parte, Hitler sabía de la renuencia del estado mayor del ejército a cualquier veleidad bélica, temerosos de que se repitiese la pesadilla de la apertura de dos frentes vivida durante la última guerra. Sin duda, la figura más respetada dentro del ejército era Von Blomberg, Ministro de la Guerra nazi, que además había asumido el rol más importante en la Noche de los cuchillos largos, por cuanto Rohm había perdido la cabeza y apuntaba a la disolución del ejército y a la creación de milicias en su lugar. Por esta razón, los soldados veían en Blomberg a su salvador. Por los mismos motivos, cuando estalló el escándalo Blomberg, Canaris, con la cara sonrojada y cajas destempladas, se preguntó en voz alta.- ¿Pero quién le ha arrojado a esta mujercita a los brazos del insensato de Blomberg?.- Una pregunta velada, o más bien retórica. Pesaba en el ambiente una congoja, pues todos sabían que detrás de aquel montaje se hallaba el malévolo y despiadado Heydrich. ¿Aprovechó la debilidad de Von Blomberg, que una vez viudo, y gran mujeriego, fue seducido por una mujercita de 24 años, Eva Gruhn, con un pasado muy turbio? Trabajadora de burdeles, también había sido modelo de fotos eróticas, donde se le podría apreciar el vello púbico y los turgentes pechos. Aquellas fotografías reposaban con el resto del expediente, encima de la mesa del despacho de Canaris. Por supuesto, Von Blomberg, enamoradizo y galante caballero dimitió de todos sus cargos puesto que no estaba dispuesto a renunciar a la antigua cabaretera ni tampoco quería empañar la honra del Ejército alemán por su affaire. Adolf había logrado quitarse la pieza que con más encono se oponía a la guerra, sin que nadie en el ejército osase rechistar contra esta dimisión. El camino para la guerra se había allanado, sin duda. Aun cuando Canaris especulase con la autoría de esta encerrona, creyó fielmente que había sido orquestada por el panzudo Goering hasta que el mísmísimo Fuhrer por decreto, se garantizó el cargo de Ministro de la Guerra. Además, de sopetón sustituyó todas las piezas no nazis de su equipo de gobierno. Un golpe perfecto contra las vanas esperanzas de paz, que llevaría a Alemania con el tiempo, a los avernos de la guerra.

¿Sin el escándalo Blomberg habría existido el Gueto de Varsovia?

sábado, 20 de febrero de 2016

La casa encencida de Aleixandre y de Rosales



-          ¿Qué cojones hacemos aquí?- Replica un Varela al que el frío le corta la cara a cuchilladas. Aguanieve.

-          Espera, que debe estar por aquí.- le respondo impaciente, aunque tampoco estoy seguro hasta que confirmo que aquel es el lugar que buscábamos ansiosamente en medio de la noche.

Entonces apreciamos a vuelapluma remendones y humedad, mientras nos aferrábamos al paraguas en un Madrid lluvioso. A pesar del viento arrabalero, paseábamos por los alrededores de Velintonia 3 furtivamente, como amantes despechados, o lo que es peor, como voyeurs con cámaras voraces, que atestigüen el triste epilogo de una de las moradas de nuestra literatura. Como a Quevedo, la murria y el cieno cercanos a la cancela, y los muros nos sugieren sus versos, porque quizá los muros de Vicente Aleixandre, sean los muros sino de la patria, si los de la indiferencia. “Mire los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados, por quien caduca ya su valentía” Nuestros pasos se espacian por los lechos de hojas de las aceras, para degustar la vista. Somos en realidad los reclutas insomnes, de un ejército cansado de tanta oquedad de las instituciones. Habíamos hablado durante la cena de los amigos, y nos acercamos Ontiveros, Varela y yo, de forma improvisada. Esperábamos que nuestras mujeres nos creyesen, que la demora no obedecía a que las copas se hubiesen alargado más de la cuenta. Me imaginaba a Valentina, olisqueándome por si profusamente desprendía olores prohibidos. Enseguida se nos pasaron aquellos resquemores.

¿Esperarán a como decía un vecino del barrio a que la casa se derrumbe? – Y añade, con ánimo ventoso, con el mismo afán de la noche.- Yo creo que a pesar de tanta memoria histórica somos unos desmemoriados.
-          
La poesía es la cenicienta de la cultura. Pero Aleixandre fue muy grande.- Proclamo desvaído.
-         
Te recuerdo, Muna, que en nuestro amado barrio estamos esperando, la apertura del Búnker del Capricho. 

Para esto.- Me señala la desportillada casa.- Y para eso apenas hay fondos. Eso sí, que alce la voz cualquier actor de cine, que hasta el Ministro se le crispa el rostro.

-          Por eso digo, los actores son más populares y cualquier cosa que digan, enseguida trasciende. Aunque creo que los fondos escaseen para todos, para la poesía o el Búnker de El Capricho son inexistentes.

-            No tardará el momento que veamos a la casa grafiteada. - El vecino embutido en su grueso abrigo, y en un gorro de lana, lo poco que asoma de su cara, nos recuerda con lo cruel que es el tiempo, a un trasunto de gárgola. Orejones medio terciados, pelos que abruptamente florecen en las proximidades del pabellón auditivo, sin embargo, su vestimenta no es la de un pordiosero, ni mucho menos. – O que la ocupen, aunque por lo menos serviría para algo, si respetasen la memoria de sus antiguos inquilinos.
-       
   No dé ideas, por favor.- Le advertí.- Que la ocupen las instituciones, de una puñetera vez.

Casas bombardeadas de soledad y molicie


El vecino se había ido a dar una vuelta con su perro, y como los tres nos habíamos apostado en la farola, y nos vio relativamente jóvenes, se dirigió a nosotros. Se había emocionado, puesto que atribuía a la juventud, en nuestro caso relativa, una especie de encantamiento por el que nos preocupábamos más por el Matrix de lo virtual, que de las realidades a pie de calle. Como tenía a sus nietos enganchados a los “putos teléfonos”, había perdido cualquier esperanza que pudiese abrigar. Éramos peor que la Generación perdida de Gertrude Stein, a la que el desengaño por la atención que le había dado un mecánico cuando le arregló un pinchazo, acusó su desidia y dijo que toda la generación que había combatido en La Gran Guerra, traumatizada por los horrores bélicos, se dejaba llevar.  En realidad, el trasunto de gargola resultó ser un filósofo tras los primeros escarceos, pese a que de vez en cuando retornaba al asunto de la casa de Aleixandre, que también nos dolía a nosotros-  Entonces no sabrán adónde meterse o cuando se venga abajo de verdad. Mira que han organizado cosas. Yo me acuerdo cuando leyeron La casa encendida de Luis Rosales.- Nos espetó inquieto, cuando nuestros ojos complementaban el  soniquete de su historia, con la observación del inmueble abandonado. Se hallaba en medio de la maleza de unos árboles modestos, pero que se habían enseñoreado de su jardín, por el descuido reinante. Entonces recordé a bote pronto unos versos de su dueño, como el que tropieza con las escenas de su adolescencia:

Vinieras y te fueras dulcemente,
de otro camino
a otro camino. Verte,
y ya otra vez no verte.
Pasar por un puente a otro puente.
-El pie breve,
la luz vencida alegre-.

Muchacho que sería yo mirando
aguas abajo la corriente,
y en el espejo tu pasaje
fluir, desvanecerse.

Al día siguiente, por una serie de casualidades que nos ponen el vello de punta, un reportaje de televisión ahonda más en mi tristeza, cuando contemplamos el interior de la vivienda de Aleixandre, donde los cables retozan por doquier y las piezas abandonadas, los muros estragados que fueron testigos de los conclaves poéticos más febriles, de las filias y de los  enconos de los literatos más importantes, presentan un estado lamentable. Recordemos que Vicente Aleixandre, fue un gran conciliador, y mucho mejor poeta, y que quiso acoger a todos, pulir las rencillas, todos como adeptos de Safo y de Góngora, nadie sobraba en su casa. Con todo, no logró limar asperezas entre Miguel Hernández y García Lorca, ya que no todos sus adeptos eran tan bien avenidos.

El repiquetear alegre de Aleixandre se extinguió hace tiempo


También me roba la memoria, la mañana del reportaje televisivo, un artículo de Manuel Vincent en El País, que juega con la confusión a la que se prestó en la mente del agregado cultural de la Embajada británica, cuando una importante revista de las islas, quiso recabar información sobre el nuevo premio Nobel. Decían en la semblanza que había elaborado el protocolario burócrata, que el laureado con el Nobel de las letras era un estupendo actor, con una dilatada carrera tanto en el cine como en el teatro, vamos, un Shakespeare de nuestros tiempos, que conjugaba la interpretación y la inspiración de la musas. El gran actor Manuel Aleixandre, no Vicente  el vate en realidad premiado, con toda su prosodia en el Gijón, agachaba la cabeza pues también gustaba de la compañía de literatos, para recibir su cuasinobel. Le recibieron con aplausos entre la niebla que brotaba de las cabezas humeantes, prestos siempre al retruécano y con mucha guasa. 

viernes, 19 de febrero de 2016

Realidad ficticia


En el epitafio de la lápida de Marcel Duchamp reza sarcásticamente “D’ailleurs, cest toujours les autres qui meurent.” (Por otra parte, siempre se mueren los otros). Un acuñador de frases célebres, que ante el rechazo de la enseñanza más convencional, buscó saciar su vocación artística en los cafés parisinos. El hecho es que al pobre de Duchamp no le admitieron en escuelas artísticas públicas ni privadas, aunque tampoco se amilanó para cumplir su sueño; peor hubiese sido derivar en la subespecie más peligrosa de artista fracasado, la de hitleriano dictador. Marcel jamás olvidó su bloc de dibujo donde sedimentaba su sabiduría a guisa de ocurrencias, frases que sazonaban los retratos que esporádicamente realizaba entre la parroquia cafetera: artistas, noctívagos, chulos de matute, señoritos errantes en pos de un ápice de emoción en sus vidas y que se enredaban con bellas mujeres de mala reputación, para padecimiento de sus respetables familias. ¿Quién no ha soñado en su adolescencia como Duchamp, con esbozar en un bloc los rasgos de la persona amada? Es el prototipo de artista que todos quisimos ser, sin ningún género de dudas, igual que nos hubiésemos aferrado con los ojos cerrados al tipo de inspiración que requería Hemingway, para escribir un libro. Como decían los malasombras de sus críticos, nueva mujer nuevo libro. El americano se bebía la vida a grandes tragos, quizá por ello le supiese insípida aquélla, cuando acezante, el tiempo se detenía ante sus ojos, sin que las musas le inspirasen.

Pero la frase de marras que encabeza nuestro post, se las trae, suena a algo parecido a frontispicio de oráculo y Marcel, ejerce nemoroso entonces de sibila. Que los demás mueren es una suerte de pensamiento mágico que alimentamos los niños en nuestras vigorosas mentes. Esto es, la conciencia del ser que se cree eterno como el universo y que contempla la muerte como un espejismo, si acaso asume los decesos de los llamados “otros”. En realidad, a pesar de que nuestros átomos muten en diversas formas escapando de la prisión de nuestro cuerpo,  son más viejos de lo que parecen, aunque no de duración infinita. Nos creemos sin fin, hasta que la devastadora realidad nos enseña con la mortalidad de nuestros seres más queridos, y a pesar de que nos neguemos a morir, que Thanatos nos espera con su bruñida guadaña.


Puente de Sarajevo por el que discurrió el Gräf&Stift

De todas formas, la frase de Duchamp me vino a la cabeza mientras pensaba en la tremenda escabechina que se produjo durante la Gran Guerra. En ella, murieron todos, los “nosotros” y los “otros”; la mortandad en el campo de batalla fue atroz, de hecho, los británicos perdieron más tommys que en ningún otro conflicto.  También me preguntaba qué opinaría del aforismo el encorsetado Archiduque de Franz Ferdinand y su esposa Sophie, asesinados en Sarajevo  en la esquina de la calle Francisco José y del paseo Appel. Allí estuve yo, contemplando atónito la escena de una calle moderna, mientras Mr Benzeno, una montaña de músculos de casi dos metros que hacía de guía, me indicaba la trayectoria del Gräf& Stift Double Phaeton que portaba a los dos infelices hacía más de un siglo.  En el tole tole de la época, se vengaban con tropos de la coquetería del noble heredero austriaco, que le pudo llevar a la tumba. No en vano, había pedido que le cosieran la guerrera para disimular sus gorduras- ya sabemos que las apreturas son lo mejor para disimular los michelines. Por lo que cuando le quisieron abrir para tratar las heridas, la pechera no cedió hasta que se la rasgaron como pudieron. Unos segundos por lo demás preciosos en la vida del aristócrata, que tampoco hubiese sabido enfrentarse a ella sin su mujer. A pesar de que Sophie tenía un origen plebeyo y el emperador odiaba su “mezquindad”,  para el heredero Franz Ferdinand fue el amor de su vida, y conmueve cómo le imploraba a la esposa malherida que no falleciese, que los niños no podrían vivir sin su madre. 
  
Fue un día de torpezas infinitas, parte de la que llamaban cápsula de seguridad, quedó atrás de la comitiva por un descuido. Por otra parte, los acontecimientos de aquella funesta jornada, nos enseñaron que a veces es mejor improvisar un discurso, que atenerse al pie de la letra del que se lleva escrito, sobre todo cuando cambian radicalmente las circunstancias.  El alcalde de Sarajevo, llamado Curcic, ¡pobre hombre!, se puso cárdeno cuando Franz Ferdinand le reprendió vehementemente a su discurso en el que hablaba de una calurosa recepción por parte de la ciudad a la comitiva de los Archiduques con el famoso: “ Señor alcalde, vine aquí para hacer una visita y me lanzaron una bomba. Es ultrajante” Luego tras la primera tentativa de atentado terrorista fallida, la comitiva se desvío por error del recorrido programado, y lo curioso no sólo es que la visita continuase, sino que el azar cruel le brindase la oportunidad a Gavrilo Prinzip de llevar a cabo su pérfido plan. El resto de la historia es conocido, el nacionalista, miembro de la organización de la Mano Negra, balaceó al matrimonio de aristócratas provocándoles la muerte. A pesar de su mala puntería, su decisión y algo  de fortuna criminal, Gavrilo Prinzip logró su objetivo.


Las guerras, cáliz de un sacrificio estúpido.

Como hablábamos, una sensación de irrealidad flotaba aquella mañana en Sarajevo cuando paseaba con Luka de acompañante y guía. Decía que había aprendido su espléndido español, follando con una española. Barba y cara de toro, con un puro, al que se aferraba con la misma mirada fiera con la que se aprestaba Orson Welles desde el tendido a disfrutar de una corrida ( de toros, por supuesto). Luka decía, que el amor acaba en tedio cuando se usa con demasiada frecuencia y que al final, debes conversar. Con su sonrisa de benceno, me refiere con desparpajo que durante el sitio de Sarajevo, acosado por los francotiradores, hizo de una vieja fábrica su refugio, a cuyo socaire merodeaba en busca de los pertrechos básicos. Fue tanto el hambre que pasó, que Luka saboreaba los restos de gasolina que encontró en la fábrica, para disimular la gazuza- de ahí le viene el apodo que él mismo se inventó para sí. Le escucho con la prevención del avezado extranjero, que no se deja impresionar por las historias de la guerra de Bosnia, que a veces suenan más a pura ficción que a realidad. Tan de ficción como los restos de esquirlas de la bomba que arrojaron a la comitiva aquel 28 de junio de  1914. Un  atentado que leído tantas veces en libros de texto, el salto de las páginas de los libros a la realidad, le instila un dejo de ficción.


Escribe Vila-Matas en París no se acaba nunca este juego de muñecas rusas, en el que yo digo lo que dice Vila Matas que escribe Perec en Especies de espacios: «Ver de verdad algo que durante mucho tiempo sólo fue una imagen en un viejo diccionario: un géiser, una catarata, la bahía de Nápoles, el lugar donde estaba situado Gavrilo Princip cuando disparó al archiduque Francisco Fernando de Austria y a la duquesa Sofía de Hohenberg, en la esquina de la calle Francisco José y del paseo Appel, en Sarajevo, justo enfrente de la taberna de los hermanos Simie, el 28 de junio de 1914 a las once y cuarto.» Son los lugares que yo denomino vórtices del tiempo, tan de ficción como la historia real que se adensa en sus entrañas. He visitado otros sitios tantas veces auspiciados en la celulosa de los libros de historia y de las novelas, tan determinantes para nuestro devenir presente, que al final, acaban por su normalidad, pareciéndote extraños, como de ficción. Hablaré de estos puntos encantados y candorosos de la historia, sólo quería introducirlos con este post.  

miércoles, 17 de febrero de 2016

La misiva de un soñador



De vez en cuando me pongo a rumiar ideas o rememorar lecturas, que guardan diferentes posos como dijese el gran escritor mejicano, Carlos Fuentes. De amplio repertorio y que hasta cuando revisita el clásico de Drácula, lo hace bajo nuevos visos y aparece con ternura el tópico del amor al hijo. Pues como decía, dichas ideas cristalizan tras un tiempo bullendo en mi terca sesera. De pronto, no sé las razones, pero me pregunté por la carta que había escrito Miguel Hernández a Juan Ramón Jiménez, para recabar su apoyo en el ardoroso mundo de las letras. Fue una búsqueda súbita y abracadabrante que hubiese firmado el mismo mago Jodorowsky, puesto que apareció en el blog de Emilio Monte Hernanz Tenemos en ella un Miguel Hernández, meritorio a poeta y admirador de Juan Ramón.


Enseguida mientras leemos con deleite la misiva, nos percatamos de dos cosas. En primer lugar late en toda la misiva un estilo primoroso de poeta y por otra parte, refleja el candor del principiante, remitiéndonos a las faldas bucólicas de los somontes y los elevados riscos donde se agazapaban las cabras, y el oriolano leía febrilmente, a ratos alertado por el berrido quejicoso de alguna de sus compañeras de lecturas ( parece una égloga). Hasta el sol nos acaricia el rostro en aquellos médanos improvisados donde lee Hernández, logrando algo del calor que nos es tan parvo estos días, en los que se ha aposentado el general invierno y nos servimos en sus cuarteles de gruesas mantas con las que capear el frío vespertino.

Recordemos asimismo que Juan Ramón era en aquel entonces una figura consagrada de nuestra literatura, en la cual los jóvenes y desorientados poetas de provincias, buscaban cobijo y consejos. Modernistas iniciados como Antonio Machado o Villaespesa, le erigieron en juez de sus cuitas poéticas y llegaban con sus hirsutos cabellos a trastocarle la siesta al maestro, que nunca refunfuñaba más de lo debido. Le adoraban casi como a un Buda, mientras un Jiménez pudoroso, rechazaba la lluvia de halagos con los que le cortejaban sus admiradores más rendidos, muchos de los cuales se convirtieron en magníficos poetas. Pero siguiendo con la preciosa misiva, el de Orihuela cumplía el primer paso de los ritos de iniciación para acogerse en los brazos de las musas. Porque lo normal una vez agotadas las resonancias de provincias, fue que los talentos se ahogasen en la claustrofóbica redoma de los diarios regionales, al ser un pírrico altavoz de sus versos. Por esta razón, Miguel Hernández fue coherente cuando como se decía en la época, se echó a Madrid..

Corajudo Miguel Hernández, ávido lector de libros

Donde a pesar de que los contornos y sus hechuras de entonces se asemejasen a los de un villorrio, más con nuestro patrón del presente y con lo que se ha alargado la urbe en los últimos cincuenta años, debemos imaginarnos la mirada de un asustadizo Hernández, apabullado por su bullicio y que saliendo de la estación de tren  con su hatillo, huiría de los claxon malsonantes y de la turbamulta que en medio del caos, se arracimaba en las taquillas del metro para proveerse de un billete. Todo el mundo, aparentemente sabía lo que tenía que hacer, en aquel delirio orquestado. Él fingió saberlo y ser uno más. Y también deseo ardientemente que Juan Ramón le leyese sus versos, que como novel le hubiese portado al deliquio del paroxismo. Desafortunadamente hasta unos años después, la misiva no fue contestada, cuando el maestro se percató de la verdadera talla poética del oriolano. Tarde para los sinsabores que vivió Hernández durante ese tiempo, en los que malgastaba las suelas de sus agujereados zapatos porque guardaba su escaso peculio para hacer una comida al día. Quizá como Hemingway, al fin y al cabo, que se cubrió de gloria en vida, y cuyas novelas generaban unos derechos de autor que le permitieron llevar un estilo de vida muy holgado, añorase las estrecheces de la juventud cuando se alimentaba de sueños y su carrera literaria era una página en blanco.  Disfruten de la carta, que es una delicia por la gentileza, otra vez, de Emilio Monte Hernanz. En descargo a la demora en la lectura de la carta del autor de Platero y yo, decir que recibía regatos  de sobres que le hubieran apartado de su quehacer literario.


Por último, la siguiente parada del poeta tenía que ser París, parada que Miguel no llevó  a cabo ( porque nos enredamos en una guerra estúpida y en una represión posterior). Aunque muchos otros sí cumplieron ese sueño. No obstante,  ese tren requerirá otro billete en forma de post .El chileno Huidobro por ejemplo, se apreciaba de innovador delante de los catetos de Madrid, pues traía las modas que pujaban en aquel rompeolas del arte parisino. Embobados escuchaban sus paseos por el Palacio Real parisino, donde bullía la vida a raudales, más para los ojos ingenuos, a los que el libertinaje y la libertad les hacía frotárselos más de una vez como gesto de incredulidad. Haremos un post de los exiliados.

lunes, 15 de febrero de 2016

El reloj tardo de Einstein y un viaje surrealista



Mucha expectación había levantado el anuncio de LIGO, y es que los institutos de investigación han entendido perfectamente el eco que logran sus éxitos cosechados entre farallones de espectroscopios y computadoras. A través de las redes sociales y los mass media van filtrando deliberadamente y a cuentagotas la información como en una novela de intriga, hasta que el directivo del ente nos desentraña en una rueda de prensa el nudo gordiano del enigma científico a la vez que bosqueja una sonrisa socarrona. Porque son más vanidosos de lo que aparentan, tienen el ego de viejas vedettes y más mundanos si cabe. Aparte de descifrar alargadas ecuaciones vedadas al entendimiento de la mayor parte de los mortales,  muchas veces su orgullo se ventila con apuestas a suscripciones de revistas del género alegre (lo confieso, fingimos con interés y alevosía que entendemos algo del chorro de incógnitas que profusamente brotan de la pizarra de Edward Witten). V.g.  Kip Thorne y Stephen Hawking, ambos estupendos científicos divulgadores y best sellers de la ciencia, resolvieron sus pendencias relativas a cuál era la fuente de rayos X       Cygnus X-1, jugándose cada uno de sus postulados con una suscripción a Penthouse y Private Eye respectivamente.

En realidad, Hawking había sido más ladino sobre esta cuestión, dado que atraído por el estudio de los agujeros negros de Roger Penrose, su tarea de investigación había girado como la mayor parte de sus desvelos en torno a esos "monstruos del espacio", por lo que si sus hipótesis fuesen rechazadas, ganaría por lo menos una suscripción a Private Eye. Es lo que llamamos en finanzas una cobertura de riesgos. Al final perdió y sus hipótesis a favor del pelo de los agujeros negros (qué mal sonante, no es un post erótico) fueron reforzadas pero tuvo que pagar la suscripción a su amigo Thorne, que había elegido en este caso Penthouse. Recordemos que los agujeros negros fueron intuidos por la teoría de la relatividad de Einstein, aunque siguen muy alejados del entendimiento humano. Cuando el científico judío desenfundó su pluma y manchaba cuartillas y cuartillas, escribiendo infinidad de letrajas misteriosas, ni siquiera Hubble (1929) desde el observatorio del Monte Wilson (California) había descubierto que el Universo se expandía y lo que sorprendió todavía más en la época, que las manchas nebulosas que habían observado y que creían elementos de nuestra Vía Láctea, lejos de ser polvo estelar se trataban en realidad de miles de galaxias.

Como decíamos, ayudó a Albert Einstein el puesto en la oficina de patentes de Berna, que alejada del bullicio de las clases, le permitió razonar acerca de la relatividad y comprender el fenómeno que nos rodea, mientras como dice la anécdota, iba en el tranvía y observó el reloj que igual que la manzana de Newton, alentó la visión definitiva del genio sobre el problema que le azuzaba. Según reza la leyenda, siempre compraba los mismos cinco trajes para no hurtarle ni un minuto de decisión a su resquebrajada cabeza, que tenía suficiente con plasmar en folios cómo era el Universo, como para perderlo en qué se ponía cada mañana. Más tarde completaría su teoría y el universo se convirtió en una infinita cama elástica que albergaba agujeros negros supermasivos, fenómenos extraños como las estrellas de neutrones que propusieron el extravagante y más que elocuente Fritz Zwicky y sus ojos en el espacio, Walter Baade  ( uno de los mejores cosmólogos observacionales en opinión de Kip Thorne) entre otras figuras extrañas de la bóveda celestial. 

Reloj que inspiró la teoría de la relatividad de Einstein.

Y esta historia toma un giro surrealista, porque como advertí conscientemente, buena parte de los científicos más renombrados se han convertido en directivos, y no lo afirmo con ánimo delicuescente.  El viernes pasado, uno de los mejores investigadores de nuestro país, me confesó que él o más bien su fama y largo periplo por la ciencia, servían de reclamo para atraer fondos públicos y sobre todo privados” Los euros son euros, los suelte su Agamenón o su porquero, Muna”. A resultas de lo cual, mi amigo se limitaba, me decía pesaroso y resacoso de su último viaje por Kazajistán donde le habían recibido como una prima donna, a recabar los fondos necesarios para el proyecto y si acaso a  marcar las líneas maestras por las que debería desarrollarse la investigación. Yo en cualquier caso, estaba intentando sonsacarle algo sobre las ondas gravitacionales, pero no había manera. Miraba suplicante para que acabase con su monserga de remedo de directivo, aunque su rostro macerado continuó farfullando con vaguedad las anécdotas de su viaje por tierras kazajas. Me aseguró filosófico que la vida y los sueños se le habían mezclado en una raya imprecisa mientras se preguntaba qué rayos tendría el lingotazo que le habían servido la noche de carnaval que había pasado en Kazajistán. Lo que es seguro es que a falta de costumbre, le había dejado grogui y que abrazado indefenso al colchón como el boxeador noqueado,  le tuvieron que llamar a toque de retreta la mañana siguiente, más bien mediodía, porque perderían el avión. Todavía apreciaba en sus viejas retinas el centelleo del embrujo que le provocó la experiencia kazaja, cuando desembocamos por fin, en el objeto del post. Le vuelvo a confesar que no comprendo la importancia de las ondas gravitacionales. Soy un físico frustrado.


El me dice o yo por lo menos eso le entiendo, que hasta el viernes sólo éramos capaces de captar y de medir un cinco por ciento de nuestro universo, ya que sólo evidenciábamos los fenómenos electromagnéticos. Refugiado en sus gafas oscuras, como de maduro terne, insiste que con las pequeñas deformaciones del tejido espacio tiempo provocadas por las ondas gravitacionales, podremos retratar la famosa materia oscura y otros episodios que se habían mostrado remisos hasta el momento, al no reproducirse como fenómenos electromagnéticos (cualquier objeto con masa, cuanto más masivo mejor para ser detectado, produce estas deformaciones ínfimas en la cama elástica del cosmos). Creo entender la importancia del descubrimiento, eureka y a la vez evoco el viaje de Pitol y Vila Matas por Turkmenistán, repleto de exotismo. Se parecía tanto al que me había descrito Miguel, mi amigo científico, algo provecto aunque cariñoso. Allí, en el relato que hace Pitol en su Mago de Viena los dos escritores de lengua castellana fueron tratados como estrellas de Hollywood, y mientras se lo cuento, mi amigo me repone. – Sí, la verdad que me tienes que decir dónde leer su historieta, porque de verdad, me recuerda a la mía. No sé si soñé que viajé a Kazajistan o a Marte. Bueno, tengo estas fotografías, así que supongo que viajé a Kazajistan.-  Evocando su explicación sobre las ondas gravitacionales y su viaje que parece sacado de un museo de cera, he dejado en el tintero un alegato en favor de Einstein, porque muchos agoreros y escépticos a raíz de las loas al científico judío, aprovechan para culparle de todas las plagas del mundo moderno. Volveré sobre el más grande físico teórico y el informe MAUD.

¡Vaya colección de eminencias!