viernes, 29 de enero de 2016

El péndulo de la historia


El rey de Esparta crispó sus manos lancinadas por numerosos cortes y magulladuras, que eran en realidad, el fiel reflejo de la crudeza de la última batalla. Enfrente, la marea de caras acartonadas de hoplitas y pelstatas lacedemonios, que observaba atentamente el hilo de respiración acezante del monarca. Debido al polvo, Arquídamo tosía frecuentemente, pero  les iba a hablar cuando la moral flaqueaba y la infantería ligera tanto como pesada, se arracimaba en torno a él. Echaban de menos a sus familias, por lo que el tiempo que pasaban fuera de sus casas arrasando el Ática con el fin de que el enemigo ateniense saliese de la madriguera, se les había hecho una eternidad. Tampoco por un peculio ajustado, más por su afán de contribuir a la comunidad; el salario se convertía en un sustento magro para todas las calamidades que conllevaba una larga guerra de desgaste y sólo el saqueo les permitía resarcirse económicamente de sus actividades ordinarias, que no de las penurias de la campaña.

Como casi todas las afrentas bélicas, la esperanza del soldado estribaba en su pronto fin. Por todas aquellas razones, miraban exangües, sin un átomo de energía, a un rey justo que aun cuando se hubiese opuesto a la guerra, defendería delante de sus hombres la necesidad de mantenerla, muy a su pesar. Su voz brotó grave. Él como cualquier militar había mirado de cerca a la guerra, y no le gustaba. Por su arbitrariedad e injusticia, porque costaba generaciones enteras resarcirse de las parcas que acarreaba. ¿Cuántos hijos crecerían sin sus padres? Y el hambre correría como un reguero por el Ática. Asimismo le reconcomía por dentro el misterio de que muchos de sus infantes muriesen en la próxima batalla. Se convertirían en guiñapos inarticulados sin un ápice de vida. No hay nada más extraño que cuando la vida se evaporaba en unos ojos y dejaba lívidos los rostros, un instante atrás animosos. Aunque ellos le seguirían adonde les condujese. ¡Cuánto amaba a sus hombres! Arquídamo con su discurso mesurado y justo, había erizado una vez más la piel de sus soldados.

El historiador Tucídides, contemporáneo de las guerras, hace un relato desapasionado y cargado de realismo de Las guerras del Peloponeso. Menos conocido que el fantasioso Herodoto, que apelaba frecuentemente a la épica para ensalzar a los héroes griegos, no en vano, algún historiador comparó sus crónicas con cómics, Tucídides inauguró un historicismo donde los hechos y las fuentes constituyen pilares irrenunciables. Lejos quedan las apelaciones a los Dioses, que para muchos autores contemporáneos era un recurso frecuente y a la sazón de sus lectores. Por otra parte, la traducción de Gredos, la más difundida, tiene un alto valor simbólico, aunque algunos expertos señalen que adolece de muchas lagunas. De hecho, esas mismas palabras fueron leídas por el ardoroso Carlos I en su tienda de campaña. En el caso de Arquídamo muy lejos de las imágenes férreas, Tucídides le presenta como un hombre arrastrado por las circunstancias, a  un conflicto bélico que no le gusta. Aunque sobre todo, resalta el hecho de que a pesar de odiar la violencia indiscriminada que conlleva, no rehúye de su responsabilidad y cuenta toda la realidad a sus hombres tanto como la inevitabilidad de su sacrificio. Sin embozos.

Fue entonces cuando el círculo de economistas, una tertulia de verdaderos cormoranes viejunos a la que suelo asistir cuando las circunstancias me lo permiten, tal vez anacrónicos por su amor al clasicismo, echaron de menos a un Arquídamo que hubiese contado la verdad de la crisis económica que todavía nos asola. Todos temerosos, en mayor o menor medida, decidieron ocultar la realidad por mero cálculo electoral. Alfredo, al que le encantan los juegos de paralelismos, orondo y con las flatulencias a flor de piel, opina muy al contrario que en realidad el problema de España estriba en que no cuenta con verdaderos hoplitas y pelstatas que se hiciesen cargo de una  situación dramática. Podrían haber surgido centenares de Arquídamos que no les hubiésemos escuchado. Yo pienso que en el término medio se encuentra la virtud, pero también comparto el punto de vista orteguiano de Alfredo. El ciudadano deja de ejercer sus libertades y entender su entorno de circunstancias,porque cree que el paraguas del estado le protegerá de cualquier contrariedad. Es muy grato oír cantos de sirena, que hablan de que la crisis tendría una pronta solución gastando más dinero (Stiglitz, Krugman y todo el hato de voces neokeynesianas). Curiosamente queremos repetir lo mismos errores que nos entramaron en esta crisis. Hasta el momento, dichas políticas se han revelado al cabo del tiempo, como una Caja de Pandora. Ni siquiera la prognosis del precio del petróleo y sus efectos sobre la inflación que se toman en una vía determinista, abrigan buenos análisis. La subida de precios en cualquier caso, es siempre una buena senda para la economía, no puede haber deflación de costes en nuestra dogmática y esquemática forma de entender la ciencia triste .


Delfos y la incertidumbre, pitias y sibilas.
Pero retornando a las Guerras del Peloponeso, también resulta excelente la lectura del estudioso Donald Kagan. Popper cree que en las ideas de Platón subyacen ideas totalitarias y una concepción elitista del poder. El marco de análisis de Popper y lejos de mi intención enmendarlo en su apreciación, es una Europa convulsionada por los totalitarismos de diversa índole ideológica, pero muy cercanos en sus presupuestos contra el individuo. Platón reivindica una mayor especialización y advierte de los males de la política asamblearia; aboga por instituciones más representativas, y en las que el representante cuente con alguna experiencia-sabiduría para tomar decisiones. Sus guardianes es verdad que inspiraron los aparatos sólidos de partidos totalitarios como el nazi y el leninista, donde una élite, los cerdos de Orwell, dictaba lo que había que hacer a la masa. No discuto lo que dice en este sentido Popper sobre Platón, aunque más que las ideas del filósofo, si se entresacan algunas críticas a la democracia, es su aplicación rayana con el fanatismo lo que alumbra a monstruos totalitarios. Si encontrásemos un equilibrio, ahí estriba el quid de la cuestión. Yo creo en una democracia representativa, en la que nuestros representantes más que dedicarse o establecerse en comuna, deben tener una experiencia y una sabiduría en los temas que van a tomar en consideración. Ello no excluye ni fomenta una democracia contemplativa, pero sin desmesuras como las asambleas, que en algunas ocasiones parecía que habían sustituido al parlamento en España, al que se le llegó a contemplar como un mero formalismo (son totalitarios los que conciben este modo de entender la política, si no controlo las instituciones, éstas no me valen). Así, la democracia real estaba en las calles casi resuena a todo el poder a los soviets que reclamó un Lenín en el cenit de su poder. 

Incluso, la obra de Tucídides inspiró a Tolkien, que conmocionado por la cruenta II Guerra Mundial, creyó en una especie de suerte cíclica en el discurrir histórico. Es la famosa teoría del péndulo, que regresa a sus comienzos y que repite los mismos conflictos entre el bien y el mal, encarnados por personas diferentes. Y al lector, como es  mi caso, por mi hato de experiencias, nos sorprende el trato de Tucídides a  un enemigo, él era un ateniense, pues realiza un retrato de Arquidamo, valorado por sus adversarios y sobre todo por sus hombres, a los que sí hubiese pedido cruzar la laguna Estigia con Caronte, no se habrían abismado en excusas. Otro día definiremos más las ligas que se enfrentaron en la contienda, más parangones históricos, que personajes ilustres que escribieron la historia, vislumbraron en las crónicas del historiador ateniense. 

miércoles, 27 de enero de 2016

¡Con el fútbol hemos topado!




Julio goza de un talento innato con los pinceles y lapiceros. Característicos olores de nuestra adolescencia fueron la trementina aferrada a sus jerséis de lana, y el perfume de la cazoleta de su pipa de tabaco, que nos impregnaban cuando llegábamos a su casita de pasillos angostos. “Donde las casitas bajas” nos repuso a nuestras dudas y presurosos, la primera vez que buscábamos entre el dédalo de casas bajas, su morada. Nunca supe si se trataba de Coslada o San Fernando, es lo de menos, aunque sus hechuras reducidas la convertían a nuestros ojos en una casa encantada. Julio la llamaba la Casita de Pin y Pon, y es verdad, que cuando discurro ensimismado a veces me topo con ella, y en ruina, me parece infinitamente pequeña. Había un poeta que hablaba de las dimensiones de la infancia, que se jibarizan producto de la plasticidad de nuestro cerebro (según algunos psiquiatras nuestra materia gris adapta lo que nos rodea al tamaño de nuestro cuerpo). La cuestión es que nos recibía con sus ojos embotados por la penumbra, y el mentón desafiante en una pose típicamente mussoliniana. Sin duda algo  fanfarrón, pero qué artista no cree en su obra y se pavonea afectadamente. Para completar su semblanza  decir que era alargado, cetrino y desgarbado. Enseguida nos invitaba a pasar sin más dilación, con el fin de que no quebrásemos su aura creativa – ¿Mirad lo que estoy haciendo, chicos?

De verdad, que nos hechizaba mientras empezaba a bosquejar hábilmente los primeros trazos de una figura en su bloc de dibujo. ¿Qué será con lo que nos sorprenderá esta vez? Aunque a su casa nos habían traído otros menesteres, pues Julio se encargaba de los dibujos de nuestro fanzine,  con caricaturas frescas y no exentas de polémica, que nos granjearon un sinfín de rapapolvos. Como le advertía su propia madre, que volvía con cajas destempladas cada vez que experimentaba los benditos revolcones de los tutores del Instituto- en caso contrario, el indomable Julio se hubiese descarriado- “menos mal que no existen los duelos en nuestra época, porque sino”. Nuestro catálogo de afrentas había crecido con las caricaturas del inefable artista y mis personajes  interpuestos ( cambiaba los nombres, emborronaba las características y mezclaba las anécdotas, y se apostaba en las aulas quién estaba detrás de las historias de Muna). Sus cuadros parecen remedos de los de Antonio López, cargados de un hiperrealismo rayano con la fotografía. Sin embargo, al cabo de los años se decidió por el rubro más prosaico de la ingeniería, dado que no se veía a sí mismo en el Parque del Retiro entre la barahúnda de meritorios, que mendigan la atención de los viandantes.


En todo esto pensaba entretanto me dirigía de nuevo a una de sus singulares escenificaciones. Genio hasta la sepultura como cuando se rompió los paletos intentando un salto mortal en su período zen. El físico y la mente, la creatividad y las energías, todo uno. Su tía muy rumbosa con los cuartos, no dudo en pagarle la costosa reparación de la dentadura, pero Julio, soñaba con un MAC para sus diseños gráficos. Por lo que esbocé una sonrisa, al recordar que se había comprado una réplica de dentadura en una tienda de disfraces y medio abría la boca para que la inocente hermana de su madre, observase lo bien que le había quedado el arreglo. De pronto, enredado en los recuerdos, había llegado sin darme cuenta a la tienda de deportes donde nos iba a enseñar su última obra. Un vinilo de Zidane hiperrealista que le distrajo unas cuantas semanas, en las que escapaba a regañadientes del control férreo de su esposa sargento. Su otra pasión el fútbol, madridista hasta la médula, y ahora que Zidane ha cogido la manija de su equipo, está rozando el éxtasis.  Todos nos asombramos con su creación y casi estábamos seguros de que se trataba de una fotografía. “Ohhhh, no puede ser” Los más escépticos y envidiosos señalaban espuriamente que para eso, es mejor tener una cámara que unas manos hábiles. ¡Cochina envidia!Para convencernos nos enseñó la serie de bocetos que había realizado para concluir en el vinilo. – ¡ Magnífico, Julio, no sé cómo dejaste de pintar, si se te da fenomenal! Un aplauso espontáneo de las veinte treinta personas que contemplábamos su obra, le llegó a ruborizar. Menudos fastos, si bien mi amigo es un artista incomprendido y me explico.

¡Qué tendrá el fútbol que a todas las especies apasiona!

Cuando llegó su esposa, una mujer de bemoles,  le dijo que hiciese el favor de venirse a un aparte. No quería espantar a la concurrencia, que calurosamente había premiado la última creación de su marido. Me contó después que la cara de Darth Vader le hubiese parecido la de Blancanieves en comparación con la de su mujer, cuando le barbotó con desdén muy medido, que “ todo eso estaba muy bien, pero que habían pasado seis meses y los toalleros del baño todavía no están puestos, para lo que quieres, sí que tienes tiempo”. Y le dejó ahí piantado, tras dar la espalda a su creación en todo momento: el Zizou de la novena empalmando una espléndida volea. Yo proclamé cuando me vino a contar sus cuitas, que la vida es cuestión de prioridades. Las mujeres jamás entenderán porque nos apasionaba tanto un tipo calvo jugando en calzoncillos. – En el fondo no dejan de tener razón, Julio. – El asiente con la cabeza.- Y cuanto más lo expliques, peor, niño.- Mi amigo con la cabeza gacha parece un colegial. Dónde estaban aquellas ínfulas de artista indomable, pero Begoña es mucha Begoña y con el fútbol hemos topado, señores, más incomprensible para algunas doñas, que la Teoría de las cuerdas. " Es mejor, Julio, que le pongas los toalleros, a qué esperas, muchacho"

martes, 26 de enero de 2016

La pepona de inmaculada soledad



Iba agazapado tras unas gafas de sol, para ocultar mis espléndidas ojeras, y con una gabardina marrón clara, que tapaba los cuatro trapillos que me había puesto para salir del paso. Era un sábado  resacoso; todavía resonaba en mi cabeza Bohemian Rapsody, que se había convertido en nuestra canción ritual, porque encauzaba todas nuestras euforias de una noche siempre promisoria, que con todo, al final siempre se mostraba desdeñosa en cuanto a nuestros anhelos de encontrar el amor. A pesar de mi aspecto macilento, me moví como una gacela entre los estantes de un gran almacén cualquiera, cuando un inmenso chirrido similar al graznido de una sirena, interrumpió las reflexiones con las que habitualmente me fustigo. - ¿No te acuerdas de mi?- Me preguntó una vivaracha pepona.” Mamaaa, just killed a man” la voz de Freddie Mercury todavía repiqueteando en mi cabeza, y las facciones de la muchacha complacida, que  me recordaban a alguien. ¡Despierta, Muna!

-     Soy Inmaculada, tu antigua vecina – Dijo la muchacha dado que no ponía solución a su acertijo y de pronto afloraron sus vestiditos de Mariquita Pérez, sus trenzas o peinados de escafandra  de niña pizpireta, quizá demasiado pupé. Recordé que enseguida se sonrojaba cuando muda, se apostaba delante de mí, mientras los chicos jugábamos a las canicas. Se balanceaba sobre su pierna derecha como queriendo decir algo, pero al final, el silencio y una sonrisa que bosquejaba mientras sus carrillos se inundaban de un color similar al durazno, era lo más que Inmaculada decía. Más tarde me explicó el motivo por el que se plantaba delante de mí sin decir ni mu-  ¿Qué tal te va, Muna?
-     Bien, bueno.- Balbuceaba, todavía estaba noqueado por la resaca. “Galilleo, Galileo, Galileo, Figaro- magnifico” Y la pepona abusaba de mi confianza, vomitando preguntas y más preguntas, que me hicieron brujulear inquieto, buscando la forma de evitar aquel suplicio. Los irritados compradores nos miraban con caras de suma extrañeza, mientras nos rodeaban. Escuchaban a retazos su conversación- yo estaba callado mientras Inmaculada parloteaba sin parar- pero lo que les llamaba más la atención, era el éxtasis de la inmarcesible pepona.
-  Perdona, necesito gas.- Me aclaró risueña, que quería salir a fumar. Asomó su dentadura pocha con el chascarrillo. Y aquella tarde, de vergüenzas ajenas, se esfumó con la promesa de volver a juntarnos.- Muna, no te lo perdonaría que no nos volviésemos a ver. Te puedes creer, Muna, que estaba pensando en ti cuando venía. ¿No crees en el destino? En mi horóscopo me decía que iba a aparecer una persona importante en mi vida en esta semana.


Mustia pepona, que nos conmueve

Más tarde, fui deshilvanando el misterio de la libidinosa pepona. Después de acabar políticas en la Autónoma, aspiró a la más alta función de una sociedad, que es la política y por supuesto, exhibía con ternura sus logros. Con treinta y pocos años, le habían asignado el puesto de concejal de cultura en las últimas elecciones, que se habían producido hacía unos pocos meses. Por eso le había venido como anillo al dedo. “Muna, el poeta, siempre tan romántico” se le encendieron los arreboles. Es verdad que siempre me ha costado llevar este sambenito a cuestas, el de vate, por mi morosidad con las cosas que parecen prescindibles, pero volvamos a Inmaculada, la invencible pepona. Todas sus vicisitudes me las explicó con su estilo ardoroso y agitado de hablar, a la vez que fumeteaba infatigablemente, en su chalé de la carretera de Barcelona. Necesitaba como Concejal de Cultura, darse ese halo de intelectual, que  como yo sabía, no tenía. Seguidamente me pasó unas cuartillas, con una entrevista, que había que reenviar con las preguntas contestadas a la revista local. Su partido no le dejaba que al albur de un calentón, dijese barbaridades, así que mejor meditar las respuestas y pasar varias cribas. En realidad no era una entrevista, lo que me produjo cierta tristeza. A medida que se me acercaba dicharachera y radiante con sus leggins, me susurraba que una mujer de sus posibilidades al fin y al cabo, se sentía tremendamente sola. Íbamos completando la entrevista con sus constantes interrupciones y éxtasis teresianos.

-          Me gustaría incluir una reflexión sobre la soledad del individuo en las sociedades modernas, una de esas que tanto te gustan a ti, Muna. Algo de poesía.
-          En una  entrevista no pegan mucho.
-          Sí, algo que se te ocurra, con varios adjetivos, pintemos un cuadro de esos oscuros.
-          Las nubes espesas que se ciernen sobre el individuo en las sociedades modernas.
-          Con más adjetivos, Muna, que tú eres jacobino.
-          Será gongorino, Inmaculada.
-          Pues eso, que pongas más adjetivos, que parezca que me recreo como una intelectual en la frase. El individuo solo y el político que le rescata de su soledad. Creo que quedará bien. Y luego con aforos de esos de alguien conocido.
-          Será aforismos. ¿T.S. Elliot te vale? ¿Y Stendhal? Churchill es infalible porque no callaba.
-          Sí, cualquiera de esos tres.

No recuerdo si escribimos que “ las nubes alargadas y espesas que retoñan y se ciernen sobre el individuo ahíto de soledad en las sociedades modernas como había constatado T. S. Elliot” Las respuestas de la entrevista se convirtieron en un bodrio infumable y en un clásico en mi casa, ya que despertó la hilaridad de mi hermano Alejandro, cuando llegó un duplicado de la revista  a casa. Sandro tenía los ojos velados por el llanto, que le habían producido las respuestas grandilocuentes. Y me releía las respuestas, mis respuestas, con gozo y saña. – Si todo el mundo sabe que Inmaculada es una ceporra.

Entre líneas de mis vivencias con la elástica pepona, me hizo pasar varios trances ineludibles de contar. Como cuando vino pasada de alcohol, y me recriminó a bocajarro.- No os folláis a las gordas, porque no os gustan. Y yo estoy cansada de tanto régimen. Ni siquiera me miras, Muna. Me pongo sexy, y nada.

-          A Rubens, depende del canon, le gustaban las mujeres gruesas
-          Dale, el intelectual que no se entera de nada. ¿Sabes por qué me ponía delante de ti cuando jugabas a las canicas?
-          No me daba cuenta.
-          Como siempre, Muna. Estaba y estoy loca por ti. Y sí, me viene bien que me asesores, porque soy una lerda y tú un intelectual, pero la verdad es que me siento tan sola y tú siempre me has gustado tanto.- Los cabellos foscos, la boca contrahecha, con el rímel ligeramente corrido, le daban un aspecto a Ridi, pagliacco, que me enterneció. – Pero no te vas a follar a una puta gorda, lo sé.
-          Es que así planteado, Inma. Es un poco truculento.
-          Sólo os gustan las flacas.

Me asedió a mensajes tras su encerrona porque presuntamente quería que le asesorase en el ambicioso programa cultural que iba a emprender su partido durante aquella legislatura. Todavía tendría algunas anécdotas que contar sobre la pepona cachonda. Como su disertación en público sobre un Estudio del Cuadro de las Lanzas de Velázquez que promocionaba su departamento. Le nubló la razón el miedo escénico y el discurso escrito, se le aparecía como una neblina. Lo dejaré para otra ocasión. El caso es que a veces veo pasar a la dulce pepona, cabizbaja y con ese rostro conservado en el formol de infinitas cremas, aun en soledad, y un respingo de amargura, enternece mi corazón. Ella alza sus cejas, se esponja en una sonrisa fugaz al reconocerme y sigue caminando imbuida en su soledad, otra vez.

lunes, 25 de enero de 2016

Ostracas de la perdición

Brumas del pasado me envuelven, en medio de este intenso tráfago de Madrid, que invita a la reflexión. Una larga fila de intermitentes parpadeando, las torres bruñidas de la urbe mientras oteo el horizonte en la M-11 y la radio escupe los mismos fantasmas de siempre. Parece que el país se hubiese frenado hace unas semanas, pero seguimos con los mismos ojos embotados del sueño. A guisa con el terno, y una mañana que adivino frenética, se me va dibujando el en mis retinas el post de hoy. Don Felipe, que era un enorme lingüista, amante de la Antigua Grecia y de Roma, acude con pies ligeros a mi auxilio, de víctima de la página in albis.  Su silueta se recortaba contra la pizarra, algo contrahecha, los trajes le caían que flotaban en su cuerpo carniseco. Una ligera tara de su brazo izquierdo, le hacía tenerlo encogido y moverlo como si fuese una vara de hierro. Tenía en el ademán la apostura de las figuras hieráticas egipcias posando de perfil, con el aroma de los Ducados pululando y penetrando en nuestras ropas. Con una retranca a la antigua usanza, nos propendía a los alumnos, con remoquetes de este jaez  “ los chicos sois muy zorros, y ellas muy astutas”. Fue un personaje de otra época, sobre él que pendían las maldades de los maledicentes, ya que por un lado le habían endilgado el mote de Rockefeller por sus movimientos de marioneta y por otro, había quien barruntaba que su brazo herido lo fue a causa de un duelo. El malhadado barrunto venía por la edad indeterminada de la  esfinge, como de la pobre Marujita Díaz comentaban los de papel cuché, que los egiptólogos tenían un estupendo testimonio oral de la Tercera Dinastía en sus vivencias.

Cuando habíamos acabado una de sus clases de lengua, se escapaba en los últimos minutos de las obligaciones y daba rienda suelta a su pasión por la Antigua Grecia. – No se ha inventado nada nuevo desde los griegos y de los romanos. En derecho está casi todo dicho, y seremos una sociedad más tecnificada, pero- Dejaba al desgaire de la imaginación de cada uno, la interpretación de lo que había querido decir con el silencio sobrevenido. Una espiral de humo brotó de su cabeza ladeada. Enseguida nos disertaba sobre la imperfección de la democracia ateniense, aunque tuviese instituciones interesantes. Quizá hayamos deformado a nuestra sazón contemporánea la imagen de Atenas, se estiraba los pantalones y se desprendía de la ceniza que adornaba su terno oscuro. Caspa y tabaco, de nuestro Antonio MaNchado particular que decía que la forma de gobierno no siempre predetermina la justeza de una sociedad ( El profesor de Baeza, que por necesidad garbancera impartía clases a pesar de ser uno de nuestros mejores poetas, tenía fama de mucho descuido y sus trajes “distraídos” le valieron el apelativo de su alumnado de Manchado, jugando con su apellido). Así, entre los ejercicios de sintaxis de las clases de lengua, nos fue introduciendo en la añoranza que destilaba La República de Platón por el orden de una monarquía absoluta como la Espartana. El filósofo veía ruina, que los Occidentales como legatarios de Atenas, hemos idealizado a posteriori. Estimaba que una parte de los fracasos de  su polis, estribaba en el hecho de que cualquiera pudiese  desempeñar el generalato y reclamar ese derecho al ser ciudadano ateniense y en último término, el discípulo de Sócrates abogaba por una sociedad donde hubiese una mayor especialización, a tenor de lo que vertió en su obra. “Sus guardianes” advertía jocoso nuestro profesor, porque para Rockefeller la vida era todo una chanza, nada sacralizaba desde su acendrada erudición, inspiraron a los leninistas.



Los atenienses, potencia belicosa y filosófica
En otro de sus arranques súbitos, Don Felipe nos enseñó instituciones atenienses como el ostracismo, que conociendo un poco más la  sociedad española, me ponen el vello de punta. A quién no le viene a la mente el Duelo a garrotazos de Goya.  Sobre las óstracas que eran unos retales de barro de vasijas se escribía el nombre del personaje público que se pretendía desterrar durante un tiempo más bien largo En España no sería extraño, si analizamos las encuestas de popularidad que el Presidente del Gobierno, casi siempre la figura que despierta más animadversión, dirigiese el país desde el destierro. Por otra parte, recordemos que en Atenas, cualquier ciudadano libre, no los mujeres ni los esclavos, era político y estaba sujeto por ende a las represalias de esta bendita institución, que a pesar de las idealizaciones de la cultura occidental, también ejercían despreocupadamente. Valga como botón de muestra la historia que refiere Plutarco a este respecto. Cuenta que un analfabeto pidió ayuda para escribir en la estela de la ostraca el nombre del personaje público que quería repudiar, con tal fortuna, que el propio afectado, el gran Arístides, tuvo que tragarse su saliva, puesto que el compatriota le señalaba a él. Aquél le dijo que no tenía nada contra ese buen hombre, sólo que le cansaba escuchar que tantas veces se alargase el nombre con el apelativo de “justo”. Arístides por supuesto escribió su nombre sobre la concha de barro.


Otra mañana que quejicoso, los achaques no perdonaban a nuestro vetusto profesor, pero tampoco aquietaban su espíritu burlón, porque enseguida volvió a hacernos uno de sus juegos de palabras con los que veleidoso, nos amenizaba la clase. Habló largo y tendido sobre las imperfecciones de la democracia ateniense, que no griega, reiteraba mientras expulsaba salivajos, hasta que nos dijo que la palabra proxeneta había caído en desgracia desafortunadamente. La clase entera se partió la caja con la observación, y qué irreverente, pensamos la mayor parte del alumnado. ¿A ver por dónde nos sale éste? nos preguntamos otros. Como siempre, tenía razón el añoso profesor: en la antigua ciudad polis, los extranjeros estaban excluidos de las instituciones, aunque gozaban de una figura de intermediación el “proxenos” o proxeneta, que mediaba con la ciudad en los asuntos que pudiesen afectar a la comunidad extranjera (xenos=extranjero) y aliviaba sus cuitas, pues no en vano, los atenienses apreciaban su convivencia dentro del recinto amurallado. Otra cosa era extramuros, donde percibían a la ciudad griega como una potencia de dominación bastante belicosa. Sirva este post como introducción festiva al mundo griego. No os puedo describir, por inefable, la perplejidad que significó qué el proxeneta no estuviese denostado en la antigua Grecia. Próximamente analizaremos Las Guerras del Peloponeso, que tantos parangones ha traído y en las que muchos ilustres buscaron la inspiración. Alguno soñará hoy conque un Rey como Arquídamo que electrice a las masas con sus vibrantes discursos, y ejerza su liderazgo ejemplarizante, se haga cargo de nuestro gobierno. Como decía creo que Segismundo: "La vida es sueño, y los sueños, sueños son".Volveremos sobre ello, seguro. 

domingo, 24 de enero de 2016

Sobre héroes y tumbas. Parte II

Hablábamos hace unos días de nuestros héroes de papel del S. XVI, ratones de universidad y algunos vaticanistas, que rehuyeron de las explicaciones sencillas, a fin de comprender fenómenos complejos como La revolución de los precios y la variabilidad de los tipos de cambio – también fluctuaban y desconcertaban en los confesionarios, donde atribuían estas oscilaciones a la avaricia humana. Sin los instrumentos ni el aparato matemático del que gozan los modernos economistas, es como si hubiesen escarbado en un penoso túnel y hubiesen hallado un fanal de luz portentosa. Azuzados no es menos cierto, por sus feligreses, que  se azoraban y azoraban a sus confesores sobre la conveniencia de subir los precios del bien con el que comerciaban. Recordemos la doctrina del justiprecio que había asentado Santo Tomás de Aquino en  la idea de Aristóteles del cambio justo, que tenía lugar si había una igualación en los intereses de los compradores y vendedores. Pero a fin de entender más el espíritu de la época, deberíamos hurgar todavía un poco más en ella y en sus instituciones. ¿Cuándo hablamos de tipo de cambio, nos referimos a un verdadero sistema monetario, donde cotizan las diversas monedas?

Sí, así es. En las distintas ferias de comercio que recorrían una incipiente Europa, y que vertebraron un sistema financiero y de pagos, cotizaban las distintas monedas. Aquéllas tenían un valor facial, que ponía el monarca o la autoridad, amén de un valor intrínseco, dependiendo de la cantidad de metal, con la que se acuñase el numerario.  Por lo cual, un comerciante podría pedir prestado peculio en Flandes para llevar a cabo sus compras en dicho lugar, y se comprometía a devolverlo, normalmente dos ferias más tarde en el calendario rotatorio europeo. Según qué plaza,  la cuantía a reintegrar era bastante superior, sobre todo en territorio español, por ejemplo  en la feria de Medina del Campo. Estas tasas de cambio variaban frecuentemente porque estuvieron sujetas al shock de las remesas americanas, que aumentaban la cantidad de dinero en términos relativos en la península frente a Flandes, por lo que lejos de pecar, como intuyeron atinadamente los teólogos de la Escuela de Salamanca, el valor del dinero descendía allí donde era más abundante, elevando los precios y los tipos de cambio. Domingo Soto lo explica muy bien en este extracto.

En cualquier momento (dice él) en que hay escasez de dinero en Flandes debido a la guerra u otras causas, un mercader que quiere enviar dinero desde España a Flandes debe pagar un precio por hacerlo, mientras que si paga dinero en Flandes para su cobro en Medina no solamente no le cuesta nada,sino que de hecho gana más de acuerdo de lo que pierde cuando paga dinero en España y lo cobra en Flandes(Grice-Hutchinson, 2005)

En suma, los comerciantes que acudían a los confesionarios temerosos, por si detrás del cobro de unas cantidades mayores de dinero en las ferias españolas, subyacía una práctica de usura y por ende, se derivaría su condena eterna, podrían estar en paz con Dios gracias a la doctrina que estos peritos escolásticos, coligieron del análisis del fenómeno.  Antes, por supuesto, que el francés Juan Bodino, bosquejaron el teorema de que la cantidad de dinero influyó en la elevación de los precios y  en la volatilidad de los tipos de cambio, por lo que de un plumazo habían advertido las relaciones causales de la teoría cuantitativa de Fisher y de la paridad del poder adquisitivo del sueco Cassel. Grice- Hutchinson da una vuelta de tuerca más en su estudio, y propone que los epígonos de Francisco de Vitoria, mientras indagaban sobre la naturaleza del justiprecio, que tantas alteraciones experimentaba con la plata de Potosí, llegaron a la conclusión de que los intercambios se producen no como aventuraban Aristóteles y Santo Tomás de Aquino por la igualación, sino por la desigual, diferente y subjetiva apreciación, que acerca de los bienes objeto de la transacción, tenían las dos partes de la operación. Se habían adelantado varios siglos a Walras, Jevons y sobre todo Menger, cuando enunciaron la idea de subjetividad de la utilidad, aunque los salmantinos, no refirieron nada de la marginalidad.
 
La moneda y el valor

Respecto a  las disquisiciones  que acerca de la esquiva eternidad nos ocuparon, y en nuestro post también perezosa, puesto que a estos doctos teólogos el reconocimiento les llegó muchos siglos después, apuntamos lo siguiente. Sus manuales referentes a temas  de moralidad y de comercio, no tuvieron una amplia difusión en la época, como la obra más leída de Tomás de Mercado, Suma de tratos y contratos; ni siquiera fueron recibidos con laureles por los monarcas, cosa que ocurrió con los arbitristas, diana de muchas chanzas en la literatura económica y en la no económica desde luego, aunque un análisis más detenido de su legado hubiese significado que sus hipótesis de trabajo  no fueron tan descabelladas y que los españoles llevamos a un arbitrista revoloteando sobre nuestras cabezas. ¿Quién no ha dicho que faltan o sobran funcionarios, en las encendidas tertulias en las que arreglamos con cuatro berridos extemporáneos, los males del país derivados de la crisis?

A vuelapluma, digamos de los arbitristas, que en una España del S. XVI, estancada en el ámbito económico, dictaban arbitrios que buscaban conducir al país a mejoras en su gestión. Porque a pesar del aluvión de metales preciosos que anegaban nuestros puertos y Sevilla, nuestro país experimentó severos problemas económicos y de Hacienda (el estado de guerra casi continuo de los Austrias y la maldición del oro, no sólo llenó de telarañas las arcas reales sino que las tiñó de rojo). El propio Gresham se sorprendió en una visita a España (s. XVI) de la escasez de  numerario que evidenció en Sevilla, cuando realizaba transacciones y negocios propios. Una circunstancia inexplicable, pero que daría pie a otro post. Los Austrias incautaron grandes sumas a los banqueros y cambistas, lo que llevaba asociados muchos efectos perversos y así entra dentro de la lógica, que los capitales enseguida se movilizasen pese a que las operaciones no tuviesen a priori un buen marchamo. Mejor una inversión dudosa, a que la corona te incaute los caudales a cambio de una promesa vaga, demasiado vaga de pago, dado que sus finanzas se agravaban en una espiral interminable.


Recapitulando, los arbitristas proponían arbitrios en este entorno de economía constreñida. Si de este arbitrio se derivaba una ganancia para el reino, el arbitrista obtendría un beneficio como recompensa. En este punto, nos viene a la memoria el retrato descarnado que de los arbitristas lleva a cabo un socarrón Quevedo en El Buscón- menuda obra maestra a edad tan tierna, - A la estela del Buscón se le suma un arbitrista, muy pagado de sí mismo, al que se le ocurre que al Monarca se le borrarían todos los quebraderos de cabeza en la toma de Ostende, si con unas esponjas gigantes se secase la zona costera. ¿A quién nos recordarían los arbitristas de Quevedo? A un delirante Krugman que propone una invasión alienígena como un tonificante para las economías en crisis. Un último inciso, Max Weber, conocedor de la existencia de los escolásticos españoles cae en su telaraña de prejuicios, para desestimar que las apolilladas sotanas y sobre todo catolicísimas, produjesen muchos siglos antes estas ideas con las que vislumbraron relaciones causales muy complejas. Hasta los eruditos son muchas veces presos de sus ideas preconcebidas. 

sábado, 23 de enero de 2016

Ron Caney y artículos de Padura, el polisón de mis noches.


La imagen del gran Padura que se le viene a uno a la cabeza, es despanzurrando un buen habano que se desmigaja en  sus labios, mojados seguramente  por aquel Ron añejo Caney cuya semblanza y misterios tan bien nos desveló en un interesante artículo. Una conversación despaciosa, arrellanados en asientos de cáñamo de su jardín- cualquier jardín en Cuba es un vergel- y de fondo algo que suene a los Beatles. Le podría confesar, so pena de causarle una ofensa, que en mi opinión el alumno ha aventajado al maestro ( idolatra a Salinger) pero sería demasiada desconsideración por parte mía, además cuando tenemos gustos bastante similares. En eso, mi tocayo Pitol, chocaría nuestras manos, porque le deslumbró El siglo de las luces de Carpentier. Lejos de mí, y de mi modestia verme en una tertulia de letras con dos monstruos de la literatura. En el caso de Pitol, también muy viajado.

Leonardo, como decía, parece un individuo maduro, reservado que abandona su laconismo a medida que entrañamos un hilo invisible, al que asirnos en nuestra tertulia. Esa es la impresión que entresaca uno de sus entrevistas, comedido, con cachaza o más bien paciencia, y cuando se aposta en temas donde su sabiduría fluye sin estridencias, da gusto escucharle. Como en aquella tertulia con Sánchez Dragó y su inasequible séquito de damas, que le asediaban y el tipo se adentró en nuestra historia, la española, que conoce muy bien. Viajaba y recorría nombres anónimos por el desdén de los planes educativos, y que en cambio habían reforzado los vínculos de España con América, en el siglo XIX. Luego, parlotearon inquietos,  acerca de El Hombre que amaba a los perros- las féminas entendidas en literatura, pugnaban por su minuto de gloria. Con saltos en el tiempo del siglo XX que abarcan la Guerra Civil, el estalinismo y el presente, apenas se hacen apreciables al lector gracias a la maestría del novelista cubano. Su estilo muy brillante y repleto de giros clásicos- cojones, qué se note que escribe bien, algunos empezamos a estar hartos de tantos Ken Follet desparramados por las estanterías de los grandes almacenes- Padura nos desgrana varias historias que tienen como hilo común el asesinato de León Trosky y la vida de su asesino, Ramón Mercader, un autómata a las órdenes del estalinismo más despedazador.

Yo creo que cierra el círculo de esta magnífica novela con un artículo  sobre Caridad Mercader, madre de Ramón y con una enorme influencia sobre su vástago (ella le inicia en la lucha de clases). En él, Leonardo recorre las lápidas de un camposanto parisino, hasta que se da de bruces con la tumba de Caridad.  Enseguida aparece la sombra de un burócrata que le reclama el dinero para mantener el túmulo. Habían pasado los treinta años y una vez caída la URSS, nadie se hacía cargo de los gastos de mantenimiento del hipogeo de la feroz estalinista. Los restos acabarían en el osario, amenaza con el dedo índice en alto, el protocolario burócrata, que asimismo exhibe enojado el papel de los gastos acumulados. Suponemos que con los pies ligeros, el alter ego de Leonardo, huiría presuroso entre las estrechas veredas que dejaban los sepulcros. “Huesos hórridos de una súbdita de Stalin” murmura para sí, mientras resuenan los tambores de una tormenta que se avecina y de tanto en tanto, Leonardo voltea su cabeza, para comprobar  con espanto que el funcionario  se ha transformado en un cuervo bruno, que se posa en la lápida de Caridad. ¿O es el alma de la mujer? Me pregunto yo.
  
Dédalo de tumbas y estrechas trochas.


Por último, dejar constancia que su serie detectivesca de Conde me  ha encandilado. Creía que se había lanzado al género de suspense como divertimento, pero hasta en esto, Padura está más que sobresaliente. Mario Conde es un frustrado maduro ¿A alguien le suena historia? Por supuesto que podríamos ser cualquiera de nosotros. Siempre enamorado y enamorándose, que crece en la redoma de las páginas de su novela y se hace mayor en la serie de relatos. Me encantó Herejes, que destila la documentación a la que es proclive el periodista bragado, al recrear puntillosamente la época del maestro de la pintura, Rembrandt, novela histórica y género policiaco. Mario Conde, no confundir con el banquero, merece con todas las de la ley, por algo es policía y ex policía según la novela correspondiente, entrar en el panteón de mis detectives preferidos. Tampoco deberíamos olvidar los artículos de Padura. Se dice malvadamente en la isla, que Leonardo representa la línea infranqueable de lo que la dictadura caribeña está dispuesta a consentir. Es su listón, con todo, como el avezado púgil, sabe fintar la censura y responder con golpes demoledores. Sus artículos revelan las ansias de cambio de la sociedad cubana, sin embozo alguno y nos desnudan de nuestras prevenciones.Hay que leer para comprender el formidable caleidoscopio que se adensa en Cuba: El viaje más largo y La memoria y el olvido. Muchas gracias, maestro por deleitarnos con su literatura, en cualquiera de las vertientes que cultiva. 

viernes, 22 de enero de 2016

Sobre héroes y tumbas. Parte I


No se nos escapan las hazañas de los héroes patrios, hábiles con el florete y el arcabuz, y que sembraron el terror allá por donde desplegaron sus briosas oriflamas. A los niños holandeses y belgas les causa pavor su particular hombre del saco: “Acuéstate, que viene el Duque de Alba” musitan sus padres con gesto cansino, mientras anhelan el mullido colchón y el duque se convierte en un inesperado aliado de sus desvelos. Estereotipos que ha explotado el algunas veces excesivo Pérez Reverte, para crear su criatura más famosa, el Capitán Alatriste, compendio de todas aquellos valores con claros dejos belísonos. En cualquier caso, parecen personajes de otros tiempos, cautivos de la violencia más vehemente, y que la estólida moda de lo políticamente correcto, ha postergado (en otro post hablaremos de los daños que produce en la educación el corsé de lo políticamente correcto). Lo peor es que esta desidia ha sepultado la historia americana, sin la que huelga decir, es imposible comprender nuestra historia. Sin embargo, más acordes con nuestros espíritus templados, son  aquellos escolásticos tardíos de La Escuela de Salamanca, que rescató del ostracismo una alumna británica, Marjorie Grice-Hutchinson. Nos interesan en este caso sus aportaciones al estudio de la economía, porque fueron apadrinados por Francisco de Vitoria en su filón inicial, a quien se considera  no  en vano, fundador del Derecho Internacional y uno de los luchadores más preclaros por los derechos de los indígenas como súbditos de la Corona española.


Perspectiva aérea de la Catedral de Salamanca


Así escribíamos en un anterior post,  que la inmortalidad es bastante veleidosa. Hasta que una joven escuálida inglesa, ávida de aprender y muy hábil con las lenguas – en nuestro caso el latín-  no le presentó este estudio a Hayek, figuras como Martín Azpilcueta, Hernando de Soto y un largo etcétera   hubiesen continuado en el limbo del siglo XVI. Es verdad que  Larraz, famoso economista español del siglo XX había puesto sus ojos en ellos, pero fue Hutchinson quien hace circular en el mundo sajón, la existencia de una escuela que había adelantado a Bodino, en la formulación de una teoría cuantitativa. El sabio Schumpeter, conocido por el papel que concede a la espiral creativo destructiva y a la figura del empresario en las economías modernas, creyó que hablar de teoría era un exceso, pues estos religiosos fiaron todo a la intuición, por lo que cabría más decir, que postularon algo así como un teorema de la cantidad. Casi tanto, como la aseveración de Hutchinson en cuanto a que aquel grupo disperso de monjes se ciñesen a una Escuela o corriente, cosa que Joseph Alois Schumpeter, asimismo niega. A favor de nuestros héroes juega el conocimiento del latín de Grice- Hutchinson, además de que la espigada británica buceó por las fuentes y en las disputas escolásticas, que guardan muchos misterios en su seno.

Por descontado a estos teólogos de la Iglesia Católica les azoraba más que la urdimbre de laboriosas teorías económicas, la posibilidad de salvar las almas de sus feligreses que dedicados a los menesteres del comercio, pudiesen incurrir en pecado en el que no cupiese salvación alguna. Nos encontramos con una Europa,  que condenaba como usura cualquier préstamo que generase una remuneración de tipos de interés: el dinero no podía producir dinero. Pesaba la doctrina del Doctor Angélico, Santo Tomás, mucho más que un intérprete de Aristóteles. Curiosamente, esta prohibición desarrolló la ingeniería financiera en pleno siglo XVI, con una sofisticación que nos llegaría a sorprender. V.g. los préstamos se camuflaron bajo operaciones como la mohatra, que era una venta con operación de recompra pactada, tras la cual, en realidad, los interesados escondían el cobro de intereses en el desigual precio de la venta y posterior compra.

No debemos obviar tampoco en nuestro afán de entender el siglo XVI, el estudio de Hamilton, que achaca La revolución de los precios que tanto trastocó a la economía española y escandalizó a los clérigos de la época, a la afluencia de la plata y oro americana. No obstante, el estudioso moderno se frotará los ojos incrédulo cuando entregado a la obra del economista estadounidense El tesoro americano y la revolución de los precios en España, 1501-1650, haga cuentas con todas las prevenciones y se percate de que hablamos de revolución de precios con una inflación anual media, que no sobrepasó el 2%. Una evolución de los precios que consideramos exigua en un entorno  como el nuestro.

Con todo, en el Medioevo imperó la escasez de metal, y se caracterizó por ser claramente deflacionario hasta la llegada de las remesas americanas. Incluso este problema se vio agravado cuando China renunció al papel moneda a finales del siglo XV y retornó al patrón metálico de la plata – son ellos los que inventaron, como sociedad muy sofisticada, el dinero fiduciario-. Es por eso, que no nos deba extrañar que el incremento del 2% escandalizase a la sociedad europea de los siglos XVI y XVII. Reverendos como Tomás de Mercado, culpaban de los incrementos de los precios no sólo a la mala praxis de los comerciantes, sino al interés cobrado en los préstamos por los cambistas, que se seguían cargando contra la voluntad de Dios. ¿Por qué variaban entonces tanto los tipos de cambio si no es por la impudicia de una Europa mercantilista? ¿Y a qué obedecían las incesantes subidas de precios? Para mayor abundamiento, se asociaban estas prácticas a los israelitas, que sólo estaban excluidos de la pena infernal si la remuneración a los créditos tenía lugar con una contraparte gentil, lo que acrecentaba el encono que todo lo judío provocaba en las sociedades medievales. Hemos dibujado el entorno de precios desbocados en la mentalidad de la época. Aquí nos quedamos hoy. En otro post seguiremos desarrollando este entorno para entender mejor la aportación de nuestros sabios héroes. Sobre todo el sistema de ferias que hacían el papel de cámaras de compensación y de sistema financiero. Como es un tema prosaico, esperaremos unos post, a retornar a las cuestiones monetarias, que sólo entretienen cuando el vil metal se echa en falta.


jueves, 21 de enero de 2016

Inmortales de Padura



-      - Y tú, Muna, ¿no crees que han desaparecido los héroes en Occidente? - Manuel Ontiveros tiene severos   ramalazos de elocuencia, cuando sus labios esponjosos se empapan de gin tonic. Trémulos por el regusto, escupen preguntas, que a Muna le azoran (me llamaba Muna Lisa en el Instituto por mi sonrisa misteriosa, nada de travestismos). Es verdad que habíamos prescindido de los güisquis  porque nuestro venerado Bukowski llamó a la bebida del santo grial de nuestra juventud, la sangre de los cobardes. Como no adivinábamos qué intención guardaba el poeta, tras una frase con varias interpretaciones, nos pasamos al ardoroso absenta en honor a Modigliani durante un tiempo, y finalmente a la Gibay y al pepino, que tiene muchas vidas y usos.  – Nadie sacrificaría su vida por un ideal, somos demasiado blandengues. – Insiste mi amigo zambo y de andar clueco. Yo le repongo que de héroes y túmulos se llenaron los camposantos de la Gran Guerra.  Mientras Varela, con sus ojos despavoridos, teme otra porfía repleta de oquedades, en la que nos apostaremos Ontiveros y Munari hasta que cierren el bar.

Poco después, aclaramos que la heroicidad y la inmortalidad guardaban una íntima relación en la Antigua Grecia. Aquiles quería trascender a su tiempo, y que sus hazañas alcanzasen el suficiente eco para que se siguiese hablando de él en las generaciones sucesivas. Pero es verdad como dice Manuel y asiente Varela, que la modernidad ha traído demasiado descreimiento y que el tiempo, como infinito, todo lo carcome para que incluso el inefable Aquiles un día, nos suene extraño.  Los musulmanes por el contrario, llenan de imágenes vívidas sus retinas de lo que es la Umma, o comunidad, que traspone las barreras del tiempo, esto es, su vida y sus sacrificios tienen eco en la comunidad musulmana y reverberan a lo largo del tiempo - lo que en Occidente consideramos menosprecio por la vida-. Jim Houram nos ilustra este abstruso concepto con el periplo de Ibn Jaldún, un eximio musulmán cuyas andanzas todavía se estudian en la Universidad del Cairo. Jaldún nada tiene que ver con las bestias pardas, que se suicidan sembrando la barbarie y la aniquilación.  

La inmortal llama de Cinema Paradiso.
Museo en Palazzo Adriano(Sicilia),
dedicado al rodaje de la película 

                                                                                                                                                                                              
En cualquier caso,  más allá de concepciones que nos provoquen bastante perplejidad, Leonardo Padura, el primer premio Princesa Asturias de la Letras, nos sugiere en un artículo, que la inmortalidad es caprichosa y  muchas veces, se nos presenta en forma de espejismo. Tipos como Stalin que vieron erigirse miríada de estatuas, y a los que se les habían reservado mausoleos faraónicos, jamás imaginarían que el oprobio caería sobre ellos una vez muertos. Repudiado a su muerte por sus compañeros de partido, Stalin, quiso construir quimeras con el légamo de millones de almas. Tanto temor despertó entre sus coetáneos, que nadie quiso entrar en su pieza a cerciorarse si había muerto  de verdad y su perecimiento fue una larga agonía (también se habla de unos papeles que desaparecieron y esta especulación ha dado frutos en forma de novelas de desigual factura).

Otros personajes como John Kennedy Toole, que nunca hubieron soñado con un reconocimiento póstumo, por el desvelo de una madre, que creyó en él y entregó unos papeles a un profesor universitario, fue invitado inesperadamente al Olimpo de la literatura. Cuartillas emborronadas con las letras picudas de Toole, guardaban en realidad un precioso secreto para los lectores gourmet: La Conjura de los necios. Todavía recuerdo las carcajadas que me produjeron los pañuelos que sembrados por doquier, se habían convertido en la prueba del delito onanista del protagonista ( espero que mi madre no empiece a recelar también ahora, que sabe nuestro secreto).  Más de lo mismo ocurre con Vincent Van Gogh, al que sus flamígeros cuadros, que en algunos casos había abandonado como  mal pagador en las fondas o como contraprestación, sirvieron para ejercitar la puntería en los desvanes. También el amigo que cansado de la indolencia de Modigliani, le imprecó que tirase al foso los Tres bustos que el artista italiano pretendía regalarle, no fue capaz en vida de vislumbrar la inmortalidad que le estaba reservada a Dedo. Quizá cansado de las ínfulas de artista del giróvago, perdió un verdadero tesoro con su desdén. De esta guisa, de sabios especuladores, la tarde de cielos metálicos se nos fue desvaneciendo con nuevas querellas y gin tonics. Hasta que Varela da un respingo en su asiento, y dice que se le ha hecho tarde. Curiosa especie la humana que mide y tasa algo que es infinito como el tiempo. Ontiveros añade que la obsesión del género humano por acotar, pesar el tiempo,  obedece a la necesidad de coordinarnos y de que todos funcionemos al unísono, como un reloj suizo. Tiene razón y cuando la tiene, más vale callar.




martes, 19 de enero de 2016

Apátridas de Trianon

Sus cigarros americanos asomaban en la cajetilla, mientras Don Juan expedía grandes humaradas azules y replicaba a la zarabanda de clase, con estentóreos golpes de su martillo de juez. – ¡Silencio, por favor, muchachos! ¿Os ha quedado claro el Criterio de Stolz?-  Era un joven profesor de matemáticas, muy histrión, que te vigilaba por aquellas pequeñas aberturas de sus ojos. Su vida íntima era un misterio insondable para la clase, que especulaba con sus ojeras y la falta de aliño de su barba de todos los lunes. A veces te regalaba socarrón una media sonrisa, que tenías que barruntar en su barba pelirroja y es que la mayor parte del alumnado, hubiese muerto por ser su confidente o cómplice en las charlotadas que montaba. Otras veces se retiraba  su sombrero de Indiana Jones y hacía restallar el látigo, para que el silencio fuese el protagonista del aula. Con todo, gracias a él y a sus números circenses, fuimos capaces de escapar del tedio que significaban las plúmbeas resoluciones de ecuaciones en diferencias y el resto del aparato matemático de una ingeniería.

Pero más que una glosa a un maestro en el más amplio sentido de la palabra, quería reseñar que escribía libros de matemáticas, donde amen de las sensiblonas dedicatorias, plasmaba las citas de un Eric Ambler,  cuyas novelas le apasionaban. No fue hasta mucho más tarde que me topé con La Máscara de Dimitrios en el anaquel de una Casa Rural, cuando estuve a punto de caer en una severa depresión, por la falta de lectura (no había cargado con suficientes libros mi maleta). En aquella ocasión sonreí y fue inevitable la remembranza de Don Juán, como hoy, que he concluido la excelente Epitafio para un espía. Epitafio tiene reverberos de las mejores novelas de Agatha Christie, porque tras una confusión con unas cámaras y unos carretes, un apátrida llamado Josef Vadassy es acusado de espionaje. Su única defensa, averiguar quién como él posee una cámara Contax. Aparecerá la ineluctable galería de sospechosos y el lector deberá como en el Cluedo, ir sopesando al hilo de las pistas que nos ofrece Ambler, quién de ese racimo de huéspedes del hotel, será el verdadero espía. Una excelente novela de suspense ambientada en el período de entreguerras, durante el cual la desconfianza entre las naciones europeas, fue escalando muchos gradientes.  

Infinitas lápidas e historias
Sin embargo, más allá de los gustos por el género del espionaje, la obra de Ambler, al que se le reconoce como definidor de la nueva novela de espías, si por la antigua entendemos la magnífica novela de El Agente secreto de Joseph Conrad, reclama más nuestra atención debido a la historia de su protagonista. Vadassy es uno de los millones de húngaros que tras el Tratado de Trianon y el corrimiento de fronteras de la desvencijada Kakania, se despierta una mañana en un  país que no es el suyo.  Si Versalles que comentaremos en otro post, fue el embrión de muchas disputas, la paz cartaginesa que denunciaba un joven John Maynard Keynes, no menos ominoso fue el respectivo Tratado de Trianon para algunas naciones. Me recuerda mi amigo húngaro Zoltan, que este acuerdo internacional condenó a muchos de sus compatriotas a vivir dentro de las fronteras yugoslavas, búlgaras o rumanas, Analicemos la situación más que complicada de Vadassy y de muchos europeos que se hallaban en su misma de tesitura. A modo de recordatorio, la espita que incendia Europa en 1914, aparte de los enconos preexistentes, fue el asesinato de los Archiduques Franz Ferdinand y Sophie a manos de un nacionalista serbio. En resumen, tanto Austria como Hungría, la corona bicéfala,  se vieron afrentadas por los yugoslavos.


Vadassy es una criatura arquetípica de Trianon: tiene un pasaporte yugoslavo, y a pesar de sus orígenes magiares, sería mal recibido en Hungría y no digamos en Yugoslavia. Ese es el punto flaco de Vadassy que la policía francesa explota a fin de que se convierta en un cebo para el verdadero agente de la potencia extranjera. Su pavor a ser deportado y sus vanas esperanzas a ser reconocido ciudadano francés, son los hilos con los que le mueven como un títere. Cuántos costurones remiendan las fronteras de Europa. Mi amigo Zoltan, que escancia las palabras cuidadosamente, en cambio, habla ¡en pleno 2016! con embeleso de la Gran Hungría y de los millones de compatriotas condenados a vivir fuera de su país. La Unión Europea es sin duda un puntal del bienestar, pero no debemos olvidar que recose y zurce los viejos malentendidos, por eso, cuando resucitan los nacionalismos y las vetustas rencillas, uno suspira porque impere el entendimiento y para que muchos comprendan la trabazón de paz que en el interés común, comporta la UE. Todo este sueño se puede algún día esfumar. No olvidemos que los Vadassy no son sólo una recreación del ingenioso Ambler, sino que llegaron a encarnarse en el día a día de muchos europeos del siglo XX, víctimas de la sinrazón de los tratados. Es en este contexto donde debemos valorar la importancia de Schengen, no perdamos la perspectiva, es una bendita excepción a lo largo de la historia.   

Cien soldados por un proyector de cine



Dentro del victimario de las religiones y de la educación aplicadas con rigor acerbo, se nos aparece la conciencia de uno de los directores de cine más reconocidos de todos los tiempos, Ingmar Bergman, al que se le inculcaron valores de un protestantismo a ultranza, desde la rectoría que regentaba su propio padre, y que tuvieron un poso innegable en toda su obra (más reconocible en Fanny y Alexander, con uno de sus personajes como alter ego, igual que en Fellini es fácilmente reconocible su “yo en la pantalla” en Amarcord). Entrevero con gozo las reflexiones del cineasta, que se producen a saltos en su libro de memorias La Linterna Mágica (Editorial Tusquets, 1995)   y las últimas bocanadas de un café que expira en la taza, tras unos tragos placenteros. Trato de no manchar sus hojas amarillentas, de libro apartado y olvidado en los anaqueles de una biblioteca, que es lo de menos. Su narración orilla el pasado de sus años mozos y se torna a la edad adulta a fogonazos, con los cuales disfrutarán más aquéllos, que no nos contamos entre su legión de estudiosos.

De forma que las páginas se tiñen con el desconsuelo que le provocaron los embates de la Hacienda Pública sueca, que le llevaron a renunciar algunos años a su país , cosmos íntimo en definitiva de sus mejores obras cinematográficas. Esta circunstancia le abriría otras puertas pero también una herida difícil de curar, contra el fementido aparato burocrático y sus intereses, en el más puro sentido kafkiano. Tampoco quedan exentas de la pluma de Ingmar, amable al lector,  las rebatiñas de la profesión con los críticos. En un primer instante, cuando todavía cándido en la profesión, algunas figuras del periodismo le despiertan una admiración sincera. Luego los mitos se diluirán en los plumillas malévolos  que persiguen con saña la mente y el cuerpo de los artistas; quizá debido a su modo de inmiscuirse en la vida de los demás, atacando parejas o gorduras, Bergman les desee purgar su mala conciencia en el averno, leyendo eternamente sus propias críticas.   

La labor de director de teatro también queda estupendamente retratada y hace una semblanza minuciosa de todos los vericuetos, por los que discurre la vida de los escenarios. El lector adivinará la ansiedad que se dibuja en el rostro del dramaturgo por el estreno inminente, sus anhelos y afán de perfección, pero a medida que gana experiencia, en Ingmar aflorará más la mano izquierda que el control manu militari sobre el elenco de artistas. En su empeño como director de cine, brillan los pasajes como la extraña comunión de los rodajes que comienzan en una luna miel, que deviene en hiel, hasta que la nostalgia de los últimos días lima las asperezas surgidas en el trabajo titánico de filmar. Bergman rememora la escena final de Dolce Vita, en la que la diosa nórdica Anita Ekberg como le contó su amigo Fellini, acaba aferrándose al volante del coche. El equipo de rodaje compuesto por infinidad de trotamundos jamás se volvería a reunir, y la sensible Ekberg, de curvas voluptuosas, fue consciente en aquella ocasión de la realidad ambulante de su profesión.


Es curiosa su forma de afrontar sus primeros ensayos, donde lo fía todo a la inspiración y cómo va aprendiendo pese a su ego desmedido de los grandes de la escena sueca. La improvisación a menos que se quiera incurrir en la anarquía, requiere de un buen trabajo previo, de dibujos de la escena o storyboard que en un principio Bergman rechaza, y que no son ningún corsé, sino el límite para que lo que se quiera contar, no pierda coherencia. Otro atractivo para los adictos a la nostalgia, son las secuencias de las memorias en las que aparecen los artistas más reconocidos: Ingrid Bergman estrella otoñal con tres Oscar y a la que el maldito cáncer de pecho avinagra el carácter durante el rodaje de Sonatas de otoño; el titánico Chaplin que revela cómo se produjo su salto al estrellato; el metódico Laurence Olivier y una galería de actores de la gran escena sueca.  

Por otra parte, en las memorias late la influencia tan importante de las dos figuras paternas, una marcada por la severidad, el padre pastor y la otra, la de la madre, en la que el genio del celuloide encontró la dulzura y la necesidad de cariño de la infancia. No fue suficiente porque el propio cineasta llega a verse a sí mismo como una cáscara vacía que busca el resto de su vida pasiones, que no le condenen a la molicie - él lo achaca al vacío familiar-. Nos encontramos entonces con el Bergman para el que el alcohol y el amor aunque fugaz, se convierten en un bálsamo. ¡Qué importante es la familia en la formación de nuestra personalidad! Y aquí, una última reflexión, ¿hubiésemos disfrutado del Séptimo Sello, Sonata de Otoño si el hermano de Ingmar no hubiese aceptado el trueque de cien soldados de plomo por el cinematógrafo?¿Habríamos tenido un genial estratega militar en lugar de un fabuloso director de cine? El azar a veces nos hace guiños para que la realidad sea como es.

La magia del cine

lunes, 18 de enero de 2016

David Bowie y Hoyle


Podríamos caer en una nube de tópicos, y enredarnos con suma facilidad en la pomposidad más sincera, para estar en la pomada de los obituarios a David Bowie ¿Hacia dónde vagarán los átomos descarriados de este gran artista, fallecido hace una semana? Venerado por propios y extraños, casi todos nos rendimos a su  capacidad inveterada para reinventarse cual Ave Fénix y sobre todo sorprendernos, con cada transformación. Un pequeño receso: más estrambótica que el primer Bowie nos parece Lady Gaga, aunque confesemos que nos divierten sus looks imposibles. Otra cosa será su legado artístico que sólo se podrá analizar cuando deje más huella en el mundo de la música, ya que equipararla en términos artísticos con Bowie en estos momentos, sería de una crueldad poco refinada.

El caso es que volviendo a escuchar las primeras letras de nuestro insigne Starman, las cuales dicho sea de paso, destilan su pasión por el espacio, éstas cobraron una nueva luz. Porque a pesar de que David no se declarase intelectual, nos invitó con ellas a razonar sesudamente sobre nuestros orígenes. En plena ebullición fragmentaria de nuestras cabezas -no somos más que restos de estrellas y de supernovas-  fuimos encajando piezas de la historia que creemos, que viene muy a colación contar hoy. No en vano, en la época de de Ziggy Stardust hubo un caldo de cultivo bastante propicio para su aparición, amén de la archisabida llegada del hombre a la luna, y de la amenaza alienígena que llegaron a representar los pulsar, aparece un científico muy peculiar que la literatura posterior ha caricaturizado, por su negación del Big Bang. El cascajoso Alfred Hoyle creía en un universo constante, por lo que hasta el fin de sus días, se opuso a la descabellada teoría del átomo primordial. Big Bang fue a fin de cuentas un término despectivo, que acuñó en una de sus famosas emisiones radiofónicas.

Pero hagamos un ejercicio de imaginación, llevados por una de sus emisiones radiofónicas, la voz barbotando en el espacio en forma de onda para llegar a una infinidad de hogares británicos, que gracias a su tesón y pasión, se familiarizaron con la astronomía. Entre ellos especularemos, no sin mucho fundamento, que estuviese la morada de los Bowie y el pequeño infante, que alucinaría con las historias que desentrañaba la lengua pastosa de Hoyle.  Incluso se nos encoge el cuello de la camisa con sólo pensar en la desasosegante proposición que subyace en su teoría de la nucleosíntesis, una de las mayores contribuciones de Alfred a la ciencia. Muchos de los elementos básicos de nuestro cuerpo como el hierro, se engendraron en el seno de supernovas y ahora circulan por él,  ajenos a su génesis violenta ¿Entendemos ahora algo más la pasión desmedida del primer Bowie por el espacio sideral?

La Nebulosa del Águila (gentileza Pixabay)
Por último, aun cuando las evidencias del Big Bang como la radiación de fondo de microondas convierten a esta teoría en la más plausible, son frecuentes las noticias que cuestionan el modelo del mainstream astrofísico y se aferran a explicaciones que alimentan nuestra extrañeza. Como el hecho de que la gran explosión fuese un espejismo y obedeciese en realidad a la eclosión de una superestrella de cuatro dimensiones. Mientras esto leemos en la página abigarrada del dominical y nuestro dedo desciende por la misma, se me aparece el rostro del científico provecto, apegado a sus gafas y que nos observa con una sonrisa socarrona. ¿Y si el Big Bang fuese un espejismo? O lo que es peor, la mágica uniformidad del mismo tuviese lugar debido a la nucleosíntesis.  En realidad, nos complace la rareza que entraña un cosmos complejo, que alumbra grandes artistas  disfrazados de alienígenas punks, y que nos arroja evidencias interpretables, nunca certezas, que fomentan nuestra confusión. En cualquier caso, en la ciencia nunca se sabe quién tiene la última palabra.

"There´s a starman waiting in the sky." Letra de la canción Starman. David Bowie.

S. Munari.