martes, 20 de diciembre de 2016

Las hijas de Nemirovsky.


Otra vez Nemirovsky nos vuelve a sorprender con una narrativa clásica y esplendorosa. Con razón se ha tornado en un fenómeno literario en Francia, cuyos ecos llegan a las letras hispanas, en deliciosas ediciones. Una de ellas, Los perros y los lobos, narra las experiencias de una muchacha que vive en el gueto judío de una ciudad ucraniana con un padre avejentado como un odre, por los vaivenes de la vida. En su camino se cruza su tía Raissa, que tiene evidentes delirios de grandeza, y a la que la fatalidad- enviuda pronto- le conduce a la miseria que rechaza. ¡No se identifica ni asume la pobreza del guetto! Sin lugar a dudas, el comienzo de la novela es impactante, porque como en un cuadro clásico, Irene divide el escenario por donde se desarrollará la misma,  en tres partes que representan: el cielo de riquezas materiales, lo telúrico y en último lugar el Averno, donde se encuentra el guetto. Entre medias, los judíos acomodados, profesionales, que ganan algo de dinero y tienen casas más que decentes. En el escalafón, habría que subir muchos peldaños para toparse con las gloriosas mansiones, que desde lo más bajo y sucio de la urbe se contemplan con la boca abierta. Aquellos judíos de sólidas cuentas corrientes compran su seguridad con dinero, pero no pueden borrar aunque quisieran, el rastro israelita de sus apellidos(1).





A lomos de la historia de amor que surge entre la protagonista, Ada y el anhelado  Harry, nos subimos a una truculenta estampa del horror. Los progrom suenan a leyenda, a palabras que bisbisean los mayores, y que a tientas, van deduciendo los más pequeños de la casa, que les arrancan dolorosas confesiones a regañadientes. Comienza la violencia con una  una falsa quietud, cuyos reverberos crecen cuando los ruidos de cristales rotos van asolando las flacas y sucias veredas del asentamiento. La turbamulta que se acerca con teas, dispuesta a prender por los cuatro costados el guetto, y que los oficiales de caballería disuelve con sus bravíos jacos. Los ánimos se encrespan todavía más, y el tumulto crece al día siguiente. Suponemos que el encarecimiento del pan, debido a malas cosechas, es una buena coartada para buscar en los hebreos el chivo expiatorio. O la falta de leña como combustible para combatir el rigor de las bajas temperaturas, es un buen lenitivo para reconducir las frustraciones contra las minorías en vez de otros lugares más apropiados. 

Entonces, en las páginas de Nemirovsky se enciende la espita, que arroja luz sobre la barbarie, que describe con tanta viveza y dureza, que sólo este capítulo merecería la pena que fuese leído en los colegios como ejemplo de la indefensión que viven los más débiles en cualquier conflicto ( y tenemos ejemplos recientes en Siria y Alepo) Les confesamos que nos temblaba  de indignación el ejemplar en las manos. Los jinetes cosacos se unen a la barahúnda sedienta de sangre, y pisan cabezas de niños, o decapitan a una judía anciana indefensa. La ira se enseñorea en el guetto,  sin compasión. Y Ada que huye con su primo, encuentra refugio en la mansión de los Sinner ricos, rama de la familia que pudo hacer fortuna y a cuyo cobijo se encomienda. Es cuando conoce a la criatura celestial que amara de manera silente y en la distancia, Harry Sinner. Se tendrá que conformar con su familiar pobre, espejo de sus desdichas, Ben, al que unirá su destino. Sin embargo vuelve a aparecer el bello y caduco Harry, y hasta aquí podemos leer de una historia romántica que se mueve con unos engranajes perfectos y con el oficio característico de Nemirovsky. 


Progrom en Lvliv, Ucrania.
gentileza de Wikimedia commons

Lo curioso del libro es que aparte del amor en ciernes que se proyecta a lo largo de sus capítulos, es que esté trufado de muchas pinceladas de la vida de la autora. Los recuerdos del progrom parecen personales, por la viveza con los que los relata. Ella los vivió con amargura porque su alma sensible quedó herida por las imágenes que imantaron sus ojos más allá de la verja de la próspera casa familiar. Mujeres vejadas, con las faldas rotas y caminando trastabilladas, mientras recibían golpes a manta.  Como la protagonista de la novela, también huyó muy joven a Francia, que representaba no sólo el escaparate de la mejor educación, sino que se convirtió en el objeto de todos los anhelos del exilio ruso, que tuvo dos motores,  claros a comienzos del siglo XX. La persecución a la que fueron sometidos los hebreos y sobre todo, la Rusia blanca, que tras perder la guerra civil contra el Ejército Rojo creado por Trotsky, se refugió en París ( este último caso es el de nuestra literata, a pesar  de sus orígenes israelitas).   


Es una vida llena de asechanzas. No en vano, años más tarde,  Irene Nemirovsky se tuvo que esconder junto a toda su familia en un pueblo de la Borgoña, a fin de escapar de los largos tentáculos de la Gestapo. Vagaron por carreteras secundarias, con la misma guía Michelín que había servido a las tropas de Guderian para llegar a París raudamente, en un paradigma victorioso de la blitzkrieg. Entreverados con aquel enjambre de hambrientos, que tan bien describiese en su novela inédita, La Suite francesa que recordamos en este hilo, y donde la escritora tomaba notas de circunstancias que transformó en aquella fabulosa pieza literaria. ¡No podía renunciar a aquel instinto indómito que le había llevado a ser narradora ni en las peores circunstancias! Aunque como sabemos,  no llegaría demasiado lejos, retenida por los gendarmes, Irene fue deportada a Auschwitz. Su marido nunca renunció a que regresase por lo que en las comidas familiares siempre le ponían el plato, aguardando la llegada de la madre y esposa. 

Todo fue en vano; es más, su  insistencia llegó a ser nefasta, porque le hizo acabar con sus huesos en la prefectura, para seguir a continuación el mismo camino de su mujer ( ni siquiera una carta a Petain logró ablandar a las autoridades). También él moriría en aquella fábrica de la muerte.  Lo curioso es que los patriotas franceses buscaron a las hijas de la escritora para deportarlas igualmente. Ejercían su oficio con celo y suponemos con miedo, no fuese que el hecho de flaquear en las órdenes que tenían que ser cumplidas ciegamente, les condenase a la deportación a ellos mismos. Su diligente cuidadora, les descosió la estrella de David, para que las niñas viviesen en la clandestinidad. En cuanto la guerra se acabó, las nietas huérfanas  de padre y madre acudieron a buscar la ayuda de su abuela, que como epílogo truculento, se la negó. La vieja moriría con más de cien años rodeada de todas las comodidades que le permitía su gran fortuna. 


Hombre de infausto recuerdo, ni siquiera Verdún
le redimió de sus peripecias de Vichy.
Quiso nadar y guardar la ropa para
la nación, y la arrastró por muchos oprobios
(Wikicommons)


(1). En el Imperio Austrohúngaro en cambio se obligaba a que cambiasen sus pestilentes apellidos, si bien los funcionarios del registro civil, les endilgan unos cargados de un sonsonete o sombra burlesca, y que asimismo, les permite fácilmente distinguir quiénes tienen la mancha de sangre. Curiosamente, y para infortunio de los judíos, estas guías servirán a los nazis para llevar a cabo el infame holocausto. 

3 comentarios:

  1. Hola, menuda reseña!! De 10, muy para el libro del cual hablas, yo empecé al leer "Suite francesa" y lo deje, no porque no me gustara ni mucho menos, pero creo que no era el momento, no lograba conectar con la historia, tenia una crisis lectora importante, espero leerlo pronto, ahora que estoy con ganas y la crisis la deje atrás. Además también leeré este que recomiendas con tanta pasión y reverencia. Gracias y saludos.

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  2. Muchas gracias a ti,María Carmen,el capítulo del progromo es vibrante,te conmueve,te arrolla.Un abrazo y vuelve otra vez a la Suire francesa.A mi me dejó un gran vacío,porque te conmueve la epopeya que narra la autora y porque también sabías su triste final.La obra tiene algo de inconcluso y sabes que guarda relación con su triste final en Auschwitz.

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